Capítulo once. Penna #2
Ahora bien, si tan solo mi libido lo entendiera.
—¿Y estás triste por tener que irte de Los Ángeles? —pregunté, cambiando de tema para pasar a algo menos arriesgado.
—Un poco. Es mi hogar desde los nueve años. Me emociona tener una nueva oportunidad, pero definitivamente voy a echar de menos el clima.
—¿Por qué no se instalaron en Florida o en algún lugar con una comunidad cubana más grande? Supongo que no debe haber sido fácil dejarlo todo atrás.
—No, no fue fácil. Pero sabíamos que Miami y esas comunidades eran los lugares donde primero nos buscarían. Necesitábamos integrarnos en nuestro nuevo país.
—Se estaban escapando de alguien. —Me metí en un territorio que no tenía ningún derecho a pisar—. ¿Puede ser que haya sido la persona que te quemó el brazo? —Me lanzó una mirada fugaz.
—Parecía una quemadura de cigarrillo —dije en tono suave.
—De cigarro, en realidad. Mi padre no es un hombre bueno. —Apretó el volante con las manos—. Yo pensaba que mi abuela había alquilado un bote pesquero para pasar el día. Ese día se convirtió en tres cuando se paró el motor, pero llegamos a los Cayos.
—Debías estar aterrado. —No podía concebir tener que atravesar algo así siendo tan pequeña, ni nunca, en realidad. Hablaba de una desesperación que yo nunca había experimentado.
—Nunca tuve tanto miedo en ese bote como el que pasé todos los días que viví en su casa.
—¿Y tu madre volvió?
—Sí, volvió. —Su tono terminante me indicó que era un tema cerrado.
Los últimos kilómetros transcurrieron en un relativo silencio, hasta que llegamos al largo y sinuoso camino que llevaba al Robledal del Musgo—.
¿Nerviosa? —preguntó con delicadeza cuando vimos el complejo.
Parecía más bien un centro turístico que un manicomio...
o un centro de salud mental, como se le llamara.
—Este lugar es un desierto. Mira ese cactus. —Pasé por alto su pregunta y las náuseas que me revolvían el estómago.
—Definitivamente, no hay ni robledales ni musgo —coincidió, mientras dejaba el coche en el estacionamiento libre más cercano.
—¿Ves? —Asentí con la cabeza, tal vez demasiado enfáticamente—. Parece publicidad falsa.
—Penélope —murmuró, y luego esperó hasta que me sintiera lo bastante fuerte como para mirarlo. Su paciencia, la seguridad con la que siempre me esperaba hasta que tomara una decisión, era una de sus cualidades más atractivas.
—¿Quieres que entre contigo?
—Sí, por favor —respondí al instante. No había imaginado hacer este viaje con nadie, pero al estar allí con él con él, no me imaginaba haciéndolo con nadie más.
Me bajé de su camioneta de un salto y me encontré con él frente a mí.
—Te habría abierto la puerta si hubieras esperado un segundo —me dijo.
—Yo puedo abrirme la puerta sola —repliqué mientras subíamos los anchos escalones de hormigón que llevaban a la entrada de la recepción.
—La caballerosidad no es misoginia —me replicó.
—Bien dicho —respondí, y le sonreí agradecida cuando me abrió la puerta para dejarme pasar. Me apoyó la mano en la curva de la espalda durante un segundo y por poco me acerqué solo para volver a sentirla.
Esperamos junto al mostrador de recepción hasta que apareció una mujer menuda que parecía tener unos cuarenta y tantos años. Con ojos amables y una sonrisa cálida, nos preguntó en qué podía ayudarnos.
—He venido a visitar a mi hermana —dije, con la voz mucho más fuerte que mi estómago.
—¿Nombre?
—Brooke Carstairs. Yo soy Penélope Carstairs. —Saqué mi documento del bolsillo trasero.
—Perfecto. Por aquí. Voy a avisarle que ha venido. —Le lanzó una mirada a Cruz—. Solo familiares.
—Es mi prometido —respondí de inmediato.
Por suerte, el hombre ni se inmutó. Me rodeó la cintura con el brazo, abrazándome de costado con una familiaridad que le daba credibilidad a mi mentira.
La enfermera me miró la mano izquierda desnuda sin disimulo.
—Le pedí que lo dejara en casa —dijo Cruz con voz calmada y tranquilizadora—. Brooke todavía no lo sabe y queríamos estar seguros de que estuviera en un buen momento de su recuperación antes de decírselo.
Fue una mentira tan perfecta que por poco me la creo.
La enfermera se derritió visiblemente de ternura.
—Por supuesto. Qué atentos. ¡Los felicito! Vengan por aquí, por favor. —Nos llevó por una puerta y cruzamos un pasillo amplio y fastuoso. Mis padres debían pagar una fortuna para que Brooke estuviera allí, a juzgar por las obras de arte que lo decoraban.
—¿Cómo se conocieron? —preguntó mientras nos hacía pasar a una sala que decía «Visitas dos». Tenía la disposición de una sala de estar hogareña, con sillones de cuero color café, bibliotecas repletas de libros y una iluminación acogedora.
—En un bar de Las Vegas —respondí distraída.
—La vi dar una paliza a un tipo que la había tocado y supe que tenía que conocerla —agregó Cruz, mirándome con adoración—. Nunca deja de sorprenderme.
Tenía unas ganas terribles de caer en esa mentira, de creer que estábamos en una relación, de tenerlo de mi lado, apoyándome, protegiéndome, levantándome cuando no encontraba la manera de ponerme en pie y poder hacer lo mismo por él.
—Ay, son tan tiernos —dijo, arrugando la nariz—. Ya vuelvo con Brooke. —Cerró la puerta al pasar, dejándonos solos a los dos.
Me dejé caer en el sofá y me cubrí la cara con las rodillas.
—¿Necesitas un cubo de basura? —preguntó.
—No —contesté, inhalando por la boca y exhalando por la nariz para calmar la sensación de revoltijo en el estómago.
—¿Quieres contarme lo que estás pensando?
Negué con la cabeza, levantándola.
—No. Sí. No.
Se sentó a mi lado y el calor que emanaba de su cuerpo atravesó la tela de mis vaqueros.
—Lo que sea que estés sintiendo está bien. Tienes derecho a estar enfadada con ella, sobre todo después de lo de las cartas. Tienes derecho a abrazarla, a echarla de menos, a quererla. Tienes derecho a odiar lo que hizo y a perdonarla. Aquí ningún sentimiento está mal.
Fijé la mirada en la segunda aguja del reloj de la pared, que estaba colgado entre dos ventanas grandes.
—La última vez que la vi, yo iba en una camilla. La veía borrosa (estaba sufriendo mucho dolor) y no entendía por qué no se subía a la ambulancia conmigo. Recién más tarde me enteré de que había sido ella la que...
Me tomó de la mano en un gesto completamente platónico que, sin embargo, era justo lo que necesitaba.
—No sé ni qué le voy a decir. Lo único que necesito es verla. Necesito entender.
Me dio un apretoncito en la mano, pero no habló. Hasta ese momento no me di cuenta de lo mucho que necesitaba que alguien me escuchara sin juzgarme ni tener su propio sesgo, sin conocer la historia completa.
Se abrió la puerta y me levanté con una ansiedad que me hacía temblar de pies a cabeza, algo que nunca antes me había ocurrido.
Entró una mujer alta y pelirroja. Llevaba el pelo recogido en un rodete francés perfecto y su bata blanca estaba impoluta. Con una sonrisa amable y la mirada fija, me tendió la mano.
—¿Penna? Soy la doctora Kelley. Brooke es mi paciente.
—Un gusto —respondí automáticamente, mientras mi mirada se dirigía directamente a la puerta cerrada—. ¿Ya viene Brooke?
—Bueno, ¿nos sentamos un momento?
Se sentó en el sofá que estaba frente al nuestro y yo volví a mi asiento.
—¿Ha pasado algo malo?
—No, no es para tanto —respondió—. Lo siento mucho, pero Brooke no va a recibirlos.
En el tiempo que me llevó parpadear, se me entumeció el cuerpo. La única sensación física que registraba provenía de la mano de Cruz.
—¿Hoy? —pregunté—. Solo voy a estar en la ciudad hoy y mañana. Después no vuelvo a Estados Unidos hasta mayo. Puedo volver mañana, si está ocupada.
—Mañana tampoco va a poder ser. Simplemente, no está lista para recibir visitas. —Su tono era tranquilo y apaciguador, pero yo lo oía como si fueran uñas rasguñando una pizarra.
—Pero ella recibe a mis padres —dije, desesperada por tratar de entender.
—Sí, a ellos los recibe.
La verdad me golpeó con una punzada de dolor que me habría derribado si ya no estuviera sentada.
—Usted cree que no está lista para recibirme por lo que pasó.
No importaba que fuéramos hermanas desde la infancia, que todos mis buenos recuerdos la incluyeran de un modo u otro.
Los años en los que había sido mi mejor amiga, mi única confidente en un mundo en el que todos querían conocer mis secretos, no le importaban a esta mujer.
Para ella, una vida de momentos compartidos se había borrado en el instante en que se cayó ese foco en Dubái.
Para ella, mi relación con mi hermana siempre estaría marcada por el peor día de nuestras vidas.
Me veía como un obstáculo en la recuperación de Brooke.
—Es cierto que todavía está muy delicada y que nos queda un largo camino por delante para comprender lo que le pasa, pero esto no fue por ninguna recomendación mía.
Un momento. ¿Qué?
Si esto no era por la doctora Kelley...
—Pero... Pero fue gracias a mí que Pax no presentó cargos. Le pedí a Brandon que hiciera un trato con las autoridades de Dubái. Me aseguré de que no fuera a la cárcel por lo que había hecho para que pudiéramos ayudarla. Para que pudiera venir con usted.
—Lo sé.
Mi mente empezó a ir a toda velocidad, tratando de escapar del tsunami emocional que se me venía encima. Todas las explicaciones lógicas se desmentían al instante, sin darme tiempo a expresarlas, y solo me quedaba la única que no quería oír.
—He estado tratando de ponerme en contacto con ella desde lo que pasó. Me rechazó las llamadas y devolvió mis cartas, y no sé qué más hacer. Dra. Kelley, lo único que quiero es ver a mi hermana. —Se me quebró la voz con la última palabra.
—Pero ella no quiere verte.
Me alcanzó el maremoto, ahogándome sin darme ni un instante para tomar aire.