Rebel (Renegados 3) Capítulo veinte. Cruz
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Capítulo veinte. Cruz

CAPÍTULO VEINTE CRUZ

PERÚ

Ignorar a Penélope mientras hacíamos el Camino Inca resultó más difícil de lo esperado.

Si oía su risa, me ponía celoso de inmediato de la persona que se la hubiera provocado.

Si veía que alguno de sus Renegades le daba un empujón para ayudarla a subir una pendiente, quería ir a romperle las manos.

Si la veía sonreírme cuando no nos veía nadie, tenía que hacer un gran esfuerzo para contener las ganas de besarla hasta dejarla sin aliento, sin importarme las consecuencias.

Acceder a tener una relación en secreto no había contenido la zona de impacto: me había convertido en un imbécil territorial y rabioso.

Registrar a los cuarenta y seis alumnos en el hotel de Aguas Calientes me llevó más tiempo del que me habría gustado, pero ya todos se habían instalado, habíamos terminado la cena y se había puesto el sol.

Por fin estaba sentado en el bar con una cerveza peruana en la mano.

Acampar habría sido una mejor experiencia para los alumnos, pero lo último que quería era tener que lidiar con los Renegades haciendo estupideces como saltar por encima del fuego.

Simplemente no era práctico para un viaje de esta magnitud, así que o hotel o nada.

Era moderno, limpio y tenía un buen bar al aire libre con ventiladores de techo que giraban despacio.

Estábamos en la base de Machu Picchu, así que la subida del día siguiente iba a ser fácil en comparación con la expedición agotadora de ese día.

Miré a Penélope, que estaba sentada en una mesa curva con un banco corrido, rodeada de sus amigos. Llevaba el pelo recogido y la piel dorada por haber caminado todo el día bajo el sol. Estaba hermosa y, por favor, esa sonrisa me daba unas ganas tremendas de ir a buscarla y llevármela.

Como si me hubiera percibido, cruzamos una mirada durante un segundo precioso y lleno de calor, y luego empecé a mirar con mucha atención la etiqueta de mi cerveza.

Necesitaba hacerlo mejor. Tenía que ser más precavido.

La verdad es que no entendía cómo era posible que todo el grupo no supiera aún de lo nuestro, porque estaba convencido de que mis sentimientos por ella se me grababan en la cara cada vez que la miraba.

—Dios, cómo necesito una de esas —dijo Lindsay, sentándose a mi lado y bloqueando a Penélope de mi campo visual—. ¿Estás seguro de que quieres subir caminando esa montaña mañana? Hay un autobús que nos puede llevar muy bien. —Me miró con una súplica desesperada en los ojos.

—Pilsen Callao —le pedí al cantinero, y luego me volví hacia Lindsay, tratando de no reírme.

Estaba exhausta y se le notaba; definitivamente no era momento para burlarse—.

¿Pero qué tiene eso de divertido? Todo el mundo quiere poder recordar su vida y decir «Subí a Machu Picchu caminando».

No conozco a nadie que quiera decir «Yo fui en bus».

—Yo iría en autobús, carajo —masculló, pero se reanimó cuando le trajeron la cerveza—. Gracias —dijo, primero al camarero y luego a mí.

—De nada. ¿Sabes qué? Si quieres, puedes ofrecerles eso a los alumnos.

Quien quiera evitar la subida de una hora y media por la mañana, puede ir en autobús contigo.

—Me fastidiaba decírselo, pero necesitaba asegurarme de que todos los alumnos pudieran llegar hasta arriba y hoy ya habíamos tenido unos cuantos rezagados.

La expresión de alivio en su cara me hizo sentir culpable. En este viaje no todos estaban tan en forma como los Renegades y tenía que tenerlo en cuenta.

—¿Quieres darles unos minutos más y después hacer una ronda para ver que todos estén en la cama? —preguntó Lindsay.

—¿Hacer una ronda? ¿Pero qué son, de secundaria? —Me reí abiertamente.

—No, pero según el Departamento de Estado, Perú tiene una de las tasas de criminalidad más altas de Latinoamérica, lo que incluye secuestros. —Abrió tanto los ojos que me quedó claro que no iba a echarse atrás.

—Bueno, ¿los chicos vamos por un lado y las chicas por otro? —propuse.

Miró nerviosa la mesa de Penélope.

—¿Te puedes ocupar de esos? Sé que eres su supervisor y algo me dice que no hacen mucho caso cuando no están en clase.

Miré donde estaban los amigos, metidos de lleno en su charla, seguramente ultimando los detalles del reto que iban a hacer en dos días.

—No son tan terribles. Solo hay que hablarles en su mismo idioma —le dije a Lindsay. ¿Cuándo me había vuelto defensor de los Renegades?

Cuando te involucraste con una del grupo.

—Bueno, en su idioma o no, voy a decirles que ya es la hora y después hacemos las rondas, ¿de acuerdo?

—Buen plan. —Me terminé la cerveza mientras Lindsay mandaba a los alumnos a sus habitaciones.

Oficialmente, me sentí viejo.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —preguntó Lindsay, que volvió a sentarse a mi lado en el bar casi vacío.

—Sí, claro.

—¿Sales con alguien?

Por poco escupo la cerveza. Cálmate, mierda , no sabe nada. Una vez que conseguí tragar, le presté toda mi atención.

—¿Por qué?

—Porque me transmites que solo quieres ser mi amigo, y prefiero saber que estás con alguien (o que eres gay) antes que comerme la cabeza haciendo listas de todo lo que tengo de malo —concluyó encogiéndose de hombros, como si mi respuesta no importara.

—No tienes nada de malo y, sí, estoy saliendo con alguien —dije, y sentí una emoción desconocida al poder confesar mi relación de esta pequeña manera.

—Ah. —Se relajó toda su postura—. Bueno, entonces tiene sentido. Debe ser alguien muy especial.

El rostro de Penélope se apoderó de mi mente. Su sonrisa, su ceño fruncido, sus ojos celestes como el mar cuando se enfadaba. Esa necesidad audaz de llevar todo al límite y la fragilidad que ocultaba con tanto recelo.

—Puedo decir con total sinceridad que no hay nadie en el mundo que se le parezca. —Dije las palabras en voz baja, pero resonaron en lo más profundo de mi corazón.

—Qué suerte tiene.

—Soy yo el que tiene suerte.

Nos separamos y cada uno se fue a un piso distinto del hotel. Después de buscar en mi lista, me encontré con la mayoría de los Renegades en el pasillo; algunos estaban en pijama y otros no.

—A ver, a mí no me importa con quién duerma cada uno.

—Me interrumpieron con unos silbidos y sonreí, negando con la cabeza, por haber usado esa frase sin pensar delante de un grupo de chicos universitarios—.

Lo que quería decir es que no me importa con quién duerma cada uno, pero a la profesora Gibson le preocupa que pueda haber crímenes, secuestros y demás actos atroces, aunque no me imagino a nadie capaz de soportarlos el tiempo suficiente para pedir rescate.

Así que elijan una habitación y quédense ahí. Voy a empezar las rondas por este lado.

El pasillo se vació y pasé habitación por habitación, marcando los nombres en la lista.

En la quinta puerta que revisé, me abrió Penélope.

Llevaba unos pantalones de pijama con un cordón ajustable, una camiseta sin mangas y los pies descalzos.

Y, aun así, nunca me había parecido tan sexy como en ese momento, cuando me miró con una leve sonrisa.

Quería verla así con frecuencia, y preferiblemente en mi apartamento de Los Ángeles, si lográbamos salir con vida del barco.

Lo vamos a lograr.

Para cuando llegara el otoño, tal vez la vería en mi apartamento de Boston.

—Estamos Rachel y yo, nada más —dijo, abriendo la puerta para que pudiera ver el interior de la habitación.

Rachel saludó con la mano desde la cama y luego se puso unos auriculares y volvió a lo que estuviera haciendo con su cámara.

—Pensé que ella iba a compartir habitación con Rhodes —le dije a Penélope.

—Está de guardiana de Penna —respondió—. No me van a dejar sola hasta que de alguna manera les demuestre que he vuelto a la normalidad.

—¿Y cómo se supone que vas a hacer eso?

—Seguramente subiéndome a esa maldita moto —respondió—. Se acerca la exhibición en vivo y aún no me he sentado en la moto.

Me apoyé en el marco de la puerta.

—¿Y estás lista?

—No lo sé, pero tengo la sensación de que, al final, terminaré llegando a ese punto. Eso es mejor que lo que sentía hace un mes.

—Eso es progreso.

Miré a Rachel, que movía la cabeza al ritmo de quién sabe qué música, y luego susurré:

—Esto es más difícil de lo que pensaba.

—Ya lo sé. Créeme, lo sé bien.

—Ojalá pudieras darme un beso de buenas noches. —La chispa que tanto me encantaba le iluminó los ojos y estuve a punto de maldecir nuestro acuerdo.

Pero aguantar ahora para poder estar con ella después valía la pena.

—Lo mismo digo. Aunque no sé si podría frenarme después de besarte —susurré en voz baja.

Volvió a entrar en la habitación sosteniendo el pomo de la puerta.

—Buenas noches, doctor Delgado.

—Carstairs. —Le incliné la cabeza y me retiré mientras ella cerraba la puerta. Era una verdadera cagada monumental tener que mantener las cosas en secreto.

***

—Bueno, júntense todos. Vamos a aprender algo de verdad —les dije a los alumnos mientras nos acomodábamos en una zona abierta de Machu Picchu después de contar cuántos éramos.

La caminata había sido un poco traicionera, empinada y despiadada.

Algunos caminos se habían convertido en barro por la lluvia de la noche anterior, pero no había oído ni una sola queja de los treinta y un alumnos que habían venido conmigo.

Nos habíamos encontrado con los del autobús en la entrada y habíamos subido el resto del camino en grupo.

El complejo en sí era una maravilla absoluta y estaba impaciente por terminar esta parte de la excursión para poder ponerme a explorar.

—Lo primero —dije—, es que estén atentos a la hidratación y, si sienten que se quedan sin aire, que no entren en pánico. Estamos a dos mil cuatrocientos treinta metros de altura, así que es sobre todo por la altitud.

Lindsay me sonrió y supe que era porque ella era una de las personas a las que les estaba costando recuperar el aliento, a pesar de haber llegado en autobús. Eché un vistazo al resto de los alumnos y vi que Penélope miraba a Lindsay con una ceja levantada.