Rebel (Renegados 3) Capítulo diecisiete. Penna
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Capítulo diecisiete. Penna

CAPÍTULO DIECISIETE PENNA

EN EL MAR

No hice ningún esfuerzo extra por peinarme ni maquillarme, sino que opté por algo más sencillo.

Además, como si a Cruz le impresionaran ese tipo de cosas.

Pero eso no quería decir que no estuviera nerviosa.

Me galopaba el corazón a una velocidad alarmante cuando giré el pomo de la puerta de su aula.

—Un segundo —dijo, inclinado sobre una pila de papeles.

A mí nunca me habían gustado mucho los tipos estudiosos, pero mierda, qué sexy le quedaba esa gorra puesta al revés y esa camiseta ajustada. Parecía el Cruz que había conocido en Las Vegas, no el doctor Delgado.

Aunque, en realidad, este no era exactamente su horario de trabajo.

Cerré la puerta, puse la traba y bajé la persiana para tapar la ventanita.

—Sí, ¿qué necesi...? ¿Penélope? —Se sobresaltó al darse cuenta de que era yo—. Nos íbamos a encontrar en media hora.

—Ya sé —dije, sentándome en el escritorio junto a su pila de papeles.

Me lanzó una mirada a mi culo y me felicité mentalmente por haber elegido unos vaqueros. Se apresuró a mirarme a los ojos y suspiró.

—¿Cómo te ayudo, Carstairs?

—Estás enfadado conmigo.

Se echó hacia atrás en la silla (era una de esas sin reposabrazos y con rueditas), claramente para poner distancia entre nosotros.

—Podemos hablar de eso con tus amigos en media hora.

Esa mirada habría bastado para desarmar a una mujer más débil, pero yo no dudé en devolvérsela. Puede que él me dominara en el terreno sexual, pero iba a plantarle cara en todos los demás.

—Si estuvieras tan enfadado con ellos como conmigo, no habría problema. Pero estás enfadado conmigo . Y no es porque no te hayamos dicho cómo era el reto, sino por lo que somos.

—¿O sea...? —me desafió, cruzando las manos como si fuera el tipo más relajado del mundo. Pero lo delataban sus ojos color café y la pronunciación más marcada de su acento.

—Ojalá lo supiera.

Me miró fijamente, desnudando mis emociones con solo arquear una ceja.

—Lo mismo digo.

En cualquier otro momento, lugar o situación, ya me habría subido encima de sus piernas, le habría metido la lengua en la boca y le habría pedido que me tocara toda. Pero la verdad es que no estaba para recibir otro rechazo más, así que me contuve.

—Tendría que haberte contado lo del reto.

—Sí, tendrías que haberme contado —coincidió.

—No solo porque eres nuestro supervisor, sino porque fue demasiado peligroso y tú... (Cruz, no el doctor Delgado) merecías saber lo que iba a hacer.

—Sí, es verdad —dijo en voz baja y calmada—. Me mandaste a Zoe para que me distrajera.

Tuve que mirar mi regazo para poder armarme de valor y volver a mirarlo a los ojos.

—Sí, es verdad.

—¿Pensabas que una chica guapa me iba a llamar tanto la atención que no me iba a dar cuenta de la mochila atada a tu cuatriciclo?

—Bueno, dicho así suena bastante infantil.

—Fue infantil.

—Pero también funcionó. —Mierda, sonó un poco quejoso.

Se le empezó a dibujar una sonrisa en la comisura de los labios.

—No, no funcionó. Sí que consiguió molestarme. Lo que me distrajo fue cuando vino Rachel y prácticamente me advirtió que me alejara de ti. Lo que me distrajo fue cuando vino el equipo de filmación a preguntarme burradas. ¿Y cuando vino Zoe a insinuarse? No me distrajo en absoluto.

—Ah.

—Sí. Ah.

—Necesitaba tiempo para hacer la primera parte del montaje y sabía que ibas a preguntarme qué estaba haciendo si prestabas demasiada atención. Zoe puede ser una gran distracción. A muchos chicos les gusta.

—Claro. A muchos chicos , cosa que yo no soy. Penélope, aunque esté pasando algo entre nosotros o no, me resulta prácticamente imposible mirar a cualquier otra mujer si estás a menos de un kilómetro de distancia. De hecho, diría que con que estés en mi mismo planeta basta.

Me derretí por dentro como una colegiala y quedé hecha un charco de baba.

—Yo no miro a otros tipos —confesé.

—Lo sé bien, porque siento tus ojos clavados en mí en cuanto entras en cualquier sitio, del mismo modo que tú sientes los míos.

Esto —dije, señalando el espacio entre los dos— no es porque falten las ganas...

, o más bien, la urgencia. Si fuera por cualquiera de esas dos cosas... —Cerró los ojos despacio.

Eso era peligroso. Los dos lo sabíamos y, sin embargo, estábamos de vuelta en este lugar. Imanes. Gravedad. Reacciones químicas. Lo que fuera.

—Te lo tendría que haber contado. Perdón. Sabía que ibas a tratar de convencerme para que no lo hiciera. Que ibas a pensar que no era seguro...

—¡No fue seguro! —Saltó, fulminándome con la mirada—. ¡Carajo! ¿Hiciste los cálculos? ¿Pusiste a prueba el cuatriciclo primero contra el viento antes de atarte a una masa de ciento ochenta kilos de peso muerto y lanzarte de un acantilado?

—En realidad, iba conduciendo. La velocidad del impulso me hizo llegar más lejos que si me hubiera lanzado dir…

Me besó antes de que me diera cuenta de que se había levantado de la silla.

No se trataba de un beso suave, sino de algo puramente físico, un acto carnal de dominación, y yo me sometí.

Abrí los labios para dejarlo entrar y ya no pude saborear, sentir ni respirar nada que no fuera él.

El roce de su barba me raspaba la piel de la manera más deliciosa mientras me inclinaba la cabeza para besarme más a fondo.

Esto era lo que echaba de menos. Besar a Cruz me hacía recuperar la cordura. Sin expectativas. Sin retos. Sin cámaras. No había nada más que el único hombre que me aceptaba tal y como era.

Le envolví la nuca con las manos cuando me atrajo hacia él y se colocó entre mis muslos abiertos. Lo rodeé con las piernas y apoyé los tobillos en sus caderas, como si pudiera retenerlo ahí y forzar mi propia sumisión.

—Penélope —susurró, apoyado en mis labios—. Dios, cómo me asustaste.

—Ya sé, perdón —le dije, dándole besos por toda la mandíbula.

Me sostuvo la cara entre las manos y me miró con el rostro atravesado por diez mil emociones que pasaban tan rápido que no podría nombrarlas todas.

—No deberíamos.

—Ya sé.

—No podemos. —Frunció el ceño como si sintiera un dolor físico.

—También lo sé. Pero eso no significa que no quiera estar contigo. Que no sepamos qué es no significa que no quiera estar contigo. Simplemente significa que todo es mucho más difícil.

—Es imposible. —Me acarició el labio inferior con el pulgar—. Es imposible estar contigo. Imposible no querer estar contigo. Imposible mantener la puta distancia.

—Bueno, no lo hagas —susurré.

Me soltó la cara y se alejó como si lo hubiera quemado.

—No digas eso.

—¿Que no diga que quiero estar contigo? ¿Que eres el único hombre al que responde mi cuerpo? ¿Que parece que eres la única persona que sabe quién soy debajo de todo esto?

Se apoyó en la columna que había a unos dos metros de distancia.

—¿Tienes idea de lo difícil que es no hacer nada cuando dices cosas así?

—Quedarme sentada sin rogarte que me toques es igual de difícil para mí —repliqué—. Lo que nos pasa no es solo algo físico.

—¿Y se supone que eso lo hace más fácil?

Por Dios, ya sé que esto es algo más. Sé que puede convertirse en algo real.

Créeme, estoy obsesionado contigo por muchísimo más que por tu cuerpo.

Eres increíblemente inteligente, decidida, buena persona y tienes un corazón enorme.

Me gustas , y si estuviéramos en Los Ángeles (o en cualquier otro lugar que no fuera este barco y contigo en mi clase), te invitaría a salir tan rápido que ni te darías cuenta.

Pero en este trabajo tengo mucho más en juego de lo que podrías imaginar.

No puedo arriesgarlo por nadie. Y no puedo permitirme...

Esa sensación demoledora me arrasó el pecho otra vez y me llevé la mano al corazón, como si fuera capaz de sostenerlo para que no se rompiera.

—No te puedes permitir jugártela conmigo.

Eran palabras egoístas por mi parte: lo supe en cuanto se me escaparon de la boca. Puede que yo estuviera dispuesta a arriesgar mi corazón, pero él tenía que estar dispuesto a arriesgarlo todo, y apenas me conocía. No era justo pedírselo y, sin embargo, no quería hacer otra cosa.

En lugar de enfadarse, me sostuvo la cara suavemente entre las manos.

—No, no digo jugármela contigo. No puedo permitirme el lujo de meterte en...

Golpearon la puerta.

—Mierda —dijo—. Después terminamos esta charla. Pero... —Suspiró, buscando en mis ojos algo que no pude identificar—. Pero no pienses que no quiero esto.

Me soltó y se dirigió a la puerta, mientras yo me levantaba del escritorio para apoyarme en el de la primera fila. ¿En qué carajo estaba metido?

—Señores —dijo, indicándoles a Pax y a Landon que pasaran por la puerta—. Perdón, parece que Carstairs trabó la puerta sin querer cuando llegó.

—No hay problema —dijo Pax, dándole un sobre de manila mientras Landon cerraba la puerta.

Cruz se quedó de pie detrás de su escritorio, hojeando el archivo, mientras Landon y Pax me flanqueaban.

—Has venido temprano —dijo Landon con un dejo de preocupación en la voz—. Podrías habernos esperado.

—Ya sé, pero no tenía ganas de sentarme a esperar.

Sentí una punzada de culpa en el pecho. Odiaba tener que ocultarles todo: lo de Cruz, lo de mi pasado y lo que fuera que no estuviera pasando entre él y yo en ese momento.

Te besó.

Otra vez.

Todavía sentía su sabor, notaba la huella de sus labios en los míos y, por Dios, quería más. Quería estar con él , no solo en el sentido sexual. Eso habría sido más fácil que el lugar adonde iban mis pensamientos, que vislumbraban una relación que sabía que podría ser increíble.

—Ahí están todos los retos que tenemos planeados hasta que lleguemos a Miami, salvo la exhibición en vivo —dijo Pax—. Nunca damos por cerrados esos retos hasta unos días antes porque...

—Todavía los están preparando —concluyó Cruz, con la mirada fija en la planificación.

—Claro. No estamos acostumbrados a responder a nadie —agregó Pax, frotándose el cuello.

—A fin de cuentas, son Renegades. Ya lo dice el nombre —dijo Cruz, mientras analizaba una de las hojas.