Capítulo dieciocho. Cruz #4
—Bien. Si quieren, pueden entregarlo a través del campus virtual y yo les enviaré una respuesta para que tengan tiempo de revisarlo, si es necesario.
—El reloj me indicó que se había terminado el tiempo—.
Eso es todo por hoy. Si todavía no lo han decidido, les recomiendo que hagan un borrador antes de nuestra próxima clase, dentro de dos días. Ya se pueden ir.
Rodeé el escritorio y me puse a ordenar una pila de hojas para no quedarme mirando cómo salía Penélope.
Hoy llevaba unos leggings negros que no dejaban nada a la imaginación y, aunque la longitud de su camisa se ajustaba al código de vestimenta, se le veía lo suficiente para que mi cerebro volviera a Las Vegas.
Mierda, todo volvía a Las Vegas con esta mujer.
¿Me gustaría tanto como ahora si no hubiéramos tenido aquella noche?
Era hermosa, eso no se podía negar. Pero, tal vez, si yo no hubiera ido a ese bar o si no le hubiera dicho que sí a lo que me pidió, ahora podría resistirme.
Habría sido una alumna más. Si no supiera lo tenaz, decidida y temeraria que era, y lo delicadamente dañada que estaba, al menos habría tenido una posibilidad.
Si no la hubiera tenido entre mis brazos, si no hubiera sentido el sabor de sus besos, si no hubiera visto la desesperación silenciosa de sus ojos justo antes de saltar, tal vez estaríamos viviendo otra historia.
Sería una alumna increíblemente hermosa.
Yo sería su profesor estoico, sin interés en ella.
Y, si te has creído esa mentira, te ofreceré el aire en botella que estoy vendiendo.
Estaba bastante seguro de que, incluso si no nos hubiéramos conocido en ese momento, me seguiría atrayendo tanto como ahora. La química, el destino o como quieran llamarlo: había algo que me atraía hacia Penélope como el polo norte hacia la aguja de una brújula.
—¿Doctor Delgado? —Su voz me devolvió a la realidad y levanté la mirada para encontrarme con la suya: firme y celeste.
—¿Carstairs? —Tragué saliva, esperando que no pareciera que estaba tratando de recuperar el control de mi lengua.
Llevaba el pelo recogido en lo alto de la cabeza, pero se le habían escapado unos mechones ondulados que le rozaban las mejillas y los hombros.
Esa mujer era sexy sin siquiera intentarlo.
—Quería revisar con usted el tema de mi tesis, si es posible —dijo, bajando la vista hacia mi escritorio.
Levanté la pila de papeles para mantener las manos ocupadas... y lejos de ella.
—Adelante.
—Estaba pensando en las problemáticas de la inmigración y en cómo afecta la entrada ilegal en Estados Unidos de personas de países latinoamericanos.
Con eso se ganó mi atención.
La miré hasta que me preocupó que los pocos estudiantes que quedaban en el aula se dieran cuenta de la electricidad que chispeaba entre nosotros.
—¿Y esto surge por influencia de...?
Se pasó la lengua por el labio inferior y yo fingí un interés extremo por los papeles que tenía preparados para mi siguiente clase.
—Un amigo mío que atravesó mucho más de lo necesario para hacerse ciudadano estadounidense —dijo con voz queda—.
Pensaba investigar los tiempos de espera y los procedimientos de cada uno de los países que visitemos y, luego, comparar las cifras de la inmigración ilegal en relación con las complicaciones, los tiempos de espera, la proximidad y la facilidad de acceso.
Sí, no habría importado si la hubiera conocido en Las Vegas o no. Me encantaba su forma de ver las cosas: en lo académico, en lo relacionado con los retos e incluso en el ámbito de las relaciones.
Solo que la relación eres tú , me recordé.
—Creo que sería un trabajo que me encantaría leer —le dije.
—Excelente. Este es el borrador. ¿Le importaría revisarlo antes de entregarlo formalmente? —Me deslizó una hoja doblada por el escritorio y se fue.
Atendí cuatro temas de tesis más, ninguno de los cuales estaba tan definido como el de Penélope. En medio del murmullo de los alumnos de mi siguiente grupo al acomodarse en sus asientos, abrí la propuesta de tesis de Penélope.
Te dije que podía ser profesional en público.
¿En privado? Bueno, en privado no creo.
La leí dos veces más antes de volver a doblarla y guardarla en un lugar seguro para poder juntarla con la otra en el cajón de mi mesa de noche.
Podíamos hacer esto.
Esa idea no paraba de dar vueltas en mi cabeza desde que ella me propuso su solución, y ahora pedía mi atención a gritos, más fuerte que cualquier otro pensamiento.
Podíamos hacerlo de manera inteligente. De manera precavida. Nunca pondría en riesgo mi oportunidad de llegar a Elisa; de hecho, esto protegería mi misión aquí.
No podía mantener la distancia con Penélope, ni ella conmigo.
En algún momento íbamos a chocar. ¿No era mejor provocar una explosión nuclear en la seguridad de un refugio?
¿En un ambiente controlado? Éramos dos adultos capaces de guardar un secreto.
Ni siquiera les había revelado a sus amigos que yo había sido el de la rueda de la fortuna. Podíamos hacerlo.
Y lo íbamos a hacer.