Rebel (Renegados 3) Capítulo dieciséis. Cruz #2
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Capítulo dieciséis. Cruz #2

—Me doy cuenta. —Se le desviaron los ojos hacia la derecha y vi que se nos acercaba un equipo de filmación—.

También veo cómo se miran entre ustedes y sé lo rápido que las buenas intenciones pueden volverse...

En fin. —Se encogió de hombros, se puso una sonrisa en el rostro y se dio la vuelta hacia el equipo de filmación—. ¿No tienen nada mejor que filmar?

—Ay, bueno, Amuleto de la Suerte —dijo el tipo de la cámara—. Queríamos ver cómo le iba al Doc en su primera salida con los Renegades.

—Teniendo en cuenta que lo único que hicimos fue ir en cuatriciclo por el desierto, imagino que esto no entrará en mi lista de eventos memorables.

El rugido de unos motores me distrajo justo a tiempo para ver cómo los tres Originales salían en dirección al acantilado que se alzaba sobre nosotros. Mientras los dos chicos iban acompañados, Penélope iba sola. Un equipo de filmación salió a perseguirlos a toda velocidad.

—¿Se quedaron aquí clavados mientras el equipo bueno tuvo la suerte de seguirlos? —pregunté, señalando la expedición con la cabeza.

—Es para capturar un mejor ángulo, nada más —dijo uno.

Aparté la vista del equipo para mirar dónde estaban Penélope y los demás, que subían por los caminos en zigzag hacia los acantilados.

—¿Un mejor ángulo de qué?

—Ya lo verás. Lo mejor de los Renegades es que nunca te aburres.

—De eso no tengo duda.

El equipo de filmación se alejó para posicionarse a los lados de la lona blanca. Ese mal presentimiento que tenía en el estómago se hizo más fuerte. ¿Qué demonios estaban tramando? Me subí de un salto a mi cuatriciclo para ganar un poco más de altura y maldije.

Esa enorme lona blanca tenía pintado un blanco de tiro.

Penélope iba a saltar de ese acantilado.

—Mierda.

—¿Qué pasa? —preguntó Leah, que se puso a su lado.

—Caramba, creo que se ha dado cuenta —canturreó Rachel.

—Van a saltar —dije con voz monótona.

—Van a saltar —confirmó Leah—. No se preocupe. Son profesionales.

—Sí, sí, sé muy bien de lo que son capaces —dije entre dientes. Estaría bien. Además, ya la había visto saltar y este lugar estaba muchísimo más alto que la High Roller. Tendría más tiempo para abrir el paracaídas.

—Creo que está de mal humor porque no se lo contaron. Ahora es el supervisor... —dijo Rachel en un falso susurro. La miré con una expresión que le borró la sonrisa de la cara—. Está enfadado.

No me molesté en responder. Si lo hubiera sabido, habría revisado la altura del acantilado, el pronóstico del tiempo, la velocidad del viento, la orientación, todo.

¿Como hiciste en Las Vegas? Mandé callar al temerario que llevaba dentro.

Yo era el adulto y mi trabajo era corroborar que ella estuviera segura, que todos lo estuvieran.

Me metí los pulgares en los bolsillos del pantalón para no llevar las manos al acelerador y repasé todas las razones por las que no podía conducir hasta allí y ponerme a gritarle. Al fin y al cabo, nosotros habíamos hecho algo mucho más peligroso un mes atrás.

—¿Por qué no están ustedes dos allá arriba? —pregunté.

—No quería tener que traer el cuatriciclo de él de regreso y perderme el reto. Yo no le voy a andar haciendo mandados —dijo Rachel, encogiéndose de hombros.

—A mí no me gustan mucho las alturas —respondió Leah—. Además, desde aquí deberíamos tener una vista espectacular.

—¿Nadie más va a saltar con ellos?

—Los demás irán después de que los Originales lo pongan a prueba. No hacen que los novatos (ni siquiera los Renegades con más experiencia) hagan estas cosas hasta que hayan confirmado que es seguro y posible. En realidad, son muy responsables —concluyó, ligeramente a la defensiva.

—Ah, sí, son todo un ícono de la seguridad —contesté.

Dos siluetas se acercaron al borde del acantilado y se asomaron para mirar.

—¡Miren! ¡Ahí están! —dijo Leah, señalando hacia arriba.

Llené los pulmones de aire y no lo solté mientras veía cómo los chicos se alejaban corriendo del borde del acantilado para tomar impulso y salir volando.

Uno. Dos. Tres. Conté mentalmente hasta ver que se desplegaban los paracaídas, blancos y radiantes, contra el cielo celeste y sin nubes. Entonces solté el aire. Penélope no había saltado.

Mi alivio se convirtió en ansiedad. ¿Estaría bien allá arriba? ¿Estaría dudando? No sería su primer salto desde el accidente, así que ese no debería ser el problema.

Un segundo. ¿De verdad me estaba preocupando porque la mujer que me gustaba (o me encantaba) no iba a saltar del acantilado? Ella nunca te va a aburrir.

Sus amigos se desabrocharon el arnés y recogieron el paracaídas antes de acercarse a nosotros, pero yo seguía mirando fijamente la cima del acantilado.

Oí vagamente que saludaban a sus novias, pero no presté atención hasta que oí su nombre.

—... pero no se puede discutir con Penna cuando está decidida —dijo Wilder.

—No por nada le decimos Rebel —coincidió Landon, rodeando a Rachel con el brazo.

—Entonces sí que va a saltar —dije, despegando los ojos del acantilado para fulminar a Wilder con la mirada.

Se acomodó en el lugar y tuvo la sensatez de mostrarse un poco avergonzado.

—Se lo tendríamos que haber avisado.

—Lo hablaremos después —gruñí.

No pasé por alto la mirada que se cruzaron, pero tampoco la mencioné. Cuando ella estuviera a salvo, tendríamos una buena charla en la que les explicaría que no iba a tolerar esas tonterías.

Oí un zumbido agudo, el motor de un coche acelerando.

Entonces, montada en el cuatriciclo, Penélope saltó del acantilado.

Se me paró el corazón, se me heló la sangre en las venas y se me tensionaron todos los músculos del cuerpo. Cayó tan rápido que ni siquiera llegué a contar ni a rezar. No podía pensar ni moverme.

Entonces se desplegó su paracaídas, lo que le dio un sacudón violento, pero ella mantuvo firme el cuatriciclo mientras la campana se llenaba de aire y reducía dramáticamente la velocidad de su descenso.

Estallaron los aplausos a mi alrededor, más o menos al mismo tiempo que mis pulmones decidían volver a funcionar y mi corazón se aceleraba.

—El paracaídas está enganchado a ella y también al cuatriciclo —dije distraído.

—Lo diseñó ella —dijo Wilder con orgullo—. Estuvimos trabajando en esto el último día que estuvo en Los Ángeles.

El día después de que Brooke se negara a verla.

¿Sus amigos se darían cuenta de lo que estaba haciendo?

Para mí estaba más claro que el agua: usaba la adrenalina para calmarse y los retos para esconderse.

Estaba encajando todo lo relacionado con Penélope detrás de la máscara de Rebel, y estaban tan absorbidos por sus putas relaciones felices que no lo veían; si no, lo habrían frenado.

Aterrizó justo fuera de la lona y los chicos salieron corriendo con los brazos en alto, victoriosos.

Yo me quedé arriba del cuatriciclo, desde donde veía bien su sonrisa, pero no me moví.

Luchar contra mi instinto de ir con ella, quitarle todo el equipo, sacudirla y después besarla hasta dejarla sin aliento requería todas mis fuerzas y concentración.

Le quitaron el arnés y ella abrazó a sus dos amigos con una sonrisa deslumbrante, bien impostada para las cámaras, mientras Bobby le hacía una breve entrevista sobre el enorme reto que acababa de lograr. Sola. Sin ningún refuerzo, ya que sus amigos ya estaban aquí abajo.

Mientras volvían los otros cuatriciclos y se estacionaban en fila cerca de mí, los tres se me acercaron. Penélope me miró con los ojos tan radiantes como su sonrisa.

—¿Qué te pareció?

Que, así como quiero estrangularte, también quiero cogerte.

Cerrar la boca era lo más inteligente que podía hacer. Apretando los labios, la miré con una expresión que borró por completo su sonrisa. Después miré a Wilder y a Landon.

—Ustedes tres van a venir a hablar conmigo en cuanto lleguemos al Athena .

—Eso sí que les llamó la atención—. Me escucharon bien.

No me van a pasar por encima, no soy ningún idiota y lo que acaban de hacer —dije señalando el acantilado— no va a volver a pasar nunca más mientras yo esté aquí, carajo.

No, a menos que me den toda la información. ¿Les quedó claro?

—Fue todo perfectamente seguro... —empezó Penna, pero no podía mirarla. No estando así de enfadado, no ahora, cuando aún tenía muy presente todo lo que acababa de hacerme pasar.

—¿Les... quedó... claro? —repetí en voz más baja, con un tono que no admitía discusión alguna.

—Doctor Delgado... —intentó Penélope otra vez.

Le dirigí una mirada que bastó para dejarle claro que estaba en un campo minado.

—Un solo cambio en el viento. Un segundo más sin abrir el paracaídas.

La masa de ese cuatriciclo sumada a la velocidad a la que ibas.

Un solo mosquetón que falle y te habrías...

—Clavé la atención en los chicos—. Por eso estaban ustedes aquí abajo.

Por si no aterrizaba bien. Para estar más cerca mientras se desangraba en la arena.

—Trajimos un equipo de paramédicos. No es nuestra primera vez —dijo Landon con ligereza.

—¿Como el que tuvo que aerotransportar a tu amiguito del snowboard? —Se puso pálido—. Hoy por la noche —sentencié.

Luego me fui muy lejos antes de que pudiera hacer algo de lo que me fuera a arrepentir, como tomar a Penélope entre mis brazos solo para sentir su corazón.

En el momento de mi vida en el que más necesitaba mantenerme entero, esta mujer estaba empeñada en deshacerme nervio por nervio.