Rebel (Renegados 3) Capítulo diecinueve. Penna
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Capítulo diecinueve. Penna

CAPÍTULO DIECINUEVE PENNA

PERÚ

—¿Tienes todo lo que necesitas? —preguntó Rachel desde la puerta de mi habitación mientras yo cerraba la cremallera de mi mochila pequeña.

—Más me vale, porque aquí no entra nada más —respondí.

—A mí me falta protector solar, así que voy a ir rápido a la tienda del barco, por si se te ocurre algo que necesites, ¿sí?

—Ah, genial, gracias —le dije mientras abría mi computadora portátil.

—Ey, ¿estás bien?

Miré por encima de la pantalla.

—Sí, obvio. De hecho, me alegra poder hacer una escala sin tener que hacer ningún reto. Y eso que me encantan, pero está bien descansar un poco, ¿me entiendes?

—Sí. Siento que vivimos corriendo de una cosa a otra. Vamos tan rápido que me da miedo que, cuando se termine este viaje increíble y volvamos a casa, lo único que recordemos sea este ritmo de vida, toda la presión, esas cosas. Y Landon no tiene ningún interés en ir más despacio.

—Pax tampoco. —A veces parecía que yo era la única lista para cambiar el ritmo. Después de seis meses a bordo, ya quería tomarme un tiempo para recuperarme de verdad, justo cuando llegó el momento de acelerar para poder aportar mi parte al documental.

Y todavía no había decidido qué iba a hacer.

Me llegó una notificación de mensajería instantánea del barco y toqué el ícono para abrir la ventana. Me apareció el nombre de Cruz.

—Sabes que puedes hablar conmigo, ¿no? —preguntó Rachel.

Cerré la computadora, como si en cualquier momento fuera a salir su voz de los altavoces o a aparecer él por la pantalla y revelar una relación que ni siquiera existía.

Rachel era alguien a quien le confiaba mi vida, pero Cruz tenía razón: no sabía si podía confiarle esto.

Ella era muy leal con los suyos y se volvía peligrosa cuando acorralaban a un ser querido o a ella misma.

Desde luego, no aprobaría la propuesta que le había hecho a Cruz.

—Ya sé —le dije, rezando para que se notara la sinceridad en mi voz.

Apretó los labios y hubiera jurado que casi la vi morderse la lengua.

—Está bien. Bueno, esa oferta sigue en pie. Ya sé que nuestro pasado ha sido bastante áspero...

—El papel de lija es más suave —bromeé—. Rachel, si alguna vez necesito hablar de algo, te prometo que te lo contaré. Ahora mismo estoy bien, de verdad.

Frunció el ceño, pero al final asintió con la cabeza.

—Está bien. Bueno, voy a ir a comprar el protector.

Apenas oí cerrarse la puerta de la suite, abrí la computadora para ver los mensajes.

Cruz Delgado: Señorita Carstairs, si quiere tener una reunión para hablar de su tesis, tengo un momento libre antes de salir hacia Machu Picchu. Tengo unos minutos libres en mi horario de consulta en el lugar previamente acordado.

Su habitación.

Era ahora. Tal vez.

No te ilusiones.

Sí, bueno, ya era demasiado tarde para eso. Me miré el maquillaje (o la falta de él) en el espejo y salí al balcón. La correa seguía asegurada a la baranda y la extraje de detrás del camastro.

Me asomé por la baranda, disfrutando del calor del sol en la piel, y con la correa enrollada en una mano, me subí a la baranda para hacer equilibrio en la estrecha cornisa, apoyada apenas sobre las puntas de los pies.

Miré a mi izquierda para asegurarme de que no me viera nadie y recogí la cuerda sobrante. Después, me aparté del balcón.

Mis brazos doloridos protestaron cuando levanté mi propio peso con la correa y maldije el tortuoso entrenamiento de Landon. Últimamente estaba obsesionado con las pesas.

Bajé con una mano detrás de la otra hasta tocar la baranda de Cruz con los dedos de los pies.

Una vez que logré el equilibrio en la fina barra de metal, me balanceé hacia delante y caí en su balcón.

Solté la correa y me miré las manos, enrojecidas.

Iba a tener que comprarme unos guantes o buscar una forma mejor de hacerlo.

Qué lástima que Pax no pudiera atornillar simplemente un tubo de bomberos que conectara nuestras habitaciones.

Pero eso implicaría decírselo, y él perdería la cabeza. Quedarse callado no entraba en el vocabulario de Paxton.

Así que era el balcón o nada.

Cruz tenía la puerta abierta, el viento soplaba las cortinas traslúcidas hacia dentro y me llegó su voz antes de que pudiera avisarle que estaba fuera.

—En realidad, no es tanto tiempo si lo piensas, Elisa. Te veo en unos meses.

No me moví, ni siquiera respiré; estaba demasiado metida en mi descarada escucha secreta, preguntándome quién carajo sería esa chica.

No saques conclusiones apresuradas. Mi cerebro me lanzó una advertencia que mi corazón no quería escuchar.

Había otra mujer en su vida, pero yo no sabía quién era.

¿Una novia? Se me encogió el estómago ante ese pensamiento, pero me apresuré a descartarlo.

Cruz no era el tipo de hombre que le era infiel a su pareja, y menos con alguien tan comprometedora como yo.

Solo pensar en eso me daba ganas de vomitar.

Saber que ya le había cedido tanto control sobre mí me provocaba más ganas de vomitar.

—Sí, yo también quisiera que fuera antes.

¿Una tía? ¿Una prima? Por favor, Dios, que sea una prima.

Me puse en el marco de la puerta, incómoda por estar escuchando sin permiso, pero él me estaba dando la espalda con el teléfono en la oreja. ¿Por qué no había suspendido la línea del teléfono como todos nosotros? ¿Para poder hablar con esa tal Elisa?

Más allá de toda incomodidad, no quería seguir husmeando en cosas que él no quería que supiera, así que entré y me aclaré la garganta.

Se dio la vuelta rápidamente, entrecerró los ojos durante un momento y, cuando se dio cuenta de que era yo, sustituyó la expresión por una ligera sonrisa.

—Hola, estoy hablando con mi hermana. Dame un segundo, nada más. —Señaló la silla, tapada por una pila de ropa, negó con la cabeza y señaló la cama vacía.

Me senté al borde de la cama (idéntica a la mía) y solté tanto estrés con un suspiro que resultó patético.

Su hermana. Más que cualquier otra cosa, esa declaración me había demostrado lo poco que sabía de él en realidad.

Él tenía toda una vida fuera de este barco y, en ese sentido, yo también.

Pero aquí nos sentíamos separados del mundo, como si hubiéramos dejado atrás todo lo que nos pesaba, junto con las cosas que no habíamos considerado necesario meter en la maleta para pasar el año.

Pensé en la casa de su abuela, pero no recordaba haber visto ninguna foto ni que nadie hubiera mencionado a una hermana.

—Está bien. Te vuelvo a llamar desde Buenos Aires, ¿de acuerdo? En tres semanas. Fíjate en lo que puedes resolver para entonces y llama a la oficina de ayuda financiera. Ya sé. Yo también te quiero. Adiós, Elisa.

Tocó un botón del teléfono y lo dejó caer en la mochila abierta que estaba en el suelo, junto a su cómoda.

—Perdón por hacerte esperar —dijo su voz, baja y grave.

—No pasa nada.

El aire dentro del camarote había cambiado, como si Cruz hubiera tocado el termostato. O tal vez era solo la temperatura de mi cuerpo, que subía poco a poco con cada segundo que él seguía mirándome así.

—¿Tu hermana? —pregunté, con la esperanza de romper el hielo.

Sonrió, mostrando sus hoyuelos.

—Elisa. Sí. Cumple dieciocho dentro de un par de meses. Acaba de entrar en Harvard, contra todo pronóstico.

Se me derritió el corazón al oír el orgullo en su voz. En ella percibí lo mismo que yo había sentido cuando admitieron a Brooke en el programa de honor de la UCLA.

—Qué increíble. Parece que ser brillante es cosa de familia.

—Es una persona bastante espectacular. A veces es un dolor de cabeza para mí, pero lo vale.

—La mayoría de las hermanas son así —respondí, tratando de esbozar una sonrisa que seguramente se me quedó más bien en una mueca. La verdad es que, en ese momento, no tenía ganas de pensar en Brooke—. ¿Y? ¿De qué querías hablar?

Le apareció un brillo depredador en los ojos y curvó los carnosos labios de una manera que me inquietó al instante. Tuve que descruzar las piernas y cambiar de posición en la cama.

—De tu propuesta.

—¿Mi... propuesta? —pregunté, distraída por los movimientos de su cuerpo que se me acercaba despacio.

—Sí, Penélope —respondió mientras me acercaba los brazos y enredaba las dos manos entre los mechones de mi pelo para sostenerme la parte de atrás de la cabeza—.

La propuesta de que, fuera de esta habitación, seamos profesionales y educados y no nos toquemos ni miremos —me susurró la última parte al oído, con su barbilla bien recortada raspándome la mejilla de una manera deliciosa.

—¿Pero en esta habitación? —Dios, ojalá esto se estuviera encaminando hacia lo que yo pensaba. Si no, me iba a quedar con una calentura frustrada y los labios inferiores palpitando, imposibles de calmar.

—En esta habitación —dijo, mientras bajaba con los labios por el contorno de mi rostro— o en tu habitación, cerrada con llave (me importa mucho la igualdad), eres mía.

Se inclinó para darme un beso y yo me aparté.

—Y tú eres mío.

—Soy tuyo —afirmó con una sonrisa cautivadora, dándome un leve empujón para que cayera sobre su edredón.

—¿Y cuando no estemos en estas habitaciones? —pregunté con el corazón galopante, mientras él se alzaba lentamente sobre mí, apoyando el peso en las rodillas y los brazos enormes a ambos lados de mi cuerpo.

—Voy a ser tu profesor —dijo, frunciendo el ceño.

—No me digas. Quiero decir, si solo estamos juntos aquí dentro, ¿entonces fuera...? Ay, ya sabes lo que quiero decir... ¿Qué hay de salir con otras personas? —Las palabras salieron de mí en un torrente verborrágico que inmediatamente quise volver a tragarme.

No, necesitas saberlo.

Abrió los ojos café de par en par y luego los entornó, bajando la vista a mi boca entreabierta. ¿Cómo lo hacía? ¿Cómo conseguía hacerme sentir que ya me estaba besando sin hacer ningún tipo de contacto?

—Con nadie más. No podría contenerme si viera a algún niño poniéndote una mano encima. Nos descubrirían en un segundo.