Rebel (Renegados 3) Capítulo veintiuno. Penna #2
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Capítulo veintiuno. Penna #2

Ya me habían revisado casi todos los Renegades, pero siempre había sido algo rápido y profesional, una cortesía para comprobar que no me matara por un equipo mal ajustado o algún error que se me hubiera pasado por alto.

Las manos de Cruz me aceleraban el pulso, me agitaban la respiración y me traían recuerdos fugaces de cuando había menos ropa entre nosotros. Pero, incluso más allá de lo físico, el hecho de que insistiera en revisarme dos veces me hizo sentir protegida y cuidada como nunca antes.

Por supuesto, Pax, Landon y Nick me querían, se preocupaban por mí y me cuidaban, pero los movimientos de Cruz y la preocupación evidente en su rostro me hacían sentir especial.

Dios, estaba perdida por ese hombre hermoso.

—¿Todo en orden? —pregunté, y me aventuré a mirarlo.

—Se ve bien —murmuró.

—Oye, ¿te reviso? —preguntó Landon.

—Ya estoy con el doctor Delgado —respondí.

—Doc, ¿lo reviso?

Cruz me miró de arriba abajo una vez más y asintió con la cabeza.

—Sí, gracias.

Sintonicé la frecuencia correcta en la radio de mi casco y miré de reojo cómo Landon revisaba a Cruz.

Diez minutos después, todos los Renegades llevaban puesto el arnés y la brisa era lo suficientemente fuerte como para levantar las velas de cada uno a unos quince centímetros del suelo. Era perfecto para comprobar que todas las líneas estuvieran en su sitio.

Los motores, grandes estructuras circulares con una hélice enorme, ya estaban listos y sujetos a la espalda de cada uno.

Miré a Cruz, que estaba comprobando los mandos de freno de su equipo.

—¿Está nervioso, Doc? —pregunté.

—Solo me preocupa que sepas aterrizar —dijo la voz de Cruz, que resonó en todo mi casco.

Me reí, y hacía mucho tiempo que no me salía una risa tan alegre.

—Preocúpese por usted mismo, viejito.

—¿Viejito?

Me encogí de hombros mientras Paxton hacía la cuenta atrás.

Cruz murmuró algo que sonó como «Ya vas a ver lo que hace el viejito».

Éramos diez en una fila enorme y, empezando por el lado derecho, Paxton salió corriendo. Su vela se infló, la tela se elevó por encima de él y despegó, ganando altura de forma constante.

Después salieron Zoe, Landon y los demás, hasta que solo quedamos Cruz, yo y el camarógrafo que Bobby había contratado en Los Ángeles para que nos siguiera. Al parecer, el material de nuestras GoPros era muy bueno, pero él quería conseguir tomas más profesionales.

—Nos vemos en la cubierta —le dije a Cruz.

Luego me concentré.

Salí corriendo y sentí cómo se tensaban las líneas detrás de mí, seguidas de un tirón cuando la vela se infló con la brisa.

Miré primero a la izquierda y luego a la derecha para asegurarme de que los dos extremos de la vela se inflaran por igual y se elevaran al mismo ritmo.

Cuando se alzaron por encima de mi cabeza, mis pies ya no tocaban el suelo: estaba en el aire.

Me senté en el arnés, ajustando el peso y cruzando los pies delante de mi cuerpo, como si estuviera viendo la tele en casa.

Volar era como inyectarme nitro en el organismo: me hacía sentir etérea y mortal al mismo tiempo. Sentí ese delicioso vacío en el estómago al sobrevolar la parte de la carretera que se extendía desde la base del acantilado hasta la playa y quedarnos luego sobre el océano.

—¿Salió bien por allá atrás, Doc? —pregunté.

—Voy detrás de ti, Rebel —respondió Cruz.

Seguimos el recorrido de la orilla de la playa a unos ciento cincuenta metros de altura. No era demasiado alto, teniendo en cuenta que ya lo había hecho a más de mil ochocientos metros, pero el paisaje era infinitamente más entretenido.

El sonido del viento acallaba cualquier otro ruido y la radio estaba tan callada como mis pensamientos. Una vez más, ese maravilloso silencio se apoderó de mi cerebro, donde no existía nada más que ese momento, ese reto.

Pax fue el primero en romper el silencio de la radio:

—Tenemos un vuelo de unos diez minutos hasta el puerto donde está el barco, así que diviértanse. No hagan nada por lo que después el doctor Delgado pueda enfadarse, ¿entendido?

Se oyeron unos cuantos festejos por encima de las olas y la emoción que esperaba llegó a mi organismo. Todos mis nervios se despertaron, listos para lo que decidiera hacer.

Elegí ir por todo.

Me separé del grupo, me elevé hasta alcanzar una altitud de unos trescientos metros y me preparé para actuar. Luego me acomodé, me incliné hacia la derecha y di un tonel. El mar y el cielo se fundieron en un caleidoscopio azul mientras giraba una y otra vez sobre mí misma.

La adrenalina inundó mis venas, dejándome un sabor dulce en la boca, y todo se volvió más nítido. Esta era mi droga y yo era totalmente adicta a ella.

Me reí mientras me enderezaba.

—Ah. Mierda. —Cruz estaba absolutamente pasmado.

—¿Sigue preocupado por mí? —lo burlé, mirando a Rachel, que volaba tan bajo que estaba metiendo los pies entre las olas.

—Un poco preocupado por tu cordura, tal vez.

—¿Qué estás haciendo ahí atrás? —preguntó Wilder.

—Unos toneles, nada más —respondí.

—Ah, esa es la Rebel que tanto queremos —dijo con todo el cariño del mundo.

Solo por diversión, me volví a elevar e hice otra serie, dejando que el mundo gire conmigo. Con cada inclinación y cada balanceo, se desprendía otra capa de oscuridad de mi corazón, hasta que me sentí tan brillante y limpia como el sol que se alzaba en lo alto.

De repente, sentí un anhelo muy extraño: quería volver a mi moto, necesitaba la libertad que me daban ese motor y esas ruedas. Tal vez no se trataba solo de la moto, sino de la necesidad de recuperar todo lo que había dejado de lado cuando Brooke se descarriló.

—Ojalá estuvieras aquí —le susurré por la radio a la hermana que no quería saber nada de mí.

—Bueno, nos estamos acercando a la zona de aterrizaje.

No se olviden: el plan es encararlo como en un aeropuerto.

Todos vamos a hacer círculos de espera para no saturar la pista de aterrizaje.

Según el informe del viento, tenemos que pasar por la zona del puente de mando.

Llegar por la parte delantera es más peligroso de lo que nos gustaría.

La «pista de aterrizaje» era la pequeña superficie plana que cubría la piscina en la parte delantera del barco, en la cubierta más alta. El equipo de producción la había construido según nuestras especificaciones, pero desde aquí parecía mucho más pequeña de lo que esperábamos.

—¿Cómo le está yendo al chico de la cámara allá atrás? —pregunté.

—Mejor dicho, el hombre de la cámara —replicó el tipo, y en ese momento me cayó bien.

—Es bueno saberlo. No te mueras, ¿eh? Sería un desastre tener que hacer todo el papeleo legal.

—Sí, sí, no te preocupes.

El barco estaba anclado en el mar, así que, por lo menos, no se movía, pero eso no me tranquilizaba mucho, teniendo en cuenta que una ráfaga me podía arrastrar al agua o que podía errarle por completo y golpearme con el costado del barco. En cámara. Enfrente de todo el universo.

Pero tranquila, sin presión.

—Bueno, gente, no se olviden de soltar la vela apenas aterricen. El equipo sabe que tiene que ir a buscarlas y a ustedes también, si los arrastra el viento —indicó Pax—. Nova, ¿quieres ir primero?

—Yendo —dijo Landon, y se dirigió a la zona de aterrizaje, mientras todos empezábamos a formar círculos de espera.

El viento era más fuerte lejos de la orilla y lo empujó hacia un lado un par de veces.

Corrigió el rumbo y aterrizó en el borde de la zona delimitada.

Su vela salió disparada hacia atrás, en dirección al puente de mando, pero el equipo la atrapó a tiempo.

—Uno menos —dijo Rachel.

Uno a uno, todos empezaron a aterrizar. Rachel se desvió un poco y aterrizó entre unos camastros que fueron arrastrados por la vela cuando la desenganchó del arnés.

Cruz aterrizó de forma impecable: cruzó la cubierta del puente y cayó con una precisión impresionante. Se desenganchó de la vela, se dio la vuelta rápidamente y recogió las líneas él mismo.

Qué autosuficiente y qué presumido.

Si hubiéramos tenido un canal de radio privado, se lo habría dicho.

Ahora que solo quedábamos en el aire Pax, el camarógrafo y yo, era mi turno.

Di una vuelta para apuntar a la parte trasera del barco y luego empecé a acercarme despacio.

El viento era demasiado impredecible para acercarse sin motor.

Pasé por encima del puente de mando, pero, justo cuando me disponía a aterrizar, una ráfaga de viento me desvió por completo.

—Carajo.

—Toda una señorita —dijo Landon.

—Cállate —le espeté.

—Vuelve a dar la vuelta —indicó Cruz.

—Eh, eso no va a pasar. —Con un giro de noventa grados, entré por la parte delantera del barco—.

Mierda —murmuré, levantando los pies para esquivar una mesa del sector del restaurante—.

Disculpen, paso —dije cuando me encontré con unos alumnos en mi camino.

Se inclinaron para esquivarme y algunas de las chicas gritaron.

Llegué corriendo a la zona de aterrizaje y, cuando la vela tocó el suelo detrás de mí, desenganché los dos broches de la cintura y la solté.

Me di la vuelta cuando la vela se precipitó sobre mí —no era broma lo que había dicho Pax en el informe del viento— y di un salto cuando pasó como un rayo por debajo de mis pies y se fue directo a los brazos del equipo de producción, que estaba esperando.

Me di la vuelta para ver a la multitud que vitoreaba, todos reunidos para ver nuestro aterrizaje, y me encontré con la intensa mirada furiosa de Cruz.

Me quité el casco y fui hacia él, que ya se había quitado el casco y el arnés.

—¿Es en serio?

—Me salió impecable —dije, encogiéndome de hombros.

—Me vas. A terminar. Matando. —Acentuó cada palabra señalándome con el dedo—. Te dije que dieras la vuelta de nuevo.

—Yo te avisaré cuando empiece a seguir tus órdenes.

Le aleteaban las fosas nasales y tenía la mandíbula apretada.

—Fue algo totalmente irracional.

—¿Tienes idea de la cantidad de veces que he aterrizado un parapente con motor yendo a favor del viento en vez de en contra? Como mínimo diez.

—¿En un barco? ¿Dónde o caes en el punto justo o en el punto muerto?