Rebel (Renegados 3) Capítulo veinticuatro. Cruz #2
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Capítulo veinticuatro. Cruz #2

Se me cerró la mandíbula tan rápido que me chasquearon los dientes.

Respiré hondo y con fuerza, y me recordé a mí mismo que tenía que reaccionar como su supervisor y no como su novio.

El hecho de que semejante torbellino de mujer fuera la dueña de mi corazón era un factor que no podía tener peso en ese momento.

Más tarde... Bueno, eso vendría después.

—¿Por qué ninguna mujer ha completado este truco?

—En general, la moto es demasiado pesada y las chicas no suelen tener la altura o la fuerza necesarias para lograr que la moto dé dos vueltas antes de aterrizar —respondió Nick, que había aparecido de la nada.

O tal vez no me había dado cuenta por estar tan concentrado en Penélope.

Levanté la vista y miré la rampa gigantesca y el pozo de espuma que había un poco más atrás.

—¿Y qué pasa si no puedes darle la segunda vuelta a la moto?

—Cae de cabeza y se parte el cuello —respondió Nick, encogiéndose de hombros.

Ay, mierda, quería vomitar. Había visto heridas de guerra y se me había muerto un amigo en brazos, pero nunca había sentido las náuseas que me sacudieron el estómago al imaginar a mi Penélope pasando por eso.

—Eso no va a pasar —le espetó ella a Nick—. Basta de tratar de asustarlo. ¿Doctor Delgado?

Me obligué a despegar la vista de la rampa para mirarla a los ojos y tratar de recordar que en ese ámbito no podía reclamarle nada; no tenía derecho a zarandearla ni a darle besos hasta que se le quitara la estupidez de esa cabecita brillante y hermosa.

—¿Carstairs? —dije con toda la formalidad que pude.

Hizo un gesto de dolor tan pequeño que nadie más lo notó.

—Por eso tenemos las minimotos. La fuerza no va a ser un problema hoy. El único problema será el movimiento de giro, pero tenemos las redes y el pozo para no hacernos daño. Más seguro, imposible.

—Por hoy.

—Eso es lo único que le estoy pidiendo que apruebe por ahora. Lo de hoy. Cuando vea que puedo con esto, le traeré una propuesta para el próximo paso.

—¿Qué está pasando? —preguntó Leah, rodeando la cintura de Pax con el brazo.

—Penna acaba de contarle al Doc cómo es el truco —respondió Wilder.

—¿Eh? Aaaaaah.

Si hubiéramos estado a solas, le habría dicho de todo. La habría dejado meterse en mi cabeza, donde estaba a punto de llevar mi cordura al límite. Pero estábamos en público, así que lo mejor que podía hacer era dirigirle una mirada sutil, pero furiosa.

—Bueno, en fin. Si este tema ya está cerrado, entonces voy a ir a calentar —dijo Penna, forzando una sonrisa.

Los demás se dispersaron y, cuando Penélope pasó a mi lado, le susurré:

—Esta charla no termina aquí.

—Me di cuenta —respondió, y luego me miró—. Pero tienes que confiar en mí lo suficiente como para entender que este es mi trabajo. Sé cuáles son mis límites. Mis amigos también lo saben. Y sí, yo corro los límites, pero este es un entorno seguro. Te lo prometo.

—Sí, bueno. Sigue sin terminar aquí.

—Tomo nota —dijo, y fue a ponerse el equipo.

Me dejé caer en la silla que estaba junto a Little John, a la sombra de un toldo. El clima rondaba los veinticinco grados, pero el sol podía ser igualmente brutal.

—¿Te lo contó?

Negó con la cabeza y me miró fijamente.

—Me contó lo suficiente para saber que no deberían hacer lo que sea que estén haciendo.

—Sí, ya lo sé.

—Eres su profesor .

Miré a mi alrededor para cerciorarme de que no hubiera ninguna cámara cerca. Por supuesto, nos habían dejado solos. Nosotros éramos los únicos asistentes y las cámaras estaban enfocando a las estrellas.

—Pero la noche que nos conocimos no. Ahí era solo un tipo en un bar. Y Penélope... es Penélope.

—Tendrían que haberles dicho la verdad a los de la universidad y al resto de los Renegades en cuanto se dieron cuenta.

Gracias, Pepe Grillo.

—Sí, pero no lo hicimos y ahora estamos donde estamos.

Tendría que haber sido más fuerte. Tendría que haberle dicho que no, pero, como te dije, Penélope es Penélope.

—Miré cómo mi chica se acercaba a las motos con Zoe, vestidas de pies a cabeza con el equipo de protección—.

Y parece que soy un hombre débil. Dios, ¿de verdad no le va a pasar nada?

Little John alternó la mirada entre ella y yo por un instante antes de soltar un suspiro.

—Hoy no le va a pasar nada. Sobre todo, está repasando y trabajando con la mini.

No te estreses. Y eso que dices de ser débil...

Bueno, yo sé lo que es decirle que no a esa chica y, si lo que quería era estar contigo (y todavía lo quiere), no tenías ninguna posibilidad.

No sé si Gandhi podría resistirse a Penna cuando quiere algo.

Pero nunca la he visto interesarse por ningún chico, por eso no se lo conté a los demás.

—Gracias —dije, odiándome por casi todas las decisiones que había tomado.

Odiaba estar del lado equivocado de cualquier conflicto ético, y más aún si era tan grande como ese, pero, cuando se trataba de Penélope, no había límite que no estuviera dispuesto a cruzar ni mal que no estuviera dispuesto a cometer para seguir con ella.

Porque estaba enamorado de ella.

Ah, mieeeeerda. ¿Cuándo había pasado eso?

¿Cuando hicimos el amor en Chile? ¿Cuando discutimos en el aula?

¿Cuando mi enfado con ella quedó opacado por el inmenso respeto que sentía por su intrepidez?

¿O antes, cuando lavó los platos conmigo en casa de la abuela?

Tal vez había sido incluso antes, en su cumpleaños, cuando me di cuenta de que no podía mantener la distancia, de que ella era un imán y yo una brújula, y mi norte apuntaba a ella, se moviera a donde se moviera.

Tal vez había sido desde el principio, en cuanto puse un pie fuera de esa rueda de la fortuna. Little John tenía razón: nunca había tenido ninguna posibilidad.

—Pero te voy a decir una cosa —dijo, arrastrando las palabras, y volví a conectar con la conversación—.

Si algún día la lastimas, no vas a tener que preocuparte por Pax ni por los chicos, porque te mataré yo con mis propias manos.

—Abrió una lata de refresco como si no acabara de amenazarme de muerte y se puso a beber.

—Nunca vas a tener que preocuparte por eso. Movería cielo y tierra por la seguridad de esa mujer..., si me lo permitiera.

Little John se rio.

—Bueno, bienvenido a la vida con los Renegades.

***

La mañana pasó entre náuseas y tensión, mientras veía cómo Penélope se lanzaba por la rampa primero con su moto de tamaño real, a la que llamaba Elizabeth. Hizo un truco tras otro ante los aplausos de sus amigos.

Cada vez que saltaba en el aire, se me encogía el estómago. A nivel lógico, sabía que era muy buena, la mejor del mundo, en realidad, pero mi corazón no callaba, no paraba de gritar que podía matarse en cualquier momento.

No se trataba de un reto que hubieran planeado meticulosamente para realizar una sola vez. No, eran horas y horas de tortura prolongada con cientos de oportunidades para que se lastimara.

Cuando logró hacer el backflip simple a la perfección, me dividí en dos. Una parte se llenó de orgullo al ver que era absolutamente espectacular. La otra parte estaba gritando por dentro, desesperada por tener que verla asumir riesgos tan innecesarios.

Colocaron el pozo gigante en su sitio con cuatro montacargas mientras Penélope trabajaba con Zoe.

—¿Por qué Zoe? —pregunté cuando Leah se sentó en la silla junto a mí con la lectura de Historia que yo había asignado sobre las piernas.

—Porque ella se lo pidió —respondió Leah—. Penna sabe lo que es ser mujer en un deporte que no está hecho para ellas. Así que deja de lado todas las estupideces personales y ayuda.

—¿Las estupideces personales?

—Zoe cree que su valor está en su vagina —respondió Rachel, de pie a mi lado—.

Penna no lo soporta, pero está dispuesta a ayudarla a salir del pozo en el que se metió ella sola, así que eso dice más del carácter de Penna que cualquier otra cosa.

—Levanté la vista lentamente hacia Rachel y la miré con los ojos redondos—.

¿Qué? —dijo, encogiéndose de hombros—. Esa chica es todo un caso.

—Doctor Delgado, ¿puedo hacerle una pregunta? —Leah abrió su libro.

—Por supuesto —respondí, y se me encogió el estómago por la paranoia. ¿Me había quedado mirando a Penélope demasiado tiempo? ¿Había sonreído demasiado? ¿Se habría dado cuenta Leah?

—¿Cree que Eva Perón impulsó a Juan o que fue más bien un ascenso mutuo? —preguntó Leah—. Perdón, ya sé que no es el horario de consulta, pero me estaba haciendo esa pregunta.

Sentí un enorme alivio. Con las preguntas académicas sí podía. Casi se me escapó una risa al pensar que esas dos mujeres, que no podían ser más distintas, eran dos de las amigas más cercanas de Penna.

—Bueno, primero que nada —le dije a Rachel—, ¿qué tiene? Puede que le guste un poco coquetear, pero...

—Lo que pasa es que Rachel está enfadada con Zoe porque estuvo con Landon durante el tiempo que estuvieron separados. Ya déjala en paz, Rach. Tú ganaste. Ella perdió.

Mierda, eso era como volver a la universidad, solo que yo había estudiado en la nocturna y con clases virtuales mientras hacía el servicio militar a tiempo completo, así que nunca había tenido que lidiar con ese nivel de drama.

Pasando totalmente por alto todo lo que acababan de decir, me volví hacia Leah.

—En segundo lugar, Eva Perón era una fuerza de la naturaleza que habría podido llevar al poder al hombre que quisiera.

Pero, si le sumamos la experiencia militar y el carisma de Juan Domingo Perón, se convirtieron en la pareja más importante de la política argentina.

—Miré de nuevo a la mujer a la que amaba, que estaba usando las manos para explicarle algo a Zoe mientras la observaban tres tipos—.

Pero debo decir que creo que él no habría tenido ninguna posibilidad sin ella.

Él fue el que más suerte tuvo en esa relación.