Rebel (Renegados 3) Capítulo veintiuno. Penna
58%

Capítulo veintiuno. Penna

CAPÍTULO VEINTIUNO PENNA

LIMA, PERÚ

—Velocidad del viento, medidas de seguridad, lista de equipos y plan J: todo lo que pidió —dije mientras le entregaba el sobre de manila a Cruz.

Estar sentada a su lado en la pequeña camioneta que nos conducía del puerto a la zona de despegue era el paraíso y el infierno a la vez, todo envuelto en un solo aroma delicioso: Cruz. Ni siquiera la brisa del océano que entraba por la ventanilla podía opacar su aroma, al menos para mí.

—¿Plan J? —preguntó, hojeando los papeles.

—Lo que pasa es que, si no aterrizamos bien, en realidad no habría un plan B, sino más bien un plan jodido —respondió Landon desde atrás.

—Ojalá tuviéramos a Little John aquí. Me sentiría mucho mejor —respondió Rachel—. ¿Cuánto tiempo más va a estar en California?

Me puse tensa y Cruz me clavó la mirada. Little John.

—Vuelve cuando lleguemos a Buenos Aires —dije, tratando de mantener la voz firme. Iba a reconocer a Cruz de inmediato, de eso no había duda. Solo tenía que encontrarlo antes de que llegara ese momento y rogarle que me guardara el secreto.

Que nos guardara el secreto.

—Esto se ve bien. Es peligroso y una estupidez absoluta, claro, pero ya he aprendido a no esperar menos de ustedes —dijo Cruz—. ¿Qué tipo de aterrizaje piensan hacer?

—El que nos permita poner los pies en la cubierta del barco sin matarnos —gritó Pax desde la tercera fila.

—Hacerse el gracioso no te llevará a ninguna parte, Wilder —dijo Cruz con voz tranquila, casi aburrida—. Me imagino que va a ser directo, ¿no? ¿Nada de entrar con un giro de noventa grados?

—Directo, sin giros. Dejamos el motor hasta que tocamos el barco para ser más precisos y soltamos la vela apenas aterrizamos. Si la perdemos, la perdemos, pero no voy a permitir que nadie termine arrastrado por la borda —respondió Pax.

—Bien. —Asintió con la cabeza mientras leía el plan por última vez—. Me encantaría que aterrizaran en la playa, pero ya sé que eso no va a pasar.

—No sería ningún desafío —dije—. No serviría para las cámaras y no sería divertido.

Me lanzó una mirada que, para cualquier otra persona, habría parecido un regaño, pero yo sabía que era pura frustración. Se encontraba en ese delgado equilibrio entre dejarnos hacer nuestro trabajo y mantenernos dentro de los parámetros de lo que consideraba seguro.

—Está bien. Está bien —masculló por lo bajo—. Solo les pido que tengan el aterrizaje lo más controlado posible. Sigo sin estar muy convencido.

—Podría hacerlo con nosotros —propuso Wilder.

Me dio un vuelco el corazón.

—Podría —le dije a Cruz, tratando de ocultar la emoción en mi voz—. Esto estaba en la lista que nos dio, ¿no? ¿Sabe hacer parapente?

—Sí, claro, como actividad de ocio, pero seguramente tenga más horas de práctica que ustedes —murmuró sin dejar de examinar los papeles. Se llevó una mano a la nuca y se masajeó el cuello.

Me frené justo antes de ofrecerle seguir yo con el masaje de cuello. Habían pasado cuatro días desde la última vez que habíamos estado los dos a solas. Cuatro días desde que me había dado el orgasmo más espectacular de mi vida. Cuatro días desde que me dijo que era mío.

Mío. Nunca me había considerado una persona posesiva.

Los chicos no eran más que eso , chicos.

Y ninguno merecía que pusiera en riesgo mi reputación ni mi trabajo.

Pero saber que Cruz era mío de verdad me daba ganas de tatuarle mi nombre en la frente para que todas las demás mujeres lo vieran y supieran que ya estaba ocupado.

—¿Y justo tienen un parapente de sobra? —preguntó mientras subíamos por las curvas que llevaban a lo alto del acantilado donde se extendía el distrito de Lima.

—No, lo trajimos para usted —dijo Wilder con una sonrisa de oreja a oreja.

Puse los ojos en blanco por el espejo retrovisor y se rio—.

Ay, por favor. Cuando nos dio esa lista de todo lo que sabe hacer, ¿no se le ocurrió que lo íbamos a engañar para que viniera con nosotros?

Uno no se gana un apodo oficial de Renegade hasta que realiza un reto.

—¡Ay de mí! ¿Y ahora qué voy a hacer? —dijo, alargando las palabras—. Lo han traído porque saben que sigue sin gustarme la zona de aterrizaje, pero creen que, si lo hago con ustedes, no me quejaré.

—Te ha descubierto, Pax —rio Landon.

—¿Y Leah? —preguntó Cruz—. Veo que no vino con nosotros. ¿No quería ir en tándem?

—De ninguna manera iba a incluirla en esto. Yo soy bueno. Buenísimo. Pero no puedo controlar el viento y, si de repente sopla una ráfaga y me arrastra por la borda, no voy a poner en riesgo su vida —respondió Pax.

—Pero a ti sí que te pone en riesgo —susurró Cruz en voz tan baja que solo yo lo oí.

—Yo me pongo en riesgo a mí misma —repliqué—. Soy tan capaz como tú, e incluso más, así que mejor guárdate esa actitud de machito alfa, ¿me has entendido?

—Pero te gusta el machito alfa —murmuró con una sonrisa burlona.

—Llegamos —dijo el conductor mientras estacionaba el coche en el lugar de destino.

Nos encontrábamos en medio de una gran cancha de fútbol, cerca del borde del acantilado, donde tendríamos suficiente espacio para tomar impulso y despegar antes de lanzarnos al vacío.

Además, ayudaba el hecho de que teníamos parapentes con motor.

Alcé el rostro hacia el sol cuando bajé de la camioneta. Estar en Sudamérica en marzo claramente tenía sus ventajas. Además, en las próximas semanas esas ventajas se iban a congelar cuando llegáramos al punto más austral de Sudamérica. Me conformaba con lo que había.

Qué ironía que esa frase también describa tu relación.

—¿Penna? —dijo Zoe al llegar desde la otra camioneta.

—Ya voy —le dije a Landon, que se dirigía con los demás al lugar donde nos esperaban los equipos de parapente, quizá demasiado juntos.

Antes de despegar, íbamos a tener que separarlos más.

El equipo de Bobby era bueno, pero no compensaba la ausencia de Little John.

Incluso aunque era la persona que podría delatarme delante de todos—. ¿Qué pasa? —le pregunté a Zoe.

—Solo quería darte las gracias por pelear para que me dieran mi propio equipo.

Los chicos dieron por hecho que yo iba a ir en tándem o que ni siquiera iba a volar, pero tú saltaste a defenderme.

—Sus ojos café no estaban maquillados como de costumbre, con el delineador alargado hacia afuera y el maquillaje cargado.

Parecía más joven y muchísimo menos zorresca ... , si es que existía esa palabra.

—Zoe, llevas más de cien horas practicando esto.

Me fijé en los registros. Sé cuál es tu nivel.

No estás aquí porque yo haya peleado por ti.

Estás aquí porque te lo ganaste. Te esfuerzas, tienes talento y puedes aterrizar el parapente mejor que esos dos idiotas que están allí al fondo.

—Señalé donde estaban Alex y Nathan, otro de los Renegades—.

Sé que no siempre estamos en la misma onda, pero podríamos coincidir mucho más si entendieras que lo que vales para los Renegades no tiene nada que ver con la persona con la que te acuestes.

—No me he acostado con nadie desde... —Echó un vistazo alrededor—. Después de lo que pasó, quería valerme por mí misma durante un tiempo. Ver dónde encajo en realidad.

—Desde lo de Landon. Ya sé. Por eso, entre otras cosas, estoy dispuesta a saltar a defenderte y a pelear por ti, porque por fin estás peleando por ti misma. Ve a ponerte el equipo.

Pasé por al lado de Landon sin dirigirle ni una mirada y solté un suspiro.

Esa chica a veces estaba muy mal de la cabeza, pero todavía había esperanzas de que, con el tiempo, dejara de tener la cabeza metida en el culo y se concentrara más en su talento y menos en sus compañeros.

Landon había sido el último de una larga lista de Renegades con los que había estado, pero, cuatro meses atrás, la llegada de Rachel había frenado todo en seco.

Landon nunca había dejado de amar a Rachel en los dos años que habían estado separados y Zoe nunca había tenido ninguna posibilidad con él.

Por supuesto, se había desquitado con él y estuvo a punto de destruir su relación con Rachel por puro rencor, pero quería creer que el cambio era posible para todos.

Me acerqué a mi equipo de parapente, me recogí el pelo en un moño para que no se me metiera en los ojos y me puse el casco.

—Qué lástima, me gusta suelto —susurró Cruz al pasar.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Esa voz grave y sedosa, sumada a su acento, siempre me afectaba de la mejor manera.

Sin duda, esa voz era una de sus cualidades más sexis, junto con sus hoyuelos.

Y también esos ojos y todos los relieves marcados de sus abdominales.

A la mierda, ese hombre era la personificación del sexo...

, y qué ironía que precisamente eso fuera lo que se negaba a darme.

Extendí la vela de mi parapente, que estaba colocado justo al lado del que le habían asignado a Cruz, y revisé todas las líneas una por una para asegurarme de que no hubiera nudos.

Estábamos a unos nueve metros del borde del acantilado, así que no tenía mucho margen para corregir si alguna se enganchaba o se enredaba.

Una línea enredada podía arrastrar la vela hacia abajo y lo último que quería era caer en espiral por el acantilado.

Sonreí a las cámaras cuando Bobby me las puso delante y expliqué en qué consistía el reto. Después, me puse el arnés mientras se iban corriendo a entrevistar a Wilder.

—¿Necesitas que te revise? —preguntó Cruz, poniéndose delante de mí. Le levanté una ceja y miré a nuestro alrededor con toda la inocencia posible—. Nos pusieron justo al lado. Si fueras Wilder, le preguntaría lo mismo a él.

—Ay, pero qué educado. De acuerdo —dije, separando los brazos del cuerpo. Dios, estaba coqueteando con él sin darme cuenta.

—Feliz de poder ayudar. —Jaló de los broches de presión, comprobó el seguro de mi mosquetón y después dio un tirón suave a mi arnés para asegurarse de que estuviera bien ajustado.