Rebel (Renegados 3) Capítulo dieciocho. Cruz #2
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Capítulo dieciocho. Cruz #2

—Créeme cuando te digo que voy a hacer esto según tus reglas.

Si aceptas, guardaré el secreto, no se lo contaré a nadie.

Bajaré a tu balcón. No te miraré en clase.

Te esquivaré en los pasillos y seré tuya cuando estemos solos, si tú quieres ser mío aquí, en este cuarto.

Por favor..., di que sí, porque esto es real.

Desapareció mi sentido común y crucé la habitación antes de que mi buen juicio me detuviera.

Le pasé las manos por los mechones suaves de su pelo rubio, noté cómo la parte inferior de su cuerpo se chocaba contra la mía y bajé la vista hasta sus labios.

Nunca antes había sentido tantas ganas de besar a una mujer, de hacerla mía.

—Hay cosas que no sabes de mí —le dije con voz grave y ronca.

—Las aprenderé.

Pero ¿se quedaría cuando supiera por qué estaba allí en realidad?

—Hay motivos por los que no podemos hacer esto.

—Podemos encontrar la manera.

—Penélope —susurré, apoyando mi frente contra la suya e inspirando el aroma cítrico y frutal de su pelo.

Cada parte de mi cuerpo, hasta el ritmo mismo de mi corazón, quería estar con ella; le rogaba a mi honor que cediera.

Solo necesitaba un beso, una palabra, un roce, y Penélope sería mía.

Incluso si era solo dentro de esta habitación, podía terminar con el tormento que sentíamos los dos.

Pero podíamos acabar hundiéndonos en un infierno aún peor.

Un paso en falso y me despedirían. Perdería mi única oportunidad de estar con Elisa.

Por Dios, ¿la expulsarían a ella? ¿Se enterarían los medios y la harían pasar por el infierno de la exposición pública? ¿Y qué clase de hombre accedía a mantener en secreto a una mujer como si fuera algo de lo que avergonzarse?

—Dime que sí, Cruz —susurró, con su aliento tibio y un toque mentolado.

Tocaron a la puerta y volví a la realidad.

—Delgado. Ha venido a verte Lindsay Gibson —dijo Westwick a través de la puerta. Tenía al menos una década más que yo y pasaba la mayor parte del tiempo en la biblioteca del barco.

Entrecerré un poco los ojos.

—¿A las nueve de la noche?

—Así parece —respondió Westwick, como si se lo hubiera preguntado a él.

—Dame un segundo —respondí, y suspiré de alivio cuando lo escuché alejarse por el pasillo.

Penélope se alejó despacio y noté cómo se me quedaban las manos vacías al perderla.

—Ve —murmuró desafiante, inclinando la cabeza hacia la puerta—. Pero lo que sea que quiera pedirte a las nueve de la noche, tu respuesta va a ser no.

—¿Cómo estás tan segura?

—Porque tú quieres estar conmigo tanto como yo contigo, estés listo para admitirlo o no.

Y, si hay algo que sé de ti, es que nunca te conformas.

¿Qué me habías dicho? «Si uno quiere algo con muchas ganas, va a encontrar todas las oportunidades del mundo para conseguirlo».

Te estoy ofreciendo una oportunidad. Ya sé lo que estarías poniendo en riesgo y soy consciente de que está mal que te lo pida, pero nunca me perdonaría no haberte dicho lo que quiero y lo que siento.

Tómala. Por una vez en la vida, podría tener algo, a alguien para mí. Podría aprovechar este momento único de felicidad y la oportunidad de descubrir la complicada naturaleza de Penélope Carstairs.

—Tengo que abrir la puerta. ¿Me esperas aquí?

Me dedicó una sonrisa triste.

—No respondas todavía a la pregunta.

—¿Qué?

—No respondas todavía, porque no lo has decidido.

Y yo no soy de las que preguntan dos veces, Cruz.

Nunca me pongo en una situación de vulnerabilidad y no soy masoquista.

Si me dices que no, no te lo voy a preguntar de nuevo.

—Levantó el mentón y vi su fuego, el que me había hechizado en un principio.

Saber que una mujer con tanto carácter estaba dispuesta a arriesgarlo todo solo para hacerme esa pregunta casi me hizo caer de rodillas. Todo en Penélope era mi perdición. Era como si la hubieran creado específicamente para atormentarme, provocarme y cautivarme por completo.

—¿Me esperas aquí? —Volví a preguntar, consciente de que no me haría ningún favor dar órdenes.

Abrí la puerta lo justo para pasar como por una rendija y me encontré con Lindsay, que me esperaba en la sala de estar de la suite.

Parecía muy nerviosa, con las manos entrelazadas y balanceándose de un pie a otro.

Llevaba puesto un vestido verde que le realzaba la figura, pero no había nada en ella que me despertara interés.

Es difícil ver una estrella cuando se tiene delante el resplandor de una aurora boreal.

Aurora. Esa era una buena forma de describir a Penélope, la verdad. Uno tenía suerte si llegaba a verla: siempre cambiante, colorida, de movimientos totalmente impredecibles y deslumbrante.

Tal vez deberías concentrarte en la mujer que tienes delante.

—Hola, Lindsay —dije—. ¿Todo bien?

—Sí, todo perfecto. —Ah, sí, esa sonrisa era forzada—. Estaba pensando..., ¿tendrías ganas de ir al bar conmigo y tomar algo?

Mierda. Busqué en lo más profundo de mi ser algo de deseo, anhelo o, al menos, ganas, pero no encontré nada. ¿Por qué no podía gustarme alguien como ella? ¿Alguien que no pusiera en riesgo mi trabajo?

Porque no es Penélope.

Y, la verdad, habría preferido estar en mi dormitorio discutiendo con Penélope que pasar un rato en el bar con Lindsay.

—Ay, perdón, pero en realidad ya me estaba yendo a acostar —le dije.

Se le apagó el rostro y sentí una culpa amarga en lo más profundo del estómago. No podía darle falsas esperanzas. Aunque ella fuera la opción más sensata, no podía concentrarme en nadie más mientras Penélope estuviera cerca.

Porque era la única con quien quería estar de verdad. Era como si me hubiera inyectado una dosis de droga que fuera ella, y ahora daba igual que tuviera a Lindsay delante: Penélope seguía fluyendo por mis venas.

Mierda. Mierda. Doble, triple, cuádruple mierda.

—Claro, es verdad. Es tarde. ¿Qué estaba pensando? —Se frotó las cejas con los dedos.

—Te lo agradezco de verdad. En serio. Todavía no conozco a mucha gente aquí y tú estás siendo una amiga estupenda.

Se me ocurre que podríamos invitar a algunos profesores más y almorzar todos juntos mañana, ¿qué te parece?

—Hice lo mejor que pude para rechazarla con delicadeza y cerrar esa puerta de una vez por todas.

Se quedó algo pasmada, pero logró esbozar una sonrisa temblorosa.

—Sí, qué buena idea. Eh... Voy a irme entonces.

La acompañé hasta la entrada, volví a darle las gracias cuando salió y luego cerré la puerta. Ese clic resonó dentro de mí, como si le hubiera cerrado la puerta a cualquier otra opción que no fuera Penélope..., que en realidad no era una opción.

Ella era algo inevitable.

Abrí la puerta de mi habitación y la encontré vacía, pero había una nota en la cama.

«Te lo dije».

Me reí, sacudiendo un poco los hombros, mientras guardaba la nota en el cajón de la mesa de noche.

Si dejaba a un lado todas las barreras éticas y contractuales que impedían mi relación con Penélope, ¿podría funcionar su propuesta?

Ahí nadie se metía sin llamar a la puerta.

Tenía trabas. Más allá de la remota posibilidad de que alguien nos viera trepar como Tarzán por el costado del barco, prácticamente no había manera de que nos atraparan si manteníamos nuestra relación dentro de ese cuarto.

Si pudiéramos estar juntos ahí dentro, si supiera que ese era el único lugar donde podíamos ser nosotros mismos, podría controlar mis emociones fuera de ese cuarto.

Las reacciones que pudiera tener con ella serían mucho más predecibles y toda la tensión que hubiera afuera se desarmaría ahí dentro, porque sabríamos que existirían estos momentos.

¿Estás mal de la cabeza?

Mierda, estaba justificando mi necesidad de estar con ella y considerando su propuesta en serio.

Me había puesto el calzado deportivo sin darme cuenta de lo que estaba haciendo y me dirigí al gimnasio para sudar hasta que se me drenaran los pensamientos de la cabeza.

Once kilómetros después, ella seguía ahí.

***

Dos días después, estaba en el infierno.

Había pasado la mañana subiendo y bajando por las ruinas mayas de Tazumal, haciendo todo lo posible por no mirarle el culo a Penélope.

Pero, carajo, esos shorts. Sí, hacía mucho calor en El Salvador, pero mi temperatura corporal se había disparado en el momento en que se había subido al autobús con eso puesto.

Había cumplido su palabra: no me prestaba atención a menos que estuviera explicando algo sobre la historia y la importancia de los mayas y el misterioso colapso de su imperio.

También se había puesto ridículamente cerca de ese tipo, Alex, cuando sus otros amigos se pusieron de dos en dos para explorar las ruinas por su cuenta. Yo sabía que a Penélope no le pasaba nada con él, pero ¿y a él? Ahí sí que había interés, y no me gustaba nada.

Por poco gruño cuando le tendió la mano para subir por las ruinas.

Nunca me había gustado que tocaran mis cosas.

Y de nuevo tuve el mismo pensamiento.

Aunque era verdad. Al haber crecido con pocos objetos materiales, cuidaba especialmente bien los que tenía y no los compartía.

Pero sentirme tan territorial por una mujer era un terreno totalmente desconocido. Y eso que había estado en otras relaciones, pero nunca había estado dispuesto a arriesgarlo todo por ninguna, nunca había sentido que ninguna fuera algo inevitable.

—¿Doctor Delgado? —me llamó Casey Barros, que me miraba pestañeando.

—¿Sí, Casey?

—¿Sabe cuánto tiempo más vamos a seguir caminando? Me están matando los pies.

Le eché un vistazo a sus botas bajas y levanté las cejas, pero logré controlar mi impulso de poner los ojos en blanco.

—Pueden pasear media hora más y después volveremos andando hasta donde está el autobús.

—Ah, qué bien, puedo sentarme —suspiró, agradecida.

—¿Te puedo sugerir que uses calzado más adecuado para la próxima excursión?

Se le sonrojaron las mejillas.

—Tiene razón. Es que me parecían bonitas.