Rebel (Renegados 3) Capítulo ocho. Penna
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Capítulo ocho. Penna

CAPÍTULO OCHO PENNA

EN EL MAR

—¿Te falta mucho? —me llamó Rachel desde el pasillo mientras me ponía la última capa de máscara de pestañas.

—Un segundo —le contesté, y salí corriendo descalza del baño hacia mi dormitorio, donde me esperaban mis tacones plateados con brillos.

—Ya sabes que, en general, no me dan mucha envidia los cuerpos ajenos —dijo Rachel, apoyada en el marco de la puerta mientras me miraba terminar de prepararme—, pero, en fin. Eso te queda espectacular.

—Lo dices porque es mi cumpleaños. —Me puse los tacones de tiras y me los abroché.

—No. No siento la más mínima necesidad de ajustarme a las normas sociales, como tratar bien a la gente en su cumpleaños.

—Se encogió de hombros, levantando el que le quedaba al descubierto con su vestido de noche blanco y asimétrico.

Con unos mechones violetas recién teñidos en su melena negra, que le llegaba hasta el mentón, tenía un aspecto ultramoderno y chic.

—Es verdad —reconocí, señalándola con el dedo.

—¿Ahora sí nos podemos ir? Ya vamos veinte minutos tarde.

—¿Te importa la norma social de llegar a tiempo?

—Me alisé con las manos el vestido blanco entallado de tirantes finos.

Caía justo por debajo de las rodillas, pero tenía un corte que subía peligrosamente por mi muslo izquierdo.

Me había dejado el pelo suelto en una cascada de ondas naturales y me había esmerado especialmente en el maquillaje.

Me quise convencer de que lo hacía por las cámaras, para cumplir con las obligaciones de mi contrato, pero podía ser que estuviera Cruz y nunca me había visto con el pelo suelto.

Es tu profesor , me recordé por enésima vez.

—No, pero sí me importa ver a mi novio sexy todo engalanado de blanco.

—Buen punto. —Salimos de la suite y nos encontramos con un pasillo vacío. Se ve que estábamos llegando tarde de verdad—. No habrán planeado algo, ¿no?

Rachel miró el techo y luego las paredes mientras nos dirigíamos al ascensor.

—Rachel.

—Puede que haya pastel.

—Pastel. Está bien. Puedo con un pastel.

—Asentí para mí misma cuando llegamos al área de los ascensores y Rachel pulsó el botón para bajar.

Hasta entonces, había conseguido que el día transcurriera con tranquilidad.

No que tuviera ganas de celebrarlo. Al fin y al cabo, Brooke había estado conmigo en todos mis cumpleaños desde que tenía memoria y, bueno... , ya no estaba.

Se abrió el ascensor, entramos y luego se subieron dos tipos en la cubierta ocho de camino al vestíbulo.

—Ah, bueno —dijo uno de ellos, que no se dio cuenta de que yo veía cómo me miraba el culo en el reflejo de la puerta del ascensor, o tal vez le daba igual, lo cual era igual de asqueroso—. Tú eres esa chica de los Renegades, ¿no?

—La misma —contesté, viendo pasar los pisos y rezando por un poco de paciencia. Si iba por la vida noqueando de un golpe a todos los tipos que se atrevían a mirarme el culo, se nos iban a ir todos los patrocinadores.

—¿Y por qué te dicen Rebel? —preguntó.

Se abrieron las puertas. Gracias, Dios.

—Por muchas razones. —Miré por encima del hombro al grandulón universitario de polo blanco—. Todas están fuera de tu alcance.

Salimos al pequeño descanso y nos asomamos para mirar la enorme fiesta que había debajo, en el atrio.

—Puta —murmuró el tipo al pasar.

Rachel se giró hacia él y le agarré la muñeca para que se quedara quieta. Lo último que necesitábamos era que se dedicara una sección del documental a las denuncias por agresión cuando Rachel lo moliera a golpes.

—Puede ser, pero de seguro no soy tu puta —le grité mientras bajaba por las escaleras.

—Imbécil —bufó Rachel, y luego se dio la vuelta para mirar por la baranda conmigo y ver a la gente desde arriba.

—En general, todos son así.

Los tipos me abordaban muy a menudo porque querían llevarse el premio de la «Renegade mujer» o, aún peor, usarme para acercarse a Pax o a Landon.

Para ellos, yo no era Penna, sino Rebel: un pedazo de carne y un trofeo con el que presumir.

Cuando se daban cuenta de que no tenía ningún interés y de que no podían convencerme, de repente me convertía en puta o lesbiana.

Pasaba tan a menudo que ya me había vuelto prácticamente inmune.

—Qué fiesta más tremenda —dijo Rachel, recorriendo el espacio con la mirada en busca de Landon.

Habían transformado el atrio para la fiesta de celebración del cruce de la línea internacional de cambio de fecha.

Unas guirnaldas de tela blanca decoraban las columnas que sostenían el atrio, que se extendía a lo largo de diez cubiertas y se fruncía en el centro.

Había bolas de disco colgadas que reflejaban luces de tonos violetas sobre la multitud de estudiantes universitarios vestidos de blanco que bailaban debajo de nosotras.

Era una belleza que debería haber sido etérea, pero las posiciones de algunas de esas parejas hacían que pareciera algo directamente hedonista.

El DJ mezclaba desde el rellano de la gran escalera principal, con un ritmo fuerte y potente.

—¡Ahí está! ¡Vamos!

Bajé la escalera detrás de Rachel y la seguí entre la multitud vestida de blanco. No entendía cómo se las había arreglado para reconocer a Landon en medio de esa multitud monocromática. Estaban todos fusionados.

¿Estaba Cruz? ¿Los profesores habían ido a hacer de chaperones?

¿O tal vez solo para divertirse? Me di cuenta de que estaba buscando entre la gente, aunque sabía que no debía.

Tampoco lo había visto en el gimnasio ese día, ya que había tenido que ir a correr más temprano porque no había podido evitar el cambio de horario gracias a esta maldita velada.

Tenía que correr todos los días si quería recuperar mi resistencia y Bobby me habría dado una patada en el culo si no hubiera ido a la fiesta.

Cuando empezaron a seguirnos las cámaras, supe que teníamos que estar cerca.

En el primer trimestre, había compartido la suite de tres dormitorios con Landon y Pax.

Había cámaras en todas partes menos en los baños, algo que permitían los contratos que habíamos firmado.

Tres meses atrás, cuando me mudé con Rachel —donde no se permitían las cámaras—, recuperé una pizca de privacidad.

Encontramos al resto de los Renegades en una zona acordonada cerca de la escalera principal.

Dos guardias vestidos de blanco nos dejaron pasar y puse los ojos en blanco.

Solo a Pax se le ocurriría crear una zona VIP en una fiesta universitaria.

Landon le dio un abrazo a Rachel y le susurró algo que no llegué a oír por encima de la música, gracias a Dios.

Ya bastante me enteraba de su vida sexual a través de nuestras finas paredes.

—¡Feliz cumpleaños, Penna! —dijo Pax mientras me levantaba en el aire con un enorme abrazo de oso.

—Ya me lo dijiste esta mañana —reí mientras mi amigo de toda la vida me hacía dar vueltas en círculos.

—¡Y podré decírtelo de nuevo mañana! Eso es lo bueno de cumplir años el día internacional del cambio de fecha: ¡mañana se repite automáticamente!

—Has estado bebiendo —dije sonriendo cuando por fin me dejó en el suelo.

—Puede que hayamos abierto el champán mientras esperábamos a que llegaran ustedes —confesó.

—¡Feliz cumpleaños! —dijo Leah, mientras me estrechaba contra su diminuto cuerpo y me daba una copa de champán.

—Gracias —le dije, aceptando la copa con ganas. Tal vez, si bebía lo suficiente, dejaría de buscar a Cruz y encontraría a alguien de mi edad capaz de interesarme.

Sigue soñando.

—Penna querida —dijo Landon mientras me abrazaba por la espalda y me apoyaba el mentón en la cabeza—, feliz cumpleaños a mi Rebel favorita.

—Sí, sí. —Lo despaché con la mano, lista para dar por terminado todo el circo del cumpleaños—. ¿En serio necesitaban los cordones?

—Es parte de tu regalo de cumpleaños —respondió Pax, frunciendo el ceño mientras se dejaba caer en uno de los tres sillones de cuero blanco que, sin duda, había hecho traer él mismo solo para esto.

—¿Necesitas la exclusividad? —bromeé.

—¿Dónde están las cámaras? —preguntó, ladeando la cabeza, mientras Leah se acurrucaba junto a él.

Miré a mi alrededor dentro del área que había delimitado para nosotros y me di cuenta de que todas las cámaras estaban del otro lado de los cordones.

—¿No pueden pasar? —pregunté.

—Feliz cumpleaños —dijo, alzando la copa.

—El mejor regalo del mundo —reconocí, y luego bebí un sorbo de champán dulce y bien frío. Esa era otra concesión de Pax: servir el dulce cuando sabía que él prefería el seco.

Esos detallitos siempre pasaban desapercibidos para el mundo exterior, para los demás alumnos que nos miraban mientras bailábamos. Podían pensar que éramos un grupo de amigos elitistas, pero éramos una familia, a veces más unida que la familia en la que me había tocado nacer.

Pax y Landon nunca me fallarían si pudieran evitarlo. Harían lo imposible por mí, y yo haría lo mismo por ellos y por Nick. Habíamos sacrificado este año entero de nuestras vidas por Nick, y eso es lo que se hace en una familia: cuidarse unos a otros.

Puede que ahora no pudiera montar en mi moto, o tal vez nunca más, pero seguía siendo mi familia.

—Cuba —le dije a Pax.

—¿Cuba? —dijo, inclinándose hacia delante.

—Para la exhibición en vivo. Nunca se ha hecho y, con las nuevas normas para entrar en el país, podemos hacerlo. Hay una exención para eventos deportivos. —Lo había investigado la noche anterior después de correr con Cruz.

—Cuba —dijo, arrastrando la palabra mientras pensaba.

—Es solo una idea.

—Es una buena idea. Investiguemos.

—Bueno.

—¿Qué vamos a investigar? —preguntó Alex, que se puso a mi lado.

Era alto y larguirucho, con una mata de pelo rubio y unos ojos celestes vidriosos que siempre me hacían preguntarme cómo había metido marihuana en el barco.

Pero era casi tan bueno como Landon en el snowboard, lo cual le sumaba puntos a favor que casi eclipsaban los puntos que le restaban sus costumbres fumadoras.