Rebel (Renegados 3) Capítulo veinticuatro. Cruz
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Capítulo veinticuatro. Cruz

CAPÍTULO VEINTICUATRO CRUZ

BUENOS AIRES, ARGENTINA

Tres semanas. Durante todo ese tiempo, Penélope estuvo en mi cama.

Habían sido, sin duda, las mejores tres semanas de mi vida, pero también las más difíciles.

Las mejores, porque por las noches me acurrucaba con ella, escuchando sus leves gemidos en mi oído y sintiendo cómo su cuerpo me envolvía de una forma tan exquisita.

Las más difíciles porque cada día era más complicado mantener en secreto mis sentimientos... y nuestra relación.

Había surfeado con ella en las costas de Chile, bajado en trineo por los glaciares de la Patagonia y hecho el amor mientras cruzábamos el estrecho de Magallanes. Cuando cruzamos el cabo de Hornos, el punto más austral de nuestro viaje, supe que ella sería mi brújula cuando todo eso terminara.

En poco más de un mes, podríamos hacerlo público. Por fin podría darle la mano, besarla y anunciar que estaba conmigo. Por más que Penélope transmitiera «No me toquen», los tipos seguían convencidos de que iban a hacerla cambiar de opinión.

Ella seguía yendo al bar, según el contrato.

Seguía bailando, sonriendo y actuando de Rebel al pie de la letra.

Las noches en las que me tocaba hacer de chaperón en ese pequeño mercado de carne, me quedaba sentado, hecho una bola de furia, sin poder decirles a esos hijos de puta que se fueran a la mierda y dejaran sola a mi novia.

Porque no sabían que era mi novia. Nadie lo sabía.

Cada vez que me sonreía, que se reía conmigo o incluso cuando se hacía la desentendida en público, yo me enamoraba un poco más y me entregaba un poco más.

Le daba todo de mí, excepto a Elisa. Excepto a Elisa. Todavía no le había contado mi plan a Penélope. No era porque no confiara en ella, sino porque no había margen para el error. No podía haber ni la más mínima complicación, porque si no, se iba a ir todo a pique.

Y sabía que, cuando por fin se enterara, parecería que no confiaba en ella. Pero no podía permitir que se sumara un eslabón más a la cadena, aunque dicho eslabón fuera mi vida y mi alma en ese momento.

Elisa era mi hermana y cada complicación ponía mucho más en riesgo su vida.

En cuanto él se diera cuenta de lo que estábamos tramando, o incluso si solo se encontraba con las cartas de aceptación de Harvard, ella iba a sufrir unas consecuencias que me aterraban solo de pensarlas. Consecuencias que nos habían costado la vida de mamá.

—¿Estás seguro de que estos me van a servir?

—le pregunté al hombre en español, hojeando los documentos.

El rostro de Elisa me devolvía la mirada, con los mismos ojos oscuros que veía en el espejo todos los días.

Se parecía tanto a nuestra madre en la actualidad, pero sin la tristeza ni la derrota permanentes que tenía mamá la última vez que la había visto.

—Van a servir —me aseguró.

—Gracias —dije, y le di una gran cantidad de pesos. Me fui de su tienda de mala muerte. Me subí al primer taxi que vi y le di la dirección del puerto al conductor mientras empezaba a salir el sol. Si volvía dentro de los próximos diez minutos, Penélope nunca se enteraría de que me había ido.

Cuando me bajé en la cubierta nueve, me encontré con Lindsay.

—¿Madrugador? —preguntó.

—Lo mismo digo. ¿En qué andas?

—Fui a dar una vuelta. De vez en cuando está bien poder bajar del barco sin tener que estar con alumnos, ¿no crees?

—Sí —contesté, pensando que esa misma noche iba a estar en un hotel fuera del barco con Penélope. Por primera vez desde la escala en Chile, íbamos a estar solos, y no tenía ninguna intención de salir de la habitación del hotel.

—¿Qué planes tienes para hoy?

—Hoy voy a estar con los Renegades y mañana tengo una excursión cultural. Además, va a haber un espectáculo de tango. Tienes que venir, a menos que ya tengas planeado ir a otro sitio.

Se le iluminaron los ojos y maldije para mis adentros. Lo había dicho en tono amistoso, pero Lindsay todavía no se había dado por vencida.

—¡Me encantaría!

—Genial, después te envío los detalles por correo electrónico.

Le puse alguna excusa, entré en mi suite lo más rápidamente posible y cerré la puerta de mi dormitorio.

Penélope ya se había ido, de seguro al gimnasio con Landon.

Había estado obsesionada con el ejercicio últimamente, entrenando dos veces al día.

Ya tenía el cuerpo perfecto, pero no paraba de quejarse de que le faltaba fuerza y se pasaba el día en el salón de pesas.

Aunque yo tampoco se lo iba a cuestionar.

Me encantaba su cuerpo, tuviera la forma que tuviera.

Guardé esos documentos con los demás: mi propio tesoro escondido, que iba creciendo semana a semana. Solo me faltaba una pieza más, y aunque tendría que esperar hasta justo antes de llegar al puerto, iba a necesitar la ayuda de Penélope para conseguirla.

Pero de eso me preocuparía más cerca de la fecha.

Miré la hora y llamé.

—¡Cruz! —exclamó Elisa.

—¡Hola! ¿Cómo estás?

Sentí un gran alivio al comprobar que no le había pasado nada desde la última vez que hablamos.

—Muy bien, ¿dónde estás ahora?

—En Argentina.

—Qué increíble. ¿Sigue todo en orden?

—No tengo mucho tiempo, pero quería decirte que ya lo tengo. —Bajé la voz, como si hubiera alguna posibilidad de que alguien me oyera desde su lado.

—¿En serio? ¿Es real?

—Es todo lo real que se puede hasta que te consigamos uno legal.

—Esto va en serio, ¿no? ¿De verdad vas a venir?

—Aguanta, Elisa. Estoy yendo.

La iba a sacar de ahí de una vez por todas, costara lo que costara.

***

—Y... ¿cómo lograron esto? —pregunté unas horas después, mientras contemplaba la rampa más grande que había visto en mi vida.

—Cobré un par de favores —respondió un tipo rubio que se acercó en su silla de ruedas—. Yo soy Nick. Tú debes de ser el Doc.

—Así me llaman —dije, dándole la mano—. Penna habla mucho de ti.

—Ah, ¿sí? Lo único que he escuchado de ti es que eres un pesado total. —Sonrió, pero desapareció de mi campo visual cuando Penélope pasó volando a mi lado y prácticamente se lanzó a su regazo.

—¡Nick!

—Uf, menos mal que no siento nada ahí abajo, porque creo que me estás aplastando —dijo, devolviéndole el abrazo—. Qué bueno verte, amiga.

—Lo mismo digo —dijo ella, apartándose con una sonrisa enorme—. Gracias por venir hasta aquí. No tienes ni idea de lo mucho que significa para mí.

—Sí que la tengo. —Le sintió los bíceps con las manos e hice todo lo posible por no golpearlo—. Mierda. Cumpliste con tu palabra. ¿Dos veces al día?

—Sí, soy un hijo de puta —dijo Landon, apartando a Penna para sentarse en el regazo de Nick—. Ay, Santa, para Navidad voy a querer...

—Bájate, imbécil —dijo Nick, y Landon se bajó de un salto, pero en ese momento lo reemplazó Pax, que se inclinó para abrazarlo.

—Qué bueno verte la cara —dijo Wilder.

—Lo mismo digo —respondió Nick.

—¡Little John, mi amigo! —dijo Landon mientras se acercaba un tipo enorme.

Mierda.

—Penélope —susurré para que solo ella me oyera—. ¿Ese es...?

—Yo me ocupo —me aseguró sin mirarme y, acto seguido, fue corriendo a abrazar al tipo que había conducido el coche con el que habíamos escapado después de saltar desde la High Roller.

Se le pusieron los ojos en blanco cuando me vio y me reconoció.

—Eh, ¿tú no eres...?

Penélope lo alcanzó antes de que pudiera terminar la frase y lo apartó de la gente. Miré de reojo su acalorada conversación mientras el equipo traía las motocicletas. Entre ellas había dos minimotos.

—¿Y esas para qué son? —le pregunté a Wilder.

—Para practicar —respondió.

—¿Practicar qué?

Se le pusieron los ojos como platos y miró primero a Penélope y después a mí, hasta que finalmente la llamó. Ella volvió corriendo, con las mejillas sonrojadas, pero claramente no por entusiasmo, a juzgar por la mirada que me lanzó.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—El doctor quería saber para qué sirven las minimotos —dijo Pax con una dulzura fingida.

Se le sonrojaron aún más las mejillas cuando se giró para mirarme.

—Hoy voy a aprender un truco nuevo y Zoe también.

Yo había autorizado la práctica de FMX, así que no me sorprendió.

—Bueno, pero ¿necesitas motitos bebés?

Pax se rio y le dio unas palmaditas en la espalda.

—Ay, Dios, esto es demasiado divertido.

—Cállate —le dijo entre dientes—. En este momento soy una de las pocas mujeres del mundo que pueden hacer un backflip con una moto de motocross.

—Está bien.

—Zoe quiere aprender. Por eso hemos traído una minimoto, porque primero tiene que conseguir hacer el flip antes de añadirle el peso de una moto de tamaño real.

Está entrenando, tonificando los músculos, y este es el primer paso.

Empezaremos en un pozo de espuma, así que no se hará daño, y soy la mejor persona para enseñarle.

Entorné los ojos.

—También has estado levantando pesas y entrenando dos veces al día, si no me equivoco. ¿Qué es lo que vas a hacer que requiere tanto músculo?

Tomó aire con fuerza y levantó el mentón. Eso nunca era una buena señal con esa mujer.

—Voy a aprender a hacer un doble backflip .

—Un doble backflip .

—Exacto.

En este punto, mi falta de experiencia era más que evidente.

¿Saltar desde un avión? Perfecto. ¿Y el salto BASE?

Ningún problema. Con cualquier cosa que incluyera un paracaídas, estaba en mi salsa, pero ¿con las motos?

A menos que implicara conducir de un punto a otro, no tenía ni la más puta idea.

Simplemente había confiado en que esto era lo suyo y le había dado el beneficio de la duda.

Claramente, la había cagado.

—¿Y cuántas mujeres en el mundo han logrado completar un doble backflip ? —pregunté.

De reojo, vi que Pax parecía estar disfrutando mucho de la situación, pero no le quité los ojos de encima a Penélope.

—Yo sería la primera.