Capítulo quince. Penna #2
Rachel me arqueó una ceja y yo le devolví la mirada preguntándole con ella qué pasaba.
—¿Doctor Delgado?
Uf, qué guapo estaba hoy. Llevaba unos pantalones grises que daban unas ganas tremendas de apretarle el culo y una camisa negra arremangada con una corbata plateada. ¿Conocía otras formas de ponerse la camisa? En parte, esperaba que no.
—Necesito hablar contigo un segundo. Te pido que pases y cierres la puerta.
—Ah, pero no hay nada que contar —susurró Rachel por encima de mi hombro.
—Nos vemos en la habitación después de clase.
—Ajá —dijo, y volvió a poner los ojos en blanco, pero luego se fue.
Haciendo caso a Cruz, entré en el aula y cerré la puerta.
—¿Sí, doctor Delgado? —pregunté con una inocencia exagerada.
—Basta con eso —dijo, mientras se sentaba en su escritorio.
—Ah, ¿este es el momento en el que te digo que necesito que me subas la nota y me pongo de rodillas? —bromeé, apoyándome contra el escritorio frente a él.
—No es gracioso —dijo, mirándome con unas ganas que apenas contenía. Al menos yo no era la única persona frustrada sexualmente en este lugar.
—¿Por qué querías hablar conmigo?
Se dio la vuelta y tomó un montón de papeles.
—Dime por qué tengo que firmar esto.
Se me drenaron todas las ganas de bromear del cuerpo como si alguien hubiera quitado el tapón de una bañera.
—¿Los papeles de la supervisión?
—Sí.
—Mierda, qué rápido es Pax. —Recién eran las nueve de la mañana, por el amor de Dios.
—Sí, y muy insistente.
—¿Qué términos te ofreció? —pregunté, abrazando los libros de matemáticas contra mi pecho como si fueran un escudo.
—Un aumento que me permitiría terminar de pagar la casa de mi abuela antes de llegar a Miami.
—Qué raro. Pax resolviendo otro problema con dinero —murmuré.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada. Acepta el trato. Yo misma sería capaz de vender mi alma con tal de terminar de pagar la casa de tu abuela, y solo la vi una vez.
—Espera, ¿quieres que lo haga? Estaré cerca de ti todo el tiempo si lo acepto. Tú vas a estar en las excursiones de mi asignatura y yo estaré en todas las de tus retos. ¿En serio quieres eso? —Frunció el ceño, como si intentara entender qué pensaba yo. Suerte con eso.
—No, no quiero que lo hagas —respondí.
Dejó caer los hombros. ¿Estaba decepcionado por perder el dinero o por perder la oportunidad de estar cerca de mí?
—¿Quieres que lo rechace? —aclaró.
—No —dije en voz baja—. Tampoco quiero eso.
—Penélope. —Soltó un suspiro de frustración.
—¿Es por el dinero? Porque, si es por la casa de tu abuela, puedo encargarme de que te lo paguen.
—No vas a hacer una cosa así —replicó—. Sé muy bien cuánto dinero tienen. Ese chico, Wilder, se pasa el día gastándolo delante de todos y ni se entera. ¿Entiendes lo ridículo que es que un chico de veintidós años tenga un puto crucero?
La verdad es que no. El padre de Pax se estaba preparando para dejar su cargo en Wilder Enterprises y...
—Mierda, en serio piensas que es algo normal —continuó—. Es como si viviéramos en dos planetas distintos.
—No quería que hicieras esto por el dinero, sobre todo por la parte de estar cerca de mí más de lo necesario. No puedo cambiar el contexto en el que nací.
Levantó la mano que tenía libre, con la palma hacia afuera.
—Ya sé. Perdón. Solo te pido que me digas qué quieres que haga. Si quieres que sea su supervisor, si me necesitas, lo hago.
—¿Tú quieres hacerlo? —pregunté.
—¿Seguirlos por distintos sitios mientras hacen unas locuras tremendas y totalmente irresponsables? Más vale, yo estoy..., como bien sabrás. Pero hay que considerar otras cosas.
—Como lo de tú y yo. — Pero nunca nosotros.
—Sí. Pasaríamos mucho tiempo juntos.
—¿Qué importa? Tú pusiste un límite. Lo voy a respetar. —Me encogí de hombros como si no me importara, cuando en realidad estaba deseando que cambiara de opinión. Cuanto más tiempo pasaba con él, más lo deseaba.
—Yo no puse el límite, lo puso la política institucional. Si voy a sumarme a los Renegades como su supervisor, vamos a asegurarnos de que eso quede bien claro, Penélope.
—Penna —lo corregí—. O Rebel, como prefieras.
—¿Cómo? —preguntó, dejando los papeles y cruzándose de brazos sobre el pecho.
—Si vas a entrar en mi mundo, yo soy Penna o Rebel.
Tu Penélope no existe en los Renegades. Soy Rebel, una de las Originales, ganadora de cuatro medallas de los X Games, una de las cuales es de una categoría solo para hombres.
No me ablando ni me hago la pobrecita por ningún chico, porque me rompí demasiado el lomo para llegar adonde estoy, y no voy a terminar reducida a un par de tetas por algún tipo del circuito.
Si quieres aceptar este trabajo y ser nuestro supervisor, te apoyo.
Te digo la verdad, eres la mejor opción de todas.
Pero tienes que entender que no conoces a la chica que está en ese mundo; solo viste una pequeña parte de lo que soy.
—Te conozco —me desafió.
—No —repliqué, consciente de que, en parte, era mentira.
Él me conocía hasta la médula en todos los sentidos importantes, pero yo no era solo la persona que él veía; le faltaban muchas piezas del rompecabezas para poder decir que me conocía.
Negué con la cabeza, totalmente consciente de que era una estupidez, de que nos estábamos poniendo en riesgo a nosotros mismos y a su carrera al pasar tanto tiempo juntos.
Pero, al mismo tiempo, también era consciente de que esto le daría los medios para poder cuidar de su abuela—.
Firme los papeles, doctor Delgado —dije, empezando a irme.
—¿Ya está? ¿Ese es tu consejo para todo este tema? ¿No tienes nada más que decir?
Me detuve junto a la puerta, me di la vuelta para mirarlo y sentí amor y odio por la forma en que me desnudaba con la mirada, exponiendo hasta mi verdad más pura.
Pero iba a tener que acostumbrarme si iba a estar con él en todos los retos y en todas las excursiones. No podía permitir que me afectara.
Se me empezó a dibujar una sonrisa en los labios que terminó convirtiéndose en una risa, porque la ironía de la situación era demasiado para poder manejarla.
—Tal vez un consejito más.
—Dime, por favor.
—Vas a tener que seguirnos el ritmo.
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