Rebel (Renegados 3) Capítulo veintiuno. Penna #3
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Capítulo veintiuno. Penna #3

—¿Acaso me caí por la borda? Estoy perfectamente capacitada para hacer esto, porque, por si no te diste cuenta, lo acabo de hacer .

—Sentí un movimiento a mi lado y enseguida me di cuenta de que había una cámara lo bastante cerca para grabar todo lo que dijera.

Mierda —. Lamento que, como mi supervisor, le moleste que haya decidido aterrizar cuando usted no estaba de acuerdo, pero, como profesional, evalué mis capacidades frente al viento y tomé una decisión.

Miró rápido la cámara y luego suspiró.

—La próxima vez, hablemos de posibles contingencias. Preferiría que esto no volviera a pasar bajo mi supervisión.

—Lo tendré en cuenta.

La cámara se alejó cuando Pax se acercó para aterrizar y solté un suspiro de alivio, pero no dije nada más. Todavía había gente a nuestro alrededor y sabía que, al igual que nuestros besos, las peleas también tendrían que esperar hasta que estuviéramos a puertas cerradas.

Pax hizo un aterrizaje perfecto y se dirigió directamente a Leah. El equipo de filmación del documental hizo zoom en algo que sabía que Pax les iba a hacer cortar después.

Cruz y yo nos acercamos al borde de la zona de aterrizaje cuando el camarógrafo se acercaba para aterrizar. Pasó rozando el puente de mando y me estremecí al ver que se golpeaba el pie contra la baranda. Eso sí que le iba a doler más tarde.

Venía alineado para hacer contacto con la cubierta y descendía firme hacia la zona de aterrizaje.

Cuando tocó la superficie corriendo, otra ráfaga de viento lo empujó hacia el costado y lo arrastró por la cubierta hacia la baranda.

Cruz salió corriendo, saltó por encima de una mesa y luego de unas sillas, mientras el camarógrafo se estrellaba contra la baranda lateral de la cubierta con el ala ya desplegada sobre el costado de babor.

Cruz lo alcanzó justo cuando los pies del camarógrafo se despegaron del suelo y le atrapó la cintura de un manotazo, sosteniéndolo con sus enormes manos.

La vela se soltó, se hinchó con el viento y salió volando mar adentro, hacia el océano Pacífico embravecido, mientras Cruz sostenía al camarógrafo a salvo dentro del barco.

—¡Mierda! —exclamó Pax mientras se acercaba corriendo.

—¿Están bien? —les pregunté a Cruz y al camarógrafo.

—Sí.

—Impecable.

—Bueno, ¿cómo te llamas? —le pregunté al camarógrafo, que tenía el rostro más blanco que la pintura del barco—. Porque, después de eso, siento que necesito saberlo.

—Víctor —dijo, mientras se dejaba caer en el camastro más cercano y se metía la cabeza entre las rodillas.

—Bueno, Víctor, estuvo cerca. —Pax le dio unas palmadas en la espalda—. Y Doc, creo que nunca había visto a alguien moverse tan rápido. Gracias.

—No hace falta que me agradezcan. —Saludó con la cabeza a Pax, me dirigió una mirada que no supe interpretar y se fue.

Mantuve la sonrisa durante todas las entrevistas, hablé de mi decisión de cambiar mi plan de aterrizaje en lugar de dar una segunda vuelta y conté los segundos que faltaban para poder marcharme de allí.

Una hora después, entré en nuestra suite y me relajé en medio del silencio. Rachel había quedado en cenar con Landon y yo me quedé felizmente sola mientras zarpábamos de Lima, con el barco navegando bastante firme sobre el mar en calma.

Me quité los zapatos en el recibidor. Si me daba una ducha rápida, tal vez podría encontrar un hueco para ver a Cruz.

Se abrió la puerta de mi dormitorio y una mano morena, unida a un brazo musculoso, me atrapó la muñeca y me metió de un tirón.

Se cerró la puerta y, en menos de un segundo, me quedé con la espalda apoyada en ella.

Tenía a Cruz a unos centímetros de mí, sosteniéndome las manos por encima de la cabeza.

Nos miramos a los ojos en una guerra sin palabras: su terquedad contra la mía; ambos, sobrepasados por el deseo avasallador del que ninguno podía escapar.

Su boca encontró la mía, que abrí para dejarlo entrar y recibir su beso. No fue brusco ni imponente, como esperaba, sino lento y sensual, con una dedicación arrolladora.

—Cruz —suspiré mientras bajaba las manos por sus brazos, le rozaba el contorno de los pechos y las costillas y le rodeaba la cintura.

Poder decir su nombre era el mayor de los privilegios, poder liberarme y darle voz al anhelo que sentía por él cada minuto del día, un anhelo que tenía que ocultar en público.

Le rocé la nuca con las manos, rodeándole el cuello con los brazos, y él me atrajo hacia sí hasta que nuestros cuerpos quedaron pegados.

Me besó hasta dejarme sin aliento, durante un instante que pareció prolongarse más allá del tiempo, hasta que empecé a arquearme contra su cuerpo, olvidándome de todo, excepto del roce de su lengua y las suaves caricias de sus manos.

Entonces se apartó y me sostuvo la mejilla con la mano.

—Me asustaste. Y antes de que te pongas a la defensiva, sé perfectamente que sabes lo que haces.

Ya sé que eres la mejor en lo que haces y que tienes una reputación bien ganada.

Lógicamente, entiendo que lo tenías todo bajo control.

El sentido común me dice que, si cualquier otra persona hubiera hecho lo que hiciste, no estaría ni la mitad de enfadado.

Pero él... —Me puso la mano en su corazón acelerado—.

Él no responde a la lógica. Dejó de funcionar en cuanto hiciste ese giro y no volvió a latir hasta que vi que estabas a salvo en la cubierta de aterrizaje.

No responde a la razón porque está tomado por el pánico que siente por haberse vuelto tan tuyo tan rápido. ¿Me entiendes?

Si fuera de esas chicas que suelen desmayarse, ya hubiera estado en el suelo. En mi caso, se me aflojaron un poco las rodillas.

—Te asusté.

—Me asustaste. Me asustas todos los días. ¿Y después de lo que casi le pasa a Víctor? Por Dios, Penélope, podrías haber sido tú. —Se le salían los ojos de las órbitas y me apretó más fuerte la cintura.

Le pasé una mano por el pelo y luego la bajé por su cuello hasta apoyarla junto a mi otra mano, cerca de su corazón.

—No, no podría haber sido yo. Tienes razón.

Soy la mejor en lo que hago. Y sí, a veces me hago daño.

A veces me excedo demasiado y se rompen las cosas: me rompo yo.

Pero así es como aprendo. Así me vuelvo más fuerte.

Podría haberme llevado una ráfaga, pero me habría desabrochado el equipo antes de que me arrastrara por toda la cubierta, porque ya he estado en situaciones en las que se me fue la vela.

Empecé poco a poco, pasito a pasito, Cruz.

No es que un día me desperté y decidí ponerme a correr.

—Conmigo sí —murmuró.

Se me encendieron las mejillas y escondí la cabeza un momento.

—Sí, bueno, pero parece que tú eres la excepción a todas las reglas de mi vida.