Capítulo diecisiete. Penna #2
—Claro. Empezamos en el jardín de mi casa y recibimos financiación privada...
—Sus padres cubrieron los gastos.
Al parecer, esta noche no se iba a guardar nada. Menos mal que había ido antes para hablar con él, porque si no, solo Dios sabe cómo habría acabado eso.
—No sé en qué cambia eso.
—Para alguien como yo, que trabajó todos los días desde los catorce años, que se mantuvo solo mientras estudiaba y que se ganó hasta las cosas más mínimas que ustedes dan por sentado, cambia muchísimo.
—No somos un grupito de idiotas que se creen con derecho a cualquier cosa —replicó Landon.
Cruz arqueó una ceja, siempre tan tranquilo. De hecho, las únicas veces que lo había visto enfadado habían estado directamente relacionadas conmigo.
—Cuando conseguimos patrocinadores, empezamos a hacer nuestras propias reglas. Todos nos mantenemos solos económicamente desde los dieciocho.
—Yo tenía diecisiete —dije, encogiéndome de hombros—. Ellos cumplen primero.
Cruz me miró y estaba claro que no le había hecho ninguna gracia.
—En fin —dijo Pax, aclarándose la garganta—. Tendríamos que haberle dicho lo que iba a pasar, sobre todo lo que tenía planeado Penna.
—Perdón —dije con voz suave, sabiendo que Pax usaba esa palabra demasiado poco.
Cruz cerró el archivo y suspiró.
—No es que ustedes respondan a mí. Yo no estoy al mando de los Renegades, ni tampoco quiero estarlo.
Pero sí soy responsable de ustedes, tanto legalmente como de hecho.
Así que espero que se comporten como adultos y no como «idiotas que se creen con derecho a cualquier cosa».
Voy a ofrecerles el mismo respeto que me muestren, que hoy no fue mucho.
—Pensamos que iba a armar un escándalo si se lo decíamos —admitió Landon.
—Es posible, pero no tengo forma de saberlo porque no me dieron la oportunidad.
Les habría pedido informes meteorológicos.
Informes del viento. Personal de seguridad, por si pasaba algo.
Me habría gustado revisar su equipo y saber qué tipo de paracaídas iban a usar.
Sin duda, les habría dicho que ella debería haberse puesto un arnés con apertura automática en lugar de dejar que fuera ella quien abriera el paracaídas.
Fue un riesgo innecesario, cosa que, por algún extraño motivo, les encanta correr, aunque no sume nada al reto.
Son todas cuestiones razonables. Y en cuanto a lo de armar un escándalo...
—Miró a los chicos uno por uno y nunca le había visto una mirada tan oscura—.
He visto y hecho cosas que los quebrarían y los harían llorar.
Hace falta mucho más que un saltito BASE mal planificado para que yo arme un escándalo.
Así como quería cachetearlo, también quería besarlo. Este hombre me volvía un oxímoron andante.
—Nos quedan cuatro días hasta llegar a El Salvador —continuó—. Hagamos una reunión pasado mañana al mediodía, si pueden. Podemos hablar de lo que tengan planeado para el segundo día de escala.
—Pensábamos hacerlo en el primer...
—Van a estar conmigo en la excursión de historia el primer día —le dijo a Pax, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Cierto.
Pax se estaba aguantando bastante bien; eso había que reconocérselo.
—Nos vemos mañana en clase —dijo Cruz y nos dejó salir.
Pax estaba a punto de estallar cuando llegamos a mi suite.
—Pero ¿qué carajo... acaba de pasar?
Nos dejamos caer en los sofás. Leah y Rachel se hicieron un hueco en el suyo, yo ocupé el sillón grande individual y apoyé la pierna en el apoyapiés, una costumbre que había adquirido últimamente.
—¿Qué pasó? —preguntó Leah, acurrucándose con Pax.
—Nos puso en nuestro lugar —dijo Landon.
—¿Quién? ¿El doctor Delicioso? —comentó Rachel.
—¿Es en serio? —preguntó Landon con los ojos desorbitados.
—Ah, sí, perdón —dijo avergonzada—. Pero es que su apodo es ese, ¿no? ¿Doc?
—No sé si tiene derecho a un apodo —gruñó Pax—. ¿Qué carajo quiere decir eso de «He hecho cosas que los quebrarían y los harían llorar»? ¿Era peligrosa la UCLA?
—Estuvo en el ejército —dije.
Todos se volvieron despacio para mirarme y maldije mi incapacidad para pensar antes de hablar.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó Landon.
Rachel me miró ladeando la cabeza, porque sabía que la había cagado.
—Tiene un tatuaje de la División en el brazo —dije, encogiéndome de hombros en un gesto forzado—. Se lo vi un día que estábamos en el gimnasio. Además, eso explica por qué sabe tanto de paracaidismo y esas cosas.
—Tendría sentido.
—Sí, me pareció haber visto algo.
—Tal vez no sea tan malo.
Se lo creyeron. Solté el aire que estaba conteniendo sin darme cuenta.
—¿Saben qué? Me parece que me voy a ir a estudiar un poco, si no les importa.
—Sí —asintió Pax—. La verdad es que no hay mucho que podamos hacer hasta que tengamos su lista de preocupaciones, ¿no?
—Claro —dije con una sonrisa forzada—. Y gracias por hoy.
Volver al ruedo fue increíble. —La adrenalina, la caída, el momento en que no sabía si el paracaídas se abriría, seguido del chasquido y el sacudón del despliegue de la campana...
Todo eso era parte de porqué me encantaba ser una Renegade, incluso cuando no estaba segura de si podía seguir llevando ese nombre.
Todavía tenía que lidiar con esa maldita moto.
—Me alegro de que estés de vuelta —dijo Landon.
—Sí —coincidí en voz baja mientras me levantaba para irme—. De vuelta.
Me retiré a mi habitación, cerré la puerta y me apoyé en ella, con mil emociones luchando por ganar protagonismo dentro de mí.
Me enfadaba que Cruz hubiera sentido la necesidad de hacer exactamente lo que había dicho Landon: ponernos en nuestro lugar.
Me enfadaba tener que responder a alguien, pero odiaba aún más el hecho de que mis acciones pudieran repercutir en él si algo salía mal, tanto en los retos como en lo que fuera que no estuviera pasando entre nosotros.
Como si no hubiera sido suficiente con enviarlo a la cárcel en Las Vegas.
Pero el enojo no era tan fuerte como la urgencia que me ardía en el pecho y que nunca se me pasaba. Por mucho que la aplastara, simplemente volvía, más viva y más intensa, y crecía con cada beso que me daba o con solo pensar en él.
Brillaba tanto que tuve que mirarme al espejo para comprobar que no pareciera una puta luciérnaga, para asegurarme de que lo que sentía por él no estuviera a la vista de todo el mundo.
Quería estar con él, era así de simple y así de tremendamente complicado. Quería lo que tenían Pax y Leah: ese tipo de devoción total por la otra persona. Quería lo que tenían Landon y Rachel: una química tan ardiente y predestinada que no podían mantenerse alejados ni aunque lo intentaran.
Pero yo quería algo más: tener a alguien que realmente me conociera, no solo la cara que ponía para el resto del mundo, y eso era lo que tenía con él.
Habíamos demostrado que éramos incapaces de mantener la distancia, incluso cuando los dos sabíamos que, con toda nuestra situación, eso estaba mal. Él ya me conocía a un nivel al que ni Pax ni Landon habían llegado. Y a la mierda: me gustaba.
Quería estar con él, con el tipo que dormía justo debajo de mi habitación.
El suelo atrajo mi mirada, como si de pronto mis ojos fueran a desarrollar visión de rayos X para ver si estaba ahí o seguía en su aula.
Conocía los síntomas, por supuesto, ya que los había visto en mis amigos: me dolía el corazón. Yo, Penélope Carstairs, Rebel, la chica que nunca dejaba que un hombre la dominara, le diera órdenes ni la hiciera suya, quería ser la chica de Cruz.
Pero ¿qué estaba dispuesta a arriesgar por eso? ¿Qué estaba dispuesta a atravesar para poder hacerlo mío, así como él ya me había marcado a fuego?
Todo.
La respuesta no me tranquilizó como esperaba, sino que convirtió ese fuego de mi pecho en un rugido casi doloroso, una determinación que despertó todos mis instintos y me incitó a luchar y a volar.
Ahora solo tenía que convencerlo a Cruz.