Capítulo veinticuatro. Cruz #3
Crucé las manos sobre las piernas, me mordí la lengua y me tragué la bilis con dificultad cuando Penna se subió a la minimoto. Una y otra vez, fallaba en sus intentos de completar la rotación del flip y caía en el pozo de espuma, para que luego la levantara la grúa.
Leah levantó la vista, miró primero a Penna, que acababa de hacer otro intento fallido, y luego a mí, que tenía la cara entre las manos.
—No se preocupe. Lo va a lograr. Pero Zoe... —Suspiró cuando Zoe cayó de espaldas en el pozo con la moto encima—. Nunca ha tenido la dedicación que tiene Penna y, en estos trucos, la clave es comprometerse cuando se está en el aire.
Cuando se acercaba la una de la tarde, Penélope consiguió hacer la primera rotación doble, aunque hundió las ruedas en el pozo. Se levantó con el puño en alto y los Originales fueron corriendo hacia ella para celebrarlo con saltos y abrazos.
Cuando me miró, sentí que no había nada en el mundo que quisiera más que imitarlos, abrazarla y decirle lo orgulloso que estaba, aunque tuviera la costumbre de matarme del susto una y otra vez.
Cruzamos una mirada que resultó demasiado íntima para estar en público, pero mantuve el contacto visual hasta que ella lo rompió, los dos con la misma leve sonrisa que expresaba lo que no podíamos decir.
Rachel se dio cuenta, me levantó una ceja y se alejó sin decir nada.
Little John ya lo sabía y Rachel lo había sospechado desde la noche del cumpleaños de Penna. Teníamos que tener más cuidado. Faltaban solo seis semanas para desembarcar y no podía permitirme cometer un error ahora.
Elisa tampoco.
***
—Desde esta mañana no me has dicho ni una palabra —dijo Penélope, arrojando su bolso en la cama con dosel de nuestra cabaña frente al mar.
Estábamos a kilómetros de la ciudad, en el complejo más silencioso y exclusivo que encontré. Había cosas de las que hablar y no podíamos arriesgarnos a que hubiera ojos ni oídos cerca. Además, también quería volver a escuchar cómo gritaba mi nombre.
Así que o la cabaña privada o nada.
—Es que tengo tantas cosas que decir que no sé ni por dónde empezar —respondí, dejando mi bolso junto a mi lado de la cama.
—Estás enfadado por lo del truco. Se cruzó de brazos, haciendo que esos magníficos pechos se le subieran por encima del escote del vestido rosa.
Llevaba el pelo suelto, que le caía por la espalda, y, si no hubiera sabido que debajo de todas esas protecciones que llevaba en la moto estaba ella, nunca habría adivinado que Rebel era mi Penélope.
Pero era ella.
—Estoy enfadado porque no me lo contaste. Porque me hiciste entrar a ciegas como un idiota.
—Aprobaste la práctica. Nunca preguntaste qué trucos íbamos a hacer.
—Eso no es justo.
—Es la verdad, y, además..., si fueras solo mi supervisor, no estarías ni la mitad de enfadado de lo que estás ahora. No estás enfadado con Rebel por no decírtelo, sino con tu novia, y eso es lo injusto.
—¡Más vale que estoy enfadado! —gruñí, tratando de no levantar la voz—. ¿Hace cuánto estabas planeando eso?
—Hace como tres semanas —confesó, bajando la vista.
—Y en esas tres semanas, en cualquier momento que pasamos juntos, ¿nunca se te ocurrió decirme: «Ah, amor, voy a intentar hacer un truco que me puede llegar a matar»? ¿O simplemente te olvidaste durante veintiún días seguidos?
—No quiero pelearme contigo —murmuró.
—A mí no me importa, la verdad. Si este es el único momento que tenemos para resolver este tema, nos vamos a quedar aquí peleando hasta que le encontremos la vuelta.
Se mordió el labio y, por favor, qué ganas de besarla.
Había pasado todo el día luchando contra los instintos de mi cuerpo, que me pedían a gritos que la tocara.
Necesitaba sentir sus latidos, oír su respiración, verla desmoronarse y confirmar que no se había hecho daño.
¿Así me iba a sentir después de todas sus sesiones de freestyle?
La puta madre. No sabía cómo iba a sobrevivir.
—No puedes ocultarme estas cosas —dije, tratando de mantener la calma—. Ni como tu supervisor ni como tu novio. No me va a gustar todo lo que hagas, pero no puedes tomarme por sorpresa así.
—Lo siento, pero no tienes derecho a opinar. —Negó con la cabeza para reforzar su argumento.
—¿Que no qué?
—No. Tienes. Derecho. A. Opinar. Tienes que aprobar nuestros retos por un acuerdo legal de mierda, pero no tienes derecho a opinar sobre lo que yo haga con mi cuerpo.
Ese es mi trabajo, Cruz. Es lo que más me gusta hacer desde los siete años y no tienes derecho a meterte en mi vida de repente y ponerte en el papel de líder supremo ni a enfadarte cuando hago lo mismo que hacía antes de que llegaras.
—¡Pero, por favor, Penélope! No solo estoy enfadado, estoy muerto de miedo.
¿Por qué te cuesta tanto entenderlo? ¿Tienes idea de lo que es ver a la persona que amas haciendo las locuras que haces tú, sabiendo que son totalmente conscientes del peligro y que, justamente por eso , no te lo contaron?
Eso no es una relación de igual a igual; eso es tratarme como si fuera inferior.
Al menos, si me hubieras dicho lo que ibas a hacer, me habría resignado y lo habría aceptado con más tiempo, no cinco minutos antes de que te pusieras el equipo.
—¿Qué has dicho? —murmuró incrédula.
Me pasé las manos por la cabeza y me tiré del pelo por frustración.
—Dije que estoy cagado de miedo por ti y parece que no entiendes que me está costando asimilarlo.
Se quedó boquiabierta.
—No, después de eso.
—¿Que no confías en mí lo suficiente como para contarme qué mierda estás tramando? —Me estremecí. Mierda. Mira quién habla. Yo no le había contado nada sobre Elisa. En todo el tiempo que habíamos pasado juntos.
Que levante la mano el más hipócrita. Yo, claro.
Pero no podía hacer nada al respecto. Si se lo contaba, mi plan tan meticuloso podría quedar expuesto a errores y, en definitiva, pondría en peligro a Penélope, y no estaba dispuesto a arriesgarme a eso. Ni siquiera por Elisa.
—¿Sabes qué? —dije—. Voy a salir un rato. Realmente creo que en esta discusión ya está todo dicho. Estoy enfadado porque no me lo contaste. Tú crees que no tengo derecho a opinar y, tal vez, tienes razón. Hemos llegado a un punto muerto, así que tratemos de calmarnos.
Me di la vuelta, me quité los zapatos y los calcetines, y salí de la cabaña por la puerta corrediza de cristal.
La zona exterior estaba a la sombra de unos árboles, pero, cuando salí por el acceso privado a la playa vacía, la arena estaba perfectamente tibia entre mis dedos.
Caminé unos metros hasta llegar a un conjunto de rocas y me apoyé contra la piedra calentada por el sol.
Tenía que contarle lo de Elisa. No podía seguir ocultándoselo, pero el riesgo lo corría yo solo.
Si nos atrapaban, era yo el que se quedaría sin trabajo.
Podía fracasar y arruinarle a mi hermana la oportunidad de ir a la universidad o hacer que le pasara algo peor si mi padre se enteraba de lo que estábamos tramando.
Yo estaba enamorado de Penélope, no al revés.
Cuando se trataba de correr riesgos en la vida, aunque Penna se subiera a la rampa, el que iba sin casco era yo.
Contemplé la cadencia de las olas del Atlántico al romper suavemente en la orilla.
Era un sonido tranquilizador para un momento en el que mi mente estaba muy agitada.
Cerré los ojos y dejé que el murmullo rítmico del agua me inundara la cabeza y borrara todo lo demás.
Cuando los abrí, tenía a Penélope de pie delante de mí.
—Hola. —Más allá de todo el enojo o el miedo que hubiera sentido, estaba enamoradísimo de esa mujer.
—¿Me amas? —murmuró, y la última palabra le salió apenas más aguda.
¿Se había metido en mi cabeza?
—¿Qué?
Se mojó los labios, nerviosa, y luego levantó el mentón.
—Allí dentro dijiste que no sabía lo que era ver a la persona que amo haciendo las locuras que hago yo. ¿Lo dijiste en serio? ¿Me amas?
Y bueno, parece que eso sí se me había escapado. Qué tipo más delicado, Cruz. Un romántico total.
—Sí —respondí—. Estoy enamorado de ti, Penélope. ¿Cómo no voy a estarlo? Mira lo que eres. Eres todo. Eres hermosa, valiente, brillante y buena. Eres todo lo que siempre he querido.
En lugar de responder, me miró bastante pasmada, ¿o tal vez fascinada?
—¿Penélope? —dije.
Definitivamente, cuando imaginaba cómo sería este momento, nunca esperé que hubiera tanto silencio.
Aunque tampoco es que lo hubiera pensado demasiado, pero, si lo hubiera hecho, esta reacción no habría estado entre las más esperadas.
Mierda, ¿la habría asustado? ¿La ponía tan nerviosa la palabra con A?
Despacio, levantó las manos hasta mi rostro y me miró con una sonrisa tan radiante que podría haber iluminado el mundo entero.
Como si hubiera encendido un interruptor en mí, respiré hondo por primera vez desde que le había confesado mis sentimientos por accidente.
El nudo que tenía en el estómago desapareció y lo reemplazó una emoción que me daba miedo llamar esperanza.
—Te amo, Cruz. —Tenía la voz débil, pero fuerte; así era ella.
—No tienes que decirlo solo porque...
Movió la mano para apoyarme el pulgar sobre los labios.
—No es por eso. Lo digo porque es verdad.
Traté de luchar contra lo que sentía... Nuestra relación ya es muy complicada.
Pero si he aprendido algo este año, es que hay cosas que hay que decir.
El arrepentimiento es una forma de dolor y me niego a arrepentirme de nada relacionado contigo, con nosotros.
Por eso lo digo fuerte. Estoy enamorada de ti.
Me enamora tu integridad, tu determinación, tu forma de tratar a tu familia.
Pero, sobre todo, te amo por cómo me haces sentir: valorada, como si fuera algo precioso, y protegida, aunque también libre.
Te amo porque eres terco y retrocedes incluso cuando no tengo razón, pero tienes la fuerza para ceder cuando sí la tengo.
Me alegra que lo hayas dicho tú primero, porque no sé si yo habría tenido el valor para hacerlo.