Capítulo veintisiete. Penna #2
—No hace falta que lo entiendan. Solo tienen que apoyarte y protegerte, como tantas veces hiciste tú con ellos. Pero también corresponde que tú les dejes ocupar ese lugar para ti.
Tenía razón. En una semana estaríamos en el Open de Cuba y, después, en Miami.
Tenía que decírselo antes, siempre y cuando Cruz estuviera de acuerdo.
Le había prometido mantener lo nuestro en secreto y lo iba a cumplir hasta que él estuviera fuera de peligro.
Le agradecí que me cubriera y fui corriendo a la formación de rocas.
—Odio tener que andar así, a las escondidas —dijo Cruz, rodeándome con los brazos.
Estábamos resguardados y ocultos de los demás.
—No va a ser necesario por mucho tiempo más, ¿no?
Asintió, apoyando el mentón en mi cabeza.
—Unas semanas más y listo. Después ya estaremos de vuelta en Miami, yendo a Los Ángeles, y ya no serás mi alumna.
—¿Y podremos salir en público? —Todavía quedaba una parte de mí, por pequeña que fuera, a la que le aterraba la idea de que cambiara de opinión, de que yo no fuera más que una aventura pasajera en un barco, con la emoción extra que le añadía el tabú.
—Voy a cambiar mi situación sentimental en Facebook y todo —dijo riéndose.
Levanté la cabeza para darle un beso y él correspondió con ganas.
Nuestras lenguas se entrelazaron y bailaron al compás de la sinfonía del agua que corría a nuestras espaldas.
Esa misma energía se apoderó de mí y concentré todos mis sentidos en Cruz: su sabor, su aroma, la sensación de su pelo entre mis dedos, el sonido de su nombre en mis labios.
¿Cómo era posible que todo fuera mejorando cada vez más?
—Deberíamos volver con los demás —dije, obligándome a separarme de él.
—Es verdad. Ten cuidado, ¿sí? —Me acarició los pómulos con los pulgares.
—Siempre. Tú también. —Nos miramos a los ojos y me puse en puntas de pie para darle un beso tierno—. Te amo.
—Yo más —dijo, dejándome una pequeña flor rosa en la mano—. La encontré cerca del borde del acantilado.
—Gracias —le dije, y me alejé con la flor en la mano. Tenía pétalos delgados y triangulares, y un capullo más pequeño en la punta. Nunca había visto nada igual. Era una obra original, como el hombre que me la había dado.
Volví hasta la zona de salida pisando con cuidado y me guardé la flor en el bolsillo del pecho para cuidarla.
—¿Todo bien? —preguntó Landon.
—Perfecto —contesté con una sonrisa, y lo decía en serio.
—Bueno, entonces vamos —dijo con un aplauso y una sonrisa de oreja a oreja.
Unos instantes después, ya me había deslizado dentro de las correas del arnés y me había cerrado todo el traje, excepto la parte de las piernas.
Con el casco abrochado, todo revisado y los nervios estallando como fuegos artificiales en mi estómago, me acerqué al borde de la saliente que habíamos elegido.
Estábamos a unos siete u ocho metros de la cascada y me di la vuelta para mirar la hermosa caída de agua, agradecida de que mi GoPro estuviera encendida para capturar el momento.
Al mirar rápidamente hacia la derecha, vi que Rachel, Cruz y Nick estaban listos para salir por su cornisa.
—¿Listo? —gritó Nick a través de la distancia mientras yo terminaba de cerrarme la parte de las piernas y me ponía la parte de los pies por encima del calzado. En efecto, era una ardilla voladora.
—¡Tú primero! —respondió Landon, también gritando.
—¡Siempre fuiste un cagón! —respondió Nick—. A ver si adivino: le has pedido a Pax que fuera el primero en todo desde que me fui, ¿no?
—Estaba siendo educado, nada más —murmuró Landon mientras Paxton se desternillaba de risa—. ¡Uf, ya salta, carajo! No, tú no, amor. Tú salta cuando estés lista —agregó Landon cuando Rachel se cruzó de brazos—. ¡Te amo!
—Sí, sí. Yo también te amo —respondió ella.
Rachel y Cruz se miraron, asintieron con la cabeza y luego ella saltó. Noté que Landon dejó de respirar hasta que se desplegó el paracaídas; luego se dejó caer sobre los talones con un enorme suspiro.
—¡Nos vemos abajo! —le grité a Nick.
Él nos levantó el pulgar y, después, Cruz retrocedió unos cuatro o cinco metros con Nick. Se dijeron algo —Dios, qué ganas de estar más cerca—, y después Cruz salió corriendo y empujó a Nick con todas sus fuerzas por el borde del acantilado, para luego frenar derrapando un poco.
Se me encogió el corazón cuando la silla se tambaleó una vez, luego dos, y por fin se desplegó el paracaídas, lo que me permitió recuperar el aliento.
—Lo hizo.
—Sí, carajo —murmuró Pax.
Cruz asintió con la cabeza en mi dirección (en realidad, en nuestra dirección, pero sabía que era para mí) y se lanzó por el acantilado. Cayó rápido y me di cuenta de que estaba demasiado asomada al borde para verlo pasar junto a Nick y abrir su propio paracaídas.
—Hay que tener huevos para esperar tanto —dijo Landon.
—Quiere aterrizar antes que Nick para ayudarlo —dije.
—Es un buen tipo —agregó Pax.
—El mejor —dije sin pensar.
Los dos me miraron, pero evité el contacto visual. Rachel tenía razón. Podía ser que me saliera el tiro por la culata, pero iba a tener que decírselo. Guardarles un secreto así a mis mejores amigos estaba mal, por mucho que quisiera a Cruz.
—Bueno, ¿vamos? —pregunté, cambiando de tema.
—Yo voy primero —dijo Landon, y tuve que contener la risa.
—Sí, me parece bien.
—Mismo plan. Cuidado con la curva de la pared.
—Sí, papá —dijo Pax, arrastrando las palabras.
—¡Nos vemos abajo! —Landon nos sonrió, salió corriendo por el borde del acantilado y se fue.
—Te toca —me dijo Pax—. Ey, esto sale un poco de la nada, pero sabes que siempre puedes hablar conmigo, ¿no?
—¿Justo ahora? —Miré la caída.
—Bueno, no. Quiero decir, sí, si quieres.
Le di unas palmadas en el hombro.
—Te entiendo y te admiro por decirlo. Pero justo ahora pensaba saltar de esta montaña, si no te importa.
—Después de ti —dijo, mientras extendía el brazo en dirección al borde del acantilado.
Se me aceleró el corazón mientras retrocedía y ya sentía la descarga de adrenalina en las venas. Dando los pasos más largos que me permitía el traje, corrí hacia el borde del acantilado. Y salí volando.
Sin paracaídas. Sin motor. No se oía nada más que el viento pasando por el casco y la sangre que se me acumulaba en los oídos.
Con las piernas y los brazos extendidos y la membrana de nailon que me convertía en mi propia vela, me deslicé por el aire con cuidado de evitar la curva de la pared. Un solo error aquí arriba podía ser el último.
Mientras volaba junto a la cascada, me tomé unos segundos para levantar la mirada y contemplar aquella vista impresionante, y luego puse toda mi atención en el vuelo, siguiendo a Landon, que planeaba más adelante.
Bajé apenas el brazo derecho para cambiar de dirección y evitar el pilar gigante del acantilado que se alzaba imponente, y me dirigí a la densa vegetación que delineaba la zona planificada para el aterrizaje.
Estaba justo al lado del río, pero no tenía árboles, así que, con suerte, no iba a terminar ensartada en medio de Venezuela.
Landon, que ya había aterrizado, me indicó con el brazo que bajara.
Me concentré en el ángulo, la velocidad y el descenso, mientras la tierra se acercaba rápidamente.
Aterricé corriendo, me tropecé con el follaje, pero recuperé el equilibrio antes de acabar en una recopilación de videos de caídas graciosas.
El vuelo fue hermoso y me hizo sentir viva y fuerte, pero terminó demasiado pronto.
Landon gritó de alegría, me abrazó y me hizo girar. Estaba a la mitad de la vuelta cuando aterrizó Pax y nos convertimos en un sándwich de Penna, abrazados.
—Gracias por todo —les dije mientras se acercaban los todoterrenos de Bobby.
—Tengo que admitir que pensé que habías perdido la cabeza cuando lo propusiste —dijo Pax mientras Bobby estacionaba y las cámaras se nos venían encima—. Pero, a estas alturas, ya debería saber que no debo dudar de ti.
Tras un par de breves entrevistas, nos quitamos los wingsuits y fuimos a reunirnos con los que habían hecho el salto BASE.
Le sonreí a Cruz, pero los tres fuimos directos hacia Nick, que sonreía más que cuando ganó una medalla en los X Games hacía unos años.
—¿Cómo te sientes? —le pregunté.
Nos miró uno por uno y luego soltó una risa incrédula con una expresión de asombro, alegría y un toque de confusión todo a la vez.
—Me siento un Renegade.