Rebel (Renegados 3) Capítulo diez. Penna
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Capítulo diez. Penna

CAPÍTULO DIEZ PENNA

DUTCH HARBOR, ALASKA

—No lo creo —le dije a Pax, mientras miraba la flota de motos de nieve nuevas que nos esperaba en un pequeño campo nevado en las afueras de Dutch Harbor.

—Elige la que quieras —dijo con una sonrisa de oreja a oreja.

Andar en moto de nieve era lo único en lo que yo era mejor que él, y él lo sabía. No me estaba regalando un vehículo, sino la oportunidad de recordar por qué me llamaban Rebel. Poder darle una paliza no era más que un beneficio extra.

Las ganas que se encendieron en mi pecho fueron una grata sorpresa.

—¿Qué dices, Penna? —preguntó Landon, rodeándome los hombros con el brazo.

Inspiré profundamente el aire frío y refrescante de Alaska, pasé la mirada desde la vasta extensión de mar azul hasta las montañas que se alzaban frente a nosotros en la pequeña isla y suspiré.

Quería olvidarme de todo, aunque solo fuera por unos minutos: de Brooke, de Cruz e incluso de mis responsabilidades como Renegade.

Puede que fuera por los motivos equivocados, pero ¿a quién le iba a importar si, literalmente, me estaba poniendo en marcha de nuevo, aunque fuera con algo pequeño?

—Quiero esa —dije, señalando una Yamaha que estaba en el centro. Era más ligera que otras del mismo tipo, así que me permitiría hacer más cosas. Iba a tener que empezar a levantar pesas de nuevo si quería volver a subirme a mi moto con la esperanza de hacer algún truco.

—Ha vuelto Rebel —dijo Landon, dándome un apretón en los hombros antes de ir a buscar a Rachel para que eligiera su moto.

Había estado muy callada desde que nos encontró a Cruz y a mí en la oficina de excursiones, y sabía que pronto tendría que darle la explicación que le debía, sobre todo porque necesitaba que no dijera nada.

Por muy enfadada que estuviera con Cruz, no quería que lo despidieran ni que su vida se fuera al demonio por haberme besado.

Ella había sacado el tema esa mañana, pero yo la había frenado en seco y, a pesar de las miradas de reojo que me había lanzado durante todo el día, no había insistido.

Disfruté del crujido de la nieve bajo mis pies mientras caminaba hasta mi nueva moto de nieve, pasé la pierna por encima del asiento y me acomodé con una facilidad que había logrado con la práctica.

La encendí con un rápido movimiento de la llave y las vibraciones me recorrieron el cuerpo entero cuando el motor empezó a rugir debajo de mí.

—¿Cómo se siente volver a subirte a una moto de nieve después del accidente, Rebel? —preguntó Bobby, indicándole al camarógrafo que se acercara más.

Forcé una sonrisa y me puse las gafas protectoras para ocultar la verdad.

—¡Genial! ¡Creo que ahora nos vamos a enterar de lo bien que está la pierna!

—¿Estás un poco nerviosa? —preguntó.

—No, solo tengo ganas de volver a ser yo.

Esa era la primera verdad que les había dicho a las cámaras desde que me aplastó ese reflector al caer.

Me abroché el casco, me familiaricé con el equipo de la moto y salí con el resto de los Renegades, dejando atrás las camionetas mientras seguíamos un camino por las colinas nevadas.

El motor ahogaba mis pensamientos con una sensación de paz y aproveché para disfrutar de verdad del paisaje.

Las islas volcánicas creaban un paisaje dramático: volcanes cubiertos de nieve que se recortaban con líneas bien definidas contra el cielo cristalino.

Habíamos tenido la suerte de llegar en un momento de calma en plena temporada de tormentas.

No me habría gustado quedarme varada allí en medio de una.

Condujimos durante unos veinte minutos hasta llegar a una meseta en la que habían colocado varias rampas.

—Bienvenida a tu patio de juegos, Rebel —dijo Pax por la radio que llevábamos en el casco.

Se me encogió el estómago, sumido en una batalla de emociones entre entusiasmo, anticipación y un miedo devastador.

—¿Tú mandaste armar todo esto? —pregunté acercándome a él, que iba con Leah abrazada a su espalda en la moto de nieve—. Es espectacular.

—Se ocupó Nick. Dijo que te dijera que tu rampa favorita está al final y que no hay ningún reto planificado. Quería que te divirtieras un poco en tu cumpleaños, nada más.

—Eso fue ayer y anteayer —refunfuñé.

—Bueno, él quería montarlo en el barco, pero no encontramos la manera de evitar que se derritiera la nieve en el auditorio.

—Qué gracioso —murmuré.

—Ve a divertirte.

Miré la rampa más pequeña, a la que podía subir cuando tenía quince años. Puede que fuera un pequeño paso en mi camino de regreso, pero sabía que podía darlo.

Di una vuelta rápida alrededor de la rampa, calculé la distancia y el ángulo, y volví al inicio de la pista.

Si no podía con algo tan fácil, no tenía nada que hacer allí.

Podría irme directamente a empacar y lamerme las heridas en Los Ángeles.

Además, ¿no había hecho un salto BASE desde una rueda de la fortuna hacía poco?

Podía con eso.

Aceleré a fondo y me lancé hacia la rampa, sintiendo esa descarga de adrenalina tan familiar recorrerme las venas. Mi cuerpo absorbía la hormona como si fuera combustible y, al alcanzar la rampa, puse todo mi peso en los estribos y salí catapultada hacia arriba.

En medio del aire, las tonterías del exterior no importaban lo más mínimo.

Solo estábamos la moto de nieve, mi habilidad para controlar la máquina y yo.

No estaba Brooke, ni la preocupación por las cartas sin respuesta y las llamadas rechazadas.

No estaban mis padres diciéndome que tuviera paciencia, que no les pidiera las respuestas que necesitaba con tanta desesperación.

No estaban Pax, Landon ni Nick, esperando que volviera a ser la persona que era antes del accidente.

Tampoco estaba Cruz, mirándome con esos ojos hipnóticos y diciéndome con su cuerpo que me deseaba mientras me alejaba con sus palabras.

Solo estaba yo.

Y conmigo era suficiente.

Planté los pies con firmeza, solté el acelerador y, cuando me lancé al cielo, mi mundo empezó a ralentizarse hasta que cada segundo se convirtió en una eternidad.

Cuando la gravedad se apoderó de mi cuerpo, retomé el control de la moto de nieve y aterricé al otro lado de la rampa, como si acabara de realizar la acrobacia más difícil de mi repertorio.

Pero quizá, al desenterrar los pedacitos de Rebel que pedían a gritos ser liberados de la cárcel donde la había encerrado, había hecho precisamente eso.

Al desacelerar el vehículo, alejé la moto de nieve del camino de quienes estuvieran saltando y me arrimé al costado de la rampa.

—¿Cómo se sintió? —preguntó Pax con los brazos abiertos.

—Muy bien —admití, con ganas de volver a sentir la gloriosa tranquilidad que me había aplacado la mente durante el salto—. De hecho, creo que voy a repetir.

Se le arrugaron los ojos, la única pista de que estaba sonriendo bajo el casco que le ocultaba casi por completo la cara.

—Vamos, Rebel.

Pisé el acelerador y me dirigí a la pista, girando mientras otro Renegade —creo que era Alex— tomaba la rampa. No era nada del otro mundo, pero consiguió buena altura. Lo suyo siempre había sido el snowboard de alta montaña.

Pax, Landon, yo... y Nick. Éramos los únicos que podíamos prácticamente con todo, aunque cada uno tenía su especialidad. Aunque cabe aclarar que arriesgábamos el pellejo subidos a cualquier cosa que se moviera desde que habíamos tenido edad para montar en triciclo.

Cuando Alex terminó, analicé la rampa del fondo, la que Nick había diseñado para mí. La altura, los ángulos, la distancia para tomar velocidad... Era exactamente la misma rampa que habíamos usado en Tahoe el invierno pasado, antes de..., bueno, de todo.

Deseé tener el teléfono encendido para poder hablar con él, preguntarle cuál había sido su intención al construir aquí la misma rampa, pero ya sabía lo que iba a decir: «¿ Eres una Renegade o no ?».

Hoy sí.

Se me aceleró el corazón, como si mi cuerpo ya hubiera aceptado la respuesta a la pregunta con la que luchaba mi mente. Estaba fuera de forma. No me había subido a una moto de nieve en toda la temporada. La memoria muscular no compensaba la falta de fuerza.

Pero había elegido la moto de nieve más pequeña y ligera, tenía experiencia y nunca antes me había echado atrás ante un desafío autoimpuesto.

Me alejé a toda velocidad de la rampa y luego me di la vuelta para enfrentarla. Enfoqué toda mi atención en la pista que tenía delante y dejé que se esfumara todo: las cámaras, la fila de los otros Renegades que miraban desde los laterales. Éramos solo la máquina y yo.

Apretando el acelerador, me lancé hacia la rampa y entonces volvió el dulce olvido que tanto necesitaba. Me incorporé con los pies bien apoyados, preparándome para el salto. La moto entró con el ángulo perfecto y salimos disparados en el aire.

Sentí cómo se me quemaban los músculos cuando eché la moto de nieve hacia atrás para empezar el flip . El azul ocupó todo mi campo de visión, después dejó paso al verde de los pinos y, por último, al blanco puro de la nieve, mientras se imponía la gravedad y me arrastraba de vuelta a la tierra.

No lo vas a lograr.

Vislumbré el punto de caída y no estaba nada fácil. Estaba complicado..., si es que lograba caer bien.

Apenas terminé la rotación cuando los patines chocaron contra la pendiente de la rampa. El culo me dio con todo su peso contra el asiento y mi cuerpo entero salió disparado hacia delante, azotándose contra el manubrio. Mierda, la costilla.

Por poco se me escapa la máquina cuando se inclinó hacia la izquierda, pero lo corregí plantando de nuevo los patines en la nieve y me deslicé hasta detenerme al final de la rampa. Con el poco sentido común que me quedaba, aplacado por la euforia que sentía, logré mover la máquina a un lado.

Con el pecho jadeante, me bajé de un salto de la moto de nieve y levanté los brazos en el aire dando un grito de victoria. Luego me quité el casco y me subí las gafas protectoras hasta la cabeza.

—¿Viste eso? —le grité a Landon, que venía corriendo hacia mí.