Rebel (Renegados 3) Capítulo doce. Cruz
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Capítulo doce. Cruz

CAPÍTULO DOCE CRUZ

LOS ÁNGELES

Le abroché el cinturón de seguridad a Penélope, que tenía la mirada perdida, mientras me ocupaba de su seguridad, ya que ella no lo iba a hacer. No había pronunciado ni tres palabras desde que la doctora Kelley soltó esa bomba que dejó a Penna hecha trizas.

Se le había drenado la vida de la mirada al replegarse sobre sí misma. Dios, quería irrumpir en ese centro de salud mental y gritar el nombre de Brooke hasta que apareciera. Penélope se merecía mucho más que el golpe bajo que acababa de recibir.

Le cerré la puerta, rodeé la camioneta para subir por mi lado, giré la llave para encender el coche y me puse el cinturón de seguridad.

—¿Lista?

—Supongo que sí... —respondió con la voz tan apagada como sus ojos.

¿Cómo podía llevarla a casa en ese estado? ¿Dejarla sola cuando sus amigos ni siquiera se imaginaban lo que había pasado?

—¿A dónde quieres que te lleve?

Empezó a mover los ojos frenéticamente de un lado a otro y el pánico crecía en su mirada con cada segundo que pasaba sin decidirse. Por fin, cerró despacio los ojos, en un claro intento por no llorar.

—La verdad, no me importa.

—Está bien —dije con delicadeza mientras la tomaba de la mano. Eso era cruzar un límite, cualquier contacto físico lo era en realidad. Pero bueno, tampoco podía hacer como si no acabara de actuar como su prometido. No podía verla sufrir de una manera tan evidente y no hacer nada.

Levanté el teléfono y llamé al primer número de la lista de contactos rápidos.

—Hola, abuela, ¿cómo estás? —dije en español, rezando para que Penélope no me entendiera—. Puede que no llegue a la cena hoy.

—De ninguna manera vas a hacer eso, Cruz. Ni se te ocurra —me regañó en español, hablando muy deprisa, en lugar de exigirme que le hablara en inglés.

Sonreí y me la imaginé en la cocina, rodeada de las manzanas que habíamos pintado a mano en mi penúltimo año de secundaria.

—No sé si podré ir.

—Hace semanas que no te veo. Te fuiste con tanta prisa que al final nunca celebramos tu graduación como es debido. Te vienes a casa. Ya.

Dirigí una mirada titubeante a Penélope, que miraba por la ventanilla con los ojos llenos de dolor.

—Está bien, pero tal vez tenga que llevar a alguien.

—Hay comida de sobra.

—No lo dudo. Se llama Penélope.

—Ah, ¿sí? ¿Vas a traer a una chica a casa? ¿En cuánto llegas? —exclamó emocionada. Mierda, nunca había llevado a ninguna chica a casa. La verdad es que ella había sido mi única relación estable con una chica desde los diez años.

—En una hora, más o menos —estimé.

—Los espero.

—No tengo nada con ella —dije con firmeza, esperando que entendiera la indirecta.

—Claro, claro. Tráela a casa, nada más.

Me despedí de mi abuela y puse en marcha la camioneta, pero me tomé un momento más detrás del cartel de «Pare» para mirar bien a Penélope.

Tenía los ojos perdidos y los hombros encorvados, como si no pudiera soportar ni un golpe más. No estaba del todo rota..., pero tampoco estaba entera.

—No hablas español, ¿no? —le pregunté.

—Francés —respondió.

—Bien. Te voy a llevar a un sitio, ¿te parece bien?

—Sí —respondió, aunque seguía sin mirarme a los ojos.

—Penélope —dije en voz baja y esperé a que me mirara. Por fin me miró con sus hermosos ojos celestes empañados por unas cuantas lágrimas que no había derramado—. Sé que ahora no lo parece, pero todo va a ir bien. Vas a estar bien.

—Tienes razón —respondió, pero mi alivio duró poco—. No parece.

***

—¿Dónde estamos? —preguntó una hora después, cuando llegamos a la entrada de la casa de mi abuela, cerca de Echo Park. El barrio había ido perdiendo su espíritu cubano con el paso de los años, pero era mejor que nada, como siempre decía ella.

—En la casa de mi abuela —respondí, y luego me bajé y rodeé la camioneta.

Cuando le abrí la puerta, se arrastró por el asiento hasta tocar el suelo.

Era como si pudiera ver dentro de su mente: la vi encapsular lo que sentía, meter todo lo que acababa de pasar en una cajita y hacerlo desaparecer por un rato con unos parpadeos.

Era la misma transformación ridícula que hacía cuando se le acercaban las cámaras.

—¿Aquí creciste? —preguntó, admirando la casita, que seguramente no sería más grande que su salón. Era parecida a una cabaña, con un caminito empedrado y unos arbustos de un verde intenso que florecían en primavera.

—Sí. Llegamos cuando tenía nueve años y no ha cambiado mucho desde entonces.

Pasó la vista por las flores plantadas cerca del porche y por las persianas de un rojo intenso que destacaban en medio del exterior gris.

—Me gusta —dijo en tono suave, y se le encendió una chispa de vida en los ojos—. Parece un hogar de verdad.

Esa frase me dijo más de su crianza que cualquier cosa que me hubiera podido decir Penna.

—Vamos, te voy a presentar —dije, y la tomé de la parte baja de la espalda para llevarla por el camino—. Una advertencia nada más. Grandma... puede ser un poco invasiva. Seguro que querrá saberlo todo de ti, hasta tu puntaje de crédito.

Penélope se rio, y fue un sonido totalmente mágico.

—No te preocupes por mí. Si puedo con las fiestas navideñas con el gobernador de California, puedo con tu abuela.

—Te sorprendería —dije, arrastrando las palabras.

—Le dices «Grandma», en inglés. No «abuela», señaló.

—¿Esa fue una pregunta? —Dios, me encantaba provocarla.

Puso los ojos en blanco.

—Es que pensaba...

—Penélope Carstairs, ¿me estás juzgando por mi cultura?

Se le sonrojaron las mejillas, pero me sostuvo la mirada sin pestañear.

—No sé cómo responder a esa pregunta.

La miré fijamente hasta que no pude contener la risa y, como recompensa, recibí un arqueo de ceja.

—Cuando nos mudamos, la abuela prohibió el español en casa.

Me dijo que estábamos en Estados Unidos y que a partir de ese momento hablaríamos inglés.

No me permitió volver a hablar español hasta que pude hablar inglés con fluidez.

Para entonces, le gustaba que la llamara «Grandma».

Creo que eso la hacía sentir que lo habíamos logrado: mudarnos aquí, transformarnos. Escondernos .

Subimos las escaleras y Grandma ya había abierto la puerta antes de que cruzáramos el pequeño porche.

—¡Cruz! —exclamó con los brazos abiertos de par en par.

Me acerqué, la abracé con fuerza y levanté en el aire su cuerpo diminuto y redondeado, que no llegaba al metro y medio de altura.

—Te he echado de menos —le dije, cerrando los ojos para impregnarme de su perfume tan familiar.

—¡Bájame! —rio, con unas arrugas un poco más marcadas que el año anterior.

—¿Has crecido? —pregunté mientras la dejaba en el suelo—. Te juro que te siento más alta.

—¡En inglés! —Me dio un manotazo en el pecho con el dorso de la mano y después me señaló con el dedo, como si tuviera diez años otra vez y estuviera aprendiendo a vivir en Estados Unidos.

—Perdón —le dije a Penna, que nos miraba con una sonrisa cálida—. No me había dado cuenta de que había cambiado de idioma.

—No hay problema —respondió con un gesto de la mano.

—Grandma, ella es Penélope. Penélope, ella es mi abuela. Ella me crio, así que, si tienes alguna queja, se la dices a ella.

—Lo tendré en cuenta —respondió con una sonrisa.

—Vamos para adentro. No te vendría mal una buena comida —dijo Grandma, haciendo pasar a Penélope.

La casa olía celestialmente, y se me cerraron los ojos mientras soltaba un suspiro.

—Qué bien huele.

—Ropa vieja —me dijo la abuela, guiñándome un ojo, mientras llevaba a Penna al salón—. Me imaginé que la extrañabas.

—Sí, muchísimo. ¿Te ayudo con algo?

—Ni se te ocurra entrar en mi cocina —me advirtió, sacudiendo el dedo—. Bueno, Penélope, sentémonos, así nos conocemos.

Se sentaron en el sofá y yo me acomodé en el sillón reclinable, con la esperanza de que mis emociones se calmaran de una vez por todas o, por lo menos, se decidieran un poco.

—Tienes una casa preciosa —le dijo Penélope, mirando con admiración los marcos desiguales que había colgados encima de la chimenea, con tanta admiración que supe que lo decía en serio.

—Gracias. Me dicen todo el tiempo que la casa vale una pequeña fortuna si quisiera venderla, pero creo que por fin la tengo como me gusta. Además, aquí crie a Cruz.

—Sí, es comprensible —dijo, asintiendo sutilmente con la cabeza.

Algo me decía que lo comprendía de verdad.

Puede que fuera una niña rica, pero me di cuenta de que el dinero era lo único con lo que la habían consentido.

Nosotros nunca habíamos tenido demasiado, pero siempre me habían dado muchas atenciones.

Hay tantas maneras distintas de ser pobre.

—Cuéntame, ¿a qué te dedicas, mi niña? —Grandma entornó apenas los ojos marrones y supe que había empezado la inquisición.

—Grandma...

—No pasa nada —me aseguró Penna—. Estoy en el último año de la UCLA. Me gradúo en junio, después de bajar del barco en Miami.

No pude evitar la mirada de reojo nada sutil que me lanzó Grandma.

—Así que estás en el barco con Cruz.

—Exacto —confirmó.

—Eres estudiante.

—Sí. Pero también tengo un trabajo a tiempo completo.

La abuela arqueó las cejas.

—Qué bien. Las mujeres tienen que poder valerse por sí mismas. ¿De qué trabajas?

—Soy atleta profesional.

La abuela ladeó la cabeza mientras evaluaba el cuerpo de Penna sin disimulo. Estuve a punto de decir algo, pero Penna me indicó con una mirada que podía sola.

—¿Natación? ¿Atletismo? ¿O eres una de esas chicas de la NFL que muestran demasiado?

A Penna se le iluminaron los ojos y quise darle un beso a Grandma por haberle provocado esa reacción.

—En realidad, hago motocross freestyle. Sobre todo eso.

—¿Motocross? ¿Con motos? —Grandma se le acercó un poco. Dios, podría haberme quedado mirando a esas dos todo el día.

—Exacto.

—Así que eres una motera.

Penélope abrió los ojos de par en par.

—No es para tanto. Quiero decir que no estoy en una pandilla ni nada de eso.

—Bueno, pero eres una Renegade —bromeé.

—Eso no es una pandilla —escupió Penna.

—No le hagas caso —le indicó la abuela—. Quiere ver cuánto te puede pinchar hasta que se la devuelvas.