Capítulo veinte. Cruz #3
Alcé la mirada al cielo y pronuncié una plegaria de agradecimiento en voz baja, automáticamente en español.
Se estaba resolviendo todo. El año anterior pensábamos que iba a tener que posponer la aceptación del cupo hasta que pudiera ir el año siguiente, pero ahora estábamos allí y empezaban a encajar las piezas, como si el destino mismo hubiera diseñado el rompecabezas.
—Oye, dijiste que solo podíamos hablar en inglés —me reprendió con una sonrisa en la voz.
—Es que... —Negué con la cabeza—. No me lo creo. Quiero decir, sí que puedo creerlo: eres brillante. Pero el hecho de saber que eso ya está resuelto... No hay palabras. —La matrícula estaba pagada. El alojamiento, la comida..., todo cubierto.
—Parece que escribí un ensayo espectacular —bromeó.
Cuando terminara este viaje, podría decidir si quería dejar de enseñar. Podía volver al ejército a tiempo completo o dedicarme a hacer pedicuras bajo el agua. Sí, me encantaba enseñar, pero había elegido mi profesión con este único propósito, con esta misión.
Iba a terminar de pagar la casa de la abuela y ya tenía resuelta la matrícula de Elisa.
—¿En qué piensas? —preguntó.
—Siento que se me acaban de abrir muchas posibilidades de cara al futuro —le contesté con sinceridad. Nunca nos habíamos ocultado nada desde que me encontró siete años atrás.
—Nunca quise que planearas todo tu futuro en torno a mí.
—Ya sé, y no ha sido un sacrificio para mí. No quiero que pienses eso.
—Tú das demasiado.
—En seis semanas ya estarás de camino a Harvard. Eso es lo único que importa. Se te está abriendo un mundo entero de posibilidades.
—¿Y tú? Cuando termine esto, ¿qué vas a hacer, además de enseñar? ¿Por fin vas a sentar cabeza con esa chica que le llevaste a Grandmother?
—Grandma —sonreí—. Grandmother es demasiado formal en general. ¿Y cómo sabes eso?
—Ella sabe enviar correos electrónicos, ¿sabes? Dijo que se llama Penélope, que es guapa, decidida, inteligente y lo bastante fuerte como para aguantar tus tonterías.
—¿Eso dijo? —pregunté, recostándome en la cama. Tres días de caminata me habían dejado destrozado.
—Sí. Y dijo que, aunque le juraste mil veces que son amigos, estás totalmente... ¿Cuál fue la palabra que usó? Flechado.
Flechado. Encaprichado. Cautivado. Encantado. La verdad es que cualquiera de esas descripciones funcionaba bien.
—¿Te dijo que es mi alumna?
Hubo un instante de silencio al otro lado de la línea, que solo se rompió con un suspiro muy prolongado.
—Sí. Dijo que te estabas conteniendo.
—¿Pensarías mal de mí si no me contuviera? ¿Y si te dijera que la conocí antes de que fuera mi alumna? ¿Que estar juntos en este barco es o la mayor coincidencia del mundo o el mayor acto del destino que he visto en mi vida?
—Diría que, si encontraste una zapatilla de cristal, tienes que ponérsela en el pie o algo así. Sabes lo que quiero decir.
—Esto no es un cuento de hadas, Elisa.
—Todo en el amor es un cuento de hadas cuando se ve desde fuera, Cruz.
—Sí... Si llega a pasar algo y me descubren, me van a despedir. Me echarían del barco.
—Bueno, que no te descubran.
¿Por qué no podía ver las cosas de una forma tan simple como mi hermana? Ah, cierto, porque no tenía la ilusión de alguien de diecisiete años.
—Es un riesgo muy grande.
—Es una recompensa muy grande. Mira, si yo no estuviera en medio...
—Si no estuvieras en medio, yo ni siquiera estaría aquí.
—Bueno, pero si te olvidas de todo eso. Si yo no existiera, ¿serías capaz de arriesgar todo por ella? ¿Tu carrera profesional? ¿Tu reputación?
Lo pensé durante un segundo y recordé todo lo que ya había pasado con Penélope en las cinco semanas que llevaba conociéndola.
—Arriesgaría la vida por ella. De hecho, ya lo hice.
—¿Ves? —suspiró Elisa—. Es un cuento de hadas. ¿Estás enamorado?
Sentí de nuevo ese leve calor en el pecho y traté de sofocarlo.
—Oficialmente, y en secreto, salgo con ella desde hace cuatro días. Creo que es un poco pronto para andar diciendo esa palabra como si nada, enana.
—El príncipe Encantador lo supo en una noche.
—El príncipe Encantador fue tan lento que ni siquiera pudo alcanzar a Cenicienta, que iba con un solo zapato. Mi vara está un poco más alta.
—Me parece justo. —Se oyó un murmullo de fondo—. Mierda. Ya llegó —susurró—. ¿Volvemos a hablar en unas semanas?
Se me revolvió el estómago. Seis semanas , me repetí. Después de eso, ya no iba a dejar que ese miedo constante me arrastrara del cuello como si tuviera colgada una pesa de veinte kilos.
—Sí, mándame un correo electrónico con la hora nada más. Te quiero.
—Te quiero —susurró, y colgó.
No podía ni pensar en lo que iba a pasar: ¿de qué humor habría llegado él? ¿Elisa habría escondido bien todo el papeleo de Harvard y cualquier otra información que pudiera arruinar nuestro plan o su vida?
Puse el teléfono en el cajón de la cómoda, donde apoyé la mano, y me miré en el espejo para hacerme la misma promesa que me hacía todos los días desde hacía cinco años.
Tal vez le había fallado a mi madre, pero no le iba a fallar a Elisa.
Ella iba a vivir.