Capítulo ocho. Penna #3
—Cruz —susurré cuando me sostuvo el rostro con una mano y me pasó el pulgar por el labio inferior mientras me acorralaba contra el escritorio con la otra.
Le pasé la lengua por la yema del dedo sin poder contenerme.
—Dios, Penélope. Por ti podría perderlo todo , y aun así sigo aquí metido contigo. Y puede que esta sea la peor decisión de todas.
Su boca encontró la mía en un beso que me sacudió todos los sentidos. Me metió la lengua, apropiándose de todas las curvas que se le habían escapado la última vez, hasta que sentí que mi boca era suya.
Le agarré un bíceps con una mano y la otra se enredó en su pelo.
Si esta era mi única oportunidad de besarlo, de sentir que era mío, iba a aprovechar hasta el último segundo.
Le devolví el beso con todo lo que tenía, metiéndole la lengua en la boca para recorrer esa línea sensible que tenía detrás de los dientes.
Sentí su gruñido en la vibración de su pecho y me apretó el culo con su mano libre, levantándome contra su cuerpo.
Tal vez era por la fuerza de sus brazos o simplemente por su tamaño, pero Cruz logró algo que ningún hombre había conseguido: hacerme sentir pequeña, protegida y valorada.
Una oleada de pura lujuria me recorrió de los pies a la cabeza, prendiendo fuego a cada fibra de mi cuerpo, y supe que solo él podía apagar la pasión que sentía.
Nadie más me hacía desear así ni sentir esta desesperación y esta electricidad: solo Cruz.
—Dios, qué hermosa estás esta noche —dijo contra mi boca antes de darme otro beso, esta vez más intenso, más lento e infinitamente más sensual.
Era un ataque a todos mis sentidos y alargó cada segundo, controlando hasta el último detalle de las caricias.
Nunca antes una suave mordida en mi labio inferior me había provocado una sensación tan intensa de urgencia por todo el cuerpo.
Lo único que se le parecía era su manera pausada y meticulosa de inclinarme la cabeza y besarme como si tuviera todo el tiempo del mundo.
En esos escasos segundos robados y prohibidos, me di cuenta de lo mucho que deseaba que duraran para siempre.
Era una euforia que valía la pena buscar. Él era un riesgo que valía la pena correr.
Apreté la tela de su camisa con el puño cuando nos dio la vuelta para quedar él apoyado contra el escritorio y yo metida entre sus piernas abiertas. Me froté contra él, disfrutando del poder que me estaba cediendo y de la certeza de que este hombre tenía una debilidad: yo.
Subió la mano despacio por mi cuerpo, metiéndola por la abertura de mi vestido, y me apretó suavemente el muslo. El roce de su pulgar cerca de la línea de mi tanga me hizo arquear la espalda y empujar mi cuerpo contra su mano firme.
—Más —rogué.
—Qué piel más suave —murmuró mientras me besaba el cuello.
Solté un grito ahogado. Era como si me hubiera encontrado un botón de «tocar en caso de sexo» con esa condenada lengua.
Fui bajando con los dedos por los músculos fuertes de su pecho.
—Cada vez que te veo así, o de camisa y corbata, una parte de mi cerebro empieza a recordar cómo eres cuando te las quitas —confesé—.
Puro músculo hermoso y piel dorada. Después siento una urgencia totalmente absurda de desnudarte y pasar la lengua por todas las rayas de tus abdominales. Cada vez que te veo, Cruz. Cada vez.
—Penélope —gruñó—. No puedes decirme cosas así.
Volvió a apoderarse de mi boca y, esta vez, el beso se volvió urgente mientras cambiaba el ritmo de la música en el exterior.
La tenía dura contra mi ombligo y, si se movía apenas un milímetro, por fin podría poner mis manos en...
Clic.
Rápido como un rayo, Cruz nos giró para que quedara yo contra el escritorio, interrumpiendo el beso y alejándose al mismo tiempo para dejar unos centímetros de distancia entre nosotros.
—¡Se acabó tu rato de soledad, Pennaaaaaaah, mierda! Perdón, no quería interrumpir.
Me quedé helada, con los dedos clavados en el borde del escritorio y la mirada fija en Cruz, como si la voz de Rachel no fuera en realidad la suya. Tal vez, si nos quedábamos así, ella desarrollaría el sentido de la vista de un tiranosaurio rex y no nos vería.
Mi respiración era errática, pero él mantuvo la calma, cerró los ojos como si sintiera dolor y luego los volvió a abrir con determinación.
Por fin mis piernas recibieron el mensaje de que tenían que moverse y pasé junto a su figura inmóvil.
—Hola, Rachel, ¿qué pasa? —dije con mucho esfuerzo, con una sonrisa tan clavada en el rostro que, si la tocaba, se iba a agrietar.
Ella estaba boquiabierta. Parecía que, sin querer, había conseguido hacer lo que nadie podía lograr: había dejado a Rachel totalmente atónita.
—Ay... Eh... —Se quedó alternando la mirada entre uno y otro, como si no pudiera terminar de entender con qué se había encontrado.
Por favor, Dios, que no lo entendiera.
—Rachel, necesito un momento nada más.
—¿Estás...? —empezó.
Cruz se dio la vuelta y fue derecho a ponerse a mi lado.
—Dawson, ¿podrías esperar un momento en el pasillo?
A Rachel se le salían los ojos de las órbitas.
—Dr. Del... Dr. Delgado —dijo Rachel, y se apresuró a salir. Vi la silueta de su cabeza a través del vidrio opaco cuando se apoyó de espaldas contra la puerta.
—No se lo va a contar a nadie —le aseguré a Cruz, que se llevó las manos a la nuca y miró al techo—. En realidad, ni siquiera llegó a ver nada. —Como no respondía, seguí hablando—: La verdad es que no llegó a ver nada porque tú estabas aquí y yo estaba ahí, así que...
Apretó la mandíbula un par de veces, estaba claro que estaba luchando contra sí mismo.
—Cruz.
—No. —La palabra era dura.
—Yo sé que no lo va a contar —dije, y alargué el brazo hacia él, pero luego lo pensé mejor y dejé caer la mano al costado del vestido.
—Mierda —maldijo, pero no iba dirigido a mí, sino a sí mismo—. No tienes ni idea de lo que casi pasa recién. Podría quedarme sin trabajo. Podría perderlo todo . No puedo... No deberías... Nunca más podemos volver a...
—Por lo menos mírame si vas a rechazarme —le pedí con suavidad.
Se dio la vuelta, me dio la espalda y me empujó contra el escritorio con esos ojos oscuros.
—¿Rechazarte? Está bastante claro que soy incapaz de rechazarte, aunque ello suponga poner en riesgo todo mi futuro, así que basta de victimismo.
Me enderecé y levanté el mentón.
—No va a pasar nada. Además, aunque hubiera visto algo, Rachel no nos delataría. A ella le confiaría mi vida.
—¿Entonces esperas que yo le confíe la mía ?
—Bufó. Dejó caer los hombros y se frotó la barba con las manos—.
No la conozco. ¡Y a ti apenas te conozco!
No somos nada, Penélope. No podemos. Yo soy tu profesor y tú eres mi alumna, y he trabajado demasiado para llegar hasta aquí; no puedo permitir que se caiga todo a pedazos por no poder controlar mi pene.
Me quedé pasmada y empecé a notar una sensación desagradable en el estómago, donde antes había calor.
—¿Entonces todo esto es por tu pene?
—No, y ese es el problema. Esto —dijo, agitando la mano entre los dos como si viera esa conexión casi tangible— no puede volver a pasar nunca.
Nunca más. Si eso implica que tenga que salir corriendo hacia el otro lado cuando estemos en un contexto social o que acordemos no volver a hablar fuera del aula, que así sea.
No puede volver a pasar, Penélope —repitió como si yo fuera una niña a la que se lo tuviera que explicar.
— Tú me besaste a mí , ¿te acuerdas? —espeté.
—Eso fue un error. Bajó la vista a mi boca y, de no ser por la batalla que se libraba en sus ojos, lo habría vuelto a besar solo para demostrarle que tenía razón, que él también quería estar conmigo.
—Todo lo que pasó entre nosotros fue una mala decisión tras otra y se termina ahora.
—No se puede terminar algo que nunca empezó. Le quité los ojos de encima, sin poder mirar su hermosa cara, sus profundos ojos marrones y esa boca que en ese momento me decía que yo era mala para él.