Rebel (Renegados 3) Capítulo veinte. Cruz #2
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Capítulo veinte. Cruz #2

Qué sutil, mi vida. A duras penas pude contener la sonrisa, pero lo logré.

—Bienvenidos a esta clase de Historia Latinoamericana, en vivo desde el lugar, se podría decir —proseguí—. ¿Quién puede decirme por qué Machu Picchu es tan especial?

—Los incas reinaron solo cien años, y lograr algo así en tan poco tiempo es impresionante —respondió Leah.

—Bien. Sí. Los arqueólogos creen que tuvo que ser el primer emperador inca quien lo mandara construir, ya que su construcción llevó unos cincuenta años. ¿Qué más?

—Estaba completamente abandonado y eso probablemente lo salvó de la destrucción española, ya que demolieron casi todos los demás sitios sagrados incas durante su conquista —añadió Luke Ruiz—. Nunca lo encontraron.

—Correcto de nuevo. El motivo por el que lo abandonaron sigue siendo un misterio.

Aunque tanto la viruela como la guerra civil habían contribuido a la debilitación del Imperio, no hay indicios de que se produjera una guerra en esta zona.

De hecho, parece que lo hubieran abandonado a medio construir.

¿Hay algo más? —Recorrí el grupo con la mirada.

—Lo lógico sería que esto no estuviera aquí. —Su voz se deslizó por todo mi cuerpo como caramelo derretido.

—Adelante, Carstairs —la animé, desafiándome a mirarla mientras respondía. Trabé todos los músculos de la cara, con la determinación de no mostrar ninguna reacción capaz de delatarme.

—Está en una ubicación sagrada, con el río que hay debajo y las cuatro cumbres más altas en todas las direcciones. Desde un punto de vista espiritual, militar, cultural..., es absolutamente perfecto para los incas.

Dios, sonaba como si estuviera hablando de nosotros o, tal vez, era yo quien tenía el cerebro tan tomado por lo nuestro que era capaz de tergiversar cualquier cosa que dijera.

—Tienes toda la razón. Pero se podría decir lo mismo de cien complejos más de ruinas de distintas civilizaciones por todo el planeta.

—Pero, por la geografía, este no debería haber durado ni un siglo, y menos seis —dijo. Bingo. Su cerebro era tan excitante como su cuerpo... o tal vez más.

—Estamos rodeados por dos fallas geológicas propensas a terremotos en esta cresta.

—Señaló los dos extremos del complejo—. Además, en Machu Picchu llueve más del doble que en Chicago durante la temporada de lluvias y se sabe que suelen producirse aludes en los alrededores.

Como se construyó hace casi seiscientos años, el complejo debería haberse erosionado hace mucho tiempo.

—¡Qué bien, me encantan los aludes! —dijo Rachel, moviendo las manos.

Landon se rio y le rodeó el hombro con el brazo.

Penélope puso los ojos en blanco.

—Entonces, si este lugar era perfecto para lo que necesitaban los incas, ¿por qué sigue en pie a pesar de sus desventajas geográficas? —le pregunté a Penélope.

Ladeó la cabeza, se enderezó y echó un vistazo a su alrededor, mirando las ruinas, el cielo, el suelo..., cualquier cosa menos a mí.

—Porque construyeron una buena base.

—¿Cómo? —la desafié.

Me sostuvo la mirada y una leve sonrisa curvó sus labios.

—Empezaron desde cero, construyendo terrazas en la montaña para mantenerla estable.

—¿Entonces la clave está en la base?

Asintió.

—Pusieron capas de tierra vegetal, arena y grava para que las terrazas no se inundaran nunca y no tuvieran motivo para ceder.

Después hicieron algo brillante: canalizaron el agua mediante un sistema de fuentes interconectadas que aprovechaba los manantiales locales y la lluvia, y llevaba agua potable limpia a la población.

Ah, mierda , cómo quería besarla, gritarle al mundo entero que esa mujer hermosa, valiente e inteligente estaba conmigo.

—Convirtieron su mayor debilidad en fortaleza.

—Exacto.

Como vamos a hacer nosotros. No hacía falta que lo dijera, sus ojos hablaban por sí solos.

Me obligué a apartar la mirada antes de que mis ojos me delataran.

—Bueno, ¿quién me quiere contar algo sobre las técnicas de tallado de granito?

Respondió otro alumno, luego otro, y veinte minutos después había logrado completar la clase entera sin volver a mirar a Penélope.

Concluí contándoles la importancia de la posición del altar y la prevalencia del sacrificio de niños en la cultura inca, descubierta por arqueólogos de alta montaña en los Andes, a mucha más altura que donde estábamos nosotros.

Luego les recordé la hora a la que teníamos que reunirnos y les di libertad para que fueran a caminar.

Subí y bajé por los distintos niveles de las ruinas durante una hora, respondiendo a las preguntas de los alumnos y consultándole las mías al guía. Lo mejor de que hubiera un límite de doscientos visitantes por día en el complejo era que así había menos gente.

¿Cómo era posible que tuviera la suerte de estar allí?

¿Después de haber salido de donde salí, con tan pocas probabilidades de sobrevivir, y todavía menos de prosperar?

Este era un lugar que mi abuela probablemente nunca conocería y que mi madre nunca había tenido la oportunidad de ver, ni la tendría jamás.

Pero Elisa sí.

Ella iba a tener la vida por la que tanto se había esforzado, la vida que se merecía. Ya había vivido suficiente tiempo a la sombra de él, bajo su control. En dos meses, conseguiría la libertad que merecían todas las mujeres, en especial una tan buena e inteligente como mi hermana pequeña.

Fracasar no era una opción para mí.

Caminé con cuidado por los escalones de piedra tallada.

Con un solo paso en falso, podía caer noventa metros por el acantilado.

Cuando estaba rodeando una de las estructuras, me encontré con Penélope y sus amigos, que estaban inspeccionando el trabajo en piedra del interior de lo que en su día había sido una casa.

—Hola, Doc —dijo Wilder con el brazo apoyado en los hombros de Leah.

—¿En qué andan? —pregunté, situándome en el extremo opuesto al de Penélope—. Díganme que no están planeando hacer ningún reto aquí. No quisiera tener que sacarlos de una patada en el culo.

—Nah —rio Wilder—. Puede que seamos idiotas que se creen con derecho a cualquier cosa, pero por lo menos no somos irrespetuosos.

—Es bueno saberlo —les dije—. ¿Ya fueron a las terrazas de abajo? Aún tienen tiempo antes de que nos tengamos que ir. Se avecina una tormenta.

—Eso nos pasa por venir en temporada de lluvias —respondió Leah—. Pax, ¿quieres que bajemos?

—¿Me estás preguntando si quiero bajar contigo a ver unas paredes muy viejas que sostienen unas terrazas muy viejas? La respuesta es sí —dijo Wilder.

Bajaron uno por uno hasta que solo quedamos Penélope y yo.

—Deberías ir con ellos —le susurré.

—Hay tantas cosas que debería hacer —replicó con una sonrisa que casi me dejó de rodillas. Su sonrisa tenía algo cautivador y adictivo que me transmitía toda su alegría.

—Ve —le dije en tono suave, deseando que pudiera quedarse, que pudiera tener solo unos minutos con ella.

Suspiró, pero asintió con la cabeza y me rozó al pasar cuando salió de la casa de piedra.

—No puedo dejar de pensar en tus manos —confesó en voz baja mientras miraba fijo el horizonte.

Esas manos que mencionó apretaron los puños. Dios, a esta mujer sí que le gustaba tenerme al límite. Miré a nuestro alrededor para cerciorarme de que no nos oyera ningún alumno.

—Yo no puedo dejar de acordarme de cada centímetro de tu cuerpo —susurré, manteniendo los cincuenta centímetros que nos separaban—, ni de pensar en cómo los voy a recorrer con la boca cuando te vuelva a tener acostada en la cama.

—Cruz —gimoteó, y me lanzó una mirada. Se le cortó la respiración y, por muy orgulloso que estuviera de mi capacidad para excitarla con solo unas palabras, yo no estaba mucho mejor que ella.

Virgen. Es virgen. Tienes que ir más despacio.

—Ve a encontrarte con tus amigos antes de que nos metamos en problemas, Penélope —le dije, a medio camino entre una orden y una súplica.

Me dirigió una última mirada llena de calor y después me dejó ahí de pie, viéndola alejarse.

***

El tono largo de las llamadas internacionales sonaba en mi oído mientras sostenía el teléfono entre el hombro y la oreja.

Tras dos tonos, Elisa atendió.

—¿Hola?

Se me relajó el pecho, como siempre que oía su voz.

—Hola, he recibido tu correo electrónico, ¿qué pasa?

—¡Cruz! ¡Qué bueno que llamaste! Pensé que no iba a saber nada de ti hasta dentro de unas semanas.

—Bueno, pero cuando me llega un correo electrónico de mi hermana pequeña diciéndome que tengo que llamarla urgentemente, encuentro el momento.

Además, tuviste suerte, porque todavía nos queda un día más en Lima y tengo cobertura.

—Cambié el teléfono de mano y terminé de desempacar.

Habíamos vuelto de Machu Picchu hacía solo un par de horas y en un rato tenía que estar en la cubierta para prepararnos para el próximo reto antes de salir del puerto.

—A ver si adivinas.

—Has encontrado la manera de cavar un túnel hasta Miami.

—Ja. Ja. Qué gracioso.

—Dime qué pasa, enana. —Arrojé la mochila vacía al fondo del armario. No debería volver a necesitarla hasta dentro de un mes más o menos.

—¡Me han aumentado la beca!

Se me hizo un nudo en la garganta.

—¿En serio? Por Dios, Elisa, qué increíble. ¿Cuánto? —Ya sabía que me iba a tocar pagarle la matrícula, pero entre lo que pusiera yo y los préstamos, íbamos a lograr que se graduara en Harvard, aunque tuviera que conseguir un trabajo de estríper para pagarlo.

—Me han concedido una beca completa —susurró, como si decirlo en voz alta fuera a hacerla desaparecer de alguna manera.

—¿Qué? —Me dejé caer en la cama porque de pronto ya no me aguantaban las rodillas.

—¡Una beca completa! ¡Matrícula, comida, todo!