Capítulo veinticinco. Penna #4
—¿Por qué no lo vi? Había tantas señales. Si me hubiera tomado el tiempo de escucharla o hubiera prestado un mínimo de atención, lo habría visto. Lo tenía que haber sabido. De todos nosotros, yo soy la que lo tenía que haber sabido.
Cruz se giró hasta quedar inclinado sobre mí.
—No eres responsable de las decisiones que toman los demás. Esto no es culpa tuya. Lo de Dubái no fue culpa tuya. Zoe no es Brooke.
Se me hizo un nudo en la garganta y tardé unos segundos en poder hablar:
—No puedo hablar de ella con ellos. Después de todo lo que hizo, no.
Es como si hubiera una parte enorme de mi corazón que se estuviera muriendo, toda fea y chamuscada, y ellos no lo van a entender.
Los elegí a ellos. Siempre los elijo a ellos.
Pero hay una parte de mí que me dice que debería haber elegido a mi hermana, y ni siquiera puedo decirles que la echo de menos.
—Me lo puedes decir a mí.
Ahí estaba el quid de la cuestión. Pax, Landon, Leah, Rachel... Todos ellos pertenecían al mismo lugar. Estaban en pareja, pero sin dejar de ser parte del todo. Cruz era solo mío. Su lealtad era para mí, no para los Renegades. Era increíble ser la prioridad de alguien.
—Ella ni siquiera me habla —susurré—. Mi mejor amiga.
Me la paso inventando excusas, tanto para ella como para mis padres, que la dejan esconderse detrás de esas paredes como si yo fuera una amenaza para su recuperación.
Fui yo la que casi muere por su culpa. Fui yo la que pasó meses con ese yeso, y aun así, la amenaza soy yo.
Soy yo la que queda marginada por haberla llevado a hacer lo que hizo.
Se acostó a mi lado y me tomó la mano.
—No fue así.
—Ah, ¿no? Fui yo quien conoció a Pax y a Landon, y luego se los presenté a Nick... y después a Patrick. Ella tendría que haber estado haciendo ballet o yendo a partidos de fútbol. Pero no, estaba en un parque de skate conmigo o en el Rancho Renegade.
—Todas decisiones suyas.
—¿Tendría que haberme ido cuando pasó todo lo de Dubái? ¿Tendría que haberme ido a casa? ¿Tendría que haberla ayudado o haberle gritado? Puede ser, pero lo único en lo que podía pensar era en que quería estar con mi familia y, para mí, todos están aquí.
—Tomaste la decisión que sentiste que era correcta en ese momento. Aunque ahora la pongas en duda, igualmente va a seguir siendo la decisión correcta para ese momento. Los necesitabas a ellos.
—Pero también la necesitaba a ella —susurré.
Se me empañaron los ojos y se me escapó una lágrima que cayó sobre la almohada mientras me daba la vuelta para mirar a Cruz—.
No podía decírselo a ellos, no después de todo lo que había hecho Brooke.
Incluso después de que casi me muero, después de lo que le pasó a Pax, a Leah...
todavía la echo de menos todos los días.
—Es tu hermana.
—Me traicionó. Nos traicionó a todos.
—Eso no quiere decir que no la quieras. Tienes derecho a quererla, Penélope. Es una de las cosas que más admiro de ti: tu capacidad para aceptar y perdonar.
—Pero no la perdono —susurré mi secreto más oscuro—. La quiero. La echo de menos, pero no la perdono. ¿Cómo la voy a perdonar si no la entiendo, si no me habla?
—Esa es una decisión que vas a tener que tomar ahora. Todo esto no es más que eso: una decisión tras otra. Tienes que dar un paso al costado y decidir si vas a dejar que lo que hizo tu hermana te cambie y te quite este deporte que tanto amas.
—¿Y si ya lo ha hecho?
Su sonrisa era hermosa.
—No lo hizo. Yo te vi allí arriba. Las ganas.
La determinación. Todo el proceso que conlleva.
Eres una Renegade con todas las letras. Esa necesidad de adrenalina, de demostrar lo que puedes hacer, de ser la mejor...
Todo eso sigue ahí, debajo de ese manto de dudas que Brooke te hizo desplegar, y esa es tu decisión.
Ahora vas a decidir si vas a dejar que este incidente con Zoe te haga cambiar de opinión o si lo vas a ver como lo que fue: una decisión tonta de una chica demasiado ambiciosa.
Las decisiones de ellas no cambian la persona que eres, a menos que se lo permitas, y sigues siendo Rebel.
—¿Y cómo estás tan seguro, si ni siquiera yo lo estoy?
—Para eso estoy aquí: para mostrarte las partes de ti misma que ya no puedes ver.
Dios, cómo lo amaba. Era un amor que ocupaba todo mi corazón, todo mi alma, que iba más allá del tiempo.
Yo era una pésima opción para él, no solo por los cinco años que me llevaba, sino también por mi profesión.
Cruz estaba hecho para proteger, para interponerse entre su mujer y cualquier peligro.
Yo era la chica que se pasaba el día jugando con el peligro y desafiándolo a ver quién se animaba a más.
Pero eso no evitaba que lo amara, que reconociera lo especial que era.
—¿Te arrepientes de haberte enamorado de mí?
—Nunca habrá nada que puedas hacer para que me arrepienta de amarte, Penélope. Ahora descansa. En un ratito iremos a ver cómo está Zoe.
—Ahora Rachel sabe lo nuestro. —Me acerqué más a él hasta que sentí su pulso debajo de mi oído.
—Sí, yo diría que sí.
—¿Qué vamos a hacer?
—Rezar para que la conozcas tan bien como crees —dijo mientras me quedaba dormida.