Capítulo diecinueve. Penna #3
Me besaba el cuello y la boca mientras me acariciaba y me provocaba, manteniéndome tan tensa que creía que iba a explotar en cualquier momento.
Sacudí las caderas cuando ejerció la presión perfecta sobre mi clítoris, pero luego me dejó suspendida al borde de ese precipicio delicioso, y sabía lo fácil que le resultaría hacerme caer.
Nunca en la vida había necesitado tanto algo.
—Cruz —supliqué, con una mano en su pelo y la otra en su hombro, donde estaba segura de que le había vuelto a dejar marcadas las uñas.
Empezó a respirar casi de forma entrecortada cuando cambió de ángulo y me metió un dedo despacio.
Ah. Mierda.
Era una sensación increíble. Hice fuerza hacia dentro, apretando todos los músculos.
—Ay, qué apretadita estás, Penélope. Tan cerradita —dijo, metiéndome el dedo despacio y pasándomelo por las paredes internas, cortándome la respiración. Entonces me metió un dedo más y, aunque noté un pinchazo por la presión, era...
Se sentía... Se sentía... S...
Mi cerebro dejó de pensar en palabras.
—Ay, sí —susurró despacio—. Estás tan hermosa así, dejándote llevar.
Volvió a tocarme el clítoris una vez más y no exploté, me desarmé. Me tapó la boca con un beso y cualquier ruido que haya podido hacer se perdió mientras mi cuerpo se relajaba y se reorganizaba, renovado.
Movió los labios suavemente sobre los míos y me fue acompañando en mi bajada a tierra con besos mientras retiraba los dedos despacio.
—Quiero hacerte eso de vuelta —me dijo.
Sentí que la tenía dura contra mi muslo y sonreí en medio de esa bruma somnolienta, casi embriagada. Este hombre había conseguido dejarme sin palabras.
—Yo también. Nunca imaginé que se iba a sentir así —confesé, mientras me ponía de costado para tocarle la erección con la palma de la mano a través de los pantalones.
De una forma u otra, había que quitárselos.
Quería verlo ya. Tocar esa erección. Saborearlo.
Sentía que acababan de abrir el parque de Disney solo para mí: yo era la única con permiso para subirme a Cruz—. Creo que ahora sería un buen momento.
—Espera —dijo, quitándome la mano y besándome los dedos.
—¿Qué? —dije, haciendo puchero.
—¿Cómo que nunca imaginaste que se iba a sentir así?
—O sea, fue la experiencia más increíble y placentera de mi vida.
Se alejó y la confusión le arrugó esa frente perfecta.
—Pero ya habías tenido orgasmos, ¿no?
—Sí, bueno, pero no tiene nada que ver con esto —respondí, estirándome como un gato contra su cuerpo. No recordaba haberme sentido tan bien en la vida—. Mucho mejor que mi NOAM.
—Bueno, retiro lo dicho. No quiero que me hables de otros tipos en este momento.
—¿Qué? No, no hablo de Noam. Me refiero a N.O.A.M.: mi novio operado a motor —reí—. Las chicas del circuito necesitamos una ayudita para relajarnos.
Cruz me puso boca arriba y se subió encima de mí con una expresión que me dejó claro que el parque de Disney estaba cerrado.
—Penélope, ¿me estás diciendo que soy el primer hombre que te da un orgasmo?
—Sí. ¿No te hace sentir posesivo, como un macho alfa?
Entornó los ojos.
—¿Cómo es que nunca...?
—No sé bien —dije, encogiéndome de hombros—. Nunca había dejado que nadie me tocara.
Se le pusieron los ojos como platos y se precipitó hasta el borde de la cama.
—Nunca habías dejado que nadie... Ah, mierda. Penélope, ¿eres virgen?
—Ehhh..., ¿sí? —Me senté y me llevé las rodillas al pecho, no por vergüenza, sino porque empezaba a tener frío ahora que me había quedado sin mi calefactor de más de un metro ochenta.
Él se puso a caminar de un lado a otro con las manos en la cabeza.
Mi mirada se posó en el enorme bulto de sus pantalones, aunque él claramente estaba intentando no hacerle caso—. ¿Por qué sería un problema?
—¿Por qué? —balbuceó—. Esa noche en Las Vegas, ¿le ibas a entregar tu virginidad a un desconocido?
Arqueé una ceja.
—Primero, es mía y se la doy a quien se me dé la gana. Y segundo, no, te la iba a dar a ti .
Se cruzó de brazos delante de su enorme pecho.
—¿Cómo?
—Pensaba hacerlo en la cama, seguramente contigo encima, ya que era mi primera vez.
—Pero, carajo. No, cómo lo íbamos a hacer. —Negó con la cabeza—. ¿Cómo es posible que sigas siendo virgen? Tienes veintidós años, eres hermosa, muy inteligente, das unos besos divinos y tienes muchísima actitud.
—Esos son los motivos por los que los hombres quieren estar conmigo.
—¡Sí! —gritó sin gritar, tratando de mantener la voz baja.
—No son motivos para que yo quiera estar con un hombre cualquiera.
Me miró fijamente y su expresión cambió cuando lo comprendió.
Un escalofrío me recorrió la piel cuando me dio de lleno la brisa de la puerta abierta. Cruzó los brazos, tomó una manta extra de la mesa de noche, me envolvió en ella y luego se sentó en la cama, tan lejos de mí como le fue posible.
—Soy hermosa —dije con toda la sinceridad que pude—.
Ya lo sé, y no es que haya hecho algo para merecerlo.
La genética es lo que es, y muy pronto me di cuenta de que a los chicos les gustaba cómo era.
Y eso fue antes de toda esa ridiculez de «la atleta más sexy del año».
Pero trabajé duro para forjar mi reputación de Renegade, y es posible que haya utilizado mi apariencia, pero nunca mi cuerpo.
—No quería insinuar...
—Ya sé. Lo que quiero decir es que nunca hubo ningún hombre por el que valiera la pena arriesgar mi reputación, por el que valiera la pena convertirme en un par de tetas.
—No eres un par de tetas.
Me acerqué y apoyé la cabeza en su hombro.
—Por eso esperé a encontrar a la persona adecuada: te esperé a ti. Y, cuando me di cuenta de lo que podíamos llegar a ser, ya no quise dejarlo escapar. Si ese encuentro en Las Vegas era la única vez que podría sentirme así, iba a aferrarme con todas mis fuerzas.
Sentí que apretaba la mandíbula cuando apoyó el costado de la cabeza sobre el mío.
—Me lo tendrías que haber dicho. Habría ido más lento, no habría...
—No, estuvo perfecto. Y yo nunca fui de ir muy lento. Cuando me propongo algo, no paro hasta conseguirlo o hasta que me choque y me prenda fuego. De hecho, si no me hubieras parado, a estas alturas ya habría sido algo irrelevante.
Se dio la vuelta, me sostuvo la cara entre las manos y me dijo:
—Me alegra haberme enterado.
—A mí también. Y sigo queriendo que sea contigo. —Miré el reloj por encima de su hombro—. De hecho, todavía nos quedan diez minutos.
Él soltó una risa burlona y negó con la cabeza. Luego me dio un beso suave y tierno, pero firme, y, a pesar de su serenidad, casi detesté ese beso porque en él sentí cómo se reafirmaba su determinación.
—No hay ni la más mínima posibilidad de que te quite la virginidad con un rapidito de diez minutos para después irnos a una excursión en la que básicamente voy a tener que ignorarte durante tres días seguidos. Eso no va a pasar.
Con cada segundo que pasaba mirándome fijamente, la ira bajaba un cambio, dos... o cinco.
—Tus ojos son tu mejor arma. Lo sabes, ¿no? —Me mostró esos hoyuelos y solté un quejido—. O tal vez sean los hoyuelos.
—Mejor ve a vestirte para que podamos encontrarnos abajo, como si no hubiera pasado lo de los últimos veinte minutos presentándote el mundo de los orgasmos sin motor.
—Pero va a pasar, ¿no? —dije casi lloriqueando, y luego me tapé la boca con la mano. ¿Cuándo me había vuelto tan desesperada, en especial con el sexo?
Cruz soltó una risita y me volvió a besar los labios.
—Sí. Mil veces sí. Totalmente sí. Voy a arruinar a cualquier hombre lo bastante estúpido para intentarlo después de mí. —Su expresión se tornó salvaje por un momento, antes de suavizarse—. Pero así no. Cuando estés lista...
—¡Estoy lista! —afirmé.
—No soy un avión para que te subas y saltes porque tienes ganas, Penélope. Somos dos en esta cama. Somos dos en esta relación.
Relación. Casi ronroneé al oír la palabra y después fui bajando las revoluciones. Tenía razón. Era posible que a mí no me importara mucho mi virginidad, pero al parecer a él sí, y por eso tenía que importarme. ¿Todas las relaciones eran así de complicadas?
—Está bien —accedí.
—Qué bueno. Va a valer la pena. La primera vez que te lo haga, que te haga el amor, no va a ser en un lugar en el que tengamos miedo de que nos oigan a través de las paredes.
—Me gusta la idea.
—A mí también. Bueno, ve a vestirte ya, antes de que pierda todo el respeto por mí mismo, ahora que me he convertido en el protagonista de una película porno mala. Estás increíblemente sexy así, envuelta en una sábana y nada más.
Estallé de risa, pero me bajé de un salto y me puse a recoger mi ropa. Luego me metí en el baño, porque, aunque sabía que podía excitarlo con mi desnudez, ya me sentía mal por haberlo dejado insatisfecho.
—¿Por qué una porno mala? —pregunté a través de la puerta mientras me ponía la camiseta encima del sostén.
—Ay, por favor. Soy el profesor sexy, el más grande, el más sabio. Tú eres la jovencita virgen e ingenua de ojos inocentes que necesita un poco de ayuda después de clase.
Me reí mientras me ponía los pantalones y luego abrí la puerta de par en par, apoyándome de forma sugerente en ella y arrastrando la rodilla por el marco.
—No quería que me fuera mal en el examen. Es que me distrajo mucho su... Ey, te has puesto la camisa.
—Tú también. —Me apretó contra su cuerpo y, aunque acababa de darme el mejor orgasmo de mi vida, sentí que el fuego se reavivaba.
—Entonces, ¿tú y yo? —pregunté con voz suave.
—Tú y yo —afirmó, y se apoderó de mis labios con un beso intenso que me llegó hasta el alma—. No va a ser fácil.
—Nada que valga la pena es fácil.