Rebel (Renegados 3) Capítulo veintiséis. Cruz #2
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Capítulo veintiséis. Cruz #2

En medio de la segunda vuelta, se le soltó la moto y bajó en picada a tierra. Aterrizó en un lateral del pozo de espuma y la moto se hundió en el otro; maldijo con tanta fuerza que hasta yo lo escuché.

—Está bien —dijo Rachel.

—Sí, me alegro de que, por lo menos, ella esté bien. Me ponía menos nervioso cuando teníamos que ir casa por casa haciendo redadas en Afganistán.

—Arriesgar tu propia vida es una cosa, pero ver cómo alguien a quien quieres se pone en peligro es otra muy distinta. Pero es distinto cuando le das tu corazón a alguien y luego tienes que sentarte a ver cómo lo tira por los aires por diversión. Eso es otra historia totalmente distinta.

Suspiré y me volví a sentar en la mesa, tratando de prepararme para los treinta paros cardíacos que se avecinaban.

—¿A qué cosa no renunciarías? —preguntó Rachel.

—¿Cómo?

—Dijiste que renunciarías a casi cualquier cosa por tu hermana. ¿A qué no renunciarías? ¿Hay algún límite?

Penélope salió del pozo de espuma mientras Little John levantaba la moto con la grúa gigante y sonreí al ver lo enfadada que estaba. Prefería el enfado al llanto.

—La verdad es que sí. Daría la vida por Elisa, pero no renunciaría a Penélope. Es el parámetro de todo en mi vida.

—Buena respuesta —dijo Rachel, asintiendo—. Después de todo esto, puede que me caigas bien.

Me reí, pero no por mucho tiempo.

Penélope recorrió esa rampa una y otra vez hasta que la moto cayó en el pozo. Y «aterrizar» en este caso significaba caer con la moto... solo que no necesariamente con las ruedas hacia abajo.

Para cuando llegó la hora del almuerzo, ya estaba listo para destrozar esa moto de mierda a golpes.

Penélope se desabrochó el casco, se quitó la bandana rosa y soltó una sarta de insultos mientras se recogía el pelo bien alto.

—Y también pesas cuarenta y cinco kilos más que yo, Pax —espetó. Me aparté rápido de su camino cuando me pasó por al lado.

Pero me rozó sutilmente la mano, y sentí electricidad recorrerme todo el cuerpo.

—¿Cómo tienes el costado? —pregunté cuando dejó el casco sobre la mesa.

—Bien.

—¿Penélope? —Bajé la voz, que sonó como un gruñido, consciente de que estábamos a unos seis metros del equipo de filmación.

—Me duele, carajo. Y eso no va a cambiar.

Rachel levantó mucho las cejas, me miró y gesticuló con la boca «buena suerte» antes de bajarse de la mesa de un saltito.

—Ah, no. Tú la vas a llevar de vuelta a esa carpa que montaron y le vas a cambiar las vendas —le indiqué a Rachel.

—Estoy bien.

—El accidente fue ayer y tú estás aquí como si no hubiera pasado nada, así que mejor dejemos de mentir y aceptemos que no estás nada bien , ¿se entiende?

Se dio la vuelta, se cruzó de brazos y me fulminó con la mirada.

—¿Cómo?

—Uh, esto va a estar bueno —dijo Landon, flanqueando a Pax mientras se acercaban a la mesa.

Paxton apartó a los camarógrafos con un gesto de la mano y se alejaron. Seguro que ya tenían más que suficiente material con lo del día anterior.

—Dije que fueras a cambiarte las vendas. —Tomé el botiquín que había preparado Little John y se lo ofrecí.

—Y yo dije que estoy bien.

Se lo di a Rachel.

—Ve con ella y cámbiate las vendas, Penélope.

—¿O qué? —ladró.

Avancé despacio y de forma amenazante hasta quedar a unos treinta centímetros de distancia, dentro de lo que se podría considerar aceptable.

—O cancelo la práctica para el resto del día.

—No serías capaz.

Los Renegades suelen hacer lo que quieren cuando quieren, y cualquier ilusión de control que uno tenga es precisamente eso: una ilusión. Entonces recordé las palabras que había dicho Rachel el día anterior.

—Después de lo que pasó ayer, sería más que capaz. Ahora puedes quedarte aquí discutiendo conmigo todo el resto de la tarde como una testaruda o puedes ir con Rachel, cambiarte las vendas y volver a intentar matarte allá arriba. La decisión es totalmente tuya.

Nos quedamos ahí por lo que pareció una eternidad, esperando a que el otro diera un paso atrás. Yo iba a ganar: era muchísimo más paciente y ella tenía más que perder.

—¿Quién necesita la tele? Esto es genial —dijo Landon.

Al menos seis cabezas se volvieron para fulminarlo con la mirada, pero Penna y yo seguíamos atrapados en una lucha de poder, preocupación y concesiones.

Ella tenía que aprender a ceder un poco, a confiar en mí, porque si no, no había ninguna posibilidad de que pudiéramos seguir así una vez que nos fuéramos del barco.

Yo no era ningún pelele al que pudiera pasar por encima, y, aunque jamás la limitaría, sí me iba a plantar cuando ella estuviera causando más daño que otra cosa.

—¡Uf! ¡Está bien! —Se fue pisando fuerte y Rachel la siguió.

—Mierda —dijo Pax, dándome unas palmadas en la espalda—. Qué bueno que lo elegimos a usted, porque a nosotros nos habría mostrado el dedo medio y nos habría mandado a la mierda.

—Sí, bueno, es que espera a que se vayan para hacer lo que quiera. Si le demuestran que no se van a ir, cede. Puede que sea solo un milímetro, pero cede.

Frunció el ceño.

—¿Cómo...?

—Pax, necesito hablar contigo sobre la exhibición de Cuba. Necesitamos la lista definitiva de los clasificados —exclamó Little John.

—Sí, está bien —dijo Pax, aunque me lanzó una mirada que me indicó que había hablado de más.

Me dispuse a ir hacia el camión de comida, pero, de pronto, una chica muy pequeña y enfadada me agarró del brazo y me llevó a un lado.

—Ah, no, no me vas a mandar a la boca del lobo. Tú creaste a esa bestia, tú la calmas —dijo Rachel, arrastrándome hacia la carpa.

Cuando vio que no había ningún testigo cerca, me hizo cruzar las solapas de lona de un empujón y se quedó haciendo guardia con los pies asomados por la parte inferior de la carpa en forma de caja.

—¿Es en serio? —ladró Penélope. Estaba sentada en la pequeña mesa que habían puesto allí y solo llevaba puesta la chaqueta protectora.

Me acerqué sin vacilar y la abracé.

—Te amo. Eso quiere decir que, aunque estoy dispuesto a mirar cómo haces estas estupideces, no voy a quedarme sentado viendo cómo se te infectan las heridas. ¿Quedó claro?

—No puedes portarte como si fueras mi dueño ahí fuera. —Señaló en dirección a la rampa.

—Y tú no puedes comportarte como si no fueras mi dueña —repliqué—.

Como si no tuviera derecho a preocuparme, a alarmarme, a tener una opinión.

Eres la mujer más fuerte que he conocido en la vida, pero, si quieres que funcione lo nuestro, vas a tener que dejar que te cuide.

Que me preocupe por ti. Te he visto: has estado todo el día poniendo cara de dolor y acomodándote esa cosa, y te apuesto lo que quieras a que te has abierto un par de costras, así que estás transpirando directamente dentro de la herida. Debe arder como la mierda.

—Un poquito —asintió en voz baja.

Tomé su cremallera con los dedos y arqueé una ceja.

—Sí —dijo con una sonrisa coqueta.

Mirándonos a los ojos, le abrí la chaqueta protectora, dejándola solo con un sostén deportivo rosa con cremallera delante, lo que me provocó unas ganas desesperantes de abrirlo.

—Mierda. ¿Está bien si digo «te lo dije»? —pregunté, señalando unas cuantas manchas de sangre que se le veían a través de las vendas.

—Tal vez. Pero las veces que puedes decirme eso son limitadas, así que no lo gastaría en algo tan pequeño. Es muy probable que tenga momentos de mucha más terquedad en el futuro.

—Cuento con eso —le dije. Mientras le quitaba las vendas, grité al ver el daño que se había hecho ese día—. ¿No podías dejar que se curara y ya?

—Nop. No hay tiempo para eso.

—¿No crees que afecta a tu rendimiento?

—Una vez que me acerco a la rampa, tengo tanta adrenalina en el cuerpo que estoy segura de que se me podría salir un dedo del pie sin que me diera cuenta.

Le limpié y cubrí el costado del cuerpo, y no me gustó nada lo rojo e irritado que estaba. Pero ahora íbamos a estar en el mar cinco días mientras subíamos por la costa brasileña. Mientras no se le hiciera mierda toda la piel, llegaría a curarse antes de la próxima escala.

—Gracias —murmuró—. No estoy acostumbrada a que me miren con tanta atención.

—Siempre te miraré con esta atención —le prometí.

Me agarró la camiseta con toda la mano y me acercó hasta quedar en medio de sus piernas abiertas.

—¿Sabías que cruzas los brazos cuando un alumno dice algo que no te parece bien en clase, pero no quieres que deje de hablar?

—¿Qué?

—Te sientas, cruzas los brazos y esperas a que termine.

Luego le haces preguntas hasta que explica lo que dijo o se da cuenta de que se equivocó.

Pero, si tiene razón, muestras los hoyuelos una vez y luego asientes despacio con la cabeza.

Solo corriges trabajos con tinta azul, no te gusta nada el kétchup y, cada vez que corres, te exiges ir cero coma dos kilómetros más rápido durante diez minutos.

—Me quedé mirándola perplejo y ella me sonrió—.

Yo te miro con tanta atención como tú a mí.

No me importó que nuestro único escudo fuera una fina lona verde: me acerqué y la besé hasta que me clavó las manos en los bíceps. Cambié de ángulo para darle un beso más profundo, hasta que la oí gemir y noté cómo se arqueaba contra mí.

—Estoy toda transpirada —dijo entre besos.

—Y eres toda mía —respondí, y procedí a besarla hasta que Rachel se aclaró fuerte la garganta desde el otro lado de la carpa.

Penélope bajó de la mesa de un salto, se cerró las protecciones y se puso la camiseta.

—Yo salgo primero. Creo que deberías esperar a que se resuelva esa situación. —Miró con intención mi erección—. Dile que espere unas horas, que le prometo que hoy me voy a montar en algo más que en mi moto. Ahora, perdóname, amor, pero tengo que volver a intentar no matarme.

Negué con la cabeza mientras se alejaba, caminando con la cabeza en alto, completamente testaruda, hermosa y mía.