Rebel (Renegados 3) Capítulo veintidós. Penna
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Capítulo veintidós. Penna

CAPÍTULO VEINTIDÓS PENNA

IQUIQUE

En Chile hacía un calor maravilloso. Llevaba el pelo suelto y un vestido sencillo que me marcaba la figura y se cerraba con una cremallera que iba de arriba a abajo por toda la parte delantera. El taxi salió del puerto y se detuvo a una cuadra, donde Cruz se sentó sigilosamente a mi lado.

—Hola, guapa —dijo, y me dio un beso tierno después de indicar la dirección al conductor.

—Hola, guapo —respondí, entrelazando mi mano con la suya. Era un gesto tan simple, pero me produjo una sensación muy cálida.

—¿Estás lista para la cena? Pensaba ir a hacer el registro y después salir a cenar.

—Me parece bien. Perdón por llegar tan tarde. Me he tenido que duchar tres veces para quitarme toda la arena y estoy convencida de que sigo teniendo un poco en algunas partes que no se pueden nombrar.

Se rio, y aparecieron esos hoyuelos tan esperados.

—Yo estoy igual. No entiendo cómo conseguiste convencerme esta mañana para usar una de esas tablas de snowboard para hacer sandboard en las dunas.

—Tienes que admitir que fue divertido.

—Sí, fue muy divertido —reconoció—. Landon es una bestia en la tabla.

—Sí, tiene un talento tremendo para eso.

El taxi subió a la carretera costera y, mientras Cruz contemplaba el mar, lo miré.

Tenía el rostro afeitado al ras y, aunque me encantaba cuando tenía la barba de unos días, también me gustaba cómo le quedaba así.

Sin barba, se le marcaban los ángulos del rostro y, sinceramente, nunca había visto a un hombre tan hermoso.

La perfección absoluta de Cruz era abrumadora y no solo se debía a su rostro esculpido y su cuerpo tonificado.

Era su mente, su corazón, su manera de protegerme y respetarme al mismo tiempo, incluso cuando le costaba su propio orgullo verme hacer las cosas que hacía.

—¿En qué piensas? —preguntó mientras las luces de la ciudad pasaban borrosas a la izquierda del coche.

—En ti —respondí con sinceridad. No había ningún tipo de jueguitos entre nosotros, así que no había necesidad de hacerse la tímida.

—Espero que cosas buenas. —Me rozó los nudillos con los dedos y la sensación hizo crecer la bola gigante de anticipación que tenía en el estómago.

—Todas cosas buenas. ¿Crees que estaremos seguros en el lugar al que vamos?

—Elegí un lugar justo fuera de la ciudad. La mayoría de los profesores hablaban de los casinos, así que confío en que estaremos lejos, pero, para ser sincero, mientras no estemos en una habitación con la puerta cerrada, siempre hay alguna posibilidad.

Me acerqué y le acaricié la mejilla con los labios mientras llevaba la mano a su muslo.

—No tengo ningún problema en estar en una habitación con la puerta cerrada.

A Cruz no le importó que el conductor del taxi estuviera a pocos centímetros: me besó, inclinándome la cabeza para lograr un mejor ángulo en el reducido espacio. Mantuvo las manos en una posición neutra y apta para todo público, pero su lengua era, sin duda, solo para adultos.

Le enterré los dedos en la tela de los pantalones y mi mente empezó a gritar una palabra: más cerca. Más. Bueno, eran dos palabras, en realidad, pero las dos se centraban en Cruz.

Me dio un beso suave, saboreando mis labios, antes de separarse.

—Te dije que no hay presión...

—Quiero estar contigo. —Pronuncié bien cada palabra—. Y eso no se lo había dicho a ningún otro hombre.

—¿Cómo puede ser que tenga tanta suerte? —murmuró, besándome la frente.

—Así es Las Vegas, cariño —bromeé.

El taxi se detuvo frente a un moderno hotel boutique, y Cruz habló muy rápido en español con el conductor y le dio dinero antes de bajarse. Luego me tendió una mano y la tomé para salir del taxi con el bolso en la otra mano.

Mis tacones resonaban sobre el suelo de mármol mientras cruzábamos la entrada y me quedé mirando la fuente que decoraba el elegante vestíbulo.

—¿Quieres esperar aquí mientras hago el registro? —propuso Cruz.

—Bueno —accedí. Se dirigió al escritorio de la recepción, dejándome al final del vestíbulo, que se abría a un amplio patio.

Estábamos pegados a la playa y lo único que nos separaba del océano Pacífico era una gruesa franja de rocas y arena gris.

El sol se ponía en un estallido de colores, hundiéndose en el agua en un espectáculo digno de fotografiar.

No llevaba la cámara —no podía arriesgarme a que alguien viera una foto de Cruz y yo juntos—, así que me aprendí la escena de memoria.

Las olas rompían con un ritmo que hipnotizaba mis latidos, y me invadió una sensación de paz, la certeza de que todo estaba bien.

No supe cuánto tiempo estuve parada en ese lugar, pero la piel de mis hombros, al descubierto, estaba un poco fría cuando Cruz me encontró.

—Ahí estás —dijo, y sentí el murmullo grave de su voz en mi oído mientras me rodeaba con los brazos por la espalda.

—Es hermoso.

—Tú eres hermosa —me susurró al oído—. ¿Quieres que te cuente las buenas noticias?

—Por supuesto.

—No hay nadie de Estados Unidos registrado en el hotel. Ni nadie que se vaya a registrar. Solo estamos tú y yo.

Me di la vuelta entre sus brazos.

—¿Cómo lo sabes?

—La recepcionista no tuvo ningún problema en aceptar un pequeño soborno —respondió con una sonrisa.

Fruncí el ceño. Un soborno implicaba gastar dinero y, por cómo se veía el lugar, nuestra estancia de esa noche no iba a ser barata.

—Penélope Carstairs, ni se te ocurra preguntarme si puedo pagar este sitio —me reprendió Cruz con voz calmada cuando me leyó la mente.

—Es precioso...

—Y estoy bien. Trabajo desde los catorce años. Tengo buenas inversiones y, aunque estoy muy lejos de ser dueño de un crucero, el banco me considera bastante confiable.

Tenía en la punta de la lengua la idea de ofrecerme a pagar yo.

El dinero no significaba nada para mí. Ganaba mucho con un solo comercial para Gremlin o con cualquier cosa que promocionara Fox.

Pero su mirada me decía que jamás me lo permitiría, así que, en lugar de ofrecer nada, sonreí y dije lo único que se me ocurrió:

—Gracias.

Su sonrisa era más hermosa que el atardecer.

—No te preocupes. Voy a dejar que me lleves de escapada para compensarlo alguna noche cuando hayamos vuelto a Los Ángeles.

Parpadeé, tratando de no hacer caso a la emoción que me crecía en el pecho y amenazaba con cerrarme la garganta.

—¿Cuando volvamos a Los Ángeles?

—Claro. Llegamos en siete semanas, ¿no? Pensaba irme a casa, y tú también, ¿no? ¿Conmigo?

—Pero... Pero ¿todavía quieres estar conmigo cuando esto termine? —murmuré, con miedo a la respuesta, porque no sabía si mi deseo por él podría verse afectado ni qué diría eso de mí.

—Penélope, ¿en serio crees que arriesgaría todo para estar contigo si no viera un futuro juntos? No eres algo pasajero. No eres alguien con quien pasar el rato. Me he metido demasiado, y todo ha ido demasiado rápido, pero eso no cambia lo que siento. A menos que tú no sientas lo mismo.

—¿Cómo no voy a sentir lo mismo? Lo que pasa es que sé que, cuando lleguemos a casa, tú podrás elegir a la mujer que quieras.

No soy ni tonta ni ciega. Y no te estoy contando inseguridades para que me hagas sentir más confianza, es la verdad.

También sé que me van a perseguir todos los tipos del circuito que quieren exhibirme como un trofeo más de su colección.

Pero también sé que soy complicada y, a veces, un dolor de cabeza.

Me interrumpió el descargo verborrágico con un beso tierno, acariciándome despacio la línea de los labios con la lengua, pero sin intentar penetrar.

—Eres todo eso y más. Me haces cuestionarme todo lo que siempre he creído sobre las relaciones, y tengo la sensación de que vas a seguir haciéndolo, cosa que no me molesta para nada.

No soy un hombre fácil y tú eres cualquier cosa menos una mujer fácil, pero juntos todo fluye porque no concibo ninguna otra posibilidad.

Atención: desmayo en el pasillo tres.

—Ahora —siguió—, ¿nos instalamos en la habitación para poder llevarte a cenar?

Asentí, sin poder hablar, paralizada por la perfección absoluta de sus palabras. Subimos al ascensor con las manos entrelazadas. ¿Así podría ser mi vida dentro de unos meses o años?

En hoteles de otros países, después de alguna exhibición, con Cruz a mi lado.

Yo preparaba la cena mientras él corregía trabajos o él me cambiaba las vendas de las heridas que me había hecho esa semana.

Tanto esfuerzo por estar con él me había hecho olvidar la posibilidad de lo que podría pasar en el futuro.

Y era un futuro que sonaba espectacular.

Con una campanita, se abrieron las puertas del ascensor y apareció nuestra suite.

—Esto es precioso —dije al ver el acogedor salón, el espacioso baño y el lujoso dormitorio. Nuestro balcón tenía vistas al mar y la brisa mecía suavemente las cortinas traslúcidas.

—Pensé que, si íbamos a estar encerrados aquí dentro, mejor que fuera un lugar donde valiera la pena estar encerrado. No sé si tendremos otra oportunidad así hasta que lleguemos a Buenos Aires, así que quiero aprovecharla al máximo. —Dejó los bolsos en la cómoda—. ¿Quieres que bajemos a cenar?

Sabía exactamente lo que quería para cenar y lo tenía delante de las narices.

—Prefiero quedarme —murmuré.

El aire que nos separaba estaba cargado de electricidad.

—Penélope —susurró, y se le encendieron esos hermosos ojos oscuros mientras toda su postura pasó de la relajación a un estado de alerta, listo para actuar.

Crucé la pequeña distancia que nos separaba y noté cómo se me aceleraba el corazón con cada paso que daba hasta que quedé frente a él con mi mano en su pecho.

—No sé seducir, Cruz. Mi única experiencia en eso eres tú. Así que imagina que me eché el pelo para atrás, que hice un estriptís supererótico o lo que sea que haga falta. Me gustaría quedarme aquí.

Llenó el pecho de aire y enredó una mano entre los mechones de mi pelo para sujetarlo suavemente.