Rebel (Renegados 3) Capítulo veinticinco. Penna #2
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Capítulo veinticinco. Penna #2

—¡Cruz! —grité. Él sabría qué hacer. Tenía conocimientos médicos, ¿no? Sabía cómo era nuestro plan en caso de emergencias. Pero no estaba allí —. ¡Landon! ¡Pax! —Me di la vuelta y vi que todo el grupo de los Renegades venía corriendo, y Little John ya tenía un teléfono en la oreja.

—¡Estoy muerta, estoy muerta! —gritó Zoe con voz estridente, con los guantes cubiertos de sangre que también manchaba su abrigo blanco. Le quité las gafas protectoras y vi que tenía los ojos desorbitados y las pupilas dilatadas.

Estado de shock.

—¡Estás viva! ¿Me oyes? Estás viva. ¡No podrías gritar si estuvieras muerta! —Le apreté la mano mientras le sostenía el rostro. No podía alcanzar mucho con la mano a través del casco, pero era la única piel expuesta que podía tocar para que sintiera el contacto.

¿De dónde salía la sangre? Dios, había tanta... Le pasé las manos por el muslo, donde estaba más oscura.

—¿Dónde más te has hecho daño? Por Dios, ¿con qué te hiciste eso?

—¡Lo tenía en la pierna! —gritó, dándome un metal de la moto, filoso y cubierto de sangre.

—Ay, Dios, ¿te lo arrancaste? —Lo dejé caer.

—¡Ah, mierda! —exclamó Landon.

Por fin.

Arrojó la moto fuera de la rampa, se lanzó a la plataforma y vino corriendo.

—Little John ya ha llamado al equipo médico; vienen desde la entrada del parque.

Gracias a Dios, Cruz nos obligaba a tenerlos siempre relativamente cerca.

—Dame tu cuchillo. —Extendí la mano y me hizo caso.

Con cuidado de no tocarle la piel, hice un corte limpio en la tela dura que iba desde la parte superior del muslo de Zoe hasta el tobillo, procurando evitar las protecciones acolchadas de la ropa.

—Fractura expuesta —dije, señalando los huesos que le atravesaban la piel.

No vomites. Has visto cosas peores.

Había vivido cosas peores. Sentí que algo mojado me atravesaba los pantalones y, sin necesidad de mirar, supe que era la sangre de Zoe.

Seguía palpitando el líquido espeso que brotaba de un tajo en su muslo.

—¡Toma! —Landon me arrojó una camiseta que apreté contra la herida, aplicando toda la presión que pude.

Zoe echó la espalda hacia atrás por fuera de la rampa, entre gritos.

—¡Quédate quieta! —No sabíamos qué más se le había roto y, a juzgar por las manchas rojas de su ropa, tenía otros sangrados más pequeños.

—¡Zoe! —Landon se puso delante de su cara—.

¡Zo! ¡Escúchame! —Ella tenía la respiración entrecortada, pero dejó de gritar—.

Ahora sí. Mira, tienes una fractura importante y mucho sangrado, ¿sí?

Pero vas a estar bien. Ya llega el equipo médico.

Penna está presionando la herida; vas a estar bien. Penna, tienes que apretar más.

Apreté más fuerte la herida, que ya había traspasado la camiseta, y Zoe se desplomó. Se había desmayado.

A mi alrededor, oí unas voces que hablaban rápido en portugués y, cuando levanté la vista, vi a varios paramédicos que me indicaban con las manos que me moviera.

—Vamos, Penna —dijo Landon, tomándome por los hombros. Me aparté el pelo de la cara y, cuando aparté las manos, vi que estaban cubiertas de sangre.

Bajé la vista y vi que el resto de mi cuerpo también lo estaba.

—¡Que la revisen! —le gritó Pax a Landon mientras se subía a la rampa para ayudar a los paramédicos a colocar el cuerpo de Zoe en la camilla.

—¡Estoy bien! —grité.

—¡No mientas, yo vi cómo te golpeaste!

—Por aquí, por favor —me dijo un paramédico, llevándome suavemente del codo. Empecé a temblar mientras me alejaba de la escena tambaleándome.

—Estoy bien —seguí repitiendo hasta que me hicieron sentar en la mesa de pícnic.

—¡Ay, por Dios! —dijo la profesora Gibson cuando me vio, llevándose la mano a la boca.

—¿Dónde te duele? —preguntó el paramédico con los ojos muy abiertos y llenos de preocupación.

—Se ha golpeado el costado —dijo Landon señalándome las costillas.

—Y puedo hablar también —dije. Me miré y vi que la moto me había hecho trizas la camiseta debajo del brazo—.

Mierda, me gustaba este conjunto. —Aunque, la verdad, igualmente no iba a poder usarlo de nuevo.

Dudaba mucho que fuera a salir sangre. Solté un siseo cuando empecé a quitarme la camiseta y esta se enganchó con las protecciones que llevaba debajo.

—¿Puedes levantar los brazos? —preguntó Landon con voz suave.

Asentí y los levanté por encima de la cabeza. Él me quitó con cuidado la camiseta de manga larga, dejándome solo con la chaqueta protectora. Era una prenda de una sola pieza con protecciones incorporadas, bastante ligera para no limitar el movimiento.

—¡Se van! —le grité al equipo de filmación, que estaba grabando muy respetuosamente a menos de un metro de mi cara.

—Rebel...

—¡Se van ya, carajo! —escupió Nick a sus espaldas—.

Ya grabaron cuando se lastimó, pero de ninguna manera voy a permitir que filmen a mi mejor amiga en sostén para que algún pervertido se haga una paja.

Nunca la filmaron en ropa interior y ustedes no van a ser los primeros, con o sin documental. Así que váyanse.

Por encima del hombro de Landon, vi que subían a Zoe a la ambulancia.

Apareció Little John al lado de Nick, se me acercó, me dio la espalda y cruzó los brazos sobre su pecho colosal.

Rachel hizo lo mismo que él y casi se me escapa una risa. Medía poco más de un metro cincuenta, así que era algo más bien simbólico, pero agradecí el gesto.

Me bajé la cremallera de la chaqueta negra y violeta y quité los brazos despacio mientras Landon me la sostenía.

—Mierda. Tenía los ojos fijos en mis costillas, enrojecidas y en carne viva.

—No hay nada de qué preocuparse —dije—. Es solo un buen raspón..., cortesía de la moto.

El paramédico examinó la herida con cuidado. Aunque sentía la piel como si me estuviera prendido fuego, había pasado por cosas mucho peores.

—No hay nada roto —dijo—. Tienes un hematoma importante. ¿Es la única lesión?

—Sí. La sangre no es mía.

—Tienes mucha suerte —dijo mientras terminaba de revisar la zona que rodeaba las huellas de los neumáticos—. Es puro daño superficial. Por supuesto, no estaría de más hacerte una radiografía.

—No, gracias. Sé cómo se sienten las costillas rotas; están bien.

—¿Estás bien, Penna? —preguntó Pax, abriéndose paso entre la barricada que me rodeaba. Dirigió automáticamente la mirada al costado de mi cuerpo, pero igualmente le arrojó una camiseta a Landon, que se la puso al instante.

—Estoy bien. Se va a convertir en un hermoso moretón y me duelen las costillas, pero no tengo nada roto.

No como la última vez. Dios, ¿qué demonios estaba haciendo?

—Deja que eso te lo diga el paramédico —dijo Pax.

—Lo acaba de decir. Estoy bien.

—¡Wilder! —gritó alguien desde la ambulancia.

—Ve —le dije—. Llévate a Landon y vayan.

—¿Estás segura? No quiero irme hasta confirmar que estés bien.

Los quería como a hermanos, pero igualmente no quería estar con ellos. Quería estar con Cruz, necesitaba sentir sus brazos fuertes alrededor de mí y oír su voz en mi oído. Eso era algo que ellos no me podían dar.

—Estoy segura. Tengo a Nick, a Rachel y a Leah...

—¡Y a mí! —gritó Little John sin despegar los ojos de la rampa.

—Y a él. —Solté una risa y luego siseé por el dolor que me causó—. Vayan. — Vayan antes de que me desmorone y vean lo hecha mierda que estoy en realidad.

—Yo la llevo de vuelta al barco —se ofreció la profesora Gibson desde el otro lado de Little John.

—Y nosotras vamos con ella —le dijo Leah a Pax.

Vi la batalla que se libró en su mirada: la necesidad de estar conmigo, con su hermana, en vez de ir con Zoe, que estaba herida de gravedad.

—Vayan. Ya, carajo —dije, sin darles opción.

Apretó la mandíbula, pero al final accedió.

—Bueno, cuídate y descansa. Voy a volver al barco o a mandar a alguien. Cuando haya novedades, te avisaré, pero ellos creen que va a estar bien.

—Perfecto. Me limpio y voy con ustedes.

Quería ducharme: necesitaba frotarme toda para quitarme la sangre, la tierra y el recuerdo de sus gritos, que se mezclaban con los míos en mi cabeza.

El paramédico me dio unas indicaciones (nada que no hubiera escuchado antes) y me puse una camiseta de Little John que me llegaba casi hasta las rodillas. Nos llevó de vuelta al barco en la camioneta.

Ahora que se había ido la adrenalina, empezó a zumbarme en la cabeza el ruido que tanto me esforzaba por bloquear. Cerré fuerte los ojos para defenderme del aluvión de imágenes que se repetían sin parar, pero eso solo las empeoró, así que me concentré en el camino.

Podía desmoronarme en privado, pero nunca allí. No con la profesora Gibson en el coche. No podía permitirme derrumbarme allí, con Leah y Rachel, que se lo contarían a Pax y a Landon.

—Cruz me va a matar —dijo la profesora Gibson.

Me estremecí al oír su nombre, al ver que ella tenía derecho a pronunciarlo en público, mientras que yo no.

—No fue culpa suya —le aseguró Leah, porque ella era así.

¿Pero yo? Yo no.

—Me dejó a cargo por diez minutos nada más, y miren lo que pasó —dijo poniéndose la cabeza entre las manos, como si la motocicleta le hubiera caído encima.

Pero tampoco era su culpa.

—Tranquila. No se va a enfadar. Él sabe que no hay plan de contingencia para la terquedad y la estupidez —dije con voz áspera y ronca—.

En el tipo de trabajo que hacemos... pasan estas cosas.

No hay forma de frenar las malas decisiones de alguien.

Zoe quería hacer algo para lo que no estaba preparada. Esto no fue culpa suya. Ni de él.

Me miró a los ojos por el espejo retrovisor y desvié la mirada, como si nuestro secreto estuviera escrito en mi frente para que todo el mundo lo viera.

—¿En qué estás pensando? —le preguntó Rachel a Leah, que estaba sentada en el asiento del medio, negando levemente con la cabeza.

—En nada, en algo que dijo Brooke cuando estábamos en Barcelona. No es nada.

Traté de controlar todos los músculos, de contener cualquier reacción que pudiera tener, pero aun así la miré.

—¿Qué dijo?

Leah me miró con sus cálidos ojos castaños.

—Dijo que todo el mundo quiere ser un Renegade hasta que se entera de lo que cuesta.