Capítulo ocho. Penna #2
—La exhibición en vivo —le respondí, mirándolo. Mis ojos esquivaron su camiseta blanca cuando vieron a Cruz, que estaba apoyado en la pared a unos seis metros detrás de Alex, claramente haciendo de chaperón.
Tenía los ojos clavados en mí y yo conocía esa mirada: era la misma que había tenido justo antes de besarme en Las Vegas. Fuera profesor o no, no me veía solo como una alumna. Saberlo me recorrió la espalda con un escalofrío, seguido de una deliciosa conciencia de lo que estaba pasando.
Ah, mierda, estaba para comérselo. Había logrado lo que ningún otro tipo en esa fiesta: hacer que los pantalones blancos parecieran sexis. Se cerraban con un cordón... Con solo tirar un poco...
Alex dijo algo y yo asentí con la cabeza, distraída.
Podía hablar con Cruz, ¿no? Nadie sacaría conclusiones precipitadas por el hecho de que yo hablara con mi profesor en una fiesta de la universidad. Sin darme cuenta, ya había dado un paso, pero me frené en seco cuando lo vi negar brevemente con la cabeza, en un movimiento casi imperceptible.
Se me cayó el trago de la mano y, cuando me di la vuelta, vi que Alex me tendía la mano. Debió de notarse la confusión en mi rostro, porque me miró como si me hubiera vuelto loca.
—¿No querías bailar?
—Ah, sí, está bien —dije, al darme cuenta de que había accedido a hacer algo sin escuchar de qué se trataba.
Los guardias de Pax levantaron el cordón para dejarnos pasar y salimos a la pista de baile mientras Sia cantaba «Cheap Thrills». Alex eligió un lugar al costado, desde donde podíamos ver mejor las cámaras y, además, yo podía ver mejor a Cruz mientras él me miraba.
Sacudí la cabeza y traté de concentrarme en Alex. Al fin y al cabo, el que me había pedido bailar era él, no Cruz. Él tenía mi edad, compartía mi estilo de vida y era mejor para mí por diez mil motivos distintos.
Cuando empezamos a bailar, manteniendo la distancia suficiente para que me sintiera cómoda, la profesora Gibson se puso al lado de Cruz. Había sido mi profesora de matemáticas en el primer trimestre y, después de Cruz, probablemente era la profesora más joven del barco.
Él se rio de algo que dijo ella y se me revolvió el estómago con una emoción desagradable que no quise analizar. Ella le puso la mano en el brazo y yo di un paso atrás hasta apoyarme en el abdomen de Alex.
Me puso las manos en la cintura y yo me froté contra su cuerpo mientras empezaba a sonar Selena Gómez. Pero, cuando empezó a cantar sobre su deseo de sentir manos sobre su cuerpo, solo podía imaginarme las manos de Cruz, sus labios. Dios, estaba perdida .
Como si hubiera notado el cambio, Cruz levantó la vista y, al verme en brazos de Alex, entornó los ojos de inmediato.
Era una tontería, una actitud inmadura y directamente malvada, pero le sostuve la mirada, desafiándolo abiertamente, y luego me pegué todavía más a Alex.
Quería que Cruz me viera, que me deseara, que se viera obligado a admitir que me deseaba a pesar de que las reglas decían que no podía estar conmigo.
Nunca me habían importado las reglas. No por nada me llamaban Rebel.
Cruz cerró los ojos despacio, tragó saliva con dificultad y se obligó a sonreír antes de volver a mirar a la profesora Gibson. Los condenados celos que sentía en el estómago se convirtieron en una tristeza amarga cuando se la llevó a la barra.
Era obvio que debería hablar con ella. Coquetear con ella.
Estar con ella. Si yo era la opción más lógica para Alex, ella debía serlo para él.
Cerré los ojos y me concentré en la sensación de las manos de Alex, firmes y seguras, en mi cintura.
Su cuerpo, esbelto por los años de hacer snowboard, se movía pegado al mío al ritmo de la música.
Tal vez él era lo que necesitaba. Tal vez me haría olvidar lo que Cruz me hacía sentir o, mejor aún, me enseñaría a desear a alguien más que a él. Porque no podía estar con él.
Antes de perder el impulso, tomé de la mano a Alex y, sin parar en la barra, lo llevé hasta el pasillo de las oficinas que había justo fuera del atrio.
Abrí la puerta y encontré la oficina de excursiones, donde reservaban sus viajes los que no eran Renegades, ya que nuestra oficina se dedicaba a coordinar los retos. Apenas llegué a ver la expresión de estupefacción de Alex cuando cerré la puerta al pasar.
—Penna... —dijo, con las cejas enarcadas.
—¿Qué? ¿No te parezco linda? —pregunté, levantando la vista hacia él, con los cuerpos a no menos de treinta centímetros, porque no me decidía a acercarme del todo.
—Claro que sí, estás muy buena.
—Y bueno, entonces... —Me encogí de hombros.
—Mira, no tengo nada en contra de estar contigo, pero sé que, en general, tú no haces...
—¿Que no hago lo que haría cualquier mujer soltera de veintidós años? —Cada segundo que pasaba, iba devorando la determinación que creía tener, hasta dejar al descubierto la estupidez impulsada por los celos.
—Exacto.
Me apoyé en el escritorio, sabiendo que tenía razón. No iba a solucionar el problema de que me gustara alguien más besuqueándome con Alex (o algo peor). Lo único que iba a conseguir era sentirme fatal.
—Perdón —murmuré—. De verdad quiero que me gustes y soy consciente de que lo que digo no tiene sentido.
Se me acercó y me levantó el mentón.
—No hace falta que pidas perdón por esto, Penna. No ha pas...
Se abrió la puerta de par en par y miré detrás de Alex, esperando encontrarme con Pax o Landon, que siempre se metían en todo.
Pero no.
Me quedé boquiabierta al ver a Cruz con una mirada asesina.
—¿Se puede saber qué están haciendo? —preguntó.
Alex dio un salto de más de medio metro hacia atrás.
—¡Doctor Delgado! ¡Nada!
—Más vale que no. Esta es una oficina, no un armario para darse besos. Si hace falta, vayan a su habitación.
¿Qué era esto, séptimo grado?
—Sí, señor —dijo Alex, y me miró.
—Necesito un momento para recomponerme —dije con sinceridad. Lo último que quería era irme con el tipo al que casi beso para dejar de pensar en el otro.
Ese era un momento incómodo que no necesitaba atravesar.
—Está bien, nos vemos allí —dijo Alex.
Cerré los ojos despacio y dejé caer la cabeza cuando oí el suave ruido de la puerta al cerrarse tras ellos.
—¿Qué demonios ha sido eso, Penélope? —bufó Cruz.
Le clavé la mirada.
—Pensé que te habías ido.
—¿Qué fue eso? —repitió, cruzando esos brazos enormes sobre el pecho.
—Eso fue una estupidez terrible por mi parte —reconocí.
—Sí, eso me quedó clarísimo. Parecía que estabas haciendo lo imposible por ponerme celoso. —Entornó los ojos y se apoyó en la pared más alejada de mí.
Sentí que se me prendía fuego la cara.
—Es que eso es lo que estaba haciendo.
—¿Y por qué harías una cosa así?
—Porque te vi hablando con la profesora Gibson. Porque parece que no he salido de la secundaria. No sé. —Arrojé las manos hacia arriba, frustrada—. Porque me haces hacer estupideces, como querer estar contigo, aunque sé perfectamente que tú no quieres estar conmigo.
Echó la cabeza hacia atrás como si le hubiera dado una bofetada.
—¿Que no quiero estar contigo? Me cago en mi vida, Penélope. Tengo que usar todo mi autocontrol para no acercarme a ti desde que nos subimos al barco, para no mirarte en clase. Para no saltar a tu balcón cuando oigo tu voz justo encima del mío.
—¿Qué?
—Sí, mi habitación está justo debajo de la tuya, así que dormimos a unos seis metros de distancia en vertical. Es para volverse loco.
—No lo sabía —murmuré, pasándome la lengua por el labio inferior por los nervios.
—Ay, Dios, no hagas eso.
—¿Que no haga qué?
— Eso. —Me señaló la boca—. Todo lo que te dije en Las Vegas sigue siendo verdad.
Sigues siendo hermosa, sigues siendo muy sexy, sigues siendo todo lo que me atrae como un imán, pero también todo lo que no puedo tocar.
¿No lo entiendes? Cuando haces cosas como lo de la pista de baile, me vuelves completamente loco solo por verte abrazada con otro tipo.
—Se le escapó una risa seca—. Ese tipo no tendría ni idea de qué hacer contigo si llegara a agarrarte.
—¿Y tú sí?
Le cambió la mirada.
—No me desafíes así.
La tensión entre los dos se cortaba con un cuchillo durante un instante mudo, hasta que rompí el silencio.
—No lo besé.
—De eso no me cabe duda, porque si lo hubieras besado, no sé si habría podido dejarlo salir y eso es peligroso, Penélope. Tú eres peligrosa para mí.
—Lo siento —dije con sinceridad—. Sé perfectamente que no puede pasar nada entre nosotros. Lo entiendo. Pero te veo y lo único en lo que puedo pensar es en cómo me besaste en Las Vegas. En cómo me tocaste. No puedo borrar esos recuerdos, Cruz. Como dije, de alguna manera me haces hacer estupideces.
—¿Yo? ¿Yo te hago hacer estupideces a ti?
—Por poco gritó, y agradecí el ritmo fuerte y movido de la música del otro lado de las puertas de la oficina—.
Mujer, me metí en un coche desconocido por ti.
Hice un salto BASE ilegal desde una rueda de la fortuna para no alejarme de ti.
Fui a la cárcel por ti. ¿Y soy yo el que te hace hacer estupideces?
Se acercó despacio, con los movimientos fluidos de un depredador, y sentí un leve zumbido que se me expandía por todo el estómago y se hacía más fuerte con cada paso que daba.
—Te dejé quedarte en mi clase. Una estupidez.
Busco cualquier motivo para cruzarme contigo y, a la vez, rezo para que no te acerques porque necesito este trabajo.
Otra estupidez. En cuanto te veo con ese vestido de mierda, se me pone tan dura que me da miedo no poder esconderla en un aula llena de alumnos.
Otra estupidez. No puedo dejar de pensar en el sabor de tu boca, en cómo abres los labios, en cómo me dejaste marcas en forma de medialuna con las uñas en los hombros cuando noté lo mojada que estabas.
Si se me acercaba un poco, descubriría que seguía igual de mojada. Dios, nunca nada me había excitado tanto como sus palabras. Después de sus abdominales. O sus brazos. O su boca. Mierda, este hombre era un paquete sexual enorme que pedía a gritos que lo abriera.