Rebel (Renegados 3) Capítulo diez. Penna #2
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Capítulo diez. Penna #2

No frenó ni me abrazó. Me agarró de los hombros con las dos manos, con los ojos pardos llenos de furia, y me llevó de espaldas hacia la fila de personas que había detrás de nosotros.

—¿En qué carajo estabas pensando?

—¿Qué? —le respondí, también gritando—. ¿En serio vas a darme un sermón después de lograr una cosa así? Hacía un año que no lo hacía y me salió impecable.

—¡Justamente! Hace solo un mes que te quitaron el yeso. Y sé que ni siquiera has tocado las pesas...

—¿Estás insinuando que estoy fuera de forma? —Me quedé boquiabierta. Una cosa era saberlo yo, pero otra muy distinta era que Landon viniera a decírmelo a la cara.

—¡Sí, es verdad! No esperes que te trate como a una niña, Penna, cuando los dos sabemos que nunca has tolerado que te traten así. Así que, si me tiras mierda, te la voy a devolver. ¡Podrías haberte matado!

—¡Pero no pasó nada!

—¡No tenías por qué ponerte a intentar un truco como ese! ¡Estuviste veinte minutos de mierda en la moto de nieve después de tanto tiempo sin hacer nada!

—Claro, pero tú sí tenías por qué ponerte a hacer snowboard a seis mil cuatrocientos metros sin aclimatarte a la altitud.

—¡Y mira lo que terminó pasando! ¡Por Dios, Penna!

—¡Me salió bien!

—¿Y si no te salía bien? ¿Y si te rompías el cuello?

—¡No tengo que darte explicaciones, Landon!

—¡No me vengas con esa mierda! ¡Entre nosotros nos damos explicaciones y nos ocupamos de que el otro se haga responsable de sus actos! ¿Sabes lo que pasa cuando no lo hacemos? Nick termina en silla de ruedas.

—Y Brooke me lanza un foco encima. Sí, tengo muy claras las consecuencias y ahora estoy pagándolas. Ahora, ¡te pido que dejes de tratarme así!

—¿Así cómo?

—Como a una... ¡chica!

—Por si no lo sabías, tú eres una chica.

—¡Sabes bien lo que quiero decir, Landon Rhodes!

—Eh, chicos —interrumpió Pax, que se acercó por detrás y nos puso una mano en el hombro a cada uno—. No está bien que mamá y papá se peleen delante de los niños, ¿entendido?

Eché un vistazo a la fila de Renegades que nos miraban y me di cuenta de que no todos eran Renegades. Algunos eran los de la travesía con raquetas de nieve, liderados por Cruz, que estaba delante y en el centro, con los ojos encendidos y la mandíbula apretada.

¿Qué más da lo que piense él? De todos modos no le interesas.

Me obligué a apartar la mirada y concentrarme en Pax.

—¿Tú también me vas a dar un sermón?

—No —respondió—, creo que Landon lo hizo bastante bien por los dos.

Landon y yo nos miramos a los ojos y él tragó saliva con el rostro apagado por una expresión sombría y triste.

—No puedo perderte a ti también, Penna. No podemos.

—Estoy bien —dije, esta vez en un tono más suave.

—Sí, físicamente —añadió Pax.

—¡Qué épico, Rebel! —dijo Alex, acercándose en moto de nieve para chocarme los cinco.

—Gracias —murmuré.

—¿Ven? Él piensa que estuvo bien —dije cuando se alejó.

—Alex es bastante tonto para todo menos para el snowboard —me discutió Landon mientras Pax se iba a hablar con Cruz. Nunca antes se había cruzado en nuestro camino una excursión de alumnos.

—No quería asustarlos.

Landon negó con la cabeza.

—Creo que querías asustarte a ti misma o demostrar algo. No sé qué es peor.

—Yo nunca fui de ir por lo seguro.

—Pero tampoco hace falta ir por lo estúpido. —Se alejó y ocupó su lugar el equipo de filmación. Genial.

Por el rabillo del ojo, vi que Pax hacía gestos hacia las rampas, seguramente explicándole a Cruz cómo se armaba. Al Dr. Delgado , me recordé.

—¡Estuvo espectacular, Rebel! ¿Qué te inspiró para hacer un backflip después de tanto tiempo? —preguntó Bobby haciéndome un gesto para que sonriera.

Mantuve la fachada de Rebel, le dediqué una sonrisita tímida a la cámara y me encogí de hombros levemente.

—No lo sé muy bien. Quería sacudirme el polvo. —Les guiñé el ojo y me dispuse a ir con Pax.

Sin embargo, cuando me estaba acercando a Cruz, Pax se fue con Leah. Habría sido demasiado obvio si me hubiera dado la vuelta y hubiera cambiado de dirección, así que me quedé al lado de Cruz mirando a Alex prepararse para usar mi rampa.

—¿Cómo diste la vuelta a esa moto de nieve? —dijo con voz tensa.

—En este momento, soy la única mujer del planeta que puede hacerlo —respondí sin mirarlo.

—Y por eso te dicen Rebel.

Lo miré, fijándome en sus brazos cruzados y sus ojos entornados bajo la gorra negra.

—Entre otras razones. No se me da muy bien hacer caso a lo que debería hacer.

—¿Tenía razón Landon? ¿Podrías haberte matado?

Me encogí de hombros.

—Hay gente que dice que esa posibilidad está presente en todos los retos.

—¿Pero tú no? —soltó.

—No es que me crea Liam Neeson, pero tengo una serie de habilidades diferentes que reducen bastante el riesgo. —Miré la pista para ver cómo salía Alex, con el motor exigiendo mucho del acelerador.

—Pero no del todo.

—No. —Había tantas cosas que quería decir, como que nada de eso le había molestado en Las Vegas, pero no podía..., no en medio de un grupo lleno de alumnos, por más que estuviéramos bastante alejados—. Ya deberías ponerte las raquetas y volver a la excursión, ¿no?

—Sí. Es que nos los encontramos en medio de la travesía y quisimos venir a ver.

Sí, claro. A mirarme a mí. Se me levantó una comisura de la boca mientras Alex se subía a la rampa.

—No en ese sentido —murmuró Cruz.

—¿Qué demonios? —Alex echó la moto de nieve hacia atrás para hacer un backflip , algo que, que yo supiera, nunca antes había hecho.

Iba demasiado lento, el salto era muy bajo y...

—. Va a caer mal —susurré un segundo antes de que cayera casi de punta y el cuerpo le saliera despedido de la moto de nieve al impactar contra el suelo.

Alex cayó rodando por el resto de la rampa. Salí corriendo hacia él, aunque la nieve me frenaba. El pecho me estalló de dolor y me llevé la mano a las costillas del lado que me había dañado cuando caí.

—¡Se ha quedado el acelerador bloqueado! —gritó Landon.

Giré la cabeza en dirección al rugido del motor justo a tiempo para ver cómo se me acercaba a toda velocidad. Ah, mierda.

Algo me embistió con la fuerza de una topadora y me lanzó al suelo.

Rodamos por la nieve: primero quedé debajo, luego encima y después debajo otra vez, justo cuando la moto de nieve pasó a unos metros de nosotros.

Cruz estaba encima de mí, con los antebrazos clavados a ambos lados de mi cabeza, cubriéndome como podía.

Mis costillas aullaban de dolor y el corazón me latía a mil por hora, pero aun así, todo malestar quedó bloqueado por la preocupación que se le leía en la mirada.

—¡Dime que estás bien!

—Estoy bien —resollé con dificultad.

—¿Estás segura? No suenas muy bien. —Ahora esos ojos profundos de color café estaban directamente aterrados.

—No puedo respirar. Eres... muy... pesado.

—Uy, mierda. Perdón. —Se despegó de mí al instante, se levantó rápidamente y me ayudó a ponerme de pie.

Me envolví las costillas dañadas con el brazo, atrapando el dolor en una cajita bien cerrada con la mente.

Cuando se disipara la adrenalina, me iba a doler una barbaridad.

La moto se había estrellado contra un banco de nieve y se había apagado.

Con ese problema resuelto, miré la rampa, donde Alex se estaba levantando, tambaleándose.

—¡Estuvo increíble! —gritó, claramente ileso.

—¿Y piensan que la que ha hecho una estupidez soy yo ? —le grité a Pax, que se dirigía con Alex hacia la rampa.

Me mostró el dedo del medio, pero se calló antes de decir algo tan estúpido como el truco fallido de Alex.

—Tenía razón con mi primera impresión de ti —dijo Cruz, bajándose las gafas de sol para que no le viera los ojos.

—¿Qué habías pensado?

—Que estás desquiciada. Todos ustedes están desquiciados.

Las palabras que me había dicho en el ascensor me atropellaron como un tren a toda velocidad. Estás desquiciada. Lo sabes, ¿no? Eres muy sexy (no, exquisitamente hermosa), inteligente, fuerte e increíblemente magnética, pero un poco loca.

Me alejé antes de decir algo de lo que nos fuéramos a arrepentir los dos, pero le lancé una sonrisa por encima del hombro.

—Bastante. Bienvenido al mundo de los Renegades.

***

—¡Penna! —Hugo me alcanzó mientras esperaba el ascensor, ya de vuelta en el Athena . Bobby, en un acto de piedad, me había dejado escabullirme sin que me escoltaran las cámaras.

—¡Hola, Hugo!

—¿Lo pasaron bien?

—Sí, la verdad es que sí. —Me acomodé la mochila, con los músculos deliciosamente cansados y las costillas algo resentidas—. Un día tienes que venir con nosotros en una de estas escalas.

—Eh, no, gracias. Los quiero mucho, pero ustedes (y los chicos también) están un poco locos.

Me reí, sintiéndome más liviana de lo que me había sentido en mucho tiempo.

—Sí, bueno, no por nada nos dicen Renegades.

—Es verdad —sonrió—. Oye, hoy te ha llegado un paquete. Me acaba de llegar la notificación. En un ratito te lo subo.

—¿Está en la sala de correos? —pregunté—. De verdad no me molesta ir a buscarlo. Tú ya haces más que suficiente por nosotras.

—Nah, no me molesta.

—Lo lamento. Lo buscaré yo. Ve a hablar con esa chica que siempre miras en clase de matemáticas y llévala a cenar o algo. —Señalé con un gesto a la pelirroja que estaba esperando otro ascensor.

—¿Julie? —Ladeó la cabeza como si lo estuviera pensando—. Sí, puede que sea una buena idea. —Y luego salió prácticamente corriendo para alcanzarla.

—Ay, los hombres —reí entre dientes mientras se acercaba Rachel—. Voy a hacer una parada en la cubierta seis. ¿Quieres venir?

—Bueno, si por fin me cuentas qué demonios pasó en esa situación que interrumpí hace dos días —me desafió con su gesto típico de que no estaba para cuentos—. Y no creas que no me di cuenta de cómo te salvó de esa moto de nieve hoy.

Ah, por fin había llegado la hora de la verdad. Miré a los alumnos que nos rodeaban cuando subimos al ascensor.

—Sí, bueno, primero lleguemos a la suite.

—¿Qué vas a hacer durante tu día en Los Ángeles? —preguntó, manteniendo una conversación que los demás pudieran oír sin riesgo.