Capítulo catorce. Cruz
CAPÍTULO CATORCE CRUZ
EN EL MAR
Tenía todo bajo control.
Había sido imprudente pasar ese día en Los Ángeles con Penélope, y había cruzado por lo menos diez límites éticos, pero no había pasado nada. Me corrijo. No había pasado nada físico . Así que lo tenía todo perfectamente bajo control. Sí, claro.
Estaba dándole duro a la cinta de correr en el gimnasio, con las aguas del océano Pacífico de fondo, en la mañana de nuestro segundo día en el mar.
El océano estaba un poco picado, pero ya me estaba acostumbrando a correr con esa sensación de que el suelo se me escurría rítmicamente bajo los pies cada vez que atravesábamos una ola.
Hoy la vería en clase y la trataría como a una alumna más.
Podía hacerlo. Como dije, lo tenía todo bajo control.
Con cada zancada, me repetía que dominaba por completo la atracción que sentía por ella.
No la había llevado a mi apartamento.
No la había tomado de la mano en el coche..., solo en el Robledal del Musgo, cuando tuvimos que fingir nuestro compromiso.
Fingir nuestro compromiso había sido absolutamente necesario, así que eso no contaba.
No la había subido a mis piernas ni la había abrazado, como me habían exigido todos mis instintos cuando Brooke no la quiso ver.
No le había insistido en que me contara más cosas sobre lo que había pasado con sus padres.
No le había masajeado el cuello cuando empezó a mover los hombros después de cenar.
Tampoco le había dado un beso cuando la dejé en su apartamento, aunque mi cabeza no dejara de recordar nuestros otros besos.
Así que, sí, físicamente lo tenía todo bajo control.
—Hola, Cruz —dijo Lindsay, que se subió a la cinta de correr de al lado y puso la velocidad de caminata.
Lo mejor de correr por la mañana era que así evitaba pasar tiempo a solas con Penélope. ¿Lo peor? En vez de ella, estaba Lindsay. No era que me cayera mal. Era inteligente, graciosa, tenía mi edad y, si no me fallaba la intuición —cosa que no solía pasar—, estaba interesada en mí.
Lo mejor de Lindsay era que no era mi alumna.
¿Lo peor? No era Penélope.
—Buenos días —saludé, sin perder el ritmo. Ya llevaba seis kilómetros y medio y solo me faltaban tres más.
—¿Tienes un día muy ocupado?
—No tanto. Tengo dos clases y tengo que preparar las excursiones, sobre todo la de Perú. Son tres días.
—Ay, yo estoy libre en esa fecha y vas a necesitar a otro profesor para una excursión tan larga. ¿Quieres que te eche una mano? —Tenía los ojos llenos de esperanza y, aunque no quería darle falsas esperanzas, tenía razón. Necesitaba llevar a otro profesor por la política de la universidad.
—Sí, qué buena idea. Gracias. —Detecté movimiento en el reflejo de la televisión apagada que tenía delante y levanté la vista. Penélope .
—Tu acento... ¿Eres español? —preguntó Lindsay.
Estaba con Landon Rhodes cerca de las máquinas de pesas.
—¿Cruz? —insistió Lindsay.
—Cubano —respondí, aunque tuve que pensar en la pregunta.
—¿En serio?
Penélope me miró a mí y luego a Landon mientras se instalaba en la máquina de tríceps. Él le ajustó las pesas de una manera que me indicó sin una sola palabra lo bien que la conocía.
—En serio —le dije a Lindsay, tratando de seguir metido en la conversación—. Inmigré cuando tenía nueve años.
—Guau. Qué increíble. ¿Podrías enseñarme La Habana cuando estemos de escala? —Volvía a tener esa mirada esperanzada, pero esta vez no podía darle lo que quería.
—El primer día voy a estar de excursión y al día siguiente voy a ver a unos familiares. Pero puedes venir con los alumnos a la excursión.
—¡Qué divertido! ¡Gracias!
Landon empezó a hacer dominadas en la barra que había al lado de la máquina de Penélope y yo las conté sin darme cuenta.
Para cuando llegó a las veinticinco, se había reunido un público de varias chicas sentadas en las bicicletas estáticas, lo que logró que Penélope pusiera los ojos en blanco.
Llegué a los nueve kilómetros y medio y bajé la potencia de la cinta.
—Voy a ir un rato a la colchoneta. ¿Nos vemos después? —le dije a Lindsay, y por su sonrisa deduje que había interpretado la última parte más como una invitación que como una simple formalidad. Mierda.
Me escabullí hacia las colchonetas, que estaban a unos tres metros de donde estaba Penélope levantando pesas, y empecé con las flexiones de brazos, perdiéndome poco a poco en ese movimiento rítmico.
—No has perdido mucho tono, pero vas a tener que trabajar mucho los bíceps y los hombros —le dijo Landon.
—Sí, eso lo noté cuando hice fuerza hacia atrás con la moto de nieve. La verdad es que creo que hice ese movimiento con pura adrenalina.
—Tuviste suerte. Eh, no me pongas esa cara.
Es verdad. Ya sé que eres la mejor del grupo en estas cosas (de hecho, hasta eres mejor que yo con la moto, eso es indiscutible), pero no puedes volver si no tienes la fuerza para manejar la moto.
Pesa noventa kilos y no le importa una mierda lo que te haya pasado.
Llegué a las cincuenta y me puse de pie de un salto, cruzando una mirada con Penélope, que estaba empezando a ejercitar los músculos de la espalda en una máquina.
Su cuerpo, vestido con unos pantalones de entrenamiento y una camiseta sin mangas, era perfecto.
Tenía un aspecto suave en las zonas que me encantaban y estaba tonificado en las zonas que me daban ganas de explorar. Ya basta. Alumna. Alumna. Alumna.
Sí, si lo repetía lo suficiente, tal vez lograra mantener a raya mis pensamientos de mierda. Me acerqué a la barra para hacer dominadas, que estaba justo delante de donde ella entrenaba.
—Hola, doctor Delgado —dijo Landon.
—Buenos días, Landon —respondí, saludando con la mano.
—¿Pensaba hacer dominadas? —preguntó.
—Genial. Siga el ritmo del barco y todo irá bien. Hay que acostumbrarse.
—Lo tendré en cuenta —dije, mirando el espejo para no tener que mirar a los alumnos que habían empezado a ocupar el gimnasio. Nota mental: empezar a venir más temprano .
En el reflejo del espejo, vi que Penélope me levantaba una ceja.
Acepto tu desafío.
Con un salto, me agarré fuerte a la barra y empecé a hacer dominadas. Mis músculos cumplían la tarea con facilidad (solo Dios sabía cuánto tiempo había pasado en el gimnasio para que rindieran al máximo), y me acostumbré a sentirme más pesado al bajar el barco y más liviano al volver a subir.
Alrededor de la repetición número veintidós, cometí el error de mirar a Penélope cuando se sentó en la máquina de hombros.
Tenía los labios levemente separados y los ojos clavados en mi cuerpo mientras bajaba y volvía a levantar mi peso.
Se pasó la lengua por el labio inferior, olvidándose por completo de sus propias pesas, y sentí que me llegaba un segundo aire.
Podría hacer esto todo el día si me mirara así.
Llegué a las veinticinco y seguí.
Entonces cruzamos una mirada en el espejo y me fui del gimnasio. Volví a su habitación del hotel, con su cuerpo bajo el mío, las curvas de su culo perfecto entre mis manos, mi lengua en su boca y sus gemidos en mi oído.
Aparté la vista de ahí, sabiendo que esos pensamientos me causarían una reacción física que sería evidente con mis shorts de entrenamiento.
Llegué a las treinta y cinco, me dejé caer al suelo y me puse a estirar rotando los hombros. Sin mirar a Penélope, fui a la colchoneta más cercana a la puerta y empecé a hacer abdominales, con la esperanza de que, si me esforzaba mucho, tal vez podría quitármela de la cabeza sudando.
Perdí la cuenta de cuántas hice, pero empecé a sentir dolor de abdomen por el ejercicio cuando ella pasó a mi lado.
Se agachó lo justo y necesario para que la oyera mientras hacía la plancha.
—Sí, sí, todos sabemos que hiciste más dominadas que Landon. La tienes más grande.
Me caí de pecho riéndome mientras ella cruzaba el gimnasio contoneando el culo y se subía a la cinta de correr.
Dios, esta chica me iba a matar.