Capítulo veinticuatro. Cruz #4
Le sostuve delicadamente las muñecas, me tomé un instante para darle un beso en la palma de la mano y luego se las aparté de la boca.
—Así que me amas.
Levantó una ceja y estuve a punto de reírme.
—¿No es lo que acabo de decir?
La rodeé la cintura con los brazos y la abracé contra mi cuerpo.
—Sí, pero no sé si algún día me cansaré de escucharte decirlo. —Nunca me había entregado tanto a ninguna mujer como para amarla, y mucho menos para que alguna me amara a mí.
Se puso en puntas de pie y me dio un beso en la comisura de los labios.
—Te amo —dijo. Después, me dio otro en el contorno de la mandíbula—. Te amo.
—Menos mal, porque yo te amo tanto que ya no sé ni cómo respirar de lo monumental que se siente.
La besé, sellando mis palabras con los labios.
Antes de que pudiera apoyarla contra las rocas, me dio la vuelta y me puso de espaldas contra la piedra.
Me metió la lengua en la boca, que sabía a caramelo de menta, y la enredó con la mía hasta que se me escapó un gemido y llevé las manos a su culo desde su cintura.
Besaba igual que vivía: sin guardarse nada.
Con razón estaba tan loco de amor por ella.
Me pasó las manos por el pelo, arañándome suavemente el cuero cabelludo, y los pequeños gemidos que salían de lo más profundo de su garganta me ponían más duro que la roca en la que estaba apoyado.
Nunca antes una mujer me había excitado de forma tan intensa.
No importaba cuántas veces lo hiciéramos ni de cuántas maneras distintas.
El sexo se volvía cada vez más fogoso cuando nos tocábamos.
Se alejó; su pecho subía y bajaba rápidamente. Dios, era tan hermosa en todo momento, pero cuando empezaba a perder el control... Por favor, era tan exquisita.
Como si hubiera tomado una decisión de la que yo no estaba al tanto, le apareció un brillo en los ojos que no llegué a interpretar porque, de pronto, se acercó de nuevo y me puso la boca en el cuello. Solté un gemido y eché la cabeza hacia atrás, apoyándola en la roca.
Me levantó apenas la camisa y yo le hice caso y me la arranqué de un tirón.
—Nunca me cansaré de mirarte —dijo mientras me miraba de arriba abajo—. Ni de tocarte —susurró mientras bajaba con los dedos por el contorno de mis pectorales hasta llegar a los costados de mis abdominales—. ¿Confías en mí?
—Te confío mi vida —respondí al instante.
Me hizo sentir como todos los modelos y superhéroes del mundo combinados en uno solo, alguien que quizá podría ser digno de amarla.
Su beso me volvió loco, hasta el punto de que dejó de importarme dónde estábamos.
Tenía las manos en su pelo, después en los tirantes de su vestido y, finalmente, se las metí por debajo para acariciarle los muslos tersos.
Ella era un fuego que nunca podría apagar.
—¿Tanto como para darme el control?
Tuve que hacer un esfuerzo, pero logré frenar un segundo para darle un beso con ternura.
—Hazme lo que quieras.
Entonces se me escapó de las manos y fue dejando un rastro de besos por mi pecho y mi abdomen, hasta quedar de rodillas delante de mí.
—¿Penélope? —pregunté.
—Hace muchísimo que quiero hacer esto. —El fuego de sus ojos casi fue mi perdición.
Entonces me bajó apenas el traje de baño, lo justo para liberar mi erección. Me quedé sin aliento cuando me rodeó con la mano y empezó a subir y bajar.
Uf. Era increíble. Increíble.
Entonces empezó a lamerme la punta con la lengua y se me fueron las caderas hacia delante sin que pudiera evitarlo. Ah, mierda, esa lengua era magia pura.
Cuando metió la cabeza dentro de su boca, estuve a punto de acabar solo con verlo. Me la chupó bien adentro, con la boca tan caliente y mojada que parecía imposible y casi me olvidé de respirar.
—Penélope —gemí, con las manos en su cabeza.
Me la rodeó con una mano, con la presión perfecta, y empezó a subir y bajar con la boca mientras jugaba con la lengua. Había demasiadas sensaciones para poder ubicar una sola, así que dejé de intentarlo. Dejé de pensar.
—Dime cómo —dijo.
—Ay, Dios. Si lo haces un poco mejor, me muero.
—Qué bueno —dijo con una sonrisa, y luego se la metió, acariciándome con toda la lengua mientras yo se la deslizaba hacia el fondo de la garganta.
Tan... Perfecta. Carajo.
Sentí unas descargas abrasadoras de placer recorrerme todo el cuerpo y moví sutilmente las caderas contra su boca. Ella acompañó mis movimientos y, cuando gemía, las vibraciones me transportaban casi hasta el cielo.
Sentí ese cosquilleo en la base de la pelvis, esa tensión que me indicaba que el orgasmo estaba cerca, y maldije.
Tuviera o no el control, no iba a acabar en su boca justo después de haberle dicho que la amaba, después de que ella me lo hubiera dicho.
Quería penetrarla profundamente y con fuerza.
Quería escuchar esa boca, ahora ocupada, gritar mi nombre.
Alejé las caderas con un movimiento brusco y ella me soltó con un ruidito de succión.
—¿Qué pasa? —preguntó con los ojos, celestes e imposibles, abiertos de par en par.
—Nada —dije, volviendo a metérmela en las bermudas mientras soltaba el aire despacio. Me puse la camisa sobre el hombro y la levanté por debajo de los brazos.
La besé, casi ausente, pero no tanto como para no darme cuenta de lo que estaba pasando. La levanté del culo y sonreí cuando me rodeó la cintura con las piernas. Se le subió el vestido y sentí su piel desnuda en las manos.
Con solo correrle las bragas a un lado, podía penetrarla.
La llevé a la cabaña, me senté en la cama y ella se montó encima de mí.
—Podría haberte hecho acabar —dijo contra mis labios.
—Ah, sí, eso lo tengo clarísimo. Estuviste a punto, Pen. Pero prefiero hacerte acabar yo . —Le pasé el pulgar por el labio inferior—. Dios, esta boca.
Apreté ese labio suave entre mis dientes y soltó un gemido. Respondiendo a sus movimientos la besé con ganas hasta que empezó a frotarse contra mí, moviendo las caderas en círculos, lo que me borró casi todos los pensamientos de la mente.
Aferré el borde de su vestido, lo levanté y se lo quité por encima de la cabeza, dejándola en ropa interior.
Con un chasquido, el sostén desapareció, liberando esos pechos gloriosos.
Sin poder contenerme, metí uno en la boca y empecé a mover la lengua alrededor del pezón duro, hasta que gimió mi nombre.
Luego se lo chupé, disfrutando de la sensación de sus uñas clavadas en mi espalda.
Volver loca a Penélope se estaba convirtiendo muy rápido en mi pasatiempo favorito.
Me arrojó de espaldas contra la cama, me quitó las bermudas y volvió a tomar el control. Me incorporé y le bajé las bragas por la curva de las caderas; luego, le di un beso húmedo en el abdomen y las dejé caer al suelo.
—No puedo esperar —dijo con la respiración entrecortada mientras se montaba encima de mí—. Por favor, Cruz.
Con una mano en su cadera, le pasé el pulgar por la línea que recorría su centro. Por suerte, ya estaba lista y muy mojada.
—¿Por favor? —Me pidió de nuevo, moviendo las caderas hasta que su sexo quedó justo en la punta de mi tensa erección.
Estaba tan mojada, tan caliente, cuando la deslicé por sus pliegues.
Antes de perder la cabeza, alargué el brazo, tomé un preservativo de mi bolso y lo rasgué con los dientes. Un segundo después ya me lo había puesto.
—No tienes que rogarme nunca —le dije.
Como respuesta, empezó a bajar el cuerpo poco a poco, metiéndosela hasta el fondo. Estaba tan apretada como un puño cerrado y tan caliente como el sol. Nada se comparaba con aquello. Nada.
—Te amo —me dijo con los ojos abiertos y brillantes.
Menos eso , pensé, mientras ella se movía y empezaba a subir y bajar con los ojos fijos en mí.
—Te amo —le juré, y la atraje hacia mí para darle un beso profundo con la boca abierta, ahora que ya no me quedaba nada de lento ni de manso.
Tras la escena de la playa, no sabía cuánto iba a durar. Por favor, esa mujer era perfecta y muy sexy. Empezó a moverse más rápido, a mover las caderas con más fuerza y a gemir de una manera que me indicaba que estaba cerca del orgasmo, pero todavía le faltaba un poco.
Aferrándola del pelo con cuidado, le incliné la cabeza y llevé la boca al punto de su cuello que la volvía loca.
Luego, me concentré en cualquier cosa menos en el exquisito movimiento de su cuerpo deslizándose contra el mío y en el ardor que sentía en la base de los testículos, que me indicaba que estaba cerca.
Puse mi mano libre entre los dos y le toqué el clítoris, notando cómo se le contraían inmediatamente los muslos a los lados de mis caderas.
—Sí, así, mi amor.
Entonces empecé a hacer círculos y a presionar con el dedo, usando la combinación que sabía que la haría volar. Se cerró alrededor de mí y echó la cabeza hacia atrás, de modo que su pelo me rozó las rodillas.
—¡Cruz! —gritó, mientras su sexo se contraía alrededor de mí, apretándome con tanta fuerza que no tuve más opción que unirme a ella, vencido por el orgasmo. Me vacié dentro de su cuerpo mientras ella se dejaba caer sobre mi pecho.
—Te amo —susurré en su pelo, solo porque podía.
Me miró con los ojos nublados por el éxtasis.
—Yo también te amo. Pero no lo sabía hasta que me lo dijiste tú.
Le sostuve el rostro entre las manos y le di un beso suave y tierno, mientras imaginaba que ese iba a ser mi beso de buenas noches todas las noches del resto de mi vida.
En ese momento supe con total certeza que nadie se iba a comparar jamás con Penna Carstairs. Para mí, era ella y nadie más.
Lo único que podía hacer era rezar para tener la fuerza necesaria para no soltarla, porque no sabía si sobreviviría si llegaba a perderla.