Rebel (Renegados 3) Capítulo siete. Penna #3
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Capítulo siete. Penna #3

—Hagamos un trato, Penélope. Te respondo una pregunta por cada respuesta que me des.

No aprecié cómo dijo mi nombre. Ni. Un. Poco.

Mentirosa.

—Trato hecho.

De todas las cosas, admiraba su postura: la manera en que se mantenía erguido mientras se movía con soltura por la cinta. Claro que siempre me habían atraído los atletas, pero Cruz no encajaba en ninguna categoría que yo conociera.

—Vine a Estados Unidos con mi madre y mi abuela. Mi abuela firmó un consentimiento para que yo pudiera alistarme en el ejército justo después de graduarme, aunque no le gustara nada. Esos tres años no solo me dieron un título, sino también la ciudadanía.

—Guau. Y yo que pensaba que era decidida.

—Si uno quiere algo con muchas ganas, va a encontrar todas las oportunidades del mundo para conseguirlo —dijo, mirándome por un instante.

—¿Y por qué no firmó tu madre? —Aceleré el paso y él me imitó como si estuviéramos corriendo al aire libre.

—No, me toca preguntar a mí.

—Está bien. —Suspiré lo más fuerte que pude con la velocidad en 6.0. Tenía las piernas sorprendentemente firmes, como si mis músculos recordaran lo que mi corazón no: mi cuerpo estaba entrenado para el esfuerzo, para llevarlo al límite. Eso no había cambiado por llevar tres meses con un yeso.

—¿Qué pensamientos estás ahogando en este momento?

—Demasiados. Aparecen y se atropellan unos a otros, sin forma ni orden.

—Lo miré y vi que, como siempre, se mostraba paciente, dispuesto a esperar mi respuesta—.

Me preocupa que no encontremos un buen lugar para hacer la última exhibición en vivo.

Lo de Miami no cuajó, así que ahora mismo estamos con el agua al cuello.

—Mierda, me estaba quedando sin aliento para mantener esta conversación.

Puede que mi pierna estuviera lista, pero mi resistencia era pésima—.

Necesitamos que sea espectacular, un evento único en la vida, y eso es difícil.

Es difícil cuando el lugar que planeabas usar desde hace un año te falla.

Sí. Necesito venir más al gimnasio.

—Podrían hacerlo en Cuba —propuso Cruz—. Ahora es legal. Es complicado, pero posible. Es solo una idea, por supuesto.

Una buena idea. Muy complicada, cierto, pero sería increíble ser los primeros en ofrecer un espectáculo de nuestro nivel en Cuba.

—¿Me toca? —pregunté, consciente de que, aunque solo hubiéramos corrido quince minutos, yo ya estaba agotada.

—Adelante.

Mierda, él seguía con fuerza y sin parar, casi sin sudar. ¿Tendrían un leve gusto a sudor sus labios? ¿Un poquito salados? ¿O serían tan exquisitos como en Las Vegas? Basta, Penna.

—¿Por qué no firmó tu madre?

—Ya había vuelto a Cuba. Solo estuvo con nosotros en Estados Unidos un año más o menos y después volvió con mi padre.

—Ah —dije, al oír entre líneas lo que no había dicho. Ella lo había dejado. Por muy enfadada que estuviera con mi madre por centrarse más bien en Brooke en ese momento, ella nunca me había abandonado.

—¿Un pensamiento más por el que estés corriendo? —preguntó.

—Mi hermana —respondí, con la respiración todavía más agitada.

—¿El enfado?

—No. Y quiero que quede claro. Ya sé todo lo que hizo, pero es que no quiere hablar conmigo. Ni siquiera me atiende el teléfono cuando la llamo. Hasta le he escrito cartas, y ni siquiera para hablar de esto, pero es que...

—La echas de menos.

—La extraño.

—Eso está bien. Lo sabes, ¿no?

—Es como si fueran dos personas distintas en una. —Le bajé la velocidad a la cinta porque tenía claro que ya había terminado. Iba a tener que entrenar para recuperar la resistencia que tenía antes del accidente. Pero Cruz seguía manteniendo un ritmo gloriosamente firme.

—En algunos aspectos, todos somos así, Penélope. —Mantuvo la vista fija en la ventana que tenía delante mientras yo iba frenando.

Habría sido tan fácil enamorarme de él en cualquier otra circunstancia, tan fácil y natural como respirar. Pero nada me resultaba fácil. Ya no. Tal vez ese fuera mi verdadero castigo por mi participación en la locura de Brooke.

Limpié el equipo casi en silencio, mientras sus últimas palabras resonaban en mi mente. Yo también era dos personas a la vez: Penna, que usaba vestidos bonitos en los bailes de sociedad cuando se lo pedía su madre y seguía las reglas, y Rebel, que las rompía todas.

Pero con Cruz era una tercera persona: Penélope, una curiosa combinación de las dos, y me negaba a permitir que se me escapara ese descubrimiento.

Tomé mi botella de agua y me detuve junto a la puerta del gimnasio.

—Cruz. —Lo llamé por su nombre solo porque podía; aquí, en nuestro pequeño refugio, era seguro.

—Penélope —respondió mirándome a los ojos en el reflejo de la ventana.

—En general, está tranquilo aquí a esta hora. Es un buen momento para correr. De hecho, es mi momento favorito.

Con la vista fija en mí, apretó la mandíbula.

—Tal vez te cruce por aquí, entonces —dijo por fin.

Me dio un vuelco el corazón y contuve una sonrisa.

—Tal vez.

Lo oí aumentar la velocidad mientras me armaba de fuerzas para alejarme de él y del descanso momentáneo que siempre me brindaba.