Capítulo trece. Penna
CAPÍTULO TRECE PENNA
LOS ÁNGELES
—¡Ahí estás! —me llamó Pax desde la rampa grande.
Llevaba todo el equipo, el casco bajo el brazo, y estaba hablando con algunos miembros del equipo de filmación.
Era nuestro segundo día en Los Ángeles, pero el primero que los veía.
Cruz me había dejado en casa después de cenar con su abuela y yo había pasado la noche en mi apartamento intentando olvidar y recordar al mismo tiempo todo lo sucedido durante el día.
Sentía que Cruz era un tipo normal aquí, en casa, no mi profesor, y, por mucho que intentara evitarlo, me gustaba.
Me gustaba su sentido del humor. Me gustaba cómo se había ocupado de las cosas que había que hacer en casa de su abuela.
Me gustaba su sonrisa, su risa y que hubiera lavado los platos después de cenar.
Me generaba algo que me gustaba casi tanto como me desconcertaba: esa habilidad para calmar el dolor de mi alma y acelerarme el pulso al mismo tiempo.
Pero después me dejó en casa y volvió a ser el doctor Delgado.
—¿Penna? —dijo Pax, devolviéndome a la realidad de repente.
—Aquí estoy —contesté.
—Eh, chicos. ¿Nos dan un minuto?
Bobby lo dudó un momento, pero luego asintió.
—Por supuesto.
—¿Cómo se siente volver al rancho? —pregunté, señalando la zona boscosa que nos rodeaba.
Hace unos años, Pax había comprado un terreno de ocho hectáreas y lo había llamado Rancho Renegade.
Después, lo había equipado con un taller mecánico de primera calidad, una casa de trescientos setenta metros cuadrados y más rampas de las que podía contar.
—Bien. Va a estar bien volver aquí.
Pasé la mano por el manubrio de su moto. Era raro: la moto que manejaba cuando pasó todo había sido la de él, pero era la mía la que no podía tocar.
—¿A dónde fuiste cuando desapareciste ayer? —preguntó.
—Necesitaba espacio —contesté, encogiéndome de hombros.
De ninguna manera íbamos a hablar de Cruz, y mucho menos de mi gran intento fallido por ver a Brooke.
—Supuse que querrías pasar un día usando las rampas antes de volver al mar.
—Eso esperaba él —dijo Landon, rodeándome los hombros con el brazo. Él también iba equipado y, en ese momento, estaba fulminando a Pax con la mirada—. ¿No? Eso esperabas .
—Eso esperaba —admitió Pax—. Pensé que, al estar en casa, ibas a ser...
—¿A ser qué? —pregunté, cruzándome de brazos.
—Tú.
Se me revolvió el estómago y se me cerró la garganta durante un segundo, hasta que logré tragarme el enfado lo suficiente como para poder hablar:
—Tal vez he cambiado. Tal vez esto —dije, señalándome los vaqueros y la camiseta sin mangas— es lo que soy ahora.
—¡Pero si te luciste como una campeona con la moto de nieve!
—Ah, ¿y ahora está bien lucirse? Porque en ese momento te enfadaste bastante por haber tenido el descaro de hacer un truco así.
—Fue imprudente —espetó Pax.
—Sí, bueno, así soy.
—No la molestes más, Pax. —La voz vino de detrás de mí y me tranquilizó al instante.
—¡Nick! —exclamé. Me di la vuelta, soltándome del brazo de Landon, y vi a Nick sentado a unos metros.
Su pelo rubio estaba un poco más largo y más enmarañado que cuando lo habíamos visto en Dubái, pero tenía más claridad en la mirada y una sensación de paz que hacía mucho tiempo que no mostraba.
Tenía vibras de surfista, como Paul Walker.
Cuando abrió los brazos de par en par, salí disparada hacia él y por poco lo asfixio con un abrazo.
—¿Vamos a caminar? —preguntó—. Bueno, yo voy sentado. Tú caminas.
—Qué gracioso —refunfuñé, pero acepté su propuesta.
Vi que les decía que no con la cabeza a Landon y a Pax, y, aunque este último levantó las manos, nos dejó irnos solos.
—¿Qué te pasa? —preguntó mientras nos dirigíamos al garaje.
—Nada —mentí—. Estoy bien. —¿Cómo iba a explicárselo justo a Nick?
—Sabes que tengo parálisis, ¿no? —preguntó cuando entramos por el portón del garaje.
—Sí...
—Bien. Quería asegurarme de que no pensaras que estoy ciego o algo así. No me funcionan las piernas, pero los ojos sí. Y tú, mi querida Penna, no estás bien. —Giró la silla justo delante de mi moto.
—¿Lo echas de menos a veces? —pregunté.
—Todos los putos días. —Alargó el brazo, pasó la mano por el asiento de mi moto—. A veces sueño que todavía voy en moto. Nunca sueño que camino, pero siempre que voy en moto.
—No sé si podré volver a montar en moto —admití en voz baja—. ¿Eso hace que me odies? ¿Que pueda físicamente, pero no mentalmente?
Me tomó de la mano y lo miré: Nick, que siempre había sido nuestro Nitro, el cuarto miembro del grupo. El motivo del documental, del viaje..., de todo.
El motivo por el que Brooke se había vuelto loca.
—Eres una de las motociclistas con más talento de nuestra generación, y no digo «para ser una chica», sino en la historia.
Eres fuerte, inteligente, talentosa y una temeraria total, cosa que siempre me encantó de ti.
Pero escúchame una cosa. Si decides no volver a subirte a una moto, seguirás siendo todas esas cosas.
La vida es más que ir en moto y, si lo que quieres es dar un paso atrás, tienes todo mi apoyo.
A la mierda las expectativas. A la mierda el documental. Tú más que nadie no me debes nada.
—Hay algunas cosas que no dejan de fascinarme.
¿Esa rampa que mandaste construir para mí en Dutch Harbor?
Era perfecta. El salto BASE, el riesgo, el momento en el que me concentro para superar un reto y se hace un silencio que le gana al ruido...
Eso me encanta. Pero esto... —Alargué el brazo para tocar mi moto, pero la aparté en el último momento—. Siento que esto es imposible.
—Siempre fuiste buena con lo imposible cuando te lo propusiste. Y no te estoy presionando para nada. Este es tu fantasma. Tú eliges si quieres vencerlo o vivir con él.
—Pax no lo ve así.
—Pax todavía cree que estoy en esta silla por su culpa, por haberme retado a hacer un triple frontflip . Le da pánico perderte.
—¿Se puso en contacto contigo?
Se le pusieron los ojos redondos cuando cambié de tema.
—¿Brooke?
—Brooke.
Bajó la mirada, cargada de dolor.
—No. Mira, no pensaba contárselo a nadie, pero esa mañana la he encontrado en la cama con otro.
—¿Qué?
Suspiró y se pasó las manos por la cara.
—La mañana de mi accidente. Volví del rancho antes de tiempo, llegué a casa y la encontré revolcándose con Patrick. Me enfadé muchísimo y ella me suplicó que no me fuera, pero me fui igual. Volví al rancho y ya sabemos lo que pasó después.
¿Qué? Me dio un vuelco el estómago mientras la negación empezaba a treparme por la garganta, lista para gritar y defender a mi hermana. Ella estaba obsesionada con Nick. Pero Nick me miraba directamente a los ojos y nunca antes me había mentido, mientras que Brooke claramente sí.
—¿Por eso después no la querías ver? —¿Cómo pudo haberle hecho eso? Llevaban años juntos y ni una sola vez me había insinuado que... No sería la primera vez que te oculte algo.
—Sí.
—¿Por qué no nos lo contaste?
—Es tu hermana y yo sabía que se sentía culpable por el accidente.
No fue culpa suya, por supuesto. Fui tonto e imprudente y sufrí las consecuencias.
Pero, aunque la odiaba por lo que había hecho, no quería que tú también le echases la culpa.
Sobre todo porque te necesitaba. No se me ocurre ningún evento al que no haya ido a apoyarte ni ninguna vez que te hayas lastimado y no haya ido corriendo para estar contigo. No te merecías perder a tu hermana.
Di un paso dentro de la zona del garaje, desde donde alcanzaba a ver a Pax subiéndose a la rampa. El olor a gasolina era como el perfume más fino y el sonido de los motores acelerando, la música más dulce. Nick se puso a mi lado mientras Pax hacía un flip y caía perfectamente al otro lado.
—Cada vez que intento tocarla, veo el reflector cayendo.
Veo el techo de la pista un segundo antes de perder el conocimiento.
Veo su cara, horrorizada por lo que había hecho; porque, en su intento de darle a Pax, me había golpeado a mí.
Cuando acerco la mano a esa moto, siento que estoy aceptando mi responsabilidad en su caída en la locura...
, como si subirme de nuevo a la moto significara que no me importaba no haber visto lo que estaba pasando ni haber contribuido a que empeorara.
—Esa es una carga muy pesada, Penna —murmuró. No se puso sobreprotector como Landon ni me presionó como Pax. Simplemente me escuchó.
Nos quedamos mirando a Landon, que se subió a la misma rampa y realizó un truco menos complicado que el de Pax, pero igual de impecable. Sentí que se me despertaba el anhelo por el acelerador, la velocidad, la sensación de ligereza al estar en el aire.
—¿Por qué no vuelves con nosotros? Ya sé que no estás montando en moto, pero no es lo mismo sin ti, más allá del documental. Seguro que Pax encuentra la manera de que puedas estar en el barco. No tendrías que tomar clases ni nada, y mi habitación está libre en la suite de ellos.
Apretó los labios y puso cara de dolor, como si le hubiera dolido físicamente.
—Así como tú no estás lista para subirte a esa moto, yo no estoy listo para salir a la luz.
Una cosa es diseñarles los retos, las rampas, el equipo...
Todo eso se hace detrás de las cámaras. Ya sé que, cuando se estrene el documental, tendré que tomar una decisión, pero estoy igual que tú: indeciso.
El día que tenga que salir y mostrarle al público lo que me ha pasado será el día que tendré que admitir que ya está, que no hay ninguna posibilidad de que vuelva a mover los dedos de los pies.
No habrá ninguna posibilidad de aparecer de repente en una exhibición en vivo y recibir los aplausos del público, impactado por la reaparición del siglo.
Es algo ilógico, tal vez, pero volver a salir implicaría aplastar para siempre ese mínimo rayito de esperanza, y la verdad es que no estoy listo.
—Dios, entre los dos no hacemos uno.
—Tal cual.
—Te extraño —dije tomándolo de la mano.
—Yo los extraño a todos ustedes. Todos los días.
En ese momento se nos acercaron Pax y Landon, y por un momento me sentí como antes, cuando solo éramos nosotros cuatro, las motos y las rampas. Nada de patrocinadores. Nada de competiciones. Solo cuatro niños con huesos rotos, la piel magullada y sangrante, y unas sonrisas enormes.
—Me encantaría tener ganas de andar en moto, por si eso hace alguna diferencia —susurré.
Me dirigió una sonrisa con tantos matices que hubiera sido imposible interpretarlos todos: tristeza, orgullo, aceptación... y muchas cosas más.
—Hace toda la diferencia. Y, si eso es lo que quieres, ya sabes que te vamos a ayudar a lograrlo. No hay nada que no hayamos conseguido cuando estamos los cuatro juntos.
Le devolví la sonrisa mientras Pax y Landon bromeaban sobre algo y se acercaban entre risas.
Nick tenía razón. Siempre habíamos sido una familia capaz de lograr cualquier hazaña, dominar cualquier truco y hacer lo imposible cuando estábamos juntos.
Pero mi esperanza duró poco, pues me di cuenta de que solo nos quedaban unas ocho horas juntos. Después ya teníamos que volver al barco.
—¿Están bien? —preguntó Pax, mirándome con cautela.
Forcé una sonrisa y di el primer paso, por pequeño que fuera.
—¿Quieres enseñarme la rampa nueva que están construyendo para el cuatriciclo?
La sonrisa de Pax podría haber iluminado el mundo entero cuando me rodeó con el brazo y me llevó a ver el nuevo diseño de Nick.