Rebel (Renegados 3) Capítulo veintidós. Penna #2
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Capítulo veintidós. Penna #2

—Eres la seducción hecha persona. No hace falta que digas nada para que te desee, ni tampoco que hagas nada.

Eres una fiebre que no me abandona desde esa primera noche en el bar, mucho antes incluso de que me pidieras que bailara contigo.

¿Tú quieres estar conmigo? Qué bien, porque yo estoy desesperado por tocarte. Solo tienes que decir las palabras.

Asomé la lengua para humedecerme los labios y lo miré fijamente a los ojos.

—Quiero que me hagas el amor. ¿Te bastan esas palabras?

—Sí, me bastan —dijo medio segundo antes de llevar su boca a la mía.

Su beso fue distinto a todos los demás: un poco más salvaje y desatado, pero con la misma exquisita dedicación. Besaba como un hombre que sabía adónde iban las cosas, pero que no tenía prisa por llegar.

Le desabotoné la camisa con los dedos. Esta vez iba a explorarlo, tocarlo y saborearlo todo lo que quisiera. No teníamos que volver hasta el mediodía del día siguiente para la excursión de la clase y yo planeaba aprovechar cada segundo.

Para cuando nos fuéramos de ese dormitorio, ya iba a conocer hasta el último centímetro de Cruz.

Se quitó la camisa sacudiendo los hombros sin interrumpir nuestro beso, y sentí su piel desnuda y cálida bajo mis dedos.

Siempre me habían encantado los tatuajes y el de su brazo era un fuerte recordatorio de su pasado, además de muy sexy, pero tenía que reconocer que había algo especial en esa piel color caramelo, firme e intacta, que se extendía sobre esos músculos bien definidos.

Interrumpí el beso para darle otro en el pecho, bajando con la boca por la línea de sus pectorales y pasando la lengua rápidamente por un pezón.

Tomó aire bruscamente y me hizo sonreír. Dios, iba a ser tan divertido controlarlo para variar.

Lo empujé hacia atrás y cayó sobre la cama riéndose, con los pies colgando por el borde.

—Esta vez te desnudas tú primero —le ordené, sonriendo desde abajo con el peso apoyado en los codos.

—¿Crees que puedes hacer que pierda el control?

Le arqueé una ceja mientras deslizaba la correa de su cinturón por la hebilla.

—¿Crees que no puedo? —Dios, esos abdominales eran la perfección misma, flexionados en una curva perfecta que acompañaba la posición sentada de su cuerpo. Esas líneas que me volvían loca le recorrían los costados, formando una simetría perfecta, y desaparecían dentro de su bóxer.

Las recorrí con el dedo, viendo con placer cómo se le contraían los músculos cuando los acariciaba.

—Ah, estoy seguro de que puedes. Y, si supieras las fantasías que he estado imaginando en mi cabeza durante las últimas siete semanas, no lo dudarías ni un segundo.

Mis rodillas tocaron el suelo cuando me bajé despacio de la cama. Luego, le quité rápido los zapatos de vestir y los calcetines, y oí cómo caían al suelo con un golpecito seco y satisfactorio.

—Mmm..., ¿fantasías? —pregunté, enganchando los dedos en la cintura de sus pantalones, ahora desabrochados, y tomando también el bóxer por si acaso.

Tratando de calmar mi respiración, ya acelerada, di un tirón sin dejar de mirarlo a los ojos mientras le quitaba lo último que le quedaba de ropa, con cuidado de que no se enganchara su erección.

—Esta es una, por supuesto. —Nos miramos fijamente, yo parada al pie de la cama—. Puedes mirar. Claramente, yo voy a hacerte lo mismo en un segundo.

Mordiéndome el labio inferior, bajé la mirada por la extensión lisa de su pecho, por sus marcados abdominales, por...

A la mierda , era impresionante. Me obligué a dejar de mirar su tamaño y seguí contemplando sus muslos fuertes sin disimulo.

Este hombre nunca dejaba de ejercitar las piernas; lo sabía bien porque siempre le miraba el culo.

—Dios, eres... Eres... —No se me ocurría ninguna palabra que hiciera justicia a su cuerpo, y eso que ni siquiera estaba incluyendo la perfección de su rostro.

—Tuyo. Soy tuyo.

Se quedó ahí tan tranquilo que, si no le hubiera visto los puños cerrados en las sábanas, apretados sobre la tela, podría haber pensado que estaba relajado, casi indiferente.

Bueno, por eso y por esa erección enorme y hermosa. ¿Podían ser hermosas las erecciones? Esa era tan lisa y potente... La tomé con los dedos, los cerré alrededor de la piel sedosa y la apreté un poco. Ah, sí, estaba bien dura.

—Penélope —gimió mi nombre y echó la cabeza hacia atrás.

Empecé a subir y bajar la mano, observando todas sus reacciones. Movió las caderas una vez y luego las dejó quietas, con una mirada casi de dolor. Tenía los ojos cerrados, como si mirarme le resultara demasiado.

Se la solté y empecé a subir las manos por los costados de sus abdominales, mientras me iba acercando a él hasta quedar con las rodillas entre sus muslos abiertos.

Le dejé un camino de besos por todo el abdomen, subiendo despacio, y noté cómo me subía la temperatura y crecía una tensión exquisita e insistente entre mis piernas, como si fuera mi cuerpo el que recibía las caricias.

Me masajeó la parte trasera de la cabeza con una mano cuando llegué a los músculos firmes de su cuello.

—¿Ya terminaste de jugar? —preguntó con voz áspera y grave.

Me aparté lo justo para poder mirarlo a los ojos, que estaban menos juguetones que nunca. Tenía una mirada intensa bajo sus cejas oscuras, como si hubiera despertado a una bestia que estaba haciendo todo lo posible por no salir de su jaula.

—¿Y si digo que no? —Subí la pierna por el lado interno de su muslo y luego por encima, para montarme con una pierna a cada lado.

—Estoy tratando, Penélope —me advirtió.

Le besé el suave contorno de la mandíbula hasta llegar a su lóbulo, que apreté entre mis labios, y le rocé apenas la piel carnosa con los dientes.

—Basta de tratar.

Me dio la vuelta tan rápido que no sé cómo no me mareé. Con un movimiento veloz, levantó todo mi peso con un brazo, me apoyó la cabeza en la almohada y se puso encima de mí.

—Me toca.

El ruido de la cremallera llenó el silencio cuando me abrió el vestido.

Sus ojos se volvieron más intensos y su respiración se hizo más profunda a medida que descubría centímetro a centímetro de mi piel.

Miró mi sostén de encaje negro, murmuró algo en español y después me miró las bragas a juego.

En ese momento, mi vestido ya estaba completamente abierto a ambos lados de mi cuerpo.

—Dime que estás segura —me rogó mientras pasaba la mano de mi cuello al centro del sostén y luego la bajaba por el abdomen.

—¿Ahora me vas a decir que esta es mi última oportunidad para decir basta? ¿Que después de esto ya no te vas a poder controlar? —dije, medio en broma, medio deseando que dijera que sí.

Pero, en lugar de eso, me dio un beso caliente y húmedo entre los pechos y, después, me quitó los tirantes del vestido de los brazos y esperó a que me arqueara para poder terminar de quitármelo.

—Lees demasiados libros. —Se rio, y luego se detuvo para besarme el cuello.

Solté un gemido cuando encontró mi punto débil y le rodeé las caderas con una pierna.

Se apartó, me deslizó las manos por los muslos, las rodillas y las pantorrillas hasta llegar a los tacones, que me quitó despacio antes de lanzarlos al suelo. Después, dibujó un camino que subía por mi pierna, acentuando sus palabras con besos:

—Puedes decir basta en cualquier momento y te escucharé. Nunca estoy tan ido como para no hacer lo mejor para ti. Habiendo dicho eso: por Dios, espero que no quieras que pare.

Me mordisqueó despacio la piel de la parte interna del muslo y gimoteé cuando alivió el pinchazo con un beso y una caricia de su lengua. Moví las caderas, cada vez más inquieta a medida que pasaba el tiempo.

No era ninguna puritana; ya había pensado en el sexo antes. Pero esto no tenía nada que ver con esa unión brusca y apresurada que me había imaginado al preguntarme cómo sería. Ni siquiera tenía palabras para describirlo, pero sabía que quería —que necesitaba — más.

Sentí su aliento sobre mi ropa interior, seguido de un beso en la línea central cubierta de encaje; luego, la apretó apenas con la nariz, haciendo que la tela me rozara el clítoris.

Solté un grito ahogado y le agarré el pelo con los puños.

—Dime que estás segura —repitió.

—Estoy segura. —Nunca había estado tan segura de nada en la vida.

Se apartó y se levantó, por lo que me incorporé sobre los codos. Antes de que pudiera preguntarle si había dicho algo malo, cruzó la habitación para buscar algo en su bolso, mostrándome ese culo magnífico y tonificado con cada movimiento.

De pronto, me imaginé apretándole el culo mientras me la metía y estuve a punto de soltar un gemido por mis propios pensamientos eróticos.

Buscó algo en su bolso, volvió conmigo y dejó un preservativo sobre la mesa de noche.

—También tomo la píldora —le dije—. Así que tenemos doble protección. —No había nada peor para una chica que tener un ciclo impredecible en el circuito.

—Es bueno saberlo —dijo, y se colocó de nuevo entre mis piernas. Sin darme tiempo a recuperar el aliento, me apartó las bragas y me pasó la lengua por los pliegues, después me los separó y me chupó el clítoris.

—Ay. Ay. Por. Dios . ¡Cruz! —grité, sacudiendo las caderas contra él en busca de su boca. Ahogué el grito tapándome la boca bruscamente con la mano.

Cruz se me puso encima, ocupando todo mi campo visual. Mientras se lamía mi sabor de los labios, me apartó la mano.

—Grita todo lo que quieras. Me importa un carajo lo que piensen los vecinos.

Me dio un beso largo e intenso y, cuando se apartó, noté que mis piernas se movían inquietas contra su cuerpo. Esa tensión exquisita me oprimía cada vez más, y la propia sensación, desesperada, exigía alivio.

Levanté las caderas cuando me miró a los ojos, me bajó las bragas por las piernas y las dejó en el suelo, junto a mis zapatos. De pronto, tenía su boca entre mis piernas, lamiendo, chupando y besando sin parar.

Moví las caderas, meciéndolas contra sus labios, buscando la euforia que sabía que iba a alcanzar. Se me sonrojó la piel con una descarga de placer que, poco a poco, se fue acumulando hasta convertirse en una tensión absolutamente gloriosa e intensa.