Rebel (Renegados 3) Capítulo diez. Penna #3
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Capítulo diez. Penna #3

—No estoy segura —respondí con sinceridad—. Quiero ver a mis padres, pero siempre están ocupados. —Sabía exactamente lo que quería hacer, pero no estaba segura de si los demás Renegades lo entenderían ni de si me dejarían ir sola.

—Sí, yo necesito hacer lo mismo. Ya sé que los vi antes de los X Games, pero me van a matar si voy a la ciudad y no paso a verlos. Se me ocurrió juntar provisiones de Coca-Cola Cherry, porque en este barco solo tienen Pepsi. Y estoy rezando para que Landon y mi padre no se maten durante la visita.

—Uy, sí, mucha suerte con eso. —Landon y el padre de Rachel no se podían ni ver a causa de un acuerdo de patrocinio de mierda que había destrozado su relación una vez... Por poco dos.

Se abrieron las puertas de nuestra cubierta y salimos al vestíbulo. Hice un gesto de dolor al acomodarme la mochila.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Me golpeé las costillas con el manubrio cuando caí, pero no es nada, así que no me mires con esa cara.

Levantó las manos con las palmas abiertas.

—Eres una profesional. Si dices que no es grave, te creo.

—Gracias. Cruzamos el pasillo angosto y pasamos por la oficina en la que casi me había atrapado besando a Cruz, pero, gracias a Dios, no dijo nada.

—¿Nombre? —preguntó el encargado del correo cuando nos acercamos a la mesa.

—Penélope Carstairs —le dije.

—Hola, doctor Delgado —dijo Rachel.

—Hola, Rachel —dijo él con ese acento hermoso—. Penna.

Había pasado solo un día, pero ya echaba de menos la manera en que decía «Penélope».

Qué barco más pequeño. Maldije mi suerte, pero aun así lo miré por encima del hombro.

Era una ley de la naturaleza: si Cruz estaba en la habitación, yo lo miraba.

Luego lo deseaba, añoraba lo que podríamos haber sido y sentía odio por nuestras circunstancias.

Esa dinámica se había instalado en nuestra relación desde que habíamos embarcado hacía diez días.

—Car... Carlson... Carstairs. Tuyo —dijo el encargado, dándome un paquete del tamaño de una caja de zapatos.

—Gracias —contesté, distraída, mientras revisaba la etiqueta del remitente. «Robledal del Musgo». Antes incluso de llegar al vestíbulo, ya había rasgado la cinta de embalaje hasta el cartón para abrirlo.

Las solapas se abrieron fácilmente, revelando su contenido, y por poco se me aflojaron las rodillas.

—No, no, no... —susurré, haciendo equilibrio con el paquete en un brazo mientras revolvía el contenido con la mano libre—. Están todas aquí.

—¿Qué cosa? —preguntó Rachel.

—¿Por qué? ¿Por qué haría...? No lo entiendo.

—¿Cómo podía ser que estuvieran todas aquí?

Tenía que haber alguna explicación; por lo menos, eso fue lo que me dije a mí misma para evitar que se me fuera la cabeza.

A duras penas pude contener el impulso de hacerme una bolita y retraerme del mundo como había logrado hacer ella.

—Penna —insistió Rachel.

Levanté la mirada con los ojos empañados, pero aun así distinguí a Cruz, que me miraba desde las escaleras con expresión preocupada. Sentí algo tibio que me bajaba por las mejillas y él se me acercó unos pasos antes de detenerse, con su propia carta apretada en la mano.

—¿Qué hay ahí dentro? ¿Por qué lloras? —preguntó Rachel en tono suave.

No aparté la mirada de Cruz.

—Son todas las cartas que le he escrito a mi hermana desde que pasamos por Dubái, desde que la ingresaron en el Robledal del Musgo.

A él se le suavizó la mirada y dejó caer los hombros, como si sintiera y cargara con el peso de mi dolor.

—¿Todas las cartas? —Rachel miró dentro de la caja.

—Creo que sí. Y están todas sin abrir.

—¿Es posible que no la dejen recibir cartas?

—No, mis padres le escriben todo el tiempo y sí reciben respuesta.

—Ah.

Me sequé las lágrimas que me caían por la cara con un gesto brusco.

—Está bien. Todo va a ir bien. Todo está bien.

Hice lo posible por recomponerme, sabiendo que las cámaras podían venir a grabarme en cualquier momento, incluso ahora.

Brooke no quería ni atenderme el teléfono ni abrir mis cartas. Mi hermana, mi otra mitad. No quería saber nada de mí y eso me dolía más que las costillas doloridas.

—Por favor, no se lo cuentes a Pax ni a Landon. No saben que le he estado escribiendo.

—Bueno —murmuró Rachel y me quitó la caja de las manos cuando empecé a temblar por el esfuerzo que me suponía mantenerme en pie y no ir corriendo con Cruz para rogarle que volviera a saltar conmigo desde una rueda de la fortuna, para dejar atrás todo el dolor.

—Ella los traicionó.

—A ti también te traicionó —susurró Rachel.

Había saboteado todos los retos y estuvo a punto de matar primero a Leah y después a Pax, pero nunca había querido atacarme a mí.

Incluso en ese último accidente, en el que lanzó el reflector que me aplastó la pierna, ella creía que yo era Pax.

Nunca me habría hecho daño a propósito. Tal vez por eso no podía evitar tratar de ponerme en contacto con ella.

Pero ella no quería tener contacto conmigo.

Habría preferido pasar tres meses más con la pierna inmovilizada que seguir sintiéndome así.

—En realidad, no. Hasta ahora no me había traicionado.