Capítulo veintidós. Penna #3
Su nombre era una súplica en mis labios mientras él me adoraba.
—Qué rica estás. Podría quedarme así toda la noche. Y mañana también —dijo, y volvió al ataque.
Mis gimoteos se transformaron en gemidos cuando me abandoné a todas las sensaciones de mi cuerpo.
Me volví sensación pura, con todo mi ser enfocado en lo increíble que me hacía sentir: como si fuera más liviana que el aire y pudiera salir volando en cualquier momento, sin dejar de estar anclada a la tierra por sus manos y su boca.
Cuando me metió los dedos, estirándome por dentro, mis caderas cambiaron de ritmo para adaptarse al suyo, disfrutando de esa presión que me llenaba y ese leve ardor.
—Dios, estás tan apretadita, Penélope. Ya quiero metértela, sentir cómo acabas y cómo late contra mi verga.
No sé si fue lo que dijo o cómo me estaba tocando, pero me dejó totalmente fuera de juego, con una combinación de placer abrumador y una necesidad urgente.
Se me trabaron los músculos y temblaron después, cuando esos dedos perfectos me empujaron por el borde.
Grité su nombre cuando me invadió el orgasmo, sacudiéndome entera con oleadas de éxtasis.
Cuando volví a la realidad, estaba floja, sin fuerzas y convencida de que mi débil sonrisa no se comparaba con la de Cruz. Parecía que se hubiera tragado el sol.
Me besó, apoyando parte de su peso sobre mi cuerpo, y cuando me arqueé debajo de él al sentir el contacto piel con piel, me deslizó una mano por detrás de la espalda y me desabrochó el sostén con un hábil movimiento de los dedos.
Acto seguido, por fin estaba tan desnuda como él.
Su boca veneró mis pechos, reavivando el fuego que creía que él ya había apagado. Cada tironcito en mi pezón, cada caricia de su lengua, volvía a traer a la superficie esa urgencia, hasta que empezó a arder más fuerte que antes.
Sus dedos me acariciaron donde más mojada estaba y juro que lo vi temblar un poco.
—Perfecta.
Entonces rompió el envoltorio de aluminio y se puso el preservativo. Nunca había visto algo tan erótico; me estaba dando tantas primeras veces ese día.
Con sus rodillas entre mis piernas, sentí cómo se me contraían los músculos al rozarme el sexo con su miembro duro.
Cerré los ojos, preparándome para lo que fuera a pasar.
No debería doler, ¿no? Había practicado deportes extremos toda la vida, así que no iba a sangrar.
Y sí, la tenía enorme, pero tampoco como para que no entrara.
—Penélope —dijo mi nombre, y al instante abrí los ojos y lo miré. Se le esbozó una sonrisa en los labios, me dio un beso largo y profundo.
Como si se hubiera olvidado de que tenía la erección justo ahí , me tocó el pezón con el pulgar, me besó el cuello y reavivó ese fuego que volvió a arder con toda la furia.
—Dime que estás segura —me pidió, mientras se movía contra mí y me rozaba con su miembro. Se le cerraron despacio los ojos mientras soltaba el aire.
—Ya tuvimos esta parte de la conversación. —Le rodeé el cuello con los brazos.
—Lo digo en serio. No quiero que te arrepientas de nada de lo que hagamos hoy. —Me rozó la mejilla con un pulgar mientras buscaba en mi rostro algún rastro de indecisión—. Nunca he hecho esto antes, ¿sabes? Y quiero que sea perfecto para ti.
—¿El sexo? ¿Nunca has tenido sexo?
Me dio un beso en la nariz.
—Nunca he sido la primera vez de nadie. Tu primera vez.
—Bueno, parece que los dos estamos en territorio virgen —dije con una sonrisa, pasándole las uñas suavemente por la espalda.
Gimió y se arqueó contra mis caricias.
—Penélope —dijo, medio como advertencia, medio como gemido.
Esperé hasta que se encontraron nuestras miradas y entonces lo besé, mordiéndole ligeramente el labio inferior.
—Nunca he estado tan segura de nada en la vida como ahora.
Asintió y apretó los músculos de la mandíbula, como si estuviera haciendo un esfuerzo por controlarse.
—Dios, me vuelves loco. Totalmente loco —me dijo.
No había forma de responder, con él lamiéndome la boca con la lengua y acariciándome con dos dedos mientras los introducía en mí con un movimiento lento, firme y caliente.
Agregó un tercero y recibí el pinchazo con placer, sabiendo que él la tenía mucho más grande que esos tres dedos.
Empecé a moverme hacia delante y hacia atrás, siguiendo el ritmo de su mano, hasta que volví a estar tan desesperada como antes. Estaba fascinada por que ese hombre fuera capaz de despertar en mí esas sensaciones con tanta intensidad.
Reemplazó los dedos con la cabeza de su erección y, mientras me aferraba el muslo con una mano, me acariciaba el rostro con la otra.
—Dime si necesitas que pare —susurró.
Los nervios de antes habían desaparecido, y en su lugar sentía no solo necesidad, sino también adoración y algo mucho más tierno, pero también peligroso, por lo que tuve que dejar de pensar en eso y concentrarme en nuestros cuerpos.
Entonces empezó a penetrarme poco a poco, lento y decidido, sin dejar de mirarme ni una vez.
Tomé aire con la respiración entrecortada mientras él la deslizaba más adentro, con un ardor que estaba presente, pero que no dolía.
En lugar de sentir dolor, me sentí llena, como si todas las partes vacías de mi cuerpo, de mi alma y de mi corazón hubieran sido consumidas por Cruz.
Me empezaron a arder los ojos ante semejante perfección y parpadeé para secarme las lágrimas, mientras nuestros cuerpos se fusionaban por completo.
—¿Estás bien? —preguntó, secándome delicadamente una lágrima que se me había escapado.
—Más que bien —le aseguré. Me moví menos de un centímetro y experimenté una explosión de placer profundo, diferente a cualquier cosa que hubiera sentido en la vida—. Dios mío, qué increíble.
—Ya verás —me prometió mientras le salían unos puntitos de sudor en la frente.
Ese hombre era enorme, fuerte y potente, pero aun así me trataba con ternura y cuidado. Incliné las caderas y luego las moví hacia atrás mientras él me la metía despacio, pasando por el punto más sensible de mi piel.
—Penélope. Dios. No, por favor, ve un poco más despacio. —Frunció el ceño y se le cerraron los ojos mientras gemía.
Fue un sonido maravilloso y quería volver a oírlo, así que me moví de nuevo, esta vez con un poco más de fuerza.
—Estoy bien —le aseguré, sabiendo que se estaba conteniendo por mí. Quería que me diera todo, sin contenerse, sin fingir que no estábamos locos el uno por el otro. Que me lo diera todo en su forma más cruda.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
Me miró con cuidado, se retiró despacio hasta quedar casi expuesto y entonces volvió a meterla suavemente con un gemido.
Ay, qué bien se sentía.
—Qué apretadita estás. Perfecta.
—Más. —Era la única palabra que se me venía a la mente. Era tan placentero que casi podía saborear la dulzura y la embriaguez del momento.
Con la frente apoyada en la mía, empezó a moverse despacio, con un ritmo sensual y sin prisa que me obligaba a jadear cuando se apartaba y a gemir cuando volvía a fundirse conmigo.
—Más rápido —supliqué—. Ay, Dios, por favor, Cruz.
—No quiero lastimarte. —Tenía la respiración algo entrecortada y los músculos de los brazos tensos.
—No te guardes nada. Solo tenemos esta noche. —Después íbamos a estar en el barco, donde tendríamos que escondernos y besarnos a escondidas. Ahogar nuestros gemidos o, peor aún, mantener la distancia.
Su boca consumió la mía, moviendo la lengua al ritmo de sus embestidas, cada vez más intensas, más fuertes y firmes, pero no más rápidas. Levanté las rodillas para sentirlo más adentro mientras el eco de mis gritos resonaba en las paredes de nuestra habitación.
Dios, eso... Eso lo valía todo. Él lo valía todo. Por el simple hecho de poder abrazarlo, tenerlo dentro de mí, demostrarle sin palabras lo que sentía por él, valía la pena cada vez que tenía que esquivar su mirada, cada vez que no podía mostrarle a los demás que él estaba conmigo.
Como no podía decirle al mundo entero que era mío, lo marqué con mi cuerpo.