Rebel (Renegados 3) Capítulo veintidós. Penna #4
66%

Capítulo veintidós. Penna #4

Este hombre no paraba de llevarme cada vez más arriba, sin bajar ni variar el ritmo, mientras mi cuerpo se tensaba alrededor del suyo. Le arañé la espalda y apoyé los pies en la cama, meciéndome para acompañar cada embestida.

—Ay, Dios, mi amor —gimió—. Mi Penélope.

La mano que me sostenía la pierna subió despacio por el interior de mi muslo hasta llegar con el pulgar al punto en el que nos uníamos.

Me acarició el clítoris como un experto, haciendo círculos, frotando, vaciándome la mente de todo pensamiento, excepto de la presión que se estaba acumulando en mi vientre y que me arrastraba lentamente hacia dentro.

—Cruz —susurré, y después grité. ¿Cómo era posible que me despertara así? ¿Que me llevara a este punto tan rápido?

—Sí, así. ¿Sientes que estás por acabar?

—¡Sí!

—Entonces déjate ir. —Me la metió más adentro, dándome la presión justa que necesitaba mi cuerpo para dejarme ir mientras él iba a fondo y yo veía las estrellas. Se me nubló la vista y los bordes se volvieron negros mientras acababa, estaba tan fuera de mí que ni siquiera pude emitir un grito.

—Qué hermosa, por favor —dijo en voz baja mientras volvía a la realidad.

Empecé a jadear mientras sus movimientos se volvían más intensos y nuestros cuerpos, empapados de sudor, se deslizaban juntos, encontrándose una y otra vez.

Crucé los tobillos y me agarré a la cabecera de la cama cuando empezó a moverse con un ritmo frenético, con la cara contraída por la tensión y la fascinación.

Entonces me penetró una vez más, metiéndomela tan adentro que solté un grito ahogado, y tembló sobre mí con un gemido grave.

Lo abracé con fuerza y traté de grabar en mi memoria hasta el último detalle de ese momento: los latidos fuertes de mi corazón y mi respiración agitada, la manera en que su peso estaba justo al límite de aplastarme...

Tomó aire de forma brusca y temblorosa, y luego nos giró hacia el costado, apartándome un mechón de pelo mojado de la cara.

Nos quedamos así durante unos minutos preciosos, mirándonos mientras se normalizaba nuestra respiración y sus manos me acariciaban suavemente la cintura, la cadera y el brazo.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Mejor que bien. Estoy perfecta, de hecho. Eso estuvo perfecto. ¿Siempre es así? —No me gustaba nada hacer esa pregunta, pero necesitaba saber si para él había sido tan impresionante como para mí o si había sido simplemente un encuentro sexual más.

—Para mí nunca había sido así —murmuró mientras me pasaba el pulgar por el labio inferior—.

Contigo todo es una revelación. —Me acurruqué más cerca de él, acomodando la cabeza debajo de la suya, y me envolvió con los brazos—.

Eres la mujer más tremenda y adictiva que he conocido.

Y, después de lo de ahora, Penélope, creo que siempre querré más. ¿Te duele?

Evalué mi cuerpo y noté una leve punzada entre mis piernas.

—Un poquito.

Hice un gesto de dolor cuando se escapó de entre mis brazos.

—Espera aquí.

Me di la vuelta en la cama y volví a admirar su culo sin disimularlo mientras él iba al baño. Tras la descarga del inodoro, oí que corría el agua.

—¿Qué haces? —pregunté.

—Te preparo un baño. Debería aliviar un poco el dolor.

—Eres un príncipe entre los hombres —le dije, estirándome, mientras él volvía del baño, seguido del sonido constante del agua corriendo.

Se mordió el labio y le apareció ese brillo en los ojos que sabía que era provocado por el deseo mientras me miraba el cuerpo de arriba abajo.

—Ojalá mis intenciones fueran puras. Lo único que quiero es que estés cómoda para poder volver a hacerlo antes de que tengamos que volver al barco —agregó, moviendo una ceja—.

Era en serio lo de que siempre voy a querer más.

¿Cómo vamos a hacer para mantener esto en secreto?

Estoy seguro de que va a ser imposible esconder la necesidad que tengo de estar contigo.

—Bueno, entonces mejor que aprovechemos nuestro tiempo a solas —propuse, mientras él me alzaba en brazos sin esfuerzo.

Después de pedir servicio a la habitación y de alcanzar dos orgasmos más, me quedé dormida acurrucada en sus brazos, consciente de que cualquier otra persona que viniera después de él quedaría en un segundo plano. No creía que nadie pudiera estar a la altura de lo de esa noche, de Cruz.

Cuando me desperté un par de horas después, fue por el ruido de la puerta de nuestro dormitorio al abrirse; era Cruz que volvía a entrar. Parpadeé, embriagada de sueño, tratando de dilucidar lo que pasaba.

—¿Ya tenemos que irnos?

Guardó un sobre grueso en su bolso y empezó a desvestirse.

—No, amor. Solo necesitaba salir a caminar —murmuró, y me dio un beso en la frente.

Se desnudó y su necesidad de tomar aire fresco en medio de la noche quedó borrada de mi memoria cuando reemplazó mi respiración por la suya y me hizo el amor despacio, con dulzura y cuidado, pero no con menos pasión que antes.

Me desmoroné bajo él, me desarmé tanto que ya no sabía si seguía siendo yo misma o si era completamente suya.

Por fin, agotada hasta los huesos, caí rendida en un sueño profundo y, por primera vez en la vida, mi realidad era incluso mejor que los sueños que me esperaban.