Capítulo dieciocho. Cruz #3
—No sé si a la selva le importa mucho lo bonito, la verdad —respondí con una sonrisa—. Y, dado que la excursión a Machu Picchu dura tres días, te recomendaría encarecidamente que te pusieras unas botas resistentes que no tuvieran tacones de diez centímetros.
—Tiene toda la razón.
Negando con la cabeza, me alejé de la chica para ver las ruinas por mi cuenta yendo por los caminos menos transitados.
La selva se alzaba densa, con lianas que trepaban por muchas de las estructuras y césped que cubría el suelo a medida que subía por el templo.
Aunque sabía que miles de personas habían visto las ruinas antes que yo, desde ciertos ángulos casi parecía que las estuviera descubriendo por primera vez.
Sí, mi misión principal en este viaje era Elisa, pero ¿esto?, ¿tener la posibilidad de ver todo esto y estar en este lugar? Eso estaba en un segundo puesto muy peleado.
Al pasar por las esculturas de piedra resguardadas, me tomé un momento con cada una para tomar fotos y maravillarme con las líneas talladas hacía más de mil años. Pasé la mayor parte del tiempo a solas, estudiando la pirámide, tomando fotos e imaginándola en todo su esplendor.
Lo que me atraía de la historia era el misterio de la migración humana.
Guerras, hambrunas, enfermedades y sequías eran motivos posibles para que una civilización entera desapareciera o, lo que era más probable, para que levantara campamento y se mudara.
Había elegido la historia latina por una razón: los mayas, los incas, los conquistadores...
Todos habían dejado una huella incluso en la actualidad, donde los antiguos rituales sagrados habían sido combinados y apropiados culturalmente por la religión occidental, sobre todo en Perú, donde estaba muy emocionado por llevar a mis alumnos.
Lo que me intrigaba era ver cómo se repetían los mismos patrones en la sociedad actual, como en el caso de los refugiados que se subían a una balsa en Cuba o de los que escapaban de Siria.
Eran siglos y culturas distintos, pero el instinto de supervivencia era el mismo.
Mi reloj de pulsera me indicó que solo me quedaban unos veinte minutos a solas (después iba a tener que reunir a los alumnos), así que me dirigí de vuelta al pequeño museo.
Saludé con la cabeza a los alumnos que estaban estudiando los artefactos y levanté una ceja a aquellos que quizá no estaban poniendo todo su esfuerzo.
Cuando rodeé una de las exposiciones, vi a Penélope de pie con Alex. A nivel lógico, sabía que no había pasado nada cuando los encontré juntos en su cumpleaños. A nivel emocional, quería poner una cancha de fútbol de por medio para que no hubiera ni la más mínima posibilidad de que pasara algo.
Todavía no le había dado una respuesta, pero eso no cambiaba el hecho de que todas las moléculas de mi cuerpo gritaran a viva voz que ella era mía. Lo de Penélope no era cuestión de deseo, sino de lo que estaba bien o mal.
Que ella estuviera ahí con Alex estaba muy mal.
Mientras contemplaba la exposición de arte, la escuché reírse por algo que él había dicho, y sentí que se me cerraba un poco más el pecho.
Tenía derecho a hablar con quien quisiera y a besar a quien quisiera, porque yo no le había dicho que sí ni había reclamado ni un pelo suyo como mío.
Pero podía. Iba a terminar hecho un manojo de nervios si no tomaba una decisión pronto.
Cuando Alex se alejó, me di la vuelta y me encontré a Penélope analizando otra pintura, con la cabeza ladeada y el cuerpo inclinado hacia delante para ver mejor la obra de arte.
La exposición que nos rodeaba estaba vacía y, antes de que me ganara la lógica, la tomé de la mano sin previo aviso, la llevé a la habitación más cercana, ignorando su gritito de sorpresa, y encontré el interruptor de la luz antes de cerrar rápido la puerta.
Era un armario de limpieza. Qué romántico.
Me miró con los ojos muy abiertos.
—¡Nos podrían ver!
—No hay nadie. Me fijé. Yo nunca te arruinaría la reputación. —Le aparté un mechón de pelo de la oreja.
—La reputación que me preocupa no es la mía . —Retrocedió hasta casi tocar la puerta.
—Sí, bueno, pero más allá de lo que terminemos haciendo, habrá cierto riesgo para los dos.
—¿Lo que «terminemos haciendo»? ¿Has pensado en mi pregunta? —Se le encendió una chispa en los ojos y empezó a acercarse despacio. Yo di un paso atrás y choqué de espaldas con los estantes. Genial, era capaz de enfrentarme a los talibanes, pero no podía con una rubia con shorts y una sonrisa.
—Estuve pensando —reconocí.
—¿Y?
—Es algo que merece la pena pensarlo mucho. No puedo darte una respuesta así como así en dos días.
—Cierto. No te puse fecha límite.
—Es que no quiero que pienses que no estoy... pensando.
—Te conozco. Tú siempre estás pensando. Tienes muchos, muchos pensamientos.
No espero que arriesgues todo por mí sin haberlo pensado durante al menos cuarenta y ocho horas.
Lo que te pedí es algo importante. Es enorme y pondría en juego tu carrera.
Eso lo respeto. Sé bien lo que estarías arriesgando y soy paciente.
Suspiré aliviado y relajé los hombros.
—Te vi ahí con Alex...
Una sonrisa juguetona curvó sus labios.
—Y te pusiste celoso. —Caminó con los dedos por los botones de mi camisa de manga corta.
—Penélope —le advertí, aunque al mismo tiempo me acerqué para sentir más el contacto—. Dios, mira lo que somos. Me hiciste esa propuesta hace dos días y ya la estamos rompiendo aquí metidos —la regañé.
—El que la está rompiendo eres tú. Tú me metiste aquí, ¿te acuerdas?
—Es verdad, sí. Tienes la capacidad innata de convertirme en un hombre de las cavernas.
—¿Y qué vas a hacer conmigo en el armario de limpieza? —preguntó, mientras se inclinaba para pasarme la lengua por el costado del cuello.
La. Puta. Madre.
De alguna manera, logré mantener las manos quietas.
—Porque si hubieras dicho que sí, tal vez te habría dejado robarme un beso aquí dentro, donde no nos vería nadie y no habría manera de que nos metiéramos en problemas —siguió.
La cabeza se me llenó de imágenes en las que la besaba, le daba la vuelta, la pegaba a la puerta de espaldas, le levantaba las piernas y me las ponía en las caderas para sentir cómo me envolvía.
Aunque no iba a estar con ella por primera vez en un armario de limpieza: no era un hijo de puta. No, nuestra primera vez iba a ser en una cama, donde pudiera tomarme el tiempo necesario para venerarla como se merecía.
—Tal vez los dos lo veríamos como un preludio de lo que vendría después, cuando estemos recluidos en tu dormitorio —continuó—. En cualquier caso, sería un momento para volver a ser solo nosotros, sin que se metan de por medio los roles y las expectativas.
Sus dientes juguetearon con el lóbulo de mi oreja y mis manos se fueron a sus caderas para apretarla contra mí. Me besó el contorno del rostro y luego se alejó, dejándome con las manos vacías.
—Pero no dijiste que sí, así que esto es solo una reunión con mi profesor en una oficina muy estrecha —dijo con una sonrisa lenta que casi hizo que mis pantalones se volvieran demasiado ajustados—. Qué lástima —dijo, y dio media vuelta y se fue, cerrando la puerta al pasar.
Eché la cabeza hacia atrás y la apoyé en los estantes, rezando para que el corazón dejara de golpearme las costillas.
En algún momento iba a tener que dejar de permitirle a esta mujer que siempre tuviera la última palabra.
***
—Para ir definiendo el tema de su tesis, quiero que abran bien los ojos mientras viajamos por estos países.
No se concentren solo en las carencias que encuentren, aunque haya muchas más zonas desfavorecidas que en sus lugares de origen, sino en lo que resulta hermoso de su cultura, en lo que la hace única.
¿Sí, Casey? —Le di la palabra a la chica que estaba a mi derecha y luego me senté en mi escritorio.
Estábamos en el segundo de cinco días de navegación antes de llegar a Perú. Aunque esta era la asignatura que más me gustaba impartir, era difícil mantener la concentración en la clase cuando tenía a Penélope a tres metros de distancia.
Aunque, la verdad, ella ni me había mirado. Era tan fiel a su palabra que ni siquiera hacía contacto visual conmigo cuando estábamos en clase. Pero eso casi era peor, porque me tenía pendiente de dónde estaban sus ojos y dónde no.
—¿Podemos elegir cualquier país? —preguntó Casey.
—Pueden elegir cualquier país, cualquier cultura, cualquier tema. Solo tienen que encontrar algo que les interese lo suficiente como para hacer un trabajo de esta magnitud.
—Si elegimos Cuba, ¿usted va a estar disponible para darnos una ayuda extra, ya que es nuestra última escala?
Hubiera jurado que oí a Penélope soltar una risa por lo bajo y, por la mirada que le lanzó Wilder, diría que no me falló el oído.
—Tienes razón, Cuba es nuestra última escala y yo nací allí.
Pero voy a tener la misma disponibilidad para todos por igual, más allá de lo que decidan para su tesis.
Ya conocen mis horarios de consulta y, si no se ajustan a los suyos, pueden enviarme un correo electrónico.
Pero no lo dejen para el último momento.
Tienen que entregar el tema de la tesis en tres días, cuando lleguemos a Perú, y no me gusta que vengan en el último momento a suplicar clemencia. ¿Alguien ya sabe cuál es su tema?
Se levantaron alrededor de seis manos, es decir, más o menos un cuarto de los alumnos.