Capítulo veintiocho. Cruz
CAPÍTULO VEINTIOCHO CRUZ
VENEZUELA
No había nada mejor que besar a Penélope. Salvo, tal vez, hacerle el amor.
Era nuestra última tarde en Venezuela y aún estaba eufórico por el salto del día anterior y por el hecho de amar a esta mujer.
Se arqueó debajo de mi cuerpo, clavándome las uñas en la piel de los hombros mientras la penetraba, hundiéndome en su calor.
Era cada vez mejor. Más intenso. Me consumía por completo.
Cada vez que lo hacíamos, ella me llevaba a un lugar en el que nunca había estado en una relación: una especie de plano etéreo en el que lo físico y lo emocional se encontraban, y que nunca dejaba de asombrarme.
Por Dios, era la perfección pura. No cambiaría nada. Pensé en todo lo que quería compartir con ella cuando volviéramos a Los Ángeles. Mis restaurantes favoritos, sus cafeterías preferidas... Teníamos toda una vida por delante, apenas saliéramos de este barco, en diez días exactos.
Hasta entonces, la mantendría en ese lugar todo el tiempo posible.
—Más rápido —suplicó, con los dientes en el lóbulo de mi oreja.
Bueno, se acabó mi intento de distraerme para durar más.
La besé mientras aceleraba el ritmo y le levantaba las rodillas para metérsela más adentro. Ah, mierda... , me iba a terminar matando de todas las formas posibles.
Se retorció debajo de mi cuerpo buscando algo que yo no estaba dispuesto a darle todavía.
—Dime qué quieres —le pedí, mirándola a los ojos para ver el momento en que se rendía.
—A ti —dijo, arqueando el cuello y echando la cabeza hacia atrás.
Su pelo se derramó a su alrededor, con los labios rosas e hinchados por mis besos. Nunca la había visto tan hermosa.
—Ya me tienes. ¿Qué más quieres? —pregunté, conteniéndome lo justo para mantenerla al límite.
—Más adentro —me pidió—. Más fuerte.
—¿Así? —pregunté, metiéndola un centímetro más.
Me miró con los ojos prendidos fuego.
—Te amo y me encanta cuando me haces el amor...
—¿Pero? —pregunté, viendo que le costaba decir lo que estaba pensando. Dejé de moverme por completo y me quedé quieto dentro de ella. Mi verga latía en señal de protesta, pero mi cerebro sabía exactamente lo que ella necesitaba y no tenía problema en llevarla hasta ahí.
Penélope no se contenía en ningún aspecto de su vida. No iba a empezar por la cama.
—¿Pero? —repetí.
Me sujetó con fuerza de ambos lados de la cara y volvió a mover las caderas, empujándome más adentro. Solté un leve gemido, incapaz de quedarme completamente quieto con esa descarga de placer.
—Pero necesito que me cojas ahora mismo.
Ay, Dios, sí. Sí a todo.
Se la quité despacio y ella gimoteó.
—Eso no ayuda —dijo.
Entonces le di la vuelta y quedó de rodillas delante de mí, con ese culo hermoso en el aire.
—Agárrate de la cabecera.
—¿Por qué? —preguntó.
—Hazlo, Penélope, así podré darte lo que tanto me estás pidiendo.
Se estremeció de los pies a la cabeza cuando le pasé los dedos por la espalda. Se arrastró hasta mi cama y se agarró a la cabecera con las dos manos.
Me puse entre sus rodillas, la coloqué en su entrada y se la metí hasta el fondo.
Susurró mi nombre cuando se la metí más adentro que nunca. Entonces marqué un ritmo que la volvió loca y empezó a gemir y a suplicar. Se le contrajo el cuerpo debajo del mío y se le arqueó la espalda.
Le besé el hombro, rozándole suavemente la piel con los dientes, mientras le rodeaba el cuerpo con la mano para tocarle el clítoris.
Ella se sacudió hacia atrás. Noté su respiración entrecortada y la tensión de su cuerpo contra el mío.
Le tapé la boca con la mano cuando soltó un grito, presa del orgasmo.
Yo la seguí de inmediato, entregándome al éxtasis arrollador que solo Penélope podía darme.
Me desplomé y la traje hacia mí.
—Cuando lleguemos a casa en Los Ángeles, te tendré metida en mi cama una semana. Y te haré gritar tan fuerte que te quedarás afónica —le prometí.
—Diez días —dijo, mirándome con una sonrisa soñadora—, y después podemos salir en público.
—Podemos hasta escribirlo en el cielo. —Dios, quería decirle ya mismo al mundo entero que esta mujer era mía.
—Primero voy a tener que contárselo a los chicos. Se merecen saberlo. Odio haberlo ocultado durante tanto tiempo.
Se me encogió el estómago, pero le aparté suavemente el pelo de la cara y forcé una sonrisa.
—Confío en ti. Si crees que tienes que decírselo, te apoyaré.
—¿Podrías ser más perfecto? —preguntó.
—Eh..., sí. Podría no ser tu profesor.
—Puaj, otra vez has hecho que suene como una película porno —dijo mientras se incorporaba, haciendo que esos hermosos pechos le rebotaran suavemente—. ¿Te importa si uso tu ducha? Tengo matemáticas dentro de una hora más o menos.
—¿Me puedo sumar?
Le brillaron los ojos con picardía.
—Por supuesto.
—Qué bueno. —Miré la carpeta que había en mi escritorio y respiré hondo—. ¿Esta noche puedes escaparte un ratito? Quiero contarte unas cosas de Cuba antes de que lleguemos.
—Sí, qué buena idea —dijo.
Tal vez no pienses lo mismo cuando te enteres de lo que no te he contado.
Me dio un beso apasionado y se dirigió a la ducha, cerrando la puerta del baño al pasar.
Me limpié y me dispuse a seguirla.
Pero entonces llamaron a la puerta y me frené en seco.
—¿Quién carajo...? —mascullé—. Un segundo —exclamé, y me puse unos shorts deportivos. No tenía sentido traumatizar a mi compañero de habitación, que era muy antisocial.
Abrí la puerta y me quedé perplejo.
—¿Lindsay? —dije.
—¡Hola! —dijo, sonriendo—. Te pido mil disculpas por aparecer así de la nada, pero me acordé de que me habías dicho algo sobre sumarme a tu excursión del primer día en Cuba y quería hacerte una pregunta. ¿Interrumpo algo? —preguntó, mirando por encima de mi hombro la puerta cerrada del baño.
—Sí, estaba a punto de meterme en la ducha —contesté, tratando de mantener la voz calmada.
—Ah, no, claro. Perdón. Vuelvo...
Oí que se abría la puerta a mis espaldas y, antes de que pudiera cerrarle la puerta en la cara a Lindsay o avisar a Penélope de algo, oí su voz:
—Ey, pensé que ibas a...
Me cago en mi vida. Penélope estaba justo detrás de mí, envuelta (gracias a Dios) en una toalla y nada más.
Me encontré con sus ojos horrorizados y su boca abierta, y vi la misma expresión en la cara de Lindsay.
—Ay, Dios —susurró Lindsay.
—Lindsay, no...
—A que adivino: ¿no es lo que parece? —gritó, retrocediendo hacia el recibidor de la suite—. ¿No te estás acostando con una alumna?
Mierda. Mierda. Mierrrrrda.
—No era mi alumna cuando nos conocimos —dije, tratando de explicarme, de decir algo para evitar que Lindsay lo estropeara todo cuando solo me faltaban diez días para salvar a Elisa.
—¿Y te parece que eso mejora la situación? Tú... Ella... No pueden. Ay, Dios.
—Si nos das un segundo —comencé.
—Ah, parece que ya tuvieron más que un segundo —dijo, mirando a Penélope—. Carstairs, nos vemos en clase. Cruz... Dr. Delgado, ya te va a hablar el decano.
Dio media vuelta y se fue con un portazo.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Penna, y se le quebró la voz.
Cerré la puerta, me di la vuelta, la rodeé con los brazos y la abracé contra mi pecho.
—Va a estar todo bien. Todo va a salir bien.
—Va a hacer que te despidan.
—Seguramente. —Mi cabeza iba a mil por hora, pero no se me ocurría ninguna solución que nos salvara de aquello. Mierda, qué estúpidos habíamos sido. Nos habíamos confiado demasiado.
Se apartó bruscamente de mis brazos y empezó a ponerse la ropa.
—Vístete. Ya.
—¿Qué haces?
—Necesitamos ayuda. Vístete.
La tomé por los hombros después de que se cubriera los pechos con la camiseta.
—Penélope. Estamos haciendo las cosas mal. Yo estoy haciendo las cosas mal. Me he aprovechado de una alumna. He cruzado un límite ético, un límite del contrato. Soy yo el que está en falta aquí. Lindsay tiene razón y yo estoy equivocado. No hay forma de escapar de esto.
—¡No me voy a quedar sentada mientras te despiden y te arruinan la reputación! Ahora, ponte una camiseta ya mismo para que pueda hacer algo, ¡carajo! —Sus ojos del color del mar estaban cristalinos por las lágrimas. Solté un suspiro.
—Está bien. Dame un segundo, nada más.
Me puse la camiseta mientras ella recobraba la compostura. Se secó las lágrimas, se puso las sandalias, levantó el mentón y respiró hondo para tranquilizarse.
Era el tipo de mujer que uno no dejaba escapar, sino que luchaba por ella hasta el final; y esa era mi intención. Cualquier cosa que pasara en las próximas horas valía la pena por Penélope.
Pero entonces pensé en Elisa y se me desgarró el corazón.