Rebel (Renegados 3) Capítulo veintinueve. Penna #2
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Capítulo veintinueve. Penna #2

—Basta —dijo, mientras me sostenía el rostro entre las manos—. Yo soy el responsable.

—Te arruiné —susurré, y me empezaron a arder los ojos.

Me dio un beso con ternura, como si fuera la primera o la última vez.

—Nunca. Solo me has hecho bien. En todo caso, yo no tuve suficiente cuidado. Te fallé.

—Pero tu trabajo...

—Penélope, no me arrepiento de nada relacionado contigo. No importa lo que pase, ¿me entiendes?

No podía moverme del terror que sentía, por miedo a que el más mínimo movimiento me rompiera en mil pedazos.

—Necesito escucharte decir que lo entiendes —continuó—. No puedo irme pensando que no sabes lo que significas para mí.

—Entiendo —respondí, porque él necesitaba oírlo. ¿Cómo podía seguir amándome sabiendo lo que le iba a costar?

—Bien. —Levantó su mochila y la puso en la mesa de centro—. Tengo que contarte algo.

Tocaron a la puerta.

—Ay, no —dije, al ver al mensajero de nuestra perdición. Demasiado rápido. Estaba pasando demasiado rápido.

—No contestes —suplicó—. La mochila tiene todas mis cosas.

Volvieron a llamar, y esta vez fue un golpeteo que pareció eterno.

—Penélope —dijo por encima de los golpes, para recuperar mi atención.

—¡Deben de ser ellos!

—Sí, seguramente. Escúchame: la mochila. Por favor, escóndela por mí. Mantenla a salvo. Hagas lo que hagas, no dejes que te atrapen con ella. Lánzala por la borda si pasa algo, pero no dejes que la encuentren.

—¿Cómo que «si pasa algo»? ¿Qué hay dentro?

—Puedes mirar, pero lo mejor es que no lo hagas. No es nada de lo que me avergüence, pero es ilegal y existe el concepto de negación plausible. Prométeme que no vas a dejar que nadie la encuentre.

Los golpes en la puerta se volvieron más fuertes y la voz del otro lado me llamaba por mi nombre. Cruz me tomó el mentón con la mano, redirigiendo mi atención hacia él con delicadeza.

—Prométemelo, Penélope —dijo.

—Te lo prometo.

Me besó con ternura.

—Esto va a terminar antes de que te des cuenta. Seguro que solo quieren hablar conmigo. Luego vemos qué hacemos, ¿de acuerdo?

—Está bien —asentí. El miedo me oprimía el pecho de tal modo que me costaba terminar de tomar aire—. ¿Y si no sale todo bien?

—Va a salir todo bien. Pase lo que pase ahora, dentro de poco estaremos en Miami.

Dejaron de oírse los golpes, reemplazados por el clic veloz de la cerradura al abrirse.

No, no, no.

—Te amo —susurró.

—Voy contigo —dije cuando se abrió la puerta.

—No. Aléjate todo lo que puedas de este asunto. Tienes que hacerlo.

—¿Dr. Delgado? —Lo llamó el Dr. Paul, el decano académico, desde el recibidor.

—Júralo. Pase lo que pase, tienes que quedarte al margen. No interfieras. Si percibo en lo más mínimo que estás tratando de asumir cualquier tipo de culpa, confesaré que hicimos cosas que nunca hicimos.

—No es justo. —Negué con la cabeza. ¿Cómo podía estar pasando esto? ¿Cómo era posible que ocurriera tan rápido? ¿Por qué ahora?

—Doctor Delgado —dijo el doctor Paul con un suspiro, de pie en medio de mi comedor, desde donde podía vernos con claridad.

—No me importa un carajo lo justo. Di que sí. Ya.

No apartó la mirada, aunque el decano estuviera justo detrás de mí.

—Está bien —dije, consciente de que la imagen que estábamos proyectando en ese momento, por inocente que fuera, no ayudaba en nada.

—Doctor Paul —dijo Cruz, levantándose.

—Dr. Delgado, le pido que me acompañe..., que nos acompañe... Tenemos que hablar en privado.

Había dos guardias de seguridad apostados en la entrada, mirando a Cruz como si tuvieran la más remota posibilidad de derribarlo.

Sin hacer caso a todos mis instintos de hacer lo contrario, me quedé pegada al sofá, repitiendo mi promesa una y otra vez en mi mente.

No iba a interferir. No iba a asumir la culpa.

—Entiendo —dijo Cruz, asintiendo.

El doctor Paul señaló la puerta y Cruz salió sin mirar atrás.

El sonido de la puerta al cerrarse fue definitivo, como si mi vida fuera a quedar dividida en tres etapas: los años que viví antes de conocer a Cruz, el tiempo que nos amamos en secreto y lo que se me viniera encima a partir de ese momento.

No quería que empezara la tercera fase, pero iba a suceder en cuanto me moviera. Este momento era un limbo, una zona gris entre dos eras. Todas las fibras de mi ser gritaban que ese limbo era mejor que lo que se avecinaba.

En lugar de aceptar mi nueva realidad, me quedé sentada en el sofá con las piernas escondidas debajo del cuerpo, mirando la mochila que había dejado. Volvería por mí en cuanto terminaran de hablar con él y luego lo afrontaríamos todo juntos. Todo iba a salir bien, porque eso había dicho Cruz.

Tocaron la puerta de cristal corrediza y, cuando levanté la vista, vi a Landon y a Pax. Asentí brevemente y entraron, sentándose a ambos lados de mí, cada uno sosteniéndome una mano.

—Nick está hablando por teléfono con los abogados —murmuró Pax—. Está intentando sacarlos de la sala de edición, pero por ahora no lo está consiguiendo.

Asentí despacio.

—El decano Paul ya ha venido a nuestra habitación —dijo Landon.

Seguí asintiendo; el movimiento me tranquilizaba.

—¿Qué podemos hacer?

—¿Quedarse sentados conmigo hasta que vuelvan? —Me iban a llevar para hacerme una entrevista o para contarme lo que hubieran decidido. De cualquier modo, no quería estar sola.

—Nos quedamos —prometió Pax.

—Sí, no hay problema —coincidió Landon.

Volvió a abrirse la puerta y entró Nick, que se sentó al otro lado de Landon.

—No se puede hacer nada. Ya firmamos esos acuerdos.

—Entonces es cuestión de tiempo, nada más.

—Sí.

Miré a los chicos y me sentí un poco más fuerte. Habían estado a mi lado en innumerables desafíos y, en algunos de ellos, habíamos pensado que ni siquiera íbamos a salir con vida.

Pero lo habíamos logrado.

Y yo iba a sobrevivir a esto, más allá de lo que decidiera hacer el decano Paul.

Incluso si despedían a Cruz, lo encontraría en Miami o de vuelta en Los Ángeles en unas semanas y todo iría bien. Podíamos darle algún trabajo con los Renegades o algo. Todo iba a ir bien.

—Tendría que habérselo contado, chicos. Perdónenme por ocultárselo.