Rebel (Renegados 3) Capítulo veintiuno. Penna #4
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Capítulo veintiuno. Penna #4

—Eso está pasando mucho últimamente —respondió, envolviéndome con los brazos. Me acerqué, apoyé la cabeza en su pecho con las manos y le escuché el corazón. No hacía falta que lo abrazara, porque él nos sostenía con tanta fuerza que alcanzaba para los dos.

Sentí un dulce anhelo en el pecho que iba un poco más allá de un capricho, y no estaba preparada para profundizar en ese terreno.

Era un sentimiento que me obligaba a plantearme cosas como qué íbamos a hacer cuando el barco llegara al puerto de Miami, si seguiría queriéndome cuando llegáramos a Los Ángeles, si elegiría estar con una mujer que no lo asustara, que lo dejara protegerla...

—Iquique —dijo, y el sonido retumbó en su pecho.

—¿Qué pasa con Iquique?

Apoyó la cabeza encima de la mía.

—Es la próxima escala.

—Ajá.

—Vamos a pasar la noche ahí y me gustaría que la pases conmigo —murmuró—. Fuera del barco, por supuesto, pero solo nosotros dos. Como si fuéramos normales.

—Sí —dije sin vacilar.

—Eso no significa que tengamos que tener sexo...

—Sí —repetí, alejándome con una sonrisa tan amplia en el rostro que casi me dolía.

—... ni hacer nada. Solo quiero llevarte a una cita normal, donde no tengamos que saltar de ningún sitio raro ni tirarnos en paracaídas ni seguir las reglas de no tocarse ni mirarse.

—¡Ya dije que sí!

Le aparecieron fugazmente los hoyuelos y luego me besó, esta vez con un beso brusco y rápido.

Se cerró la puerta de la suite.

—¿Penna?

Me alejé de Cruz de un salto y le tapé la boca con la mano para que no hiciera ruido.

—Estoy a punto de meterme en la ducha. Ya salgo —dije a través de la puerta.

Cruz se metió mi dedo anular entre los labios y empezó a rodearlo con la lengua. Ah, mierda, eso lo noté entre las piernas.

Me miró con una sonrisa pícara, como si supiera exactamente lo que me estaba haciendo. Porque seguramente lo sabía.

—Qué bien —exclamó Rachel—. Yo tengo que ponerme a trabajar en la propuesta de mi tesis para el Dr. Delicioso.

—¿Delicioso? —susurró Cruz.

Le recorrí el torso de arriba abajo con la mano.

— Del -gado..., del -icioso —respondí en voz baja.

Le salieron los hoyuelos, y por poco suelto un gemido.

—Pensé que ya la habías terminado —le grité a Rachel.

—El hijo de puta me rechazó la primera vez.

—Era pésima —susurró él.

Volví a taparle la boca con la mano y lo fulminé con la mirada. Esta vez me besó la palma de la mano y me pasó la lengua por la línea de la vida. Esa caricia me provocó pequeñas descargas eléctricas que hicieron vibrar todo mi cuerpo, despertando en mí una urgencia que solo Cruz podía saciar.

Por Dios, cómo deseaba a este hombre y todo lo que tenía para dar.

—Te doy una mano después de ducharme, Rach. ¿Te parece?

Cruz hizo puchero, enseñándome ese labio inferior ridículamente carnoso, y yo me acerqué y lo succioné dentro de mi boca. Gimió, llevó las dos manos a mi culo y me alzó.

—Genial —respondió Rachel, pero lo oí amortiguado.

Cruz me había llevado al baño. Me dejó sobre la encimera de granito, me separó las piernas con una mano y se colocó entre ellas. Luego me besó hasta que ya no supe ni cómo me llamaba.

Le agarré la cintura con las manos y luego las metí por debajo de la camiseta para jugar con los músculos duros que había debajo.

Sentí una tensión que me envolvía y me atravesaba, y supe que nunca había deseado nada tanto como a ese hombre, y no solo por su cuerpo o porque él me deseara, sino porque me veía .

A mí. No solo a Rebel, ni siquiera a Penna, sino a la persona que era cuando nadie me miraba.

Pasé los dedos por su cinturón hasta encontrar ese bulto duro y lo apreté con fuerza a través del pantalón.

—Quiero tocar.

—Me haces mierda, Penélope —gruñó, con el acento todavía más marcado.

—Sí —dije, mordisqueándole suavemente el cuello.

Movió las caderas para frotarse contra mi mano, así que aflojé los dedos para dejarlo deslizar entre ellos mientras la uña de mi pulgar rozaba levemente el borde que marcaba la cabeza de su erección.

Esta vez, su beso fue abiertamente carnal: metía la lengua al mismo ritmo que movía las caderas y se le entrecortaba la respiración. Pero, de pronto, se apartó de un salto y se llevó las manos atrás de la cabeza.

—No. Aquí no. Así no. Quiero darte algo mejor.

—Te das cuenta de que mi virginidad te preocupa muchísimo más a ti que a mí, ¿no? —Mierda, sentía el cuerpo vibrante y eléctrico, pero él seguía totalmente controlado. ¿Cómo era posible?

Se dirigió a la ducha, giró el grifo para abrir el agua.

—Dúchate. Nos vemos en clase mañana.

—Espera, ¿cómo vas a hacer para bajar? El barco se está moviendo.

Me sonrió mientras salía por la puerta.

—¿Crees que eres la única que sabe hacer rapel en situaciones peligrosas? Te garantizo que en eso también te gano por goleada, nena.

Guiñó un ojo y se me apretaron los muslos en un acto reflejo.

Luego cerró la puerta y me dejó en la ducha, lavándome los restos de ese día e imaginando cómo sería nuestra noche juntos. Para cuando terminé de limpiarme, mi Romeo ya había bajado por el balcón.

Tres días.

Quería que pasaran ya.