Capítulo diecinueve. Penna #2
—¿Ese es el único motivo? ¿Te preocupa que nos atrapen?
—Levanté una rodilla y, al mismo tiempo, froté la pierna contra el costado de su cuerpo.
Lo entendía si era por eso; él estaba arriesgando mucho más que yo.
Es posible que yo estuviera poniendo en juego mi reputación si esto salía a la luz, pero él estaba arriesgando toda su carrera profesional.
—Me vas a obligar a decírtelo, ¿no? —gruñó.
—Sí, igual que cuando me obligaste a decirte que sí en Las Vegas.
—Me felicité mentalmente por mantener la lucidez mientras tenía su cuerpo encima del mío.
Todo en ese hombre era embriagador: la sensual forma de sus labios, la intensidad de sus ojos, el calor de su cuerpo perfectamente esculpido e incluso su colonia.
Pero necesitaba saber dónde estábamos. Tenía que saber si estaba saltando con paracaídas o lanzándome en caída libre.
—Me vas a terminar matando —murmuró, y luego me miró a los ojos como si pudiera ver hasta el fondo de mi alma—.
No va a haber nadie más. En primer lugar, no juego con las mujeres, y menos con alguien que me importe tanto como tú.
Segundo, no quiero estar con nadie más. Eres la única mujer capaz de volverme tan loco como para arriesgarlo todo.
Eres la única mujer que no puedo quitarme de la cabeza ni de los sueños.
No hay nadie más para mí, porque prefiero tener estos momentos robados contigo que tener una relación normal con otra persona.
Guau.
—Lo normal está sobrevalorado —dije, o más bien jadeé.
—¿Y tú? —preguntó con un destello en la mirada que no logré definir. ¿Era vulnerabilidad o recelo?
—No hay nadie más. —Llevé las manos a los ásperos costados de sus mejillas, disfrutando de tener permiso para tocarlo—. Nunca he deseado a nadie como te deseo a ti. Nadie puede competir contigo en cómo me haces sentir de todas las maneras posibles. No hay nadie más que tú.
Apoyó su peso sobre mí mientras sus labios se unían a los míos. Me besó suavemente, como una caricia que se prolongaba y me hacía cosquillas de pies a cabeza.
—Necesito tocarte. —La afirmación sonó como una súplica.
—Sí —respondí, sabiendo que lo necesitaba oír.
Miró el reloj de la mesa de noche.
—Tenemos media hora antes de tener que encontrarnos para ir a la excursión. Puedo hacer muchísimo en media hora.
No pude responder porque volvió a apoderarse de mi boca. Habían pasado semanas desde la última vez que había sentido el sabor de sus labios, así que lo besé con todas las emociones que tenía embotelladas, embobada por el hecho de saber que nunca más iba a tener que pasar tanto tiempo sin esto.
Me envolvió la lengua con la suya, moviéndose despacio, de una manera que me hacía mover las caderas contra las suyas mientras se acomodaba entre mis piernas.
—Penélope —gruñó contra mis labios, mientras bajaba una mano para sujetarme las caderas. Con otro beso, me agarró de otra manera, enterrando los dedos en la tela fina de mis pantalones cargo de camuflaje.
—Cruz —respondí, enroscando las piernas en su espalda para quitarme el calzado. Menos mal que todavía no me había puesto las botas de montaña, porque si no, ese movimiento habría sido tan torpe como un baile de la escuela en plena pubertad.
Me acarició la piel del abdomen con el pulgar mientras me besaba el cuello, tocándome en lugares que ni sabía que existían.
—He pensado en esto tantas veces desde Las Vegas —confesó después de darme un beso en la clavícula.
Me recorrió otra descarga eléctrica.
—Yo también —confesé, pasando los dedos por las mechas de su pelo, jugueteando con las puntas que se había dejado un poco más largas en la parte superior.
—¿En serio? —preguntó, mirándome desde abajo mientras me daba besos en el esternón y se acercaba después a uno de mis pechos.
—Sí —dije, arqueando la espalda para sentir su boca. Recordaba perfectamente cómo se sentía: sus labios, su lengua, la manera en que lograba concentrar toda la tensión de mi cuerpo en el vientre.
—¿Te acordabas de cómo te besé? ¿De cómo gemiste mi nombre?
—Cruz.
—¿Te acordabas? —preguntó, atrapándome el pezón con el labio inferior mientras me acariciaba suavemente por encima de la ropa.
—¡Sí! —siseé, más que consciente de que no podía gritar fuerte. Me habría quitado la ropa de buena gana si eso le hubiera simplificado las cosas a él y a mí.
—Qué bueno, porque hace semanas que no escucho otra cosa, ¿cuando estás en clase haciéndome una pregunta?
Te oigo gemir mi nombre. Cuando te miro correr, siento que tengo las curvas de tu culo en las manos, que lo levantas para mí.
Cuando discutes conmigo, me acuerdo del sabor de tus besos y me imagino haciéndote callar con mi boca, aunque sé que eso nunca funcionaría.
Y cuando me ignoras, haces lo imposible por mirar para otro lado o, peor aún, tratas de ponerme celoso, me acuerdo de lo suave y mojada que te pones —dijo, y me puso la mano entre las piernas— aquí.
—Cruz. —Me moví contra su mano.
—Me encanta cómo dices mi nombre. —Subió despacio hasta que su boca llegó al lado de mi oreja—. En algún momento te llevaré lejos de aquí para escuchar cómo lo gritas. Varias veces.
De pronto, acerqué su cabeza a la mía y le di un beso en el que volqué toda la desesperación de mi cuerpo, metiéndole la lengua en la boca y arqueando las caderas contra él.
Si me excitaba tanto con solo un beso, no podía esperar para ver qué más podía hacer. Lo incité a seguir como hacía todo lo demás en mi vida: con total atención y entrega. No importaba nada más en el mundo que Cruz y los sentimientos que me atravesaban dejándome sin aliento por su intensidad.
—Si no me tocas ya mismo, me pondré a gritar tu nombre con mucha más frustración —amenacé.
Mierda, aparecieron esos hoyuelos.
—Mi Penélope está impaciente, ¿no? —preguntó con una sonrisa.
Lo fulminé con la mirada y me deslicé hacia atrás hasta tener espacio para sentarme. ¿Cuánto control tenía este tipo? ¿Qué habría que hacer para que lo perdiera? De un solo movimiento, me quité la camiseta. Y un chasquido después, mis pechos quedaron al aire.
—Uf, me haces mierda... —maldijo, con las manos en las rodillas y los ojos, que antes eran juguetones, tornándose voraces en un milisegundo.
—Sí.
No hizo falta nada más. De pronto, lo tenía encima, sobre mí, apretándome suavemente un pezón con los dedos mientras me lamía el otro. El fuego que llevaba dentro renació con un rugido y cada chuponcito de su boca me hacía sentir unas oleadas de placer tan fuertes que casi podía saborearlas.
Bajó la mano despacio por mi abdomen para abrirme el botón de los pantalones. Gracias, Dios. El sonido de la cremallera al abrirse era el más glorioso que había oído en la vida, después del de Cruz llamándome por mi nombre.
Volvió a adueñarse de mi boca con unos besos profundos y embriagadores, y solo interrumpí esa dulce tortura cuando detuvo la mano justo al borde del elástico de mi ropa interior.
—Sí —dije de nuevo, por si no me había escuchado cuando le di permiso la primera vez.
Me encantaba que me quisiera cómoda y que solo estuviera dispuesto a llevar las cosas hasta donde yo quisiera.
Pero también quería saber cómo era cuando no tenía tanta cautela, cuando se sentía tan salvaje como yo.
Mordiéndome el labio inferior con delicadeza, me metió los dedos por debajo de las bragas para acariciarme el centro y, después, los introdujo suavemente hasta rozarme el clítoris.
El fuego de mi estómago salió disparado hacia afuera con una explosión y luego volvió a meterse y empezó a subir, cada vez más vivo e intenso.
—Penélope —gimió, y supe que ese era el mejor sonido que había oído en la vida. Mi nombre, saliendo de sus labios, sonaba mejor que cuando me llamaban en los X Games.
Él me provocaba más adrenalina, un placer más intenso.
Le levanté un poco la camisa porque necesitaba sentir su piel contra la mía y él se la quitó de un movimiento que me dejó babeando.
De pronto, mis manos estaban tocando la piel perfecta de sus hombros.
El cuerpo de este hombre era para tocarlo por todas partes, para explorarlo por completo y saborear la suavidad de su piel con la boca.
Nunca pensé que iba a rebajarme a babear por un tipo musculoso, pero creo que mi necesidad de mirar a Cruz no tenía límites.
Me enganchó los pulgares en los pasadores del pantalón y su mirada se detuvo en mis ojos durante un instante, hasta que asentí con la cabeza. Sí, claro, quería que me los quitara. Quería estar con él. Quería todo de él. Antes de que cambiara de opinión y ya no volviera a sentir esto nunca más.
Me bajó los pantalones y la tanga al mismo tiempo, dejándome completamente desnuda por primera vez en la vida. No tenía tiempo para ponerme tímida, incómoda ni insegura, justo ahora que me estaba mirando así.
Me miraba como si fuera una diosa, como si mis cicatrices no desviaran la atención de lo que le parecía hermoso. Nunca me había arrepentido de una sola cicatriz ni me había sentido insegura por ellas, pero tampoco había estado en la cama con un hombre que fuera la perfección absoluta.
—No hay palabras —dijo, pasando la mano de uno de mis pechos al costado de mi cadera.
Acompañé su mano con un movimiento sensual que no sabía que llevaba dentro—.
Podría pasarme el día entero diciéndote lo hermosa que eres, lo absolutamente exquisita, pero no hay palabras para describir lo que se siente al verte así.
Puede que ya estuviera excitada, pero esas palabras me encendieron por completo.
Se acostó encima de mí, raspándome las piernas recién afeitadas con la tela áspera de sus pantalones, y me dio un beso intenso.
Un beso se fundía en otro, mientras él me recorría las curvas con las manos y me encendía todas las terminaciones nerviosas con cada roce, hasta que por fin volvió al punto que más lo pedía mi cuerpo.