Rebel (Renegados 3) Capítulo nueve. Cruz
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Capítulo nueve. Cruz

CAPÍTULO NUEVE CRUZ

EN EL MAR

Pero, ¿qué demonios había hecho? ¿En qué momento le había cedido todo el control a mi pene? Por Dios, ¿cuándo iba a admitir que mi atracción por Penélope iba más allá de lo físico?

Estaba jodidísimo.

Sopló las velas de su pastel, fiel a su imagen de la atleta más sexy del año según la revista X-Treme Sports Magazine —sí, la había buscado en internet—, mientras yo esperaba apoyado en la pared, odiándome por lo que había dejado que pasara y, al mismo tiempo, recordando cada segundo en el que había besado sus labios.

Era su cumpleaños. Su cumpleaños , y yo acababa de lastimarla. Sí, ella me había devuelto el golpe con todo —ya estaba aprendiendo a no esperar menos de ella—, pero, en cuanto vi el dolor en su mirada, me odié por haber sido yo quien lo había provocado.

Dios, qué imbécil había sido. Por poco permití que nos atraparan, tan absorto en su sabor y en la sensación de su piel bajo mis manos que no oí la puerta hasta que ya era casi demasiado tarde.

¿Y si su amiga decía algo? ¿Y si Penélope confirmaba su historia?

¿Y si perdía el trabajo por todo lo que había estado haciendo?

Unas horas después, ya cruzada la línea del cambio de fecha y reiniciado el seis de febrero como en El día de la marmota , me encontraba de pie en mi cuarto, con las manos apoyadas en el escritorio y mirando los contenidos del archivo desplegado sobre la superficie.

Estaba allí por eso. Había sacrificado diez años de mi vida buscando una oportunidad como la que por fin me había caído del cielo la semana anterior. Nada más importaba.

Esa era una oportunidad que no volvería a tener nunca en la vida y que podía llegar a funcionar. Podía darse todo como tenía que darse, siempre y cuando lo planeara con cuidado, lo ejecutara a la perfección y mantuviera la distancia con Penélope Carstairs durante los próximos tres meses.

No eres capaz de mantener la distancia por un par de días ¿y piensas que vas a poder sostenerlo tres meses?

Tomé la foto brillante de 12 x 18 y miré esos ojos marrones, dulces e inocentes.

Ella era la razón por la que tenía que mantener la distancia con Penna.

Tenía una única oportunidad para darle la vida que se merecía, la vida por la que ya había trabajado tanto.

No podía permitir que terminara como mi madre: destrozada, golpeada... , muerta.

—Ya voy, Elisa —le juré.

Y yo nunca rompía una promesa.

***

Los rayos del sol se colaban por las ventanas de mi aula la tarde siguiente, por lo que hacía muchísimo más calor que los menos cinco grados que hacía afuera. Al día siguiente íbamos a hacer escala en Dutch Harbor (Alaska), nuestra primera parada desde que salimos de Japón hacía seis días.

Cuando empezaron a entrar los alumnos, me puse a ordenar mis apuntes, sobre todo para evitar buscar a Penélope. Aunque, la verdad, no hacía falta buscarla. La había sentido cuando entró. Se produjo un cambio sutil en el aire, una alteración de mi centro de gravedad.

La vi ocupar su asiento por el rabillo del ojo y me clavé las uñas en las palmas de las manos. Dios, si la hubiera conocido un año antes o un año después...

La vida tenía una puntería de mierda.

—¡Feliz cumpleaños, Penna! —le dijo ese tal Wilder, ofreciéndole una caja.

Levanté la vista justo a tiempo para verla decir:

—¿En serio? Yo que no quería cumplir años y ahora me toca doble. Como si no hubiera bastado con todo lo de ayer.

—Di gracias y ya está —dijo él, revolviéndole el pelo como si fuera una niña de tres años.

Sentí la necesidad automática y abrumadora de darle un manotazo para quitarle la mano de la cabeza. No era una niña, era una mujer adulta. Solo estás enfadado porque no le puedes dar un regalo de cumpleaños.

Aunque tampoco tenía la más mínima idea de qué regalarle a una chica que, literalmente, lo tenía todo.

—¿Qué es esto? —preguntó ella, y miré sin disimulo la llave que sostenía, olvidándome de los papeles que tenía en la mano.

—Para descubrirlo, tienes que venir con nosotros mañana.

Vi su batalla interna reflejada en su entrecejo, pero pronto fue reemplazada por una mirada de anhelo que se disipó en un largo suspiro. Estaba en conflicto en todos los niveles posibles, y parecía que la llave simbolizaba eso.

Su naturaleza complicada era una de las cosas que me atraían. Algo me decía que la persona a la que Penélope decidiera amar nunca se aburriría.

—Doctor Delgado... —me llamó Macy Richardson desde la primera fila.

—¿Sí, Macy?

—¿Es verdad que va a guiar la travesía con raquetas de nieve de mañana?

Estuve tratando de elegir una excursión en la costa y esperé hasta el último momento.

—Me miró pestañeando y, en ese momento, parte de mí esperaba encontrarme con unas palabras escritas en sus párpados, como si yo fuera Indiana Jones.

—Es verdad —respondí—. Pero no sientan la obligación de venir. No hace falta que vengan a mis excursiones hasta que lleguemos a México.

—¡Ay, no, pero seguro que va a ser muy divertido! —Me dirigió una sonrisa alegre.

Genial.

—Eso espero.

Penna levantó la vista hacia mí y cruzamos una mirada cargada de un millón de cosas no dichas; sin embargo, luego sus ojos se tornaron gélidos y volvió a mirar a Wilder.

—Sí, voy a ir. No tengo nada que perder, ¿no? —le dijo.

Él sonrió y me dieron ganas de vomitar. Lo que él no entendía era que ella no estaba tomando esa decisión porque quería, sino por el enfado que le provocaba una situación con la que él no tenía nada que ver.

—¡No te vas a arrepentir! —le prometió Leah, la chica que estaba detrás de Wilder.

¿Tenían idea de lo que la había llevado a subir a esa rueda de la fortuna?

¿Veían el dolor que padecía a diario por su hermana, por su lesión, por su sensación de culpa?

¿O solo la presionaban para que hiciera otro reto, otra aparición más?

Si eran sus amigos, ¿por qué no la cuidaban como ella necesitaba?

No es asunto tuyo.

Mierda, necesitaba ir a correr para quitarme esta frustración.

—Bueno, ¿empezamos? ¿Quién me quiere contar qué le pareció la lectura que les pedí?

Inmediatamente, Penélope levantó la mano, y fingí mirar la lista de alumnos antes de llamarla.

—¿Sí? ¿Penélope?

—Penna —dijo, como si fuera un privilegio llamarla por el apodo que le habían puesto sus amigos.

Penna era la chica que fingía sonrisas para sus amigos y para esas malditas cámaras que la perseguían sin descanso. Era la coraza que ocultaba a la mujer que yo sabía que había debajo.

Esa simple respuesta parecía inofensiva para el resto de las personas del aula, pero yo sabía la verdad: acababa de cerrarle la puerta a Penélope.

—Penna —repetí, obediente.

Luego traté de fingir un interés moderado y apropiado mientras me contaba su interpretación del texto. Era obvio que, además de todo lo demás, iba a ser inteligente. El único defecto de esa mujer era que, en ese momento, era inalcanzable.

Sobreviví a la clase y, claramente, no pasé por alto la mirada de Rachel, que me observaba con los ojos entornados. Sí, soy un imbécil. Sí, me aproveché de ella..., pero no como tú crees.

Después de clase, de cenar con Westwick y algunos profesores más y de ponerme al día con la corrección de la asignatura introductoria que impartía, fui al gimnasio. Tuve mucho cuidado de ir después de la hora preferida de Penna y de ir solo.

Luego corrí hasta que estuve tan cansado que ya no pude seguir lamentándome por lo sucedido el día anterior.

Aunque no estaba seguro de qué parte lamentaba en realidad.