Rebel (Renegados 3) Capítulo dieciocho. Cruz
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Capítulo dieciocho. Cruz

CAPÍTULO DIECIOCHO CRUZ

EN EL MAR

Desplegué los documentos de los Renegades sobre la mesita de mi habitación y luego los ordené según las escalas del barco. Después, tomé el último y lo leí con atención.

Planeaban hacer la exhibición en vivo en Cuba.

Tal y como le había sugerido a Penélope.

No me gustaba nada tener que utilizarla de esa manera, pero era mi única oportunidad de llegar a Elisa.

Le confiaba mi carrera profesional a Penélope, e incluso mi vida, pero no podía correr el riesgo de contarle mis planes.

Incluso el más mínimo desliz podía poner en peligro todo, y la vida de Elisa era demasiado valiosa para arriesgarla.

Tenía que planearlo todo hasta el más mínimo detalle, pero ahora era posible. Podía sacarla de ahí.

Encendí mi ordenador portátil y, aprovechando el wifi gratuito para docentes, le envié un correo electrónico de tres palabras: «24 de abril».

En ese momento, unos golpecitos en la puerta de cristal corrediza de mi balcón me sobresaltaron.

¿Quién mie...? Suspiré, porque ya sabía quién era. Penélope .

Abrí la puerta y salí a la oscuridad de la noche, donde, efectivamente, estaba la dueña actual de mis sueños apoyada en la baranda.

Tenía unas piernas kilométricas que se asomaban por esos shorts, y su camiseta sin mangas no ocultaba casi nada, pero yo sabía que ella no estaba tratando de ser sexy: simplemente lo era.

Se quitó el pelo de la cara, revuelto por la brisa del océano, y me dedicó una sonrisa que podría haber impulsado el barco entero.

—Holis.

No dije nada porque se me notaban todas las emociones en la cara. Estaba feliz de verla, pero también deseaba que no estuviera allí.

Levanté un dedo, volví a entrar en mi dormitorio y trabé la puerta para que el profesor con el que compartía la suite no pudiera pasar.

De todas formas, Westwick casi ni me hablaba porque estaba convencido de que era demasiado joven y no tenía la experiencia necesaria para estar donde estaba.

Probablemente tuviera razón, pero la doctora Messina no pensaba lo mismo, y eso era lo importante.

Luego la llamé con el dedo y entró mirando automáticamente a su alrededor. Las paredes eran muy finas, así que puse música con los altavoces inalámbricos antes de hablar. Era como estar de vuelta en los barracones.

—¿Cómo has hecho eso? —pregunté, señalando la puerta.

—Con una cuerda atada a mi balcón. No te preocupes, me puse un arnés y esto no es lo más peligroso que he hecho esta semana.

Tuve un recuerdo fugaz de ese puto salto en cuatriciclo y asentí con la cabeza.

—No es poco decir.

Se encogió de hombros y miró los papeles de la mesa.

—Tampoco es que no supieras en qué te metías al estar conmigo. Ya viste un panorama bastante completo en esas pocas horas en Las Vegas.

Las Vegas. ¿Cómo era posible que dos palabras me excitaran tanto? Fácil. Me hacían pensar en su cuerpo bajo el mío, en sus jadeos suaves, sus gemidos delicados y sus manos exploradoras. Por mucho que intentara reprimir esa imagen, ella no ayudaba mucho al inclinarse así sobre la mesa.

—¿Qué haces aquí abajo, Penélope? —pregunté.

Tragó saliva, nerviosa.

—¿Con quién compartes la suite?

Me crucé de brazos, como respuesta a su técnica para ganar tiempo.

—Westwick.

—¿Compartes habitación con ese hijo de puta? —dijo con los ojos muy abiertos.

—¿No te cae muy bien?

Negó con la cabeza.

—Trató como la mierda a Pax y a Leah en el primer trimestre porque se les fue el barco en Estambul. —Se le empezó a dibujar una sonrisa en los labios—. Aunque es posible que yo se la devolviera un poco.

—Ah, ¿sí? —Ahora había despertado mi curiosidad.

—Lo quité de la lista de embarque un par de veces cuando hicimos escala en los puertos. No lo dejaban bajar sin armar un gran lío y salir a buscar al decano. Y una vez la cambié después de que se bajara del barco, para que no pudiera volver a subir. —Se encogió de hombros.

Ahogué una risa al imaginar a mi compañero de habitación despotricando.

—Eres rencorosa.

—Sí.

—¿Y cómo sabías cómo hacerlo?

—Brooke me enseñó la primera vez. Es muy buena con la tecnología y se encarga de varios aspectos de la programación de nuestra página web. Bueno, se ocupaba. Es mucho mejor que yo con las computadoras, pero el sistema del barco es bastante simple.

—¿Entonces se puede agregar gente a la lista de embarque así como así?

—Encajé una pieza importantísima del rompecabezas de Elisa en mi mente, lo que me produjo sentimientos encontrados de emoción y culpa por siquiera considerar usar a Penélope para mi plan...

o por ser tan irresponsable y poner en riesgo su seguridad si llegaban a descubrirlo.

—Sí, aunque no les serviría de nada sin una tarjeta de identificación del barco.

Agregué una tarea más a mi lista mental de cosas por hacer y luego cambié de tema a algo más seguro.

—¿Y qué te trae de rapel a mi balcón esta noche?

—Quiero estar contigo —dijo como si fuera la verdad más simple del universo. Luego se dio la vuelta y se sentó en el borde de la mesa.

—¿Cómo? —pregunté, por poco me atraganto. Este sí que no era un tema más seguro. Había distintos niveles de santidad. No sabía si sería capaz de rechazar a Penélope (si es que estaba pidiendo sexo).

—Quiero. Estar. Contigo. —Pronunció muy claramente cada palabra y, luego, se le pusieron los ojos como platos, como si se hubiera dado cuenta de lo que acababa de salir de su boca—. Ay, Dios. No lo decía así. O sea, sí, también así, pero no era lo que quería decir.

—Vas a tener que aclararlo. —Me alejé todo lo que pude de ella en los estrechos confines de mi habitación. En ese momento, zambullirme en el océano Pacífico sonaba bastante bien.

—Bueno, ¿viste el momento de las comedias románticas en el que una persona se la juega y lo pone todo sobre la mesa?

¿Cuando contienes la respiración y esperas para ver qué hace la otra persona?

Si ella lo perdona por haber puesto en peligro su librería o si realmente es solo una chica de pie frente a un chico.

—Ese gran gesto —sugerí, incapaz de borrarme la sonrisa de la cara.

—Sí. Eso. Este es el mío.

Ah. Mierda.

Intenté reunir fuerzas para afrontar lo que fuera a decirme.

Intenté no prestar atención a que se estuviera mordiendo el labio por los nervios ni a que se le hubiera acelerado la respiración.

Pero, si había aprendido algo en el último mes, era que nada me podía preparar para lo que fuera a hacer Penélope.

—Quiero estar contigo —dijo.

—Eso ya lo has dicho. — Ahora basta de decirlo , o vas a terminar desnuda en mi cama antes de que lleguemos a un punto de no retorno.

—Cállate —espetó—. Este es mi gran gesto. Si quieres el tuyo, vas a tener que esperar tu turno.

—¿Y trepar por el balcón de un crucero en movimiento?

—Ay, por favor, ¡esa fue la parte fácil!

Se me sacudieron los hombros de la risa, pero luego me lanzó una mirada que indicaba que no le parecía gracioso el momento. Me aclaré la garganta y le hice un gesto para que continuara.

—Quieres estar conmigo.

—Bueno, no hace falta que te pongas tan arrogante.

Esta mujer me iba a terminar matando.

—Te aseguro que, sea lo que sea lo que quieras decir con esa frase, yo quiero estar contigo y mucho más. — No deberías haber dicho eso.

—No es tu turno, así que guárdate las frasecitas románticas.

—Me señaló con el dedo, y levanté las manos en el aire como si me estuvieran arrestando—.

Bueno. Entonces. Quiero estar contigo; contigo entero.

No puedo dejar de pensar que lo que tenemos, lo que podríamos llegar a ser, es extraordinario.

Desde el momento en que te vi por primera vez en Las Vegas, sentí atracción por ti.

O sea, ¿cómo no me vas a gustar? Pero cuando me escuchaste en la High Roller y después saltaste y me tocaste...

—Se le puso el rostro de un tono rosado que nunca le había quedado tan bien a nadie y luchó contra todos sus impulsos de cerrar la distancia que nos separaba—.

Bueno, ya sabemos que somos bastante compatibles sexualmente, a menos que no haya sido así... Quiero decir..., para ti.

De alguna manera, encontré mi voz:

—Para mí también fue así.

—Bueno —susurró—. Y ya sé que no se supone que quiera estar contigo así.

No se supone que quiera estar contigo, ni que piense en ti, ni que sueñe contigo, ni que me pregunte qué estás haciendo o con quién estás.

Pero lo hago igual. —Acababa de poner en palabras todos los pensamientos que tenía en mi mente—.

Ya sé que eres mi profesor. Ya sé que soy tu alumna.

Ya sé que, desde el punto de vista ético, esto está mal.

Pero nunca he sentido que las cosas funcionaran bien con nadie más que contigo.

—Se me aceleró el corazón y las emociones me bloquearon la garganta.

Mierda, estábamos los dos tan en sintonía...

, pero de distintas melodías—. Yo nunca hago esto.

No persigo a ningún chico. No me beso con cualquier chico.

No pongo en riesgo mi reputación por un tipo, ni por algo pasajero, y mucho menos me expongo al rechazo.

No soy una chica normal, y eso lo sé. Pero creo que eres el único hombre lo bastante fuerte como para lidiar con la mujer que soy, con todas mis facetas.

Eres todo lo que quiero, todo lo que necesito y lo único que quiero es tener la oportunidad de ser lo que tú necesitas.

Cerré los ojos con tanto anhelo que temí que lo notara si me miraba demasiado de cerca. Era lo bastante fuerte para ella. Podía ser exactamente lo que ella necesitaba y podíamos llegar a ser algo extraordinario.

En otro momento, otro lugar, otra situación.

—Por eso te voy a decir esto. Mírame —rogó.

Le devolví la mirada y la súplica de sus profundidades azules me desarmó como nada en el mundo.

—Penélope —susurré.