Rebel (Renegados 3) Capítulo once. Penna
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Capítulo once. Penna

CAPÍTULO ONCE PENNA

LOS ÁNGELES

En febrero, no había muchos lugares en Estados Unidos mejores que Los Ángeles. Aunque, pensándolo bien, era mi hogar, así que mi opinión seguramente estaría bastante sesgada.

—¿Segura de que no quieres venir con nosotros? —preguntó Leah, que bajaba por la rampa delante de mí de la mano de Pax.

Desembarcar era muchísimo más rápido con nuestros pases VIP: otra ventaja más de que Pax fuera el dueño del barco.

—Segurísima —respondí. Estaba feliz de poder pasar dos días enteros sin tener que ver su despliegue de amor.

Con Pax y Leah, y también con Landon y Rachel, nuestro grupo se había convertido en una película romántica de Hallmark que no terminaba nunca...

, pero no es que estuviera celosa. Bueno, quizá un poco celosa sí.

Nos saludamos al final de la rampa y les volví a prometer que al día siguiente iría a la casa de Pax para practicar en las rampas. Bueno, en realidad, que practicaran ellos y yo tal vez reunía el valor necesario para sentarme en mi puta moto.

Me deslicé por el cuero mullido del asiento trasero de la limusina y el chofer cerró la puerta.

—¿A dónde? —preguntó mientras nos dirigíamos a la salida del puerto.

—A mi apartamento, por favor —respondí—. ¡Espera!

El coche se detuvo con un chirrido junto a Cruz, que caminaba solo con la mochila de montaña al hombro. Bajé la ventanilla.

—¿Qué haces? —le pregunté.

—Voy al estacionamiento a buscar mi camioneta —respondió con una expresión que decía «¿qué carajo te parece que estoy haciendo?».

—¿Tienes la camioneta estacionada aquí?

—Le pedí a un amigo que la dejara aquí anoche. Tengo amigos, por si no lo sabías.

—Sí, creo que los vi en el bar de Las Vegas —respondí antes de poder pensarlo mejor—. Súbete, que te llevamos.

—No es buena idea.

—Ay, por favor. Ese estacionamiento está por lo menos a un kilómetro después de pasar el resto de estos cruceros. Te estoy ofreciendo llevarte en coche, no desnudarme. De hecho, te prometo todo lo contrario: me dejo toda la ropa puesta.

Se le iluminó el rostro con una sonrisa y esos hoyuelos adorables que casi nunca aparecían.

—¿Segura?

—Súbete —dije, mientras abría la puerta y me deslizaba a un lado para hacerle lugar.

Miró por encima del hombro para asegurarse de que estábamos solos (y lo estábamos) antes de subirse a mi lado.

—¿A dónde, señor? —preguntó mi chofer.

—Tienes chofer.

—Tengo un servicio. Ahora dime dónde está tu camioneta, así no perdemos la mitad del tiempo discutiendo aquí.

—Bueno. Está estacionada en el V-19. Es una F-250 negra de cuatro puertas.

—Sí, señor.

Arrancó el coche y Cruz se apoyó en el reposacabezas.

—No podríamos ser más diferentes, ni aunque viniéramos de dos planetas distintos.

—Y, sin embargo, acabamos en el mismo barco.

Me miró con esos ojos deslumbrantes, tan profundos que quería zambullirme en ellos.

—Es verdad. A ver, cuéntame, Penna. —Por poco se atraganta con mi nombre—. ¿Qué vas a hacer en tu receso?

—Voy a ir a ver a mi hermana —le dije—. Tú eres el único que lo sabe.

Levantó las cejas.

—¿No se lo has contado a ninguno de tus amigos? ¿Te van a llevar tus padres?

—No. No quiero contarles lo de las cartas. Y los demás Renegades... No lo entenderían. Es que necesito verla. Si no me atiende las llamadas ni lee mis cartas, tengo que intentar esto.

No trató de convencerme de que no lo hiciera, como habrían hecho los demás; tampoco me recordó que nos había traicionado, que casi me mata ni que estaba loca. Se limitó a asentir mientras el coche frenaba junto a la camioneta que supuse que era suya.

—Bueno, busca tu bolso.

—¿Cómo dices?

—Que. Busques. Tu. Bolso. Ya sé que tengo acento, pero tampoco es tan marcado como para que no me hayas entendido. —Tenía la mano apoyada en la manija del coche, pero sin abrirlo.

—¿Por qué?

—Porque no vas a ir a ver a tu hermana sola. Puede que te esté costando contarles a tus amigos lo que está pasando. Quizá te sientes culpable por extrañarla (y es una emoción humana completamente normal), pero no te voy a dejar hacer esto sola. Así que busca el bolso que te llevo.

—Pero... Pero tengo coche. —Bueno, hasta a mí me parecía pésima esa excusa.

—Está bien, pero hagamos como si no fueras hija de unos millonarios del mundo tecnológico y como si no hubieras ganado más de un millón tú sola el año pasado...

—Pero ¿cómo...? —balbuceé.

—Google. Ve a buscar tu bolso y haz como si fueras una persona normal. Súbete a la camioneta.

—Eres mi profesor.

Apretó la mandíbula y le latieron los pequeños músculos del costado del rostro un par de veces.

—Y tú eres mi alumna. Pero resulta que me importas. No vamos a cruzar ni un solo límite —gruñó, pero parecía que se lo decía a sí mismo—. Pero, por favor, no lo hagas sola. Déjame que te lleve o cuéntaselo a alguno de tus amigos. Esa chica, Leah, parece muy buena.

—Sí, lo es, y sé que me acompañaría, pero no lo entendería nunca. —Bajé la voz y la mirada—. Brooke casi la mata en Marruecos.

—Entonces, súbete a la camioneta, Penélope.

Lo miré a los ojos cuando dijo mi nombre completo.

No tenía la expresión distante con la que me había mirado en las últimas dos semanas y media.

No, se veía como el tipo que había conocido en Las Vegas, el hombre que me había tenido la suficiente confianza para saltar con un paracaídas que no había empacado él.

Y parecía que ahora me tocaba saltar a mí.

—Está bien.

Tras esperar un par de minutos y cancelar el servicio de choferes, ya me había abrochado el cinturón en el asiento del acompañante de la camioneta de Cruz y estábamos saliendo del puerto.

El interior de cuero blando estaba meticulosamente limpio, lo que me hizo preguntarme cómo estaría su camarote.

Dudaba mucho que hubiera ropa desperdigada por todas partes, como en el mío.

—¿A dónde vamos? —Señaló con un gesto el GPS.

—Creo que queda a una hora de distancia. ¿No pasa nada?

—En absoluto.

Puse la dirección mientras él enganchaba su teléfono en el soporte y, después, me recosté contra el asiento.

De vez en cuando, le echaba unas miraditas furtivas a su silueta mientras conducía por el monstruoso y eterno tráfico de Los Ángeles.

Podía repetirme todas las veces que quisiera que era mi profesor, pero eso no cambiaba el hecho de que fuera el hombre más increíblemente hermoso que hubiera visto en la vida y, para alguien que siempre estaba rodeada de hombres hermosos... , bueno, no era poco decir.

—¿Twenty One Pilots? —pregunté cuando empezó a sonar su música.

—¿Por qué te sorprende tanto? Tengo veintisiete, no setenta. —Levantó una comisura de la boca con una sonrisita burlona.

De alguna manera, sentía que esos cinco años que nos separaban eran como el Gran Cañón.

—¿Seguro? Porque yo vi tu colección de corbatas.

—Retira lo dicho —dijo boquiabierto.

—No. Admite que tienes gusto de viejo para las corbatas.

Salimos a la carretera y me sentía más liviana con cada kilómetro que Cruz nos alejaba del Athena .

—No es justo. Me avisaron con veinticuatro horas de antelación para hacer la maleta y subir al barco.

—¿Entonces fuiste a comprar tu vestuario al armario de mi abuelo? —Era muy divertido molestarlo.

—¡Claro que no!

—Te metiste en una tienda grande y te llevaste las primeras diez corbatas que viste.

Me echó una mirada fugaz, pero sin quitar los ojos del camino demasiado tiempo.

—Doce.

—¿Cómo? —pregunté, girándome en el asiento para mirarlo de frente.

—Me llevé las primeras doce corbatas que vi.

—¡Y así la verdad sale a la luz!

—Bueno, cuando estaba en el ejército solo tenía una corbata. Era negra y combinaba con mi uniforme azul. Después no tuve mucha ocasión de usar corbata en el posgrado, hasta que tuve que dar clase a los alumnos, y para entonces ya ni me importaba. ¿Por qué pones esa cara? ¿En qué estás pensando?

Ladeé la cabeza.

—Solo te imaginaba con el uniforme azul del ejército. Mi imaginación lo aprueba.

—Penélope —me advirtió, pero me di cuenta de que estaba conteniendo una sonrisa.

—En mi cabeza, estoy viendo toda una escena como la de la película Oficial y caballero —admití.

Negó con la cabeza, por fin con una sonrisa plena que dejaba ver esos hoyuelos irresistibles.

—Sabes que eso es de la Marina, ¿no? No del ejército.

—¿Qué más da? Cuando entra así de la nada y se lleva en brazos a la mujer a la que ama... Eso es legendario. No se me ocurre ningún tipo que conozca capaz de hacer algo así. Ni siquiera Landon ni Pax, que están completamente enamorados de sus chicas.

Soltó un resoplido escéptico y su sonrisa se volvió burlona de nuevo.

—¿Qué? —pregunté, esperando que soltara otro comentario haciéndose el gracioso. No se echaba atrás ni se dejaba pasar por encima cuando lo pinchaba; esa era una de las cosas que me encantaban de él.

—Eso es porque siempre te has juntado con niños.

—Ah, ¿sí?

—¿Tus amigos? Todos niños. ¿Esos Renegaditos que los siguen?

Niños. Saltar desde un avión y dar una vuelta en el aire con una moto no te hace hombre.

Servir a un propósito más grande que uno mismo, sacrificarse por alguien a quien se ama, entender la naturaleza del sufrimiento real y esforzarse por aliviarlo a los demás, no solo a uno mismo... Eso es ser hombre.

—Tengo amigos que entran en esa definición.

—No, no del todo. Por eso sigues soltera.

Me enderecé y me crucé de brazos.

—Ah, ¿es por eso?

Me clavó una mirada que bien podría haber causado el calentamiento global.

—Eres una mujer muy cabezota, independiente y testaruda, rodeada de un mar de niños.

Lo que necesitas es un hombre . Uno que no te frene, pero que tampoco te tenga miedo.

Uno que sepa mantener el fino equilibrio entre dejarte volar y protegerte para que no te caigas.

La verdad, no creo que ninguno de esos niños supiera qué hacer contigo si llegaran a ponerte las manos encima.

Pero tú sí lo supiste. Tú lo sabes.

Me acomodé en el asiento y aparté la mirada antes de que ninguno de los dos dijera lo que flotaba en el aire. Cruz era ese tipo de hombre.

Solo que no podía ser mi hombre.