Rebel (Renegados 3) Capítulo veintitrés. Penna
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Capítulo veintitrés. Penna

CAPÍTULO VEINTITRÉS PENNA

EN EL MAR

—Hay algo distinto —dijo Rachel la noche siguiente, mientras yo estudiaba en la mesa del comedor.

Levanté la vista del libro de cálculo y bebí un sorbo del batido de proteínas que tenía que tomar después de entrenar, como parte de la tortura de Landon.

—¿En qué?

Se sentó enfrente de mí, se cruzó de brazos y entornó los ojos.

—En ti.

Sentí la necesidad repentina de pasarme la mano por la frente por si me había salido tatuada la frase «Perdí la virginidad» de la noche a la mañana.

—No sé de qué hablas.

—Estás contenta —me acusó.

—¿Estar contenta es delito?

—Estar contenta es algo poco habitual en ti últimamente.

Evalué rápidamente cómo estaba. En términos físicos, sentía un dolor que nunca antes había sentido. Pero es lógico, porque nunca antes habías tenido a nadie dentro de ti. En términos emocionales... Mmm.

—Bueno, puede que tengas razón. Estoy un poco contenta.

—¿Y quién es el tipo?

Resoplé y le di un sorbo demasiado evidente a mi batido asqueroso.

—¿Qué mierda le pone tu novio a estas cosas?

—Las lágrimas de mis enemigos. Vamos, ¿ quién es ?

Cerré el libro de matemáticas de un golpe y me levanté.

—No tengo ni idea de quién hablas.

—Sí, claro —dijo en tono burlón—. Por favor. Anoche no volviste a casa, últimamente pasas todo el tiempo en tu habitación, como si tuvieras algo que ocultar, y ahora estás así, toda radiante. Yo sé qué es lo que pone así a las chicas: los tipos. Así que dime, Penna: ¿quién es?

—Tal vez estoy contenta porque me fue muy bien en el examen de Geografía de la semana pasada. Tal vez estoy contenta porque he estado durmiendo bien o porque he vuelto al gimnasio. Sabes que el ejercicio libera endorfinas, ¿no?

—Ajá. Y el sexo también.

Puse los ojos en blanco, me llevé el libro a mi habitación y lo tiré al montón que ocupaba todo mi escritorio.

—Sabes que no se lo contaría a los demás, ¿no?

—me preguntó con un tono más serio, apoyándose en el marco de mi puerta—.

Te debo tanto... Estuviste cuando no era necesario, por la historia que tenemos.

Solo quiero asegurarme de que estás bien y de que sabes que estoy aquí.

Leah también está, solo que..., bueno... , del otro lado del pasillo.

Sonreí y la abracé, estrechando su diminuta figura contra mí.

—Sí, ya sé. Y gracias. Te prometo que, si hay algo de lo que tengamos que hablar, lo hablaremos, ¿de acuerdo?

Frunció los labios, me fulminó con la mirada sin disimulo, pero luego relajó el semblante al darse cuenta de que no iba a ganar esa batalla.

—Sí. Bueno. Está bien —dijo por encima del hombro y me dejó en paz.

Rachel tenía razón. Estaba contenta. Toda la mierda del tema de Brooke, el egoísmo de mis padres al defender la crueldad de su rechazo...

Todo eso se disipaba al pensar en lo feliz que era con Cruz, de una forma tan sencilla y hermosa.

Y eso había sido antes del sexo. Ahora simplemente estaba en el séptimo cielo, muerta de felicidad.

¿Así se había sentido Rachel con Landon cuando engañaron a Pax juntos?

¿Así se había sentido Pax con Leah cuando le dijimos que era peligroso enamorarse de su tutora?

En ese caso, por fin entendía por qué habían arriesgado todo, incluso el alma, para estar juntos: para sentir eso.

Me miré en el espejo para ver si notaba algún cambio físico.

Más allá de los músculos, que estaban más definidos por el tiempo que pasaba en el gimnasio, me veía exactamente igual.

Salvo por mis ojos, que ahora brillaban más.

Ahora brillaban más. Ya no estaban hundidos ni tenían ojeras. Volvía a parecer yo.

Una mancha rosa me llamó la atención y, al darme la vuelta, vi mi bandana de la suerte, de la marca Fox, colgada de la esquina de la cabecera de la cama. Antes de perder el impulso, la quité de un manotazo y me fui; por suerte, me acordé de llevarme la llave.

Con una sola cosa en mente, no presté atención a nada de camino a la cubierta cuatro, ya que me negaba a permitir que nada me distrajera por si se me pasaba el valor.

Abrí de par en par la puerta del taller mecánico y miré a todo el equipo que estaba trabajando allí.

Todas las cabezas se volvieron para mirarme, incluida la de Pax.

—Todos afuera. —Mi voz ocupó el espacio entero, clara y firme—. No estoy bromeando: ¡se van ya!

A Pax se le cayeron las cejas, pero se aclaró la garganta y dijo:

—Ya han oído a Rebel: fuera.

Uno por uno, los MDP fueron saliendo. Pax nunca dejaba que un Muñeco de Prueba se acercara a una moto ni a ningún otro equipo hasta que supieran destruirlo y reconstruirlo desde cero.

Pax se acercó seguido del equipo de filmación.

—¿Estás bien? ¿Me necesitas?

Sonreí y le di unas palmaditas en el brazo.

—Esta vez no. Pero ¿podrías llevártelos?

—Tu contrato... —empezó Víctor.

—Me cago en mi contrato. Si no se van, la próxima vez le digo al Doc que te tire por la borda, ¿me has entendido? —Salté. De ninguna manera iba a permitir que eso sucediera delante de la cámara. No mientras existiera la más mínima posibilidad de que me saliera mal.

—Y ese es tu pie para irte —le dijo Pax a Víctor, dándole unas palmadas en la espalda. Él me miró una última vez y se fue.

—Tú también, Pax —dije con calma.

—Mira, lo que sea que te esté pasando...

—No es nada con lo que puedas ayudarme, porque si no, habría ido a buscarte después de lo de Dubái. Tú siempre quieres arreglar las cosas. ¿Sabes cuánto tiempo hace que soy tu mejor amiga? Diecisiete años. Así que ya sé cómo eres. Necesito arreglar esto yo sola.

Bajó la vista hacia la bandana que apretaba en la mano.

—Está bien. Sabes que te quiero mucho, ¿no? Haría cualquier cosa por ti.

—Ya lo sé.

Tragó saliva, reconoció la derrota y cerró la puerta al salir. Yo sabía lo que le costaba irse y eso me hacía quererlo aún más.

Estaba sola en el taller mecánico, así que fui hasta donde descansaba Elizabeth, sostenida por el soporte portátil que Landon había construido para guardar las motos de manera segura en medio del mar agitado.

Pasé la mano por el asiento suave, el indicador y el manillar, como si me estuviera presentando y conociéndola de nuevo.

—Te pido mil disculpas por haber tardado tanto tiempo —murmuré—.

No es que te culpe por lo que pasó, sino que culpo a mis propias decisiones.

Pensaba que volver contigo querría decir que todo lo que pasó con Brooke no había significado nada, como si estuviera desechando a mi hermana por retomar lo que más me gusta hacer.

Pero eso no es verdad y, cuanto más me encuentro a mí misma, más claro tengo que la parte de mí que más me falta eres tú.

Pasé la pierna por encima de Elizabeth y me senté en el asiento.

Mi hogar.

Apreté el manillar con las manos y cerré los ojos, sintiendo cómo mi cuerpo encontraba un equilibrio y una paz inmediatos. Me dejé llevar por el movimiento del barco en las bajadas y supe que había llegado el momento. Este era mi lugar y no podía permitir que Brooke me lo arrebatara.

Ya me había robado suficiente.

Eso no significaba que no la quisiera ni que no me preocupara por ella. Simplemente significaba que no podía seguir huyendo de sus miedos. Me bajé de la espalda de Elizabeth de un salto y fui al almacén de materiales del taller de Pax, donde todo estaba embalado en cajones y bien asegurado.

Con la mente concentrada en cada vaivén del barco, le cambié el aceite metódicamente y le hice un mantenimiento de rutina, perdiéndome en las acciones que ya había realizado tantas veces en la vida.

Cuando terminé, me lavé las manos y abrí la puerta, donde me encontré a Pax y a Landon, que estaban sentados con la espalda apoyada en la pared en medio del pasillo. Levantaron la vista con un optimismo lleno de cautela.

—¿Tenían miedo de que robara algo? —pregunté con una sonrisa.

Landon soltó un suspiro de alivio y luego se levantó de un salto y me dio un abrazo de oso.

—Más miedo nos daba que te pusieras a darle una paliza a tu moto.

—Nah —dije, devolviéndole el abrazo—. ¿Quieren venir conmigo un segundo? Creo que tengo un plan.

Los dos asintieron y me siguieron hasta mi suite sin decir nada, porque sabían que no iba a decir nada hasta que estuviera totalmente lista. Llevé mi computadora al comedor y, muerta de envidia, miré para otro lado deliberadamente para no ver a Rachel sentada en las piernas de Landon.

Quedan dos meses. Después puedes hacerlo público.

Sentí que se me llenaba el pecho de alegría y, a continuación, ingresé en el sistema de internet de la nave para conectarme con el escaso ancho de banda disponible. Abrí Skype y puse el nombre de Nick.

Tras varios tonos de llamada, me atendió, ocupando toda la pantalla con esos rizos rubios y esa sonrisa contagiosa.

—Bueno, bueno, aquí está mi Rebel favorita. ¿Qué necesitas, amiga?

—¿Sigues allí con Little John?

—Sí, estamos trabajando en unas cosas juntos. ¿Ya lo echas de menos?

—Siempre. Mira. Ya sé que no quieres venir aquí. Ya sé que no estás listo para aparecer en público, pero voy a pedirte que te la juegues.

Se acercó a la cámara.

—¿Qué está pasando, Penna?

—Cuando Little John venga a Buenos Aires con mi rampa, quiero que vengas también. Vamos a tener que hacer modificaciones en la rampa sobre la marcha y el único que puede hacerlas eres tú.

Su mirada se volvió muy seria y casi podía sentir a Pax y a Landon respirándome en la nuca.

—Tienes mi atención.

—Ya sé lo que quiero hacer para la exhibición de Cuba.

Puede que todavía no esté en forma, pero me quedan dos meses más para llegar y, por lo menos, cuatro escalas, siempre que puedas trasladar las rampas tan rápido como para que pueda practicar.

—Nick arqueó una ceja, esperando a que soltara la bomba—.

Voy a ser la primera mujer en hacer un doble backflip en motocross freestyle.

—Me estás jodiendo —gruñó Pax.

Me di la vuelta.

—¿Es en serio? ¿Justo tú, con tu obsesión por lograr el triple frontflip ?

—La moto es demasiado pesada. Ya lo sabes. Por eso nunca lo ha hecho nadie. Te puedes matar —replicó.

—Entonces le quitamos todo el peso posible a la moto. La dejamos con lo mínimo.

—No.

—No tienes derecho a decirme que no. No eres mi padre, mi novio ni mi patrocinador.

Lo que sí eres es mi mejor amigo y tu trabajo es cerrar la boca y apoyarme, como siempre hemos hecho todos contigo.

—Pax apretó los puños en el respaldo de la silla—.

¿Landon? —le pregunté, dejando a Pax sumido en su rabieta.

Se pasó la mano por el pelo y soltó un largo suspiro.

—¿Estás decidida a hacer esto?

—Sí —contesté, sin darme cuenta de lo decidida que estaba hasta que pronuncié la palabra.

—Está bien. Bueno, hay más probabilidades de que no te mates si estamos todos de acuerdo. Subiste a seis mil cuatrocientos metros de altitud por mí, y yo estoy dispuesto a ir hasta el infierno por ti. Estoy. Te ayudaré a ponerte fuerte, pero tienes que estar dispuesta a trabajar.

Se me llenó el pecho de esperanza. Una cosa era tomar la decisión, pero saber que mi familia me apoyaba era algo totalmente distinto.

—¿Nick? —pregunté.

De todos nosotros, Nick era quien más había perdido por intentar hacer un truco. Si alguien tenía motivos para decirme que no, era él. Pero si alguien entendía lo que era perseguir lo imposible... Digamos que también era él.

—Tal vez si montamos pozos de espuma en cada puerto hasta llegar a Cuba.

Voy a ponerme en contacto con las pistas de FMX de allí para ver qué tienen.

Vamos a tener que gastar bastante en material y mano de obra para montarlo en todos los puertos, sobre todo con tan pocos días entre una escala y la otra, pero se puede hacer.

Tienes mi apoyo, aunque creo que estás un poco loca.

—Cómo te abrazaría si estuvieras aquí —le dije, deseando más que nada que viniera con nosotros y que los Originales estuvieran completos y no con una pantalla de computadora de por medio.

—Dame unas semanas y ya podrás hacerlo. Nos vemos en Buenos Aires dentro de tres semanas.

Pax, ¿puedes evitar que me graben las cámaras?

—Todos nos dimos la vuelta para mirar a Pax, que estaba apoyado en la barra que separaba el comedor de nuestra diminuta cocina con los brazos cruzados sobre el pecho—.

Eh, Wilder —gritó Nick—. Puede que seas el líder de esta tropa, pero los Originales somos cuatro.

La palabra de todos vale lo mismo y, cuando somos tres contra uno, ganan los tres.

—A Pax se le crispó la mandíbula—. Así que no hace falta que estés de acuerdo con ella, pero más te vale que la apoyes, porque la última vez que no nos dimos todo el apoyo que podíamos, yo terminé en esta silla de mierda.

Pax levantó la cabeza con un movimiento brusco.

—Eso no es justo.

—No te estoy culpando. Hace mucho que no te culpo.

Pero estoy así porque no te esperé. Competí contra ti, me fui por mi cuenta y nadie estuvo ahí para avisarme que ya había ido demasiado lejos ni para compensar mi idiotez.

Así que no hace falta que estés de acuerdo con Penna, pero la vas a apoyar, ¿entendido? Entre nosotros nos apoyamos.

Pax me miró con unos ojos apagados, cansados de cargar con el peso del mundo.

—¿Qué pasa si te lastimas? ¿Qué pasa si ahora terminas tú en silla de ruedas?

—Pero ¿qué pasa si vivo todos los días con ese miedo y no vuelvo a salir de la cama nunca más?

Por favor, Pax. Yo soy igual que tú. Igual que Landon y Nick.

No puedes evitar que tome las mismas decisiones que tomarías tú.

No puedes protegerme de mí misma ni de las personas en las que nos convertimos juntos.

Hubo un momento en que las cosas podían ir para un lado o para otro. Nick tenía razón. No lo necesitábamos, pero yo quería que estuviera para mí como yo siempre había estado para él.

—Está bien. Estoy.

Dejé caer los hombros aliviada. Lo último en lo que quería pensar mientras intentaba hacer este truco era en una pelea con mis hermanos.

—Gracias.

—Pero no soy yo el que tiene que aprobarlo.

—¿Qué? —preguntó Nick.

Cerré despacio los ojos y me dio un vuelco el estómago.

—Me cago en mi vida.

—Tiene que convencer al doctor Delgado.