Rebel (Renegados 3) Capítulo dieciséis. Cruz
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Capítulo dieciséis. Cruz

CAPÍTULO DIECISÉIS CRUZ

CABO SAN LUCAS

¿En qué mierda me había metido?

Tal vez debería hacer una lista breve de pros y contras.

Pros: hacía un calor agradable y estaba sentado en un cuatriciclo tuneado en medio de la nada, en las afueras de Cabo.

Me gustaban los cuatriciclos, así que eso era, sin duda, un punto a favor.

Tenía una cámara en la cara, lo cual era una contra.

Ah, sí, ese había sido uno de los quince descargos de responsabilidad que había tenido que firmar: otra contra.

Penélope estaba a unos tres metros de mí, con unos pantalones de protección holgados, una camiseta sin mangas muy ajustada y el pelo recogido en una larga trenza que le caía por la espalda, cubierta con una bandana rosa.

Se veía dura, sexy y segura de sí misma, y lo único que quería era subirla a este cuatriciclo delante de mí y besarla hasta dejarla sin aliento.

Tenía que admitir que el hecho de que ella estuviera allí era un punto a favor.

Pero estar así de cerca todo el tiempo, sabiendo que no podía tocarla, era definitivamente una contra.

Y esa otra chica, la que me miraba como si fuera su cena, creo que se llamaba Zoe, también era una contra.

Que Rachel no parara de mirarme mal y de bloquear cualquier camino posible hacia Penélope también era una contra.

—¿Sabes cuál es tu trabajo aquí? —me preguntó Bobby, el productor.

—Seguirles el ritmo —dije, y vi de reojo que Penélope sonreía.

—Eso lo resume bastante bien —coincidió—. No meterte en medio.

—¿Eso dijiste cuando casi se mata ese chico en Nepal?

—le cuestioné—. Porque diría que esa estupidez se debió en gran parte a que estos chicos tienen...

¿Cuánto? ¿Veintidós? Pero tú pareces de cuarenta y pico, así que había por lo menos un adulto que tendría que haber tenido mejor juicio en esa montaña.

—Sus ojos se redujeron a dos rendijas—. Sé perfectamente de lo que son capaces estos chicos y chicas.

Los busqué en internet y estuve atento. Pero si veo que hay muchas probabilidades de que alguno se mate, lo cancelo todo.

No quiero cargar con la muerte de ninguno en mi conciencia. — Y menos la de Penélope .

—Solo no te metas en medio y listo —gruñó, y se fue a hostigar a alguien más.

Yo sabía cuál era mi trabajo. Por poco se les muere alguien en Nepal porque eran jóvenes, tontos, imprudentes, precipitados... ¿Ya he dicho «imprudentes»? Pero también eran muy buenos en lo que hacían, así que, a menos que creyera que estaban a punto de romperse el cuello, iba a callarme.

—¡Nos vamos! —gritó Wilder mientras le abrochaba el casco a su novia.

Miré a Penélope y vi que ella también llevaba el casco puesto. De hecho, estaba seguro de que tenía bajo control todos los aspectos de ese día. Excepto, tal vez, por ese tipo que hacía snowboard y no paraba de mirarla.

No me ablando ni me hago la pobrecita por ningún chico, porque me rompí demasiado el lomo para llegar adonde estoy, y no voy a terminar reducida a un par de tetas por algún tipo del circuito.

Sus palabras me proporcionaron un poco de alivio que no tenía derecho a sentir. ¿Y qué si salía con esos niños? Debería salir con ellos. Eran diez mil veces mejores para ella.

Pero tenía un instinto muy fuerte que casi me gritaba mientras me arañaba el pecho por dentro diciéndome que nadie era mejor para ella que yo, o al menos que yo dentro de un año.

—¡Vamos, Renegades! —exclamó Wilder, con su novia subida a su espalda en el cuatriciclo.

Dudaba mucho que Penélope se subiera nunca a la moto de alguien más.

Se arrimó a mi lado, como si adivinara adónde se dirigían mis pensamientos. Y, en efecto, tenía su propio vehículo.

—Pon el canal seis si quieres escuchar a todos —dijo, señalándome el botón de la radio que tenía en el exterior del casco.

—Listo —dije, girando el dial.

—¿Quieres un canal privado solo para nosotros dos? —propuso, pero los nervios se delataban en sus manos, que no concordaban con el tono seguro de su voz.

Tentación, tu nombre es Penélope.

—Alguien podría oírnos —dije en voz baja, aunque quería aceptar su propuesta más que nada.

Echó un vistazo a su alrededor y luego suspiró, asintiendo profundamente con la cabeza.

—Claro, sí, tienes razón. Dios, ¿qué estaba pensando? ¿Qué estoy pensando?

—Pen...

—¿Te acuerdas de lo que te dije en el barco? —Me interrumpió.

—Que les siga el ritmo.

—Sí. Ocúpate de hacer eso. —Se bajó la visera de golpe y se fue para alcanzar a Wilder, al frente de la caravana, justo detrás de las cámaras.

Puse el canal seis en la radio, me puse el casco en la cabeza y me invadieron las voces de los demás Renegades.

—Bueno, sigan a los que van delante y no hagan nada demasiado estúpido —dijo por la radio una voz que supuse que era de Wilder.

Me uní a la caravana de doce vehículos y salimos a través del desierto de la península de Baja California en dirección al océano.

Avanzamos por un camino firme que seguía el cauce de un arroyo seco; la monotonía del color de la arena solo se rompía con los cactus verdes, las yucas y el intenso azul del cielo.

La caravana cruzaba velozmente el cauce del arroyo y yo superé mi velocidad máxima en más de una ocasión, agradecido por mis rápidos reflejos, ya que se metían en el camino de los demás, entrando y saliendo en zigzag, siempre a punto de chocarse.

Cuando el cauce dobló hacia el oeste, subimos por la cresta y dejamos atrás el camino.

Nuestra recompensa fue una vista centelleante del océano Pacífico.

—¡Pero qué vista! —dijo Penélope, y varios de sus amigos coincidieron.

—¿Está pudiendo seguirnos el ritmo, Doc? —me preguntó Landon.

—Si me hablas a mí, estoy bien —respondí mientras acelerábamos por las playas de arena hacia unos acantilados.

—Doc, me gusta ese apodo —dijo Wilder.

—No puede ser tan fácil —discutió Penélope.

—Si quiere un apodo, va a tener que ganárselo —agregó Rachel.

—¿Quién ha dicho que quiero un apodo? —pregunté—. Yo solo estoy aquí para evitar que alguien se muera.

—Estamos andando por una playa. ¿Le da miedo que de repente salga una ballena del mar y nos aplaste? —preguntó Penélope.

Apreté la mandíbula un momento, conteniendo el impulso de ponerme a bromear con ella.

—Conociendo a este grupito, no me sorprendería —dije.

Se oyeron unas risas ahogadas por los cascos y avanzamos todavía más rápido, con la arena levantándose bajo mis pies mientras las olas se lanzaban hacia nosotros con un ritmo constante.

Pax se detuvo frente a una lona blanca enorme, de al menos nueve metros por nueve, y su novia se bajó de la parte trasera del cuatriciclo.

—Rebel, esto es todo tuyo —dijo por los auriculares.

—Sí —dijo Penna, que se dio la vuelta en su cuatriciclo y entonces vi por primera vez que llevaba una mochila atada a la parte trasera—. Arranquemos.

—¿Estás segura? —preguntó Landon mientras se le acercaba caminando.

—Tan segura como siempre —respondió ella.

Sentí un mal presentimiento, como un pinchazo en el estómago que se retorcía en lo más profundo.

—Bueno, Cruz —empezó la chica de pelo castaño a la que llamaban Zoe y que estaba haciendo todo lo posible por mostrarme un escote que no quería ver.

—¿Sí? —pregunté, obligándome a apartar la vista de Penélope antes de que la chica se diera cuenta.

—¿Qué abrevia eso? —preguntó, y luego se mordió el labio con un movimiento excesivamente coqueto.

Tal vez, cuando estaba en la universidad, eso me habría afectado.

Bah. Tal vez en la secundaria. Pero ahora no.

Ahora prefería a una mujer que no se diera cuenta de que estaba coqueteando o que lo intentara, pero que fuera tan tierna en sus intentos que me enganchara de una manera completamente distinta.

—¿Qué abrevia qué? —pregunté, tratando de aclararlo.

—Cruz. No te hagas el distraído. —Me dedicó una sonrisa radiante.

¿Habla en serio?

—Es Cruz a secas. —Miré hacia Penna, que se había puesto un arnés. ¿Qué demonios iban a hacer? Solo me habían preparado para un viaje en cuatriciclo y Penélope había dicho que ni siquiera se iba a bajar del suyo.

—Entonces, ¿no es una abreviatura de algo supersexy y mexicano? —preguntó Zoe.

Suspiré para mis adentros, me recordé a mí mismo que aquella chica no tenía ni veinticinco años y la volví a mirar.

—En realidad, soy cubano.

—¡Pues más sexy todavía!

—Sabes que soy profesor, ¿no? —Me crucé de brazos sobre el pecho. Lo último que necesitaba era que una alumna me persiguiera.

A menos que dicha alumna fuera Penélope.

—Pero no eres mi profesor —respondió.

Seguro que mi cara decía «¿Qué demonios?», porque se le borró la sonrisa muy rápido.

—Deja tranquilo al pobre hombre, Zoe —dijo Rachel—. Creo que te busca Pax.

—¡Nos vemos después! —Me lanzó un beso como si tuviera catorce años y se fue en el cuatriciclo.

—Gracias —le dije a Rachel, que me estaba fulminando con la mirada.

—Sí, bueno, Zoe tiene la costumbre de acostarse con hombres que no debe en lugar de enfrentarse a los problemas que tiene con su padre.

—La chica menuda de pelo violeta me inspeccionó sin disimular y soltó un largo suspiro.

Me recordaba un poco a una granada: pequeña, pero letal cuando se la activaba—.

No como Penélope, que se aleja de todos los hombres en general.

Golpe directo.

—No sé qué te habrá dicho...

—Nada. No dijo nada, y ese es el problema. Está más hermética con tu tema que cuando Brooke... se fue.

—¿Se fue o se la llevaron? —Mi boca fue más rápida que mi cerebro. Mierda.

—Justamente. Contigo habla. Mira, yo no voy a juzgar. —Echó una mirada hacia donde estaban los Originales preparándose—. Sé más de lo que debería sobre cruzar límites.

—No estamos cruzando ningún límite —le dije con sinceridad, asegurándome de que se notara en mis ojos.

Entornó los suyos, pensativa.

—Lo digo en serio —añadí.