Capítulo veinticinco. Penna #3
Tiempo, lágrimas, huesos, corazones rotos ... Me lo había dicho tantas veces y yo me había reído sin tomármelo en serio, sin darme cuenta de lo que intentaba decirme.
Por favor, renuncia.
Por favor, sal de ahí.
Por favor, date cuenta de lo que esto les genera a las personas que te rodean.
Pero no renuncié. Seguí adelante. Pax y Landon siguieron adelante. Incluso Nick, que la había pagado más que nadie, seguía llevando las cosas al límite.
Pero entonces ella puso un límite.
—Tiene razón —dije, rompiendo el silencio—. Porque nadie ve el costo. Lo ocultamos demasiado bien, incluso en el documental.
Desde fuera se veían las luces, las cámaras y el clamor de la multitud. Se veían los retos, las vueltas e incluso las caídas. Pero no se veían las lágrimas, la inseguridad, el escrutinio ni los meses de rehabilitación y recuperación. Se saltaban esa parte y veían directamente el gran regreso.
No quería pasar por la enfermería, pero mis amigas se aliaron con la profesora Gibson en mi contra y terminé cediendo, consciente de que discutir con ellas me llevaría muchísimo más tiempo.
Mantuve la compostura durante toda la espera, contando los azulejos del techo para mantener la mente ocupada y no pensar en lo que acababa de pasar.
Después de que la médica del barco me revisara y me dejara marchar, la profesora Gibson por fin nos dejó solas y nos fuimos a la suite.
Claramente, iba a hablar con el decano, ahora que ya se había cubierto las espaldas obligándome a que me volvieran a revisar.
Varias personas se volvieron para mirarnos a Rachel, Leah y a mí mientras nos subíamos al ascensor y cruzábamos el pasillo.
Fijé la vista en el suelo, muy consciente de que parecía salida de The Walking Dead .
Rachel pasó la tarjeta de nuestra habitación por el lector de la puerta y, cuando la lucecita se puso verde, toda mi compostura se fue a la mierda. Crucé el pasillo a trompicones, me apoyé en la pared y me deslicé hasta el suelo.
—Yo la cuido —le dijo Rachel a Leah—. ¿Podrías ir a hacerle un bolso a Zoe? Hugo debería saber cómo entrar en su habitación.
Me llevé las rodillas al pecho, aunque sentía que se me despedazaba la piel del costado con cada movimiento.
Cuando Leah se fue, Rachel se dejó caer delante de mí.
—Ey, ¿estás bien?
—Estoy bien. —Fue una respuesta automática, la misma que había dado una y otra vez después del accidente.
—No estás bien. ¿Qué puedo hacer?
—Estoy bien —repetí.
Empezaron a golpear la puerta, por lo que Rachel suspiró y fue a abrirla.
—Hola, Doc. Sí, está aquí.
—¿Cruz? —pregunté con un hilo de voz.
Pasó de largo junto a Rachel con los ojos desorbitados y su pánico aumentó cuando me vio.
—Penélope. Ay, Dios. —Se dejó caer de rodillas delante de mí, me apartó el pelo de la cara y dijo—: Lindsay dijo que te habías golpeado. Hay que llevarte al hospital.
—No, estoy bien. Ya me han revisado. La sangre no es mía.
—¿De qué lado? —preguntó. Y no lo culpaba. Había sangre por todas partes.
—De este —dije, indicándolo con la cabeza.
—Bueno.
Cerré fuerte los ojos y sentí cómo me rodeaban con delicadeza sus brazos y me levantaban, cuidando que mi lado lastimado no rozara nada.
Bastó ese mínimo contacto para que se me relajaran los músculos, como si les hubiera llegado el mensaje de que ahora estaba a salvo, de que de algún modo él lo iba a solucionar todo, aunque mis costillas siguieran ardiendo.
—No pasa nada, mi amor. Yo me ocupo —dijo con los labios apoyados en mi frente.
Abrió la puerta de mi dormitorio de una patada.
—Eeeh... —Rachel dio un paso adelante.
—Yo me ocupo —le dijo él.
—¿Penna?
—Está bien —le dije a Rachel mientras él se preparaba para cerrarle la puerta en la cara.
—Veo —murmuró con los ojos muy abiertos.
Él me dejó en la cama y luego abrió la ducha. Cuando el agua se calentó, me desnudó de pies a cabeza y maldijo al ver la herida en mi costado.
—Neumáticos —murmuré—. Solo tengo que limpiarlo, embadurnarlo de ungüento antibacteriano y vendarlo. Esto ya me ha pasado y puedo volver a hacerlo.
Me rodeó con los brazos, me levantó y me puso contra su pecho.
—Puedo caminar —dije en voz baja, pero apoyé la cabeza en su hombro.
—Necesito llevarte yo. Déjame, por favor.
Me había lesionado muchísimas veces en la vida, pero nunca me habían cuidado así. O, mejor dicho, nunca había dejado que nadie me cuidara.
Me llevó hasta la espaciosa ducha y se metió conmigo y con toda la ropa puesta. El agua cayó en cascada sobre mi cuerpo, y él me lavó con delicadeza el rostro, el pelo y luego el torso. Cuando llegó a las huellas de los neumáticos, no podría haber sido más cuidadoso.
Cerró el grifo, me envolvió en una de las toallas blancas, gigantes y esponjosas, y me secó con golpecitos suaves. Después, me puse la bata de toalla mientras él se ponía la ropa seca que guardaba en uno de mis cajones.
Luego me abrió la bata, me untó el ungüento y bromeó diciendo que íbamos a necesitar el envase familiar.
No me molesté en decirle que los padres de Landon eran los dueños de esa empresa, así que nunca se nos iba a acabar. Me colocó la gasa, me envolvió el torso como si fuera una momia, me llevó a la cama y me abrazó contra la curva de su cuerpo.
—¿Pastillas para el dolor? —preguntó.
—Me las ofrecieron. Dije que no. No duele tanto como otras lesiones.
—¿Segura?
—¿Sabes lo que pasó? —pregunté, cambiando de tema.
—Lindsay me contó más o menos.
—No supe lo que estaba haciendo Zoe hasta que ya era demasiado tarde.
—Ya sé.
—Nadie podría haberla frenado.
—Penélope, esto no es culpa tuya. Lo sabes, ¿verdad? —Me acarició el pelo, apartándolo de mi rostro.
Me empezaron a arder los ojos y parpadeé rápidamente.
—Debería haber visto lo que estaba pasando.
Tendría que haber sabido lo que estaba pensando Zoe.
Estaba ahí con ella. Le había dicho que la ayudaría después de comer y, sin embargo, me di la vuelta un segundo.
¿Cómo no me di cuenta de lo que iba a hacer?
¿Por qué no me lo dijo? Tendría que habérmelo dicho.
Me abrazó más fuerte y me besó la frente.
—No tenías forma de saber lo que estaba pensando ni lo que iba a hacer.
—Pero debería haberlo sabido. Ella es igual que yo. Y, cuando quiero algo, soy capaz de cualquier cosa para conseguirlo. Mira la situación en la que te he metido.
—Estoy exactamente donde quiero estar —me aseguró.