Capítulo quince. Penna
CAPÍTULO QUINCE PENNA
EN EL MAR
—Declaro abierta esta sesión de los Renegades Originales —dijo Pax, alzando su botella de Corona.
Brindamos con nuestras botellas y luego las inclinamos hacia donde estaba Nick, conectado por Skype junto al asiento de Pax en la mesa del comedor.
—Saben que son las dos de la mañana, ¿verdad? Quiero decir, seguimos en la misma zona horaria —dijo Nick, pasándose una mano por el pelo enmarañado, recién salido de la cama.
—Es el único momento en que podemos reunirnos sin que se entere Bobby —respondió Landon.
—Y ¿qué vaaaaamos a hacer? —pregunté con un bostezo. Volver a ponerme en forma implicaba llegar agotada al final del día y ni hablemos de la mitad de la noche.
—Cuando estábamos en casa, me llamaron de la UCLA —dijo Pax.
—Ah, ¿sí? —respondió Landon, asintiendo para que continuara.
—Los padres de Gabe están amenazando con iniciar una demanda por lo que pasó en Nepal.
Me enderecé en el asiento, con la cerveza olvidada en la mesa.
—Mierda —susurró Landon, pasándose las manos por la cara—. Acabo de encontrarme con él, ahora, cuando estuvimos en casa. Lo vi bien. Ya le han quitado los yesos. Y no dijo nada de eso.
—No fue Gabe —le aseguró Pax—. Sus padres no se lo dijeron hasta que nos fuimos.
—¿Por miedo a que lo convenzamos de que no lo hiciera? —preguntó Nick.
—Eso creo yo. Él nunca haría algo tan hijo de puta —maldijo Landon.
—Firmó un descargo de responsabilidad —dije—. Como hicimos todos. Hasta Leah tiene un descargo en su archivo. ¿Cómo van a hacer para demandarnos?
—No nos van a demandar —respondió Pax con tranquilidad mientras abría el sobre de manila que tenía delante—. Están amenazando con demandar a la UCLA por no supervisar el programa Renegades, que, según ellos, fue la causa de la lesión de Gabe.
—¡Cualquiera! —bufó Landon—. Gabe se lesionó porque quisimos bajar esquiando por una de las crestas más peligrosas del mundo, a seis mil cuatrocientos metros de altura, sin aclimatarnos y en condiciones de avalancha.
¿Y qué pasó? Hubo una puta avalancha. Todos teníamos clarísimos los riesgos que implicaba y aun así decidimos hacerlo. Él lo sabe.
Me senté con las piernas recogidas debajo del cuerpo, con el pantalón de franela del pijama, y apoyé los codos en la mesa, con la frente descansando en las palmas de las manos.
En los diez años transcurridos desde que empezamos los Renegades por diversión en el jardín de Pax, incluidos los últimos cinco en los que el grupo se convirtió en una empresa de verdad, nadie se había enfrentado directamente a nosotros.
Y menos un miembro de nuestra propia familia de los Renegades. Era impensable.
Y, sin embargo, ahí estábamos, pensándolo.
—Bueno, ¿y cuál es la solución? —pregunté—. Brandon debe tener alguna, ¿no? Si no vienen por nosotros es porque Brandon los frenó antes de que pudieran hacerlo.
—Claro. Nos eximen de las declaraciones, y también ayuda el hecho de que todos hayamos firmado una adicional específicamente para lo de Nepal. Pero la universidad es un tema aparte. Coinciden en que necesitamos supervisión.
—¿Les dijiste que eres el dueño del barco? —preguntó Nick.
—Sí, pero no les importó mucho. Sobre todo porque hay una amenaza de demanda. Hablé con Brandon, chicos. No podemos hacer nada a menos que accedamos a que venga alguien del equipo docente como supervisor.
—¿Es broma? ¿Creen que necesitamos un chaperón? —exclamó Landon.
Pax lanzó una mirada escaleras arriba.
—Si despiertas a Leah, vamos a tener problemas. Mañana tiene un examen de matemáticas muy importante.
Puse los ojos en blanco, sin siquiera molestarme en decirle que yo tenía el mismo examen al día siguiente. Cuando se trataba de Leah, era imposible hacer entrar en razón a Pax.
—Está bien. Entonces hay que elegir a alguien del equipo docente para que se una. ¿Qué sería? ¿Un supervisor, como si esto fuera una actividad extraescolar?
—Tiene que estar presente en el lugar.
Landon escupió la cerveza de la boca, rociando Corona por toda la mesa.
—Perdón, ¿estás diciendo que tiene que hacer los retos con nosotros? ¿Qué mierda vamos a hacer? ¿Atar al profesor Lawson a un cuatriciclo y decirle que se suba a la rampa? Debe tener por lo menos setenta años.
—Setenta y dos, en realidad —respondió Pax. Tomó una lista de nombres y la apoyó para que la viéramos—. Aquí están todos los profesores de este barco. Reduje la lista a los dos que más probabilidades hay de que nos digan que sí.
—¿Los dos más jóvenes, supongo? —preguntó Nick—. Tienen que poder seguirnos el ritmo.
—Los dos que podamos mantener más o menos contentos, lo suficiente para que nos dejen hacer lo que nos dé la gana. Porque, si no, se va a la mierda el final del documental —agregó Landon.
Por supuesto que yo sabía la respuesta. Medía más de un metro ochenta y pesaba cien kilos de músculo esculpido. Estaba en mejor forma que la mayoría de los Renegades y tenía experiencia saltando en paracaídas desde aviones. Era la opción perfecta y la única que no quería.
—Cruz —susurré.
—¿Qué? —preguntó Pax.
Mierda.
—El doctor Delgado. Se llama Cruz —dije con los ojos abiertos y sinceros. Eran mis hermanos, básicamente los únicos que me quedaban, y no tenía intención de mentirles si no era necesario.
Pax miró los papeles y arqueó las cejas.
—Tiene razón.
—¿Cómo mierda sabías eso? —preguntó Landon.
—Ay, por favor. Ya sé que se creen los tipos más sexis del barco, pero créanme, las chicas hablan.
Y ahora que ustedes son los viejos monógamos, él es el nuevo bombonazo del lugar.
Pregunten a cualquier chica del barco, incluidas sus novias, y les dirán lo mismo.
Además, a veces corre a la misma hora que yo —concluí.
Los tres me miraron como si tuviera tres cabezas, como si, en medio de todas las motos, los saltos y los retos, se hubieran olvidado de que yo era una chica.
—El tipo está en forma —dijo Landon, encogiéndose de hombros—. Lo he visto en el gimnasio y no me cabe duda de que podría seguirnos el ritmo e incluso superarnos.
Si Cruz se volvía nuestro supervisor de la universidad, iba a estar con nosotros en todos los retos.
En todas las excursiones. En todos los sitios donde pasáramos la noche.
Entre los asuntos de los Renegades y las clases, no iba a poder escapar de él nunca.
Maldije a mi corazón traidor, que se aceleró ante la idea de pasar tanto tiempo con él.
Mi parte más lógica sabía que era el peor acuerdo posible.
La tensión sexual que había entre nosotros era tan fuerte que se podría usar como ancla para este barco y, si pasábamos tanto tiempo juntos, en cualquier momento volveríamos a cruzar ese límite.
O alguien se daría cuenta.
—¿Hay alguien más que podamos considerar? —pregunté.
—La profesora Gibson es la segunda más joven —respondió Pax.
—Seguro que ustedes se la ganan con sus encantos —reconocí, y luego suspiré, sabiendo lo que iban a decir a continuación.
—Sí, pero Delgado podría seguirnos el ritmo y, por lo que he visto, me parece que estaría dispuesto a hacer las locuras que hacemos nosotros —agregó Landon.
—Tiene razón —coincidió Pax—. Me imagino a la profesora Gibson rechazando cualquier cosa, por muy segura que sea, solo porque no entiende lo que hacemos.
Cruz tampoco daría su brazo a torcer, pero no podía decírselo.
Iban a preguntarme cómo sabía de su experiencia en el ejército o de su falta total de miedo al saltar de la High Roller.
Tragué con dificultad al sentir un nudo en la garganta.
Yo, que nunca había tenido un secreto que no les pudiera contar a estos chicos, que nunca había tenido un problema que no pudiéramos resolver juntos, ahora les ocultaba que llevaba tiempo intentando contactar con la mujer que casi nos había destruido solo porque la echaba de menos y que estaba teniendo pensamientos totalmente inapropiados sobre el tipo que querían traer como supervisor.
Pero, ante todo, yo era una Renegade.
—Preguntémosle a Delgado primero. Es la mejor opción.
—Coincido —dijeron uno a uno, sellando mi destino con esa palabra.
***
El pasillo de la cubierta del sector académico estaba abarrotado de gente cuando Rachel me alcanzó.
—Bueno, bueno. Landon acaba de contármelo.
—¿De contar...?
—¿Que el doctor Delicioso va a ser nuestro nuevo supervisor? —Me miró levantando las cejas.
—No lo llames así. —Miré mi reloj de pulsera.
Faltaban quince minutos para el examen de matemáticas para el que debería haber descansado.
Pero no había podido dormir en toda la noche y había terminado sentada en la cubierta para ver el amanecer mientras nos acercábamos al puerto de Cabo San Lucas.
Estaba claro que no iba a estar nada preparada para el reto de esa tarde.
—Está bien. Como digas —dijo, bajando la voz—. ¿Y estás cómoda con eso?
—Claro que sí. ¿Por qué no iba a estarlo?
—¿Es en serio? No he olvidado lo que interrumpí esa noche. Solo te di un poco de espacio.
—¡Shh! —la callé, consciente de que estábamos a punto de pasar por el aula de Cruz—. No interrumpiste nada. — Mentirosa .
—Sí, claro, y la Estatua de la Libertad es una baratija. Mira, si no quieres hablar conmigo, no pasa nada. Lo que pasa es que sé que sueles…
—¿Hablar con mi hermana?
—O con los chicos.
Solté una risotada. Ellos eran las últimas personas sobre la faz de la Tierra a las que les habría contado lo de Cruz. No lo entenderían nunca, se pondrían en modo sobreprotector, y se iría todo a la mierda muy rápido.
Me detuve en el pasillo y le tomé la mano con la mía.
—Te agradezco que me lo digas. Y, si hubiera algo que contar, por muy loco que parezca, te lo contaría a ti. —Me sorprendió la sinceridad de mis palabras, el hecho de que justo la persona a la que más odiaba antes fuera ahora la única a la que sabía que podía confiarle esto si hacía falta.
Pero no había nada que contar. Cruz había puesto ese límite.
—Carstairs —dijo su voz a mis espaldas, como si lo hubiera invocado. Me di cuenta de que habíamos frenado delante de su puerta.