Capítulo doce. Cruz #2
Me reí y, con eso, me gané una mirada asesina de las dos mujeres de mi vida. Ubícate. Penélope no es tu mujer. Ni ahora. Ni nunca.
—Está en la tele, Grandma. Y sale en las revistas. Hace cosas muy locas y peligrosas.
—Ah, como Evel Knievel —dijo, asintiendo con aprobación.
—Sí, tal cual —confirmó Penna.
—Bueno, pero qué cosa. Qué bien que tengas una carrera profesional.
Yo soy enfermera. Cuido bebés recién nacidos desde hace veinticinco años.
Te da un propósito que va más allá de ti misma.
Bueno, voy a ver cómo está la comida. Cruz, ¿me das una mano?
—Se levantó y se sacudió un polvo imaginario de los pantalones.
Entorné los ojos.
—¿No me dijiste hace un momento que ni se me ocurriera entrar en tu...?
—Ahora, Cruz —me ordenó desde la puerta.
Salí disparado del asiento al instante.
—¿Vas a estar bien un minuto sola? —le pregunté a Penélope.
—Sí. En realidad... —Se mordisqueó el labio inferior y yo aparté la mirada para no acercarme y decírselo con la boca.
—¿Qué?
—¿Todavía tienes el teléfono activado? Yo lo desactivé porque todas las personas con las que hablo están en el barco conmigo.
—Sí. ¿Quieres que te lo preste?
—Creo que quiero llamar a mis padres —susurró, cerrando y abriendo las manos sobre su regazo.
—Es tuyo —dije, y lo saqué de mi bolsillo trasero—. El código es 1202.
Se le pusieron los ojos redondos por la demostración de confianza que acababa de recibir, tomó el teléfono y dije:
—Si me necesitas, estaré en la cocina.
Asintió, sentada en el sofá, y me alejé antes de que pudiera cuestionarme por qué había hecho eso. No tenía nada que ocultarle (al menos por teléfono), pero aun así era un paso que no hacía falta dar, un límite más que cruzaba.
Entré en la cocina mientras Grandma removía la cena.
—¿Se puede saber qué estás haciendo con esa chica, Cruz? —preguntó, siempre tan directa—. Es una alumna, ¿no? —Ahora me estaba hablando en español para evitar que Penna nos escuchara sin querer.
—Sí —contesté, apoyándome en la encimera.
—¿Es alumna tuya ?
—Sí. —A esa mujer no se le mentía. Nunca lo había hecho, ni pensaba hacerlo.
—Cruz —suspiró, claramente decepcionada.
—La conocí antes de subir al barco. La conocí cuando estuve en Las Vegas con los chicos. —La cocina tenía una luz más tenue de lo normal y, cuando alcé la vista, vi que se había apagado una de las luces empotradas.
—¿Te casaste con ella? —preguntó con ojos pícaros.
—Esto no es una telenovela, Grandma. —Crucé la cocina para buscar otra bombilla en el armario.
—No te preocupes por eso. Ya lo haré yo.
—Haz una lista y yo me ocupo de todo antes de irme mañana —le dije mientras cambiaba la bombilla que se había apagado.
—¿Entonces no sabías que era estudiante?
—No. No lo supe hasta que entré en mi clase de Historia Latinoamericana y me la encontré ahí. —Pasmada. Perfecta. Intocable. Y, aun así, de algún modo, mía.
—Entonces, ¿no son nada? —preguntó con una voz exageradamente inocente.
—Soy su profesor.
—Y ya quisieras enseñarle algo más que historia —dijo, apuntándome con el cucharón de madera—. No soy ciega. Miras a esa chica como si fuera el primer rayo de sol después de una vida de oscuridad.
—Cuánta telenovela, abuela.
—Es la verdad, Cruz.
—No voy a hacer nada que pueda poner en riesgo esto. Solo tengo una oportunidad...
Se dio la vuelta con los ojos desorbitados.
—¿Una sola oportunidad para qué?
Me cago en mi vida. ¿Por qué no cerré la boca, carajo? Respiré hondo y me preparé para que una mujer que pesaba la mitad que yo me comiera vivo.
—La última escala del barco antes de Miami es en Cuba.
—No. Te lo prohíbo. Te vas a quedar en el barco. Ni se te ocurra poner un pie en esa isla, ¿me has entendido?
—Se lo prometí a ella.
—¡Y ahora me lo prometes a mí! —Escupió. Le habría contestado en el mismo tono, pero el miedo en su mirada me frenó en seco.
—No puedo hacer eso. Pero sí te prometo que no voy a correr ningún riesgo innecesario y que solo voy a actuar si es seguro.
—No puedo perderte a ti también —susurró.
—No me vas a perder —le prometí dándole un abrazo.
Recobró la compostura y se alejó.
—Ve a decirle a tu chica..., alumna..., que estamos a punto de cenar.
—Está bien.
Un instante antes de salir de la cocina, me dijo:
—Y, para que lo sepas, me gusta ella.
Me di la vuelta, apoyándome en el marco de la puerta con las dos manos.
—Sí, a mí también, y esa es la mitad de mi problema.
Al salir de la cocina, vi a Penna en el pasillo mirando los portarretratos que lo rodeaban todo. Avergonzado por la idea de que me viera en mi poco agraciada etapa de la secundaria, me acerqué rápidamente.
—Oye, ya casi está la cena. ¿Cómo fue la llamada con tus padres?
—¿Esta es tu madre? —preguntó, pasando por alto mi pregunta, mientras miraba una de mis fotos favoritas.
—Sí. Esa es de cuando acabábamos de llegar aquí.
—¿Dónde está ahora?
—Está muerta. Murió unos diez años después de que le tomaran esta foto.
—Lo siento mucho —dijo.
—Fue hace mucho tiempo.
—Estas son de cuando estabas en el ejército —dijo, cambiando de tema de nuevo. Poco a poco me di cuenta de que ella prefería evitar cualquier cosa demasiado personal.
—¿Cómo te diste cuenta? ¿Por los uniformes? —Me apoyé en la pared y la observé mientras examinaba todas las fotos.
—¿Lo echas de menos? —Se inclinó para ver más de cerca una foto mía en Afganistán.
—Sí. No la guerra, pero sí echo de menos servir. Este país me lo ha dado todo y me gusta devolverle lo que pueda.
—¿Alguna vez has pensado en volver a alistarte?
—Todos los días —contesté con sinceridad—. Sigo considerando meterme en la reserva.
Se dio la vuelta y me dio mi teléfono.
—Tenía razón.
—¿En qué?
Se le levantaron las comisuras de la boca. Habría sido tan fácil acercarme y besarla, tan tentador sentir esa adrenalina que solo ella me provocaba. Pero ya había cruzado más de diez límites éticos con ella ese día y había decidido que ese era un límite que quería dejar intacto.
—Vamos a cenar —dijo, pasándome por al lado.
La atajé de la mano.
—¿En qué tenías razón?
Echó una mirada rápida a la foto y después a mí, y se encendió una inconfundible chispa de calor en su mirada. Había tenido la misma expresión en Las Vegas.
—Te queda increíble el uniforme.
Me sonrió y se me paró el corazón. No, no, no. No es para ti. Le solté la mano antes de ponerme a hacer una estupidez como abrazarla. O hacer que entrara de espaldas en mi dormitorio de la infancia y estamparla contra la pared para borrarle esa sonrisa de la cara a besos.
En lugar de eso, la dejé marchar por su seguridad y por la mía.
Mientras se dirigía a la cocina, apoyé la cabeza en la pared y tomé una gran bocanada de aire. En ese momento quedó más claro que el agua. Lo que había entre nosotros —fuera lo que fuera— terminaría quebrando el autocontrol de un santo.
Y yo no era ningún santo.